Una esposa para el laird (Guerreros de Escocia 1) 13
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Amado Kylian:

Nos han descubierto. Debes partir hacia Irlanda lo antes posible.

Me tienen prisionera en mi alcoba. Ian enviará soldados a detenerte esta noche.

Huye, mi amor.

Te amaré hasta el fin de mis días.

Siempre tuya,

Brianna

Kylian releyó la nota que le había entregado ese muchacho al que habían acogido junto con su hermana en el hogar de los MacLeod.

¿Cómo era posible que los hubiesen descubierto?

Habían tomado todo tipo de precauciones.

Quizá el laird había sospechado de las ausencias de su hermana.

Pensó que el recién casado estaría ocupado con su esposa en otros menesteres más placenteros y no vigilando las andanzas de Brianna, pero, al parecer, se había equivocado del todo.

O, tal vez, alguno de los hombres que velaban por la seguridad del castillo había descubierto a su amada cuando se escapaba de su hogar y la había seguido para ver a dónde iba la joven dama.

Sopesó la idea que le había escrito Brianna en su mensaje durante un momento y decidió que obedecería su orden.

Le dolía muchísimo no poder despedirse de ella como le hubiera gustado.

Pensó en introducirse en el castillo a escondidas, pero supo que sería peligroso.

Si los habían descubierto y estaban intentando darle caza, el laird habría reforzado la seguridad en su fortaleza, en los alrededores y hasta en el pueblo.

Hubiera deseado enviarle una carta a Brianna, pero no tenía utensilios para hacerlo.

Tendría que partir hacia Irlanda sin despedirse de ella. Con una inmensa pena en el corazón, debía dejar lo que más amaba: Escocia y Brianna.

Se juró a sí mismo que, una vez que estuviese en Irlanda, haría lo posible por contactar con su amada para que supiera que estaba a salvo y no se preocupase por él.

Le prometería, como ya había hecho cuando habían estado juntos, que regresaría para la festividad de Beltane y la desposaría.

No sabía cómo lo conseguiría, pero tenía varios meses por delante para planearlo.

Meg depositó un pequeño ramo de flores sobre la tumba de Ebie. Después, Mor cogió en brazos a la niña y la pequeña lloró sobre su hombro, completamente afligida por la pérdida del felino.

Erin intentó mantener la compostura, pero al final no pudo retener las lágrimas que amenazaban con brotar de sus ojos. Ian la abrazó para darle consuelo.

Brianna contemplaba la escena desde la ventana de su alcoba.

También lloraba. Por el gato, por su amado Kylian, por la desdichada suerte que habían tenido, por no poder despedirse de él en persona.

Rezó en silencio para que Kylian pudiese huir sin contratiempos y llegar a Irlanda.

Deseó con todas sus fuerzas que los meses que iban a estar separados transcurriesen rápido y, sobre todo, que, al regresar, Kylian cumpliese su promesa de desposarla, aun en contra de todos.

Si encontraban mucha oposición o la consideraban una traidora por amar a un joven de un clan enemigo, no dudaría en marcharse con él a otras tierras donde fueran mejor recibidos y pudieran vivir en paz.

Amaba a su familia y a su clan, pero amaba más a Kylian.

Le partiría el alma abandonar a los MacLeod.

Sin embargo, sabía que no podría vivir sin su amor.

Prefería la muerte antes que continuar su vida sin Kylian.

Si él no regresaba de Irlanda para la festividad de Beltane, ella iría a buscarlo. Estaba completamente decidida a hacerlo.

—No me apetece comer —dijo Erin con voz triste.

—Sé que estás apenada por la muerte de Ebie, pero deberías tomar un poco de estofado —le recomendó Ian.

—No puedo.

—Está bien. —Ian decidió no insistir más. Comprendía el dolor que sentía su esposa por la muerte de su gato—. Si quieres retirarte a nuestra alcoba para descansar un poco, me reuniré contigo en cuanto acabe el almuerzo.

Erin asintió y se alzó de la silla. Se disculpó con Fiona y se dirigió hacia las escaleras.

En ese momento, Agnes subía una bandeja con comida para Brianna, a la que aún mantenían encerrada en su alcoba.

A pesar de los ruegos de Erin para que liberasen a su amiga de su cárcel improvisada, Fiona e Ian se habían mostrado tajantes.

Brianna no abandonaría sus aposentos hasta que no diesen con el proscrito MacDougall y lo ajusticiaran.

—Dame la bandeja, Agnes. Yo misma se la llevaré a Brianna.

—Pero, mi señora, el laird me ordenó…

—No te preocupes. Si el laird se entera y se molesta porque hayas desobedecido su orden, te defenderé.

—No deseo que tengáis problemas con el laird por mi culpa, mi señora —dijo Agnes, negándose a entregar la fuente con comida.

—Tranquila. Sé bien cómo calmar su furia.

—Pero es que pesa mucho, mi señora.

—¿Acaso me veis débil?

—No, mi señora.

—Entonces, dame la bandeja —le pidió de nuevo—. Y la llave de la alcoba —añadió.

La criada se la entregó a regañadientes y Erin subió las escaleras.

Recorrió el pasillo hasta que llegó a la estancia de Brianna. Dejó la bandeja en el suelo, abrió la puerta con la llave y recogió el recipiente donde portaba los alimentos para su amiga.

En cuanto Brianna la vio entrar, se levantó de la cama y corrió hacia ella.

Erin cerró la puerta con el pie.

—¿Has podido entregarle mi carta a Kylian? —preguntó, angustiada.

—Sí. Aunque no he sido yo quien le ha hecho llegar tu nota.

He tenido que recurrir a Braden. —Al ver el rostro asustado de Brianna, se apresuró a añadir—: Puedes estar tranquila.

No le he contado al niño nada sobre ti ni lo que habías escrito en la misiva.

Le he dicho que debía buscar a un joven llamado Kylian y entregársela.

Porque era una orden del laird para que encontrase al culpable de la muerte de Ebie y que no debía decir nada para no alertar al asesino y que tuviera la oportunidad de escapar. Me ha prometido guardar el secreto.

Brianna suspiró aliviada. Mientras Erin hablaba, había depositado la bandeja encima de la mesa.

—¿Braden ha vuelto del pueblo?

—Sí, poco antes del almuerzo. He hablado con él y me ha dicho que ha cumplido su misión. Le he recordado su promesa de no contar nada a nadie.

—Espero que la cumpla. —Brianna se sentó sobre la cama. Miró a Erin y continuó hablando—: Lamento lo de Ebie. ¿Cómo ha sido?

—Lo único que sé es lo que ha contado Meg. Se lo encontró en el muro oeste del castillo con las tripas fuera. Aún no sabemos quién lo ha hecho.

Erin se echó a llorar otra vez. Brianna le cogió la mano e hizo que se sentara en el lecho junto a ella. Rodeó su cuerpo con los brazos para consolarla.

—Lo siento mucho —susurró con pena.

—No logro entender quién siente tanta inquina por mí como para hacerme todas estas cosas horribles. ¿Acaso he sido descortés con alguien del castillo? ¿Tanto me odia la persona que hay detrás de estos actos miserables?

—No te preocupes. Tarde o temprano, encontraremos al culpable.

Permanecieron así, abrazadas, bastante rato. Sin hablar. Cada una sumida en sus cavilaciones. Hasta que oyeron unos golpes en la puerta y la voz de Ian al otro lado.

—Seguro que ha ido a buscarme a nuestra alcoba y, al no encontrarme, habrá supuesto que estoy aquí contigo.

Porque no creo que Agnes le haya dicho que he sido yo quien te ha traído el almuerzo.

La he visto demasiado azorada por no cumplir la orden que le había dado tu hermano —comentó Erin, deshaciendo el abrazo.

Ian entró en la estancia y contempló a las dos mujeres.

—Dile a Agnes que venga a llevarse la bandeja. No voy a comer nada —le ordenó Brianna a su hermano.

Él dirigió la mirada hacia Erin.

—¿No deberías estar en nuestra alcoba?

—He querido pasar antes por aquí para ver cómo estaba Brianna.

—Ya me lo ha contado Agnes. Por eso estoy aquí —confesó él.

Erin se sorprendió.

—¿Cómo es posible? Se negaba a darme la bandeja porque temía tu reacción al enterarte de que no había cumplido tu orden.

—Agnes es una joven fiel a su laird —declaró Ian con orgullo.

—Y, sin embargo, no ha tenido la misma fidelidad hacia Erin, que es la esposa del laird y, por tanto, su señora —intervino Brianna.

Erin se sintió molesta porque la criada la hubiese delatado. Parecía muy preocupada porque Ian se enfadase con ella, y ahora se daba cuenta de que todo había sido un engaño. ¿Por qué Agnes habría actuado de ese modo?

—De cualquier forma, habéis tenido tiempo suficiente para hablar de vuestros asuntos —dijo él—. Mi querida Erin, acompáñame a nuestra alcoba. Mandaré llamar a Agnes para que venga a llevarse la bandeja.

Erin caminó hacia su esposo y salió de la alcoba tras despedirse de Brianna, después de prometerle que volvería a visitarla antes de la cena.

Al día siguiente, el laird irrumpió en la alcoba de Brianna cuando aún continuaba en la cama. No había dormido en toda la noche, preocupada por Kylian. ¿Habría logrado escapar a tiempo?

Se sobresaltó al oír el golpetazo de la madera chocando contra la pared de piedra de su aposento.

—Dónde se esconde ese rufián. —No fue una pregunta. Fue una orden para instar a Brianna a que le diera la información que requería.

Ella supo que no lo habían encontrado. Suspiró aliviada antes de responder:

—Por su bien, espero que esté camino de Irlanda y que nunca lo encontréis.

—¿Cómo osas faltarme el respeto? —rugió Ian, indignado.

Fiona apareció tras él.

—No estaba en la cueva del lago. Me engañaste, hija.

—No, madre. Fui sincera con vos.

—Entonces, ¿por qué no estaba allí? —quiso saber—. ¿Le advertiste de alguna manera? ¿Te pusiste en contacto con él?

—¿Cómo iba a hacerlo, madre? Me tenéis prisionera en mi propio hogar. No me habéis permitido abandonar mi alcoba ni siquiera para bajar al salón y alimentarme junto a mi familia —le recriminó.

Fiona acusó el golpe. Sin embargo, se mantuvo firme.

—¿Quién te ha ayudado a ponerte en contacto con ese malnacido? —intervino Ian.