14 #2
La única persona que no compartió la dicha del resto de la gente fue la criada que encargó el secuestro y asesinato de la esposa del laird . Les había entregado el cofre con las joyas familiares de los Campbell y alguna alhaja que le habían regalado los MacLeod.
«Todo lo que he hecho no ha servido para nada. Malditos patanes. Tendré que encargarme yo misma de hacerla desaparecer», pensó mientras tramaba otro plan.
Ian llevó a Erin hasta su alcoba para tener intimidad. Antes de entrar, despachó a los dos hombres que custodiaban la estancia.
—Te advertí de que no salieras a pasear por el bosque esta mañana y me has desobedecido —la riñó con gesto serio, intentando controlar la rabia y el terror que sentía ante su posible muerte para no gritarle.
—Necesitaba dar ese paseo. Además, he ido al sur del bosque en lugar de al norte porque sabía que estaríais allí cazando y no deseaba encontrarme con alguna flecha perdida.
—Has desobedecido una orden mía —repitió—. Si no fuera por tu halcón, no te habría localizado.
—Deseaba tener un lugar de recogimiento para terminar de despedirme de Ebie.
—¿Te has puesto en peligro por un maldito gato? —Esta vez sí alzó un poco la voz.
—No era un maldito gato. Era mi gato —recalcó, encarándose con él—. He pasado con Ebie la mitad de mi vida y lo quería mucho.
—¡Por todos los cielos! ¿Cómo es posible que sientas tanto amor por un felino?
Erin observó a su esposo antes de contestar:
—Del mismo modo que siento amor por ti y no eres más que un asno y un bruto.
—¡Demonio de mujer! ¿Acabas de llamarme asno y bruto? —Ian no salía de su asombro. Las palabras de su esposa, además, incrementaban el enfado que tenía.
—Y podría decirte muchas cosas más. ¿Cómo puedes ser tan insensible? ¿Acaso no lamentas la muerte de Ebie?
—¡Por supuesto que lo lamento! ¡Pero no entiendo cómo puedes estar tres días llorando su pérdida!
—Los Campbell no olvidamos —dijo, orgullosa, refiriéndose al lema de su clan, al tiempo que intentaba retener las lágrimas que acudían a sus ojos. No quería mostrarse vulnerable ante su esposo, a pesar de que él la había consolado en varias ocasiones desde la muerte del gato.
—Ahora eres una MacLeod —siseó Ian.
Se midieron con la mirada durante unos instantes que parecieron eternos hasta que Ian habló de nuevo.
—Has puesto en peligro tu vida —volvió a decir.
—¿Vas a castigarme? —Sin dejar que él respondiera, añadió—: ¿Vas a tenerme prisionera en esta alcoba como has hecho con Brianna? ¿No podré abandonarla para alimentarme? ¿O quizá me golpearás?
Ian agrandó los ojos.
—Jamás te golpearía —dijo, ofendido.
—Bien.
Mantuvieron un tenso silencio durante varios minutos.
—¿Vas a disculparte por haber desobedecido mi orden?
—Creo que tengo una excusa justificada para haberlo hecho. Y, además, no he ido a la parte norte del bosque, donde sabía que estabais de caza —reiteró.
—¡Pero has salido a pasear por el bosque de todas formas! —gritó Ian, exasperado por la testarudez de su esposa—. ¡Y, además, sin escolta!
—¡Necesitaba estar un momento a solas! —le gritó ella también—. ¡Y no me grites! Que seas mi esposo no te da derecho a hacerlo —dijo en un tono más comedido al darse cuenta de que ella estaba haciendo lo mismo que él.
Ian la miró de hito en hito. Las respiraciones de los dos estaban alteradas por la discusión. Se dio la vuelta para marcharse y no continuar con aquello porque sabía que Erin no daría su brazo a torcer. Cerró la puerta con un golpe seco y se dirigió escaleras abajo hacia el salón.
Erin se sentó en la cama, agotada. No comprendía por qué su esposo no lograba entender el sentimiento de cariño que tenía hacia su gato. Comenzó a llorar otra vez.
Ian se detuvo en mitad de las escaleras, arrepentido de haberse dejado llevar por su enfado y haberle gritado a su esposa. Se dijo a sí mismo que era un asno y un bruto, tal y como había afirmado Erin.
En lugar de estar contento porque ella estaba bien y además viva, se había enfurecido como un niño pequeño.
Sin embargo, pesaba más el hecho de saber que lo había desobedecido, poniendo en riesgo su vida, y eso no podía consentirlo como laird de su clan.
Todos debían obedecer sus órdenes, sin excepción. Ni siquiera su esposa.
Su corazón le pidió que regresara a la alcoba e hiciera las paces con Erin, pero su mente se negaba. Tras unos momentos de debate, tomó la decisión de volver junto a su esposa.
Se dio la vuelta y subió los pocos escalones que había bajado.
—Mi señor —oyó la voz de Agnes a su espalda.
Giró la cara y miró a la criada.
—El almuerzo ya está preparado —le informó.
—Bajaré dentro de un momento. Primero, debo hablar con mi esposa.
—Pero se os enfriará, mi laird .
—No importa. Lo comeré frío.
Acabó de subir las escaleras ante la atenta mirada de Agnes.
Ian tocó con suavidad a la puerta antes de entrar en la alcoba. En cuanto vio a Erin sobre la cama llorando sin consuelo, corrió hacia ella.
—Perdóname, amor, soy un necio, un asno y un bruto, como tú has dicho —dijo al tiempo que la rodeaba con sus brazos—.
Entiendo que aún estés triste por la muerte de Ebie, pero no he podido evitar dejarme llevar por la frustración que me ha provocado tu desobediencia y por el terror de saber que te habían secuestrado.
Mi miedo a perderte, a que esos hombres acabasen con tu vida, ha podido más que mi cordura.
—Yo quiero que me perdones también. No debí desobedecer tu orden ni ir sola al bosque. Si hubiese aceptado que Broc —nombró al soldado que se había ofrecido a acompañarla— me escoltara, seguramente nada de esto habría sucedido. Lo siento mucho.
—Mi querida esposa —susurró con cariño antes de sellar sus disculpas con un beso—. Cuando te he oído gritar antes de echar abajo la puerta de la casucha, ha sido como si me arrancasen el corazón. Prométeme que nunca más volverás a ponerte en peligro.
—Prometido —aceptó con una sonrisa.
Ian volvió reclamar los labios de su esposa con un beso profundo, destinado a hacerle saber lo feliz que estaba por volver a tenerla entre sus brazos.
—Bajemos al salón para almorzar —propuso Erin.
—De acuerdo. Pero después regresaremos a nuestra alcoba para pasar la tarde retozando entre caricias, besos y con mi verga enterrada en tu cuerpo.
Así lo hicieron, pasaron toda la tarde demostrándose el amor que sentían el uno por el otro, tal y como había prometido Ian.
Horas más tarde, cuando estaban acabando de cenar, Braden se acercó a Erin.
— Lady Erin, me alegro de que os encontréis bien.
—Gracias, Braden.
—¿Fueron los mismos hombres que mataron a Ebie? —quiso saber el muchacho.
—No lo sé.
—¿Todavía no ha encontrado Kylian al culpable?
Al oírlo, Erin se tensó y Brianna, sentada a su lado, también. Erin miró a Ian, que había escuchado toda la conversación, y vio cómo apretaba la mandíbula.
—¿Qué nombre has dicho, Braden? —siseó el laird .
Erin iba a intervenir, pero Ian la detuvo con su mirada de acero.
—Lo siento, mi señora. Se me ha escapado —se disculpó el muchacho con ella.
La joven cerró los ojos y asintió.
Fiona le dirigió a su hija una mirada llena de curiosidad. Se preguntaba que tenía que ver el amante de Brianna con la muerte del gato.
—Quiero una explicación ahora mismo —masculló el laird —. Habla, muchacho, o te sacaré las palabras a latigazos.
Erin miró a su alrededor. Parecía que nadie prestaba atención a la conversación que mantenían en la mesa principal. Todos estaban comiendo entre risas y charlas, orgullosos de la hazaña de su laird al rescatar a su esposa. Después de comprobarlo, volvió a centrar sus ojos en el muchacho.
Braden se encogió al oír la amenaza y comenzó a temblar.
—Yo… La señora… me dio una carta… para entregársela… a un hombre llamado Kylian… Debía descubrir al culpable de la muerte de Ebie… Lo busqué en el mercado… hace dos o tres días… y se la entregué —le contó entre balbuceos, con el miedo metido en el cuerpo.
Ian se levantó tan rápido del asiento que lo tiró. El ruido del respaldo al chocar contra el suelo resonó por todo el salón.
Se hizo un silencio sepulcral, roto solo por el crepitar del fuego en la gran chimenea.
El laird agarró a su esposa del brazo y la obligó a levantarse.
—Seguid sin nosotros —ordenó.
—¿Otra vez vais a celebrar en vuestros aposentos el rescate de vuestra esposa? —soltó Hugh en tono burlón—. ¿Acaso no habéis tenido suficiente con esta tarde?
Sin embargo, Ian lo ignoró.
Angus, Hugh y el resto de los hombres soltaron grandes carcajadas mientras comentaban lo que sucedería en el lecho conyugal.
Cuando llegaron a su alcoba, Ian la soltó de tal manera que Erin trastrabilló y cayó a los pies de la cama.
—¿Es cierto lo que ha contado Braden? —le gritó.
Ella se levantó del suelo y se sentó en el lecho.
—Sí —afirmó con la vista clavada en las botas de su marido.
El laird se enfureció más todavía.
—Deduzco que no era una misiva para buscar al culpable del asesinato de Ebie.
—No.
—Entonces —apretó los dientes y masculló—, ¿era una carta de Brianna advirtiéndole del plan para capturarlo? —preguntó, perspicaz.
—Sí.
—¡Maldita sea, Erin! —gritó, y ella se estremeció—. ¡Me has traicionado!
—Yo… Lo siento —se disculpó, temblando como una hoja agitada por el fuerte viento—. Me compadecí de la situación de Brianna, de lo que estaba sufriendo en esos momentos, y quise ayudarla. No fue mi intención traicionarte.
—Pero lo has hecho —siseó.
—Lo lamento, de verdad. ¿Podrás perdonarme? —dijo, alzando la vista hacia los ojos de su marido.
—¿Perdonarte? —Él la miró fijamente. Erin pudo leer en sus ojos el dolor y la rabia que anidaban en su ser—. Me has traicionado. Jamás lo olvidaré.
—Por favor —suplicó ella—. Solo deseaba ayudar a Brianna.
—¿Te das cuenta de que por culpa de esa carta no atrapamos a ese malnacido de Kylian MacDougall? ¡Lo ayudasteis a escapar! ¡Y guardaste el secreto! ¡Tú, mi esposa, me has mentido al ocultarme la verdad! ¿Y quieres que te perdone?
Ian hizo una pausa para coger aire mientras una temblorosa Erin le suplicaba con la mirada.
—No. Jamás te perdonaré. Te quedarás aquí, en esta alcoba, y no saldrás hasta que decida qué hacer contigo.
—Por favor, Ian…
La joven se levantó para acercarse a él y lo agarró de ambos brazos.
Su esposo se deshizo de su agarre con tanta fuerza que Erin dio con sus posaderas en el suelo.
Ian la miró sin un ápice de compasión.
—Nunca debí desposarme contigo.
Dicho eso, salió de sus aposentos y fue en busca de Brianna, sin darse cuenta de que en la penumbra del pasillo se ocultaba una figura que lo había escuchado todo.
Brianna subía las escaleras para ir a sus aposentos cuando se encontró de frente con su hermano.
—¡Tú! —El laird tomó a la joven del brazo y la arrastró hasta su alcoba—. ¡Mujer desagradecida! ¡Organizaste la huida de tu amante! ¡Te quedarás aquí, encerrada, hasta que se me ocurra un castigo mejor para tu traición!
—¡Miserable patán! ¿Cómo pudiste pensar que no iba a alertar a mi amado? No iba a dejar que lo capturases para matarlo. ¡Por supuesto que le escribí una carta contándole tu plan y pidiéndole que huyera!
—¿Te sientes orgullosa por lo que hiciste? —gritó Ian.
—Sí. Estoy orgullosa —contestó Brianna con tono altivo.
Ian apretó los puños y descargó uno sobre la mesa que tenía su hermana en la alcoba.
—¡Dios! —gritó, furioso—. ¡Mataré a ese hombre en cuanto ponga un pie en Escocia!
—Si lo matas, moriré con él —afirmó, rotunda.
El laird miró a su hermana sin ser capaz de comprender que estuviera ligada a él por lazos de sangre y, sin embargo, no odiara con todo su corazón al clan MacDougall, enemigos acérrimos de los MacLeod.
Desde mucho antes de las guerras de independencia, esos dos clanes habían rivalizado en el poder y en la cantidad de tierras que poseían. Y, con el apoyo de los MacDougall al rey inglés, habían firmado su sentencia de muerte respecto a las relaciones entre los dos clanes.
—Muéstrate arrepentida y olvida a ese perro malnacido, y seré compasivo contigo.
—Lo único que lamento es haber involucrado a Erin en todo esto. Pero jamás me arrepentiré de amar a Kylian. Ni tampoco lo olvidaré.
Ian gritó de rabia y descargó otro puñetazo en la mesa.
Se dio la vuelta y se marchó de la alcoba de Brianna.
Bajó al salón, lo cruzó y salió al patio. Una vez allí, se dirigió a los establos y, poco después, abandonó el castillo a lomos de su caballo.
Ya era de madrugada cuando Ian regresó a Dunvegan.
Ordenó que le preparasen una tina con agua caliente en una de las alcobas que destinaban a los invitados cuando los tenían.
Una criada se ocupó de todo.
Cuando Ian se sumergió en el agua, se recostó contra la tina y cerró los ojos.
La cabeza le daba mil vueltas. La carrera con su caballo no había logrado rebajar la furia y el dolor que sentía por lo sucedido. ¿Cómo habían podido traicionarlo Erin y Brianna?
Su querida Erin, a la que amaba con todo su corazón…
Brianna, su hermana pequeña, una persona muy especial para él…
¿Por qué lo habían hecho?
Después de pasar bastantes horas cabalgando, no había encontrado la manera de castigarlas por su traición. Le partía el alma saber que debía hacerlo. Pero no quería dañarlas de ninguna forma. Sin embargo, debían recibir su merecido.
Su corazón le pedía que fuera benevolente con ellas. Su cabeza no dejaba de idear un resarcimiento.
La criada tocó en la puerta del aposento pidiendo permiso para entrar.
—Le traigo algo de comer, mi señor.
—Déjalo ahí, sobre la mesa.
La joven obedeció su orden. Tras dejar la bandeja, se acercó a la tina donde todavía estaba él.
Contempló su bello rostro: los ojos cerrados, la barba mojada, los labios carnosos que se moría por besar como la otra vez…
—Ian —susurró con familiaridad—, estás muy tenso. ¿Quieres que te frote los hombros para que te relajes?
—No —contestó sin abrir los ojos.
—¿Deseas que te lave?
—No —rechazó su oferta.
—Entonces, ¿qué puedo hacer por mi querido Ian? ¿Por mi amante?
Ian abrió los ojos de golpe y se encaró con ella.
—Tú y yo no somos amantes. Nunca lo fuimos —siseó, enfadado—. Solo fueron cuatro besos, mujer, y ya hablamos sobre ello. Ahora estoy casado y amo a mi esposa. Vete.
—Solo intento complaceros, mi señor.
—Pues entonces, compláceme abandonando la estancia.
La criada se mostró indignada.
—No comprendo cómo podéis amar a una mujer que os ha traicionado. Sabéis bien que yo jamás…
—¡Tú no tienes nada que entender! ¡Sal de mi vista! ¡Lárgate! —la interrumpió gritando.
La joven caminó hacia la puerta de la alcoba, ofendida, y cerró con un sonoro portazo que retumbó en los muros del castillo.
Ian respiró profundamente para calmarse.
En su mente había una lucha encarnizada entre la decepción, la rabia por el engaño y el sentimiento desgarrador de su corazón roto. Se quedó sentado en la tina mirando al infinito, sintiendo que había perdido lo más importante en su vida. Se sentía estúpido por seguir amando a Erin a pesar de todo.