Una esposa para el laird (Guerreros de Escocia 1) 13 #2
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—Nadie —respondió Brianna mirándolo—. Kylian es lo bastante inteligente como para ocultarse y que no lo encontréis. Seguro que descubrió que tus hombres habían acudido en mi lugar y se dio cuenta de que queríais capturarlo. Espero que en estos momentos esté rumbo a Irlanda.

Fiona se llevó una mano al pecho.

—¿Cómo puedes faltarle el respeto de esa manera a tu laird ? —dijo.

—Estoy manifestando mis pensamientos. Si eso ofende a mi laird , le pido disculpas —contestó para no aumentar la tensión que se palpaba en el ambiente.

Ian se acercó a la ventana. Llovía. Tras unos minutos meditando, se giró hacia las dos mujeres.

—Mandaré a algunos hombres para que vigilen los puertos y me avisen cuando el joven MacDougall regrese. Lo apresaremos entonces.

—Faltan varios meses para Beltane —comentó Fiona.

—No me importa esperar.

—¿Y si no regresa nunca? —preguntó su madre.

—Si no regresa nunca, mejor.

Caminó hasta ponerse delante del lecho en el que aún estaba Brianna.

—En cuanto a ti, querida hermana…

Brianna lo miró altiva.

—¿Con qué me vais a castigar ahora?

—Te permitiré salir de tu alcoba, pero siempre deberás estar acompañada.

—¿Temes que huya a Irlanda para reunirme con mi amado? —preguntó con sarcasmo.

—Una insolencia más y mandaré que te azoten —le advirtió el laird .

Se batieron con la mirada hasta que Brianna bajó la vista al suelo y susurró una disculpa.

Acto seguido, Ian abandonó la alcoba para reunirse con sus hombres en su sala privada.

Fiona se quedó allí unos minutos más.

—No logro comprender cómo sigues defiendo a ese joven embustero, enemigo de nuestro clan y, además, traidor a su patria.

Brianna se levantó de la cama y se dirigió hacia la jofaina para lavarse la cara.

Cuando hubo terminado, se dio la vuelta y encaró a su madre.

—¿Amabas a mi padre?

—Por supuesto que sí —contestó Fiona, sorprendida por aquella pregunta.

—¿Tanto que habrías dado tu vida por él? ¿Tanto que desearías que viviese en libertad aunque tuvieras que renunciar a estar con él? —Sin dejarla responder, añadió—: Ahí tienes la explicación que me reclamas, madre.

Dos días después, seguían sin encontrar al joven MacDougall, por lo que el laird dejó de buscarlo en sus tierras. Ya había enviado a varios hombres a vigilar los puertos, con la orden de que, en cuanto ese proscrito pusiera un pie en Escocia otra vez, lo capturasen.

Brianna estaba acompañada en todo momento por Freya.

La criada estaba contenta con su nueva situación.

Ya no tendría que limpiar ni atender a los comensales en el salón.

Su único trabajo ahora era encargarse de Brianna: ayudarla a vestirse, a bañarse, servirle el almuerzo y la cena…

Se dedicaba en exclusiva a ella. Cuando Brianna salía del castillo, Freya siempre la acompañaba, junto con uno de los soldados del clan. Había ascendido de criada a doncella.

Erin también la acompañaba en sus paseos.

Algunas veces se les unía Mor y otras, Fiona.

Cuando su madre estaba presente, Brianna la ignoraba deliberadamente.

Aún seguía molesta por su incomprensión.

La relación entre madre e hija era tensa.

Erin intentaba crear un acercamiento entre ambas, conversando con ellas de asuntos que interesaban a las dos.

Pero, de momento, sus esfuerzos no habían resultado.

Se encontraban cenando en el salón de Dunvegan cuando Ian comentó que al día siguiente iría con sus hombres de caza.

—Saldremos al alba e iremos a la zona norte del bosque. No salgáis de paseo mañana hasta que no regresemos de la caza —informó el laird a su esposa, a su madre y a su hermana.

Las mujeres aceptaron su orden con un movimiento de cabeza.

—Ten mucho cuidado. No deseo que te suceda nada malo. Bastantes desgracias estamos teniendo ya —le susurró Erin, preocupada.

—Descuida, amor mío. Lo tendré.

Acabaron de cenar y se retiraron a sus aposentos.

Erin se levantó temprano a la mañana siguiente.

Echaba de menos a Ebie y no entendía por qué lo habían matado.

Cuando ocurrió aquella desgracia varios días antes, se había pasado buena parte de la noche llorando entre los brazos de su esposo, que intentaba consolarla.

A duras penas lo consiguió. Sin embargo, el recuerdo de su gato regresaba a ella con frecuencia, y esa noche había sido otra más.

No había podido dormir, pensando todo el tiempo en quién había sido el culpable y cómo obtener pruebas antes de acusarlo. La noche se le había hecho eterna.

Sabía que tenía un enemigo o enemiga dentro del castillo. Habían destrozado varios de sus vestidos, le habían robado todas sus joyas familiares y habían asesinado a su querido gato.

¿Quién podía tenerle tanta inquina, tanto odio, como para hacer algo así? Quien fuera, deseaba verla sufrir. Pero ¿por qué? Ella no le había hecho daño a nadie. Se comportaba de manera educada y gentil con todos. Ayudaba en todo lo que podía y a todo el que la necesitaba.

Entonces, ¿quién sentía tanta repulsión hacia ella como para cometer actos tan horribles?

Echó de menos a Ian, que hacía rato que había abandonado el lecho para salir de caza.

Decidió que, ya que no iba a dormir, saldría a dar un paseo por el bosque. Se dirigiría hacia el sur, porque al norte del bosque estaría su esposo con sus hombres cazando ciervos y algún jabalí. No fuera a ser que alguna flecha se escapara y le diera a ella.

A pesar de que Ian le había ordenado que no debía pasear sola por el bosque, necesitaba hacerlo.

Tampoco iba a ser una caminata tan larga.

Solo deseaba respirar aire puro, tener un rato para evadirse de esos pensamientos tan lúgubres y olvidarse por un momento de lo acontecido las semanas anteriores.

Erin sacó del baúl sus ropas de muchacho. Se puso las calzas, la camisa, el jubón de cuero y las botas. Escondió la daga que le había regalado Ian el día de su boda, tal como él le había aconsejado, en un lateral interior de la bota.

Se hizo una trenza y se puso la capa de pieles que Ian le había regalado nada más llegar a Dunvegan. Abandonó su alcoba al tiempo que daba los buenos días a los dos hombres que la custodiaban.

Se colocó la capucha de la capa cuando salió al patio y se dirigió hacia la puerta.

Los soldados MacLeod que controlaban la entrada y salida del castillo también la saludaron. Ella les correspondió de igual modo y les informó de que iba a dar un paseo por la zona sur del bosque, y que no tardaría en regresar.

Uno de los soldados se ofreció a servirle de escolta, pero ella declinó esa oferta porque necesitaba estar sola. Además, no se adentraría demasiado en el bosque, le prometió al soldado, y su halcón la vigilaría desde el cielo.

Alzó la mano enguantada y llamó al ave rapaz. Esta acudió rauda y se posó sobre la mano de Erin, que le hizo unas cuantas carantoñas. Después, dejó que el animal volara libre.

Se despidió de los soldados y se encaminó hacia su destino.

Después de un rato andando, llegó a la linde del bosque y se internó entre los pinos caledonios de aquella parte, en la que también había varios tejos. Deambuló bastante tiempo, aspirando el olor a bosque, al rocío de la mañana y a la brisa que llegaba desde el lago.

Hasta que se encontró de frente con el enorme tejo donde Ian la había dejado colgada cuando era una niña.

Sonrió al recordar lo sucedido en el pasado y volvió a maravillarse por lo que el destino le tenía preparado sin ella saberlo entonces.

Aquel día en el que el bruto del muchacho MacLeod la dejó en aquella situación tan incómoda y peligrosa, no hubiera creído que años más tarde estaría tan enamorada de él y, sobre todo, que sería su esposa.

Se sentó bajo el tejo para descansar un poco antes de emprender el regreso al castillo.

Cerró los ojos y reclinó la espalda contra el tronco del árbol.

Había tanta quietud, paz y tranquilidad que escuchó claramente un ruido cerca de ella.

Tuvo un mal presentimiento. Abrió los ojos y miró con disimulo hacia los alrededores, hasta donde le alcanzó la vista.

Y entonces lo vio.

Escondido tras uno de los pinos había alguien observándola.

Pensó con rapidez que debía ser alguno de los malhechores que rondaban por allí. Se preguntó qué intenciones tendrían. «Ninguna buena», se contestó a sí misma.

Con disimulo, sacó la daga que llevaba escondida en la bota y se la metió en la manga de la camisa. Se levantó decidida a regresar al castillo antes de que quien la estaba vigilando tuviese tiempo de ir a por ella.

Al dar el primer paso, se dio cuenta de que había otra persona más en otro pino. Por tanto, debía huir de dos asaltantes. Empezó a temblar por los nervios y a sudar. Miró hacia las ramas de los árboles buscando a su halcón, pero no lo vio. Supuso que estaría cazando alguna presa.

Se sintió desprotegida porque en ese momento la presa era ella. Un sentimiento de ansiedad se apoderó de su cuerpo y empezó a correr todo lo rápido que le permitían sus piernas.

Pero no pudo llegar muy lejos porque uno de los hombres la alcanzó, la agarró de la cintura y se la cargó sobre el hombro mientras se reía a carcajadas.

—Mira lo que hemos cazado: a la esposa del laird MacLeod.

—¡Soltadme! —gritó Erin, pataleando.

El otro hombre se acercó a ella y la cogió por el mentón para levantarle la cabeza.

—Es más hermosa de lo que nos habían dicho.

En ese momento, Erin consiguió sacar la daga que había escondido en la manga de la camisa y, actuando con rapidez, cortó la mejilla del hombre. Este reculó hacia atrás mientras se llevaba la mano al tajo.

—¡Perra desgraciada!

Erin aprovechó el desconcierto del segundo hombre para clavar la daga en el costado del que la tenía cargada al hombro.

Aulló de dolor y la soltó con tanto ímpetu que dio con sus posaderas en el suelo.

La daga salió volando de su mano. Erin se hizo daño al impactar contra el duro suelo, pero no le importó.

Aguantaría el dolor. Tenía que huir de allí ahora que se había deshecho de sus captores.

Volvería más tarde para buscar la daga. E iría con escolta.

Vio cómo el hombre caía de rodillas por el dolor, con la herida sangrando abundantemente. La mala fortuna quiso que su rodilla chocara contra una gran piedra y emitió un grito desgarrador que le heló hasta el alma.

Sin embargo, no se detuvo a mirar más. Debía huir.

Pero no tuvo tiempo, porque el hombre al que había herido en la cara se abalanzó sobre ella.

Como había perdido la daga, se defendió con los puños.

Los apretó y le lanzó puñetazos con toda la rabia que sentía por dentro.

Jamás había golpeado a nadie, pero su vida corría peligro.

No sabía qué querían de ella, pero no estaba dispuesta a descubrirlo.

Uno de los puñetazos aterrizó justo en la nariz del hombre y se oyó con claridad el crujido del hueso.

La cabeza del malhechor dio una sacudida y, cuando volvió a mirarla, sangraba por la nariz.

A ella le dolían las manos por los golpes que le había propinado, pero apretó los dientes para resistir el dolor.

Él la contempló con una mezcla de incredulidad y odio antes de vengarse de una forma rápida y dura: con un fuerte golpe en la sien. Erin sintió el estallido de dolor y luego todo se volvió negro.