Una esposa para el laird (Guerreros de Escocia 1) 15
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Ian no regresó a su alcoba las noches siguientes. Tampoco los días.

Erin era atendida en todo momento por Mor. No se le permitían las visitas. Solo Agnes le llevaba una bandeja con el almuerzo y otra con la cena.

Brianna se encontraba en las mismas condiciones que Erin, con la única compañía de Freya.

Fiona había intentado verlas, pero Ian no se lo había permitido.

—No puedes tenerlas encerradas en sus alcobas tanto tiempo. La gente comenzará a murmurar.

—Diré que han contraído unas fiebres y por eso están confinadas en sus aposentos —decidió el laird .

—¿Las dos al mismo tiempo? ¿No resultará sospechoso?

—Siempre están juntas. Pensarán que se han contagiado la una a la otra —resolvió.

—¿Y no se preguntarán por qué no te ha contagiado tu esposa?

—A la vista está que no comparto el lecho con ella, madre.

—Y tampoco vas a visitarla.

—Para no contagiarme. Igual que vos, madre.

Fiona dio por válida esa respuesta y salió de la estancia privada del jefe del clan.

Erin, recluida en su alcoba, no dejaba de lamentarse por haber traicionado la confianza de su esposo, pero ¿qué debía hacer?

Era leal a Ian, pero también a Brianna. Obró de la manera en la que su conciencia le dictaba, aunque una parte de ella no estuviera en consonancia con la otra.

Por un lado, se alegraba de que el amado de Brianna hubiera escapado.

Su amiga estaba más alegre desde entonces, aunque tuviese la mirada teñida de nostalgia y contara los días para el regreso de su amor.

Por otro lado, se sentía ruin y mezquina por no haberle confesado nada a su esposo.

Sabía que, si él se enteraba de todo, se enfadaría con ellas.

Su mente le dijo que se lo tenían merecido por embusteras y por ayudar a un proscrito a escapar.

—¿Cómo está Brianna? —le preguntó a Agnes, que entraba en la alcoba cargada con la bandeja de la cena.

—El laird no me permite informaros de nada. Lo siento, mi señora.

—Pero ¿no puedes decirme, al menos, si está bien? Me conformaría solo con eso.

La criada la observó y negó con la cabeza.

Dejó la cena en la mesa de madera y se retiró a un lado de la alcoba.

—Tomaos la sopa, mi señora —le recomendó Mor—, huele de maravilla. Mientras vos cenáis, bajaré a la cocina para hacerlo yo. No tardaré en regresar.

Mor abandonó la alcoba y dejó sola a Erin con la criada.

—Se os enfría la sopa, mi señora —comentó Agnes al ver que Erin no hacía amago de tomársela.

—No tengo hambre —respondió, lacónica—. Además, en los dos últimos días cada vez que tomo sopa, se me revuelve el estómago y siento náuseas.

—No podéis estar así, mi señora. Apenas probáis bocado. Al final será verdad lo que comenta el laird .

—¿Qué dice mi esposo? —preguntó con renovado interés.

—Que sufrís de fiebres y por eso debéis reposar en vuestra alcoba.

«Vaya con el embustero de Ian. Aunque entiendo su falacia. Confesar que su esposa y su hermana lo han traicionado ayudando a escapar a un proscrito no le haría ningún bien».

Esperaba que el resto del clan no descubriera la verdad jamás o le pedirían al jefe un castigo ejemplar.

Sin embargo, si Ian no había encontrado ningún castigo más severo que mantenerlas prisioneras en sus aposentos, era porque su amor por ellas estaba por encima de todas las leyes y trataría de ocultar lo ocurrido disfrazándolo de la forma que fuera.

Se imaginaba la tortura que supondría para él engañar a su pueblo, el deshonor para su clan y para él mismo si la gente se enterase de lo sucedido.

—Tomad un poco de sopa, mi señora —insistió Agnes, sacándola de sus cavilaciones.

—No quiero sopa. Acabo de decirte que me revuelve el estómago.

—Puedo traeros una infusión para que os alivie, mi señora.

—No, gracias, Agnes. Comeré un poco de queso y pan.

Erin se sentó a la mesa. Agarró un pedazo de queso y se lo llevó a la boca. Lo masticó sin ganas y bebió un trago de la cerveza que acompañaba la cena para conseguir que el queso le bajase por la garganta.

Pasados unos minutos en los que Erin intentó comer un poco más bajo la atenta mirada de Agnes, Mor regresó a la alcoba.

—Estáis cenando, mi señora —dijo con alegría.

—Ya he terminado. Agnes, puedes llevarte la bandeja.

—Apenas habéis comido, lady Erin —replicó la joven.

—No voy a comer nada más. Me siento indispuesta —volvió a decirle—. Llévatelo.

La criada obedeció la orden y abandonó la estancia en silencio.

—¿Os sentís enferma, mi señora? —quiso saber Mor.

—Tengo náuseas, pero no son importantes. Nada que deba preocuparnos.

—¿Estáis segura?

—Por supuesto.

—¿Es posible que estéis encinta, mi señora? —preguntó con ilusión.

Erin no se había detenido a pensar en esa posibilidad. ¿Podría ser que estuviera esperando un hijo de Ian? ¿Un pequeño miembro para el clan MacLeod? Si fuera así, su esposo se pondría loco de contento y se le pasaría el enfado que tenía con ella.

—No lo sé, Mor. Ojalá sea eso. Esperaremos unos días más antes de contar nada.

La doncella expresó su alegría con una gran sonrisa.

—¿Qué sabes de Brianna? ¿Has podido enterarte de algo?

—Sí, mi señora.

Erin la miró con interés y alivio. Por fin tenía información sobre el estado de su amiga.

—Lynette me ha contado que su hermana Freya le ha dicho que se encuentra bien, aunque lamenta haberos involucrado en todo esto.

—No hay nada que lamentar. Volvería a ayudarla mil veces, pero haría las cosas de otra manera. No sé de qué forma, pero lo haría.

—También me ha contado que vuestro esposo pasa todo el tiempo en su sala privada, tratando asuntos del clan con sus hombres de confianza.

Pero que no se alimenta adecuadamente, por lo que teme que contraiga las fiebres que sufrís Brianna y vos.

Sin duda, Lynette se ha tragado la mentira de que Brianna y vos estáis enfermas, al igual que todo el castillo y las gentes del pueblo.

Erin no contestó al último comentario. Ian estaba sufriendo igual que ellas. Entonces, ¿por qué no cedía y las liberaba de su cautiverio? Maldito orgulloso y cabezota.

—Ayúdame con el vestido, Mor. Quiero acostarme ya —le pidió a su doncella—. Me noto muy cansada.

Ian bebió tanto whisky esa noche que, a la mañana siguiente, no supo cómo había llegado a la estancia que ocupaba en esos días y se despertó con un dolor de cabeza terrible. Parecía como si cientos de tambores retumbaran dentro.

Sin embargo, lo había necesitado. Necesitó estar ebrio para poder dormir porque, desde lo sucedido con Erin, no había pegado ojo.

Las noches se le hacían interminables sin el cálido y suave cuerpo de su esposa al lado, en el lecho.

No lograba conciliar el sueño por los recuerdos de su traición combinados con otros recuerdos mucho más placenteros.

Por eso había decidido darse a la bebida aquella noche.

Necesitaba desesperadamente olvidarse de todo y descansar unas horas.

Los golpes en la puerta sonaron con fuerza, como si la persona que estaba al otro lado intentase derribarla. No eran tambores lo que tenía dentro de su cabeza: eran los fuertes golpes que alguien estaba dando.

De mala gana, se bajó del lecho y fue a abrir.

—Por tu bien, espero que haya un incendio. Estaba durmiendo, maldito asno —dijo al ver a Angus al otro lado de la puerta.

—No hay ningún incendio. Pero es algo importante.

Su hombre de confianza entró en los aposentos y cerró la puerta.

En ese momento, Ian se dio cuenta de que llevaba una misiva en la mano.

—¿De qué se trata? —preguntó, quitándosela.

—No lo sé, pero Braden me ha dicho que es importante que la leyeras. Un mendigo se la dio en el mercado y le rogó que se la entregase a Brianna. El muchacho ha preferido dárosla a vos para no recibir ningún castigo en el caso de que lo descubrierais.

Al oírlo, su curiosidad aumentó.

—Braden es un muchacho inteligente, después de todo —comentó Ian.

Desenrolló la cuerda que ataba el pergamino y leyó la carta.

Brianna, mi amor:

Te escribo estas letras para que sepas que he llegado bien a Irlanda y reiterarte mi promesa de regresar para Beltane.

Aún debo trazar un plan para que tu hermano y el rey me perdonen.

Desearía que supieran que solo quiero vivir tranquilo y en paz, desposarme contigo y tener hijos.

Estoy cansado de guerras, de luchas. Ahora que por fin todo ha acabado, no deseo enzarzarme en problemas con otro clan.

Ya te comenté que nunca estuve de acuerdo en que mi clan apoyase a los ingleses.

Deseo la independencia de Escocia igual que los clanes afines al rey Bruce.

Sin embargo, juré lealtad al laird de mi clan cuando me convertí en hombre de armas, aunque no era una persona importante para los MacDougall.

Ser el hijo pequeño del cuarto hermano del laird MacDougall de Lorne no era de interés para nadie, excepto cuando hubo que luchar.

Entonces sí contaron conmigo porque soy diestro con la espada y el arco, y también con los puños.

Nunca he querido involucrarme en las luchas de poder entre los clanes, a pesar de que amo a mi familia y a mi clan y lo daría todo por ellos.

Te reitero que no me gusta la violencia. Mi deseo de vivir en paz y armonía prevalece sobre todas las cosas.

Cuando regrese a Escocia, espero tener la oportunidad de informar al laird MacLeod y al rey Robert Bruce de todo esto, con la intención de obtener su perdón y poder desposarte. Si tengo que jurar lealtad a ambos para contraer nupcias contigo, lo haré.

No deseo nada más: ni tierras ni título. Solo tu amor y una vida tranquila junto a ti.

Siempre tuyo,

Kylian MacDougall de Lorne

Ian leyó la carta con atención. Sus pensamientos iban desde la rabia por la desfachatez de ese miserable traidor al escribir a su hermana hasta la curiosidad por saber si lo que decía en ella era cierto.

Se sentó en el lecho y volvió a leer la misiva.