14
Todo estaba dispuesto para que los hombres del clan pudieran disfrutar de su gran pasión: la caza. Tras adentrarse en el bosque entre risas y bromas, el jaleo se silenció para no espantar a los animales que serían sus presas.
Ian estaba concentrado en rastrear a un ciervo con Angus y Hugh.
—Estas son huellas de venado, sin duda.
—En efecto, laird . Y es una buena pieza —susurró Angus.
—Daremos buena cuenta de él en la cena —añadió Hugh en voz muy baja.
Uno de los hombres les indicó algo. En el lugar señalado, había excrementos.
—Debe andar cerca, porque sus heces están aún calientes —dijo el hombre.
Ian se llevó un dedo a los labios pidiéndoles que dejaran de hablar.
Se hizo un silencio sepulcral. El único sonido que se oía era el de la naturaleza del bosque.
Con cuidado de no hacer ruido, dirigieron sus pasos hacia el este, siguiendo las huellas del ciervo.
El viento soplaba entre las copas de los árboles.
El bosque les devolvía los sonidos que, en el silencio que reinaba allí, les parecieron más intensos.
Unos pasos más adelante, el laird vio a un enorme venado que se encontraba pastando tranquilamente.
Era un ejemplar magnífico, dotado de una cornamenta grandiosa.
Levantó el hocico y miró a Ian. Dejó de masticar la hierba durante unos instantes en los que se quedó congelado, expectante.
Sus músculos se tensaron al intuir el peligro y salió corriendo con agilidad.
El laird tensó el arco, siguiendo el recorrido del animal, y soltó la flecha.
Esta silbó por el aire con velocidad y tanto acierto que se clavó en el cuello del venado, que cayó al suelo.
Los hombres se acercaron despacio mientras los últimos estertores sacudían el cuerpo del animal.
Cuando el sufrimiento del ciervo llegó a su fin, entre dos guerreros lo cogieron y se lo cargaron en la espalda.
Mientras regresaban al castillo, un ruido procedente de la tupida vegetación los alertó. Se detuvieron y observaron en silencio cómo se movían los arbustos. Sin embargo, no veían nada. Lo único que el bosque les ofrecía era el ruido de la vegetación agitándose y crujiendo.
Entonces un gran jabalí salió de los matorrales de brezo y pasó justo por delante de ellos. Hugh y Angus estuvieron prestos en disparar sus flechas, que alcanzaron al animal.
—Hemos tenido un buen día de caza —dijo Ian cuando volvían a Dunvegan.
Además del ciervo y el jabalí, habían cazado varios conejos.
Cuando llegaron al castillo, los soldados que custodiaban la entrada los saludaron.
El que se había ofrecido a escoltar a Erin en su paseo por el bosque informó a su laird .
—Mi señor, vuestra esposa ha salido a dar un paseo por el bosque.
—¿Sola?
—Sí, mi señor. Me ofrecí a escoltarla, pero se negó.
Ian masculló algo sobre lo testaruda que era.
—¿Cuánto hace que se ha marchado? —preguntó, molesto.
El soldado miró con miedo a los ojos acerados de Ian.
—Poco después que vos, mi señor.
—¿Salió al alba? ¿Y aún no ha regresado?
—Sí, mi señor. Ha dicho que volvería pronto, pero ha pasado tanto tiempo que temo que le haya ocurrido algo. Se dirigía hacia la zona sur del bosque.
—¡Serás necio! ¡Si no ha regresado aún, es porque algo malo le ha ocurrido!
Dicho eso, hizo girar a su caballo y salió al galope.
Angus y Hugh, que habían escuchado la conversación, espolearon a sus monturas para seguir a su jefe y amigo.
Ian alzó la vista al cielo y vio al halcón de Erin volando sobre la parte más occidental del bosque. Se dirigió hacia allí con velocidad, pero ralentizó el paso al adentrarse entre los pinos y los tejos. Observó rastros de lucha y sangre.
Apretó los dientes y rezó para que no fuera de su esposa. A todas luces, eran indicios de una agresión. Juró matar al culpable. Esa persona no vería un nuevo amanecer.
—¿Crees que está malherida? —preguntó Hugh.
—Espero que no porque si lo está, juro desollar al hombre que le ha hecho daño a mi esposa —siseó con rabia, mordiendo cada palabra que salía de su boca.
Angus creyó ver algo reluciente en el suelo y descabalgó.
—Esperad un momento. He visto algo y quiero comprobar qué es.
Se acercó hasta el objeto, lo agarró y lo alzó para que los otros lo vieran.
—Es la daga que le regalé a Erin en nuestra boda.
—Está ensangrentada —comentó Angus a pesar de que no hacía falta, porque se veía claramente que estaba manchada de sangre.
—Espero que la sangre no sea suya porque, de lo contrario, quemaré vivo al culpable —volvió a decir Ian con la ira hirviéndole en las venas.
Erin no podía respirar. Algo le aplastaba el pecho.
Aspiró un maloliente aroma a sudor y sangre, y el estómago se le revolvió.
Se debatió contra el peso que tenía encima, intentando zafarse de él.
Sintió cómo una mano ruda agarraba a sus calzas para bajárselas, y pataleó y se retorció como si fuera una serpiente.
En el momento en el que abrió los ojos, vio al hombre al que le había cortado la cara encima de ella.
La sujetaba con un brazo sobre el pecho mientras con la otra mano intentaba quitarle las calzas.
Erin abrió la boca para gritar, pero no llegó a emitir ningún sonido porque, de nuevo, sintió un estallido de dolor en la mejilla por un puñetazo que le dio ese hombre y volvió a cerrar los ojos.
La oscuridad la llamaba como el canto de las selkies . Quiso abandonarse a ese canto, pero no podía permitírselo. No podía dejar que le ocurriese nada malo. Estaba segura de que aquel hombre intentaba violarla. Por lo tanto, debía luchar.
Abrió los ojos otra vez y observó, aterrorizada, el rostro del malhechor. De su mejilla sangrante cayeron varias gotas, que aterrizaron en la cara de Erin.
De pronto, el peso que la aplastaba desapareció. Ella respiró hondo, llenándose los pulmones de aire.
—¿Qué demonios haces, Rupert? —oyó la voz del otro hombre—. No la hemos secuestrado para violarla. Nuestro encargo es matarla, nos han pagado para eso.
Erin, al escucharlo, empezó a temblar de miedo.
Rezó con todas sus fuerzas para que Ian la buscara y la encontrara antes de que eso ocurriera.
Observó a su alrededor con pánico. Estaban en una casucha fría y pestilente.
Había dos colchones de paja en el suelo.
Uno lo ocupaba ella. Manteniéndose en pie a duras penas, estaba el hombre al que le había clavado la daga en el costado y que se había golpeado la rodilla contra la piedra.
Miró su rodilla y vio que se la había vendado con un paño mugroso que tenía un gran cerco de sangre.
Sujetaba por el hombro al tal Rupert, el que quería forzarla. Recordó a Ian hablando con Angus y Hugh de ese hombre, Rupert MacDonald. ¿Quién sería el otro?
—Ya lo sé, Murray. Pero ¿qué te parece si, antes de matarla, disfrutamos un rato con ella? Estoy cansado de fornicar con rameras, quiero probar algo distinto. ¿Y qué tenemos aquí? Nada más y nada menos que a la esposa del laird MacLeod. Además, es muy bella.
Erin supo, al oír el nombre, que era Murray MacDougall. Sus agresores pertenecían a dos clanes enemigos de los MacLeod.
—No, déjala. Tenemos que pensar la mejor manera de acabar con su vida rápidamente y, después, cómo deshacernos de su cuerpo —comentó Murray, que cruzó la cochambrosa vivienda hasta la otra pared cojeando debido a la herida de la rodilla.
En ese momento se oyó un crujido y la puerta de madera se abrió de golpe.
Ian apareció en el hueco, con un arco y una flecha, apuntando a Rupert.
El alivio de Erin fue inmediato.
—Quítale las manos de encima a mi mujer —soltó, poseído por una ira ciega que jamás había experimentado. Ver a su esposa en brazos de un hombre que intentaba forzarla había despertado en él un instinto asesino.
Dio un paso hacia el agresor, pero el cambio en la expresión del rostro de Erin lo hizo girar sobre sí mismo.
Murray estaba acechándole con un puñal por detrás.
—¡Ian! —escuchó el grito de su esposa.
No se lo pensó dos veces y descargó la flecha sobre Murray MacDougall antes de que este pudiera abalanzarse sobre él para clavarle el cuchillo. Le atravesó la garganta y cayó al suelo.
Se volvió hacia Rupert MacDonald, que se había hecho con una espada, y detuvo su mandoble con el arco, que se rompió.
Rupert alzó la espada para descargar contra Ian otra vez, pero el laird fue más rápido y sacó de su espalda la enorme claidheamhmór . Comenzaron a luchar por la estancia mientras Erin se refugiaba en una esquina.
Allí, vio a su lado una jarra de barro cocido sobre la mesa. Sin pensarlo, la agarró y se la lanzó a Rupert con la intención de darle en la cabeza. Mas no tuvo tino y le dio en el brazo, desviando el mandoble con el que atacaba a Ian.
Ian aprovechó ese instante para descargar su furia contra él y clavarle la espada en el pecho.
Rupert cayó de rodillas primero, con la boca abierta echando sangre. Después, se desplomó hacia un lado y se quedó inmóvil.
Erin corrió hacia Ian, se refugió en sus brazos y comenzó a llorar. Toda la ansiedad y el nerviosismo salían de ella a borbotones.
—¿Estás bien?
—Ahora sí. He pasado un miedo terrible.
—No llores más. Ya estás a salvo —la consoló su esposo, acariciándole el cabello con extrema dulzura.
—Gracias por venir a rescatarme.
—Iría hasta el mismísimo infierno si hiciera falta para traerte de vuelta —dijo, antes de besarla.
Al acabar el beso, Ian reparó en que, encima de una mesa con la madera ajada y sucia, había un cofre abierto. En su interior estaban las joyas que le habían robado a Erin.
—Llévame a casa, por favor —le pidió ella con el alivio reflejado en su voz.
Al poco de regresar al castillo, ya se había corrido la voz del secuestro de la señora de Dunvegan y de la identidad de sus captores.
Todos pensaban que había sido una venganza por haber ahorcado al muchacho MacDonald. Se alegraron de que su laird los hubiese ajusticiado y también de que su señora hubiera sido rescatada antes de que los malhechores le hubiesen hecho algún daño o de que la hubieran asesinado.