Una esposa para el laird (Guerreros de Escocia 1) 12 #3
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—Puede que, antes de conocer a Brianna, participase en los hurtos. Pero, si es cierto lo que te ha contado sobre que se veían todas las noches a partir de la fiesta, no puede ser él, ya que pasaba el tiempo con ella.

—El incendio del granero fue la noche de la fiesta —rememoró Fiona.

—Y, según Brianna, él estaba en el castillo, porque ha confesado que lo conoció en la fiesta.

Debo reconocer, aunque me pese, que ese traidor de MacDougall no tuvo nada que ver con el incendio del granero.

Es más, desde que ahorcamos al muchacho MacDonald, no ha habido más robos ni han matado a ningún animal.

—El castigo ha servido de lección para los demás proscritos que habitan los bosques —afirmó Fiona, complacida.

Erin decidió entrar en la estancia. Ya había calmado lo suficiente sus nervios y su corazón. Estaba preparada para reunirse con su esposo y su suegra e interpretar su papel. Tocó a la puerta antes de abrirla.

—¿Y bien? —quiso saber el laird al verla entrar.

—Está muy abatida. Me da tanta pena…

—¿Qué te ha contado de ese bastardo malnacido? —preguntó Fiona.

—En realidad, nada que no te haya confesado ya. A pesar de que he insistido en que lo olvide, dice que no puede. Lo lleva clavado en el corazón.

—Cuando lo encuentre, será él quien tenga clavada en el corazón mi espada por haber seducido y enamorado a mi hermana.

—¿Vais a tenerla encerrada en su alcoba mucho tiempo? —quiso saber Erin—. Me parece un trato inhumano. Solo se ha enamorado del hombre equivocado. No es justo castigarla por algo así.

—Permanecerá en sus aposentos hasta que demos con MacDougall y lo ajusticiemos por traidor —dijo el laird con tono firme.

—¿Podré acompañarla? Desearía estar con ella cuando reciba la noticia del ahorcamiento de su amado. Será un duro golpe y quiero consolarla.

—Te lo permitiré. Por supuesto.

—Ahora, me gustaría ir al pueblo. Hoy es día de mercado y quiero comprar algunas cosas.

—¿Qué cosas? —quiso saber Fiona, suspicaz.

Erin, que ya había pensado una excusa creíble, contestó:

—Desearía comprar unos pendientes y un collar. Dado que me han robado mis joyas, no tengo ningún abalorio que ponerme.

—Está bien —respondió su suegra—. Te acompañaré para aconsejarte.

Erin hizo un gesto con la cabeza asintiendo mientras pensaba la forma de librarse de Fiona. La madre de Ian era una mujer inteligente. Erin estaba convencida de que se imaginaba el motivo de su repentino interés en acudir al pueblo. Pero no podía negarse, o eso la haría sospechar más.

Ya se le ocurriría algo por el camino para despistarla una vez que llegasen al mercado. Entre tanta gente, esperaba tener la oportunidad de perderla de vista y poder buscar a Kylian para entregarle la misiva de Brianna que llevaba en la manga del vestido.

Un rato después, Erin y Fiona abandonaban la torre del homenaje. Charlaban entretenidas cuando se encontraron con Meg. La pequeña estaba sentada en el suelo llorando. Su delicado cuerpo se sacudía por el llanto. Portaba algo en su regazo, que Erin no vio hasta que estuvo más cerca de ella.

—¡Dios santo! ¿Qué le ha pasado a Ebie? —preguntó, arrodillándose al lado de la niña.

El felino tenía un gran corte en el abdomen por el que salían las tripas.

—No lo sé —respondió la niña, sin dejar de llorar—. Había desaparecido. Lo he estado buscando desde que amaneció —les contó entrecortadamente—. Estaba cerca del muro oeste… así.

Meg lloró más fuerte y Erin comenzó a sollozar también.

Su querido gato, con el que había compartido media vida, a quien le había dado cariño, alimento y protección, ahora estaba muerto.

Lo habían matado. ¿Quién sería el culpable?

¿La misma persona que destrozó sus vestidos y robó su cofre con las joyas familiares?

Ian las contemplaba desde la ventana de su sala privada. Al darse cuenta de lo que ocurría, salió al exterior para reunirse con ellas.

—¡Santo cielo! ¿Quién ha sido?

—No lo sabemos —dijo Fiona.

Ian se agachó para coger al gato, pero Meg se negó a soltarlo.

—Dámelo, mi niña. Te prometo que encontraré al culpable y que pagará por esto. Pero ahora debemos enterrarlo —pronunció con voz suave.

—Sí, Meg. Debes dárselo a Ian. Es lo mejor —comentó Erin al ver que la pequeña se negaba a entregar al minino.

Tras un momento de duda, la niña preguntó:

—¿Podéis esperar hasta que recoja algunas flores para ponerlas en su tumba?

—Por supuesto. Yo misma te acompañaré a buscarlas —se ofreció Erin—. Y Fiona vendrá con nosotras.

—¿Brianna y Mor? —quiso saber la niña.

—Brianna no puede. Está… indispuesta. En cuanto a Mor, mandaré llamarla para que nos acompañe —dijo Erin.

Cuando la doncella se reunió con ellas en el patio, abandonaron el castillo. Se dirigieron hacia el claro del bosque y allí se encontraron con Braden, que estaba jugando con palos, que hacían las veces de espadas, con otros dos chiquillos.

Le contaron al muchacho lo sucedido con el gato y este juró vengarse del culpable.

Erin, que no había olvidado su misión de entregarle la misiva a Kylian, vio la oportunidad de hacérsela llegar.

Apartó a Braden del resto del grupo y, en voz baja, le dijo:

—Ve al mercado del pueblo. Debes buscar a un joven llamado Kylian.

Es tan alto como el laird , con cabello oscuro y ojos verdes.

Tiene barba y un lunar cerca del ojo izquierdo.

Encima de la ceja, una cicatriz. Entrégale esta carta.

—Erin se la sacó de la manga del vestido—.

Él encontrará al culpable de la muerte de Ebie —le mintió al muchacho.

Aunque le dolió hacerlo, no podía evitarlo si quería que la carta llegase a su destinatario.

—¿Por qué no busca el laird al culpable?

—Está cavando la tumba para enterrar a Ebie.

—Está bien. Encontraré a ese Kylian y le daré el mensaje —dijo, tomando la misiva de la mano de Erin—. Ayudaré a ese señor a capturar al asesino.

—¡No! —exclamó Erin—. Ese joven trabaja solo. Además, debes guardar el secreto porque si el culpable se entera de que Kylian lo está buscando, huirá y nunca podremos darle su castigo por lo que le ha hecho a Ebie. Prométeme que no se lo dirás a nadie. Ni siquiera a tus amigos.

—Promesa de MacLeod —declaró Braden con gesto serio.