Una esposa para el laird (Guerreros de Escocia 1) Epílogo
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Epílogo

Castillo Dunvegan. Isla de Skye, Escocia.

Las hogueras de Beltane estaban prendidas. Los granjeros conducían su ganado alrededor de ellas para purificarlo y purificarse a sí mismos. Era un ritual heredado de los celtas, que se celebraba entre el equinoccio de primavera y el de verano.

En el centro de todas las hogueras estaba construido el hombre de mimbre, una estructura de gran tamaño en la que los antiguos druidas quemaban a sus víctimas en sacrificio. Normalmente, solían ser prisioneros de guerra romanos que eran capturados por las tribus celtas.

Pero ahora tan solo quemaban la figura de mimbre en honor al rito pagano. Era un acto simbólico, una forma de mantener viva una tradición ancestral sin perjudicar a nadie.

Una figura importante de Beltane era la reina de Mayo, que ese año le correspondía a una de las jóvenes del pueblo.

Representaba a la diosa celta Ostara, que encarnaba la fertilidad, la vida y la renovación del mundo natural.

Era una mujer joven, amorosa y sensual que sostenía en su mano derecha una rama de manzano.

El acto consistía en que la reina de Mayo del año anterior debía pasar su corona a la siguiente reina, elegida entre un grupo de trece jóvenes vírgenes. A continuación, marchaban en procesión.

Erin disfrutaba de la música celta que sonaba en esos momentos cuando se le acercó Maura. La saludó efusivamente y comentaron lo mucho que estaban disfrutando del festival.

La anciana posó las manos en el vientre de Erin y cerró los ojos. La joven no se movió. Si Maura la tocaba así, debía tener un buen motivo, así que aguardó, expectante. Maura mantuvo las manos durante varios minutos y, cuando abrió los ojos, sonrió.

—Dentro de ocho lunas lo tendré todo preparado —dijo la curandera.

—¿Preparado para qué? —quiso saber Erin.

—Vas a ser madre.

Esas cuatro palabras golpearon con fuerza a Erin. Su corazón comenzó a latir veloz. ¿Había oído bien? ¿Iba a tener un bebé en poco más de ocho meses?

—Por fin —suspiró Erin.

—¿Estás segura, Maura? —preguntó Brianna, intentando no saltar de la emoción. ¡Iba a tener un sobrino!

—Por supuesto, jovencita —le dijo con confianza—. ¿Alguna vez me he equivocado? —Lanzó la pregunta como si fuera una reprimenda por haber dudado de sus capacidades.

Erin estaba muy contenta por la noticia que acababa de darle Maura. ¡Iba a ser madre! La felicidad inundó su cuerpo y emborrachó cada parte de su ser. Estaba deseando contárselo a Ian.

—¿ Lady Erin va a tener un bebé? —quiso saber Meg, que estaba entre Brianna y Erin.

—Sí, pequeña —contestó Maura.

—¿Se va a morir? —preguntó, preocupada.

Brianna bufó, exasperada por lo cabezota que era la niña.

La curandera acarició la cabeza de la pequeña.

—No, no morirá. Tendrá un bebé sano y fuerte al que cuidar y proteger. Y tú la ayudarás, ¿entendido?

Meg asintió con solemnidad. Luego, esbozó una sonrisa que iba dirigida a Erin.

—Enhorabuena, cuñada —dijo Brianna en ese momento.

Maura sacó unas hierbas del bolsito que llevaba. Ató el manojo con una cuerdecita y se lo dio a Erin.

—Cuando sientas náuseas, que te preparen una infusión con estas hierbas. Te aliviarán.

—Muchas gracias, Maura —contestó con una sonrisa más grande aún que la que le había mostrado antes.

—Y, cuando empiecen los dolores de parto, envía a alguien a buscarme.

—¿Cómo sabré que son dolores de parto? —preguntó Erin.

La anciana le cogió una mano y la sostuvo entre las suyas.

—Lo sabrás —dijo mientras asentía con la cabeza—. Confía en mí.

Ian estaba con sus hombres festejando Beltane cuando se le acercó un mensajero y le entregó una carta que había enviado uno de los guardias que tenía en el puerto de Uig.

Se retiró un poco para leer la misiva. En ella, el soldado le informaba de que Kylian MacDougall había llegado a ese puerto esa misma mañana, que lo habían capturado y se dirigían hacia Dunvegan. También mencionaba que el proscrito se había dejado capturar sin oponer resistencia.

Una vez acabada la lectura del pergamino, alzó sus ojos y buscó a su hermana. La descubrió junto a su esposa, con Meg y Maura. La curandera le entregaba en esos momentos algo a Erin mientras mantenían una conversación.

Se dirigió presto hacia ellas y llegó a tiempo de escuchar cómo la anciana le decía a Erin:

—Lo sabrás. Confía en mí.

—¿Qué es lo que tiene que saber mi amada esposa? —preguntó Ian.

La anciana miró primero al laird y después, a Erin.

—Contádselo, mi señora —la animó la curandera.

Erin se acercó a su esposo con una gran sonrisa.

—Estoy encinta.

El laird abrió mucho los ojos y, tras recuperarse de la sorpresa, abrazó a su esposa y rompió a reír. Lágrimas de alegría rodaron por los rostros de ambos. Ian llenó a Erin de besos.

—¡Por fin! —exclamó, contento. Se giró hacia Maura y preguntó—: ¿Cuándo nacerá?

—Dentro de ocho lunas, mi señor.

—¡Dentro de ocho lunas! —repitió con una alegría desbordante.

Abrazó otra vez a Erin, la besó con pasión y la alzó entre sus brazos.

—Vamos a ser padres, mi dulce esposa. Por fin. Después de tanto tiempo esperando.

—Sí, por fin. Debo escribir a mi familia para darles la buena noticia.

—Mañana podrás hacerlo. Ahora tenemos que disfrutar de la bendición que nos ha otorgado Ostara, diosa pagana de la fertilidad.

Continuaron con la fiesta hasta bien entrada la noche.

Cuando regresaron al interior del castillo, estaban exhaustos.

Sin embargo, a Ian aún le quedaba un asunto por resolver.

—Sube a nuestra alcoba. Iré enseguida —murmuró sobre sus labios, antes de besarla.

Erin hizo lo que su esposo le había pedido y se marchó de allí.

—Brianna —llamó el laird —, debo hablar contigo un momento. Acompáñame a mi sala privada, por favor.

La joven se imaginó de qué quería hablar su hermano con ella.

Esa noche se había celebrado la festividad de Beltane, por lo tanto, Kylian había vuelto como le prometió antes de partir hacia Irlanda.

—¿Tienes noticias de Kylian? —preguntó con ansiedad.

Ian no respondió hasta que no estuvieron los dos en la estancia privada del laird .

Entonces le mostró la carta que había recibido.

Brianna la leyó con avidez.

—¿Por qué lo han capturado? ¿Qué piensas hacer con él? Si lo matas, te advierto de que tú correrás la misma…

Ian alzó una mano para interrumpirla.

—No voy a matarlo. A no ser que haga daño a nuestra familia.

—Eso no ocurrirá —lo defendió.

—He ordenado su captura porque quiero hablar con él antes de que se reúna contigo.

—¿Por qué tiene que ser antes y no después de que yo lo vea?

—Porque necesito saber si son ciertas las palabras que te escribió en aquella carta poco después de su partida a Irlanda.

—¡Por supuesto que son ciertas! —volvió a defenderlo.

—También debemos pensar en la manera de conseguir el perdón del rey. De lo contrario, no podréis desposaros.

Brianna asintió.

—Querida hermana, tenemos por delante un duro trabajo que hacer.

—Haré lo que sea necesario para demostrar que Kylian es un buen hombre, honorable y con valores, fiel a Escocia y al rey Bruce.

Cuando Ian llegó a su alcoba minutos después, se encontró con Erin en camisón, sentada frente al tocador, cepillándose el pelo.

Al oír el ruido de la puerta al abrirse, la joven vio por el espejo que era su esposo quien accedía a sus aposentos.

—Perdona mi tardanza —se disculpó.

Erin no dijo nada. Dejó el cepillo encima de la mesa de madera y se levantó del asiento que ocupaba. Caminó hacia su amado con lentitud, contoneando las caderas para despertar en él un deseo irresistible.

En silencio, comenzó a desvestirlo y aprovechó para depositar pequeños besos en la piel que iba descubriendo. La sensación de sus labios sobre la piel de Ian provocó que sus terminaciones nerviosas se volvieran locas.

Con la lengua, le lamió los pezones, como él había hecho infinidad de veces con los suyos. El joven soltó un gruñido muy masculino, que hizo que el corazón de ella latiera más rápido, con una mezcla de ansiedad y excitación.

Cuando se deshizo del kilt , se encontró con su virilidad erecta, apuntando directamente hacia ella. La abarcó con la mano y notó su piel caliente y suave, acero cubierto de seda.

Ian ronroneó como un gatito de pura satisfacción y tuvo que hacer un esfuerzo para controlar su lujuria.

La agarró por la cabeza y acercó los tentadores labios de su mujer a su sedienta boca.

Necesitaba beber de ella hasta saciarse.

Por un instante, se sintió como un pedazo de hielo derritiéndose en mitad del fuego.

La boca femenina tenía un calor que lo volvía loco.

Sus manos pasaron de la cabeza a la cintura. La acarició por encima del camisón, pero él necesitaba más. Más de ella. Deseaba sentir el contacto de su piel suave y delicada.

De un tirón, le sacó la camisola por la cabeza, dejándola desnuda frente a él. Erin temblaba como una hoja sacudida por el viento, pero no era de frío. Era de anticipación y deseo. Temblaba de pasión al imaginarse la noche de placer que tendría con su esposo.

—Eres tan hermosa —susurró Ian.

—Tú también —contestó mientras seguía acariciando su erección.

Aquel contacto carnal era una sensación tan exquisita que deseó fundirse en él. El cuerpo masculino era increíble, cálido y duro al mismo tiempo. Aceleró las caricias que le estaba dedicando al magnífico miembro del guerrero.

—¿Te gusta, amor mío? —preguntó con una voz tan sensual que logró que la sangre corriera enloquecida por las venas de su marido.

—Demasiado, mi ardiente esposa. Pero no deseo culminar así. Deseo acabar entre tus piernas, enterrado en ti profundamente.

La cogió en brazos y la tumbó en el lecho con delicadeza, como si fuera un tesoro de un valor incalculable. Le abrió las piernas y ocupó el espacio entre ellas. La penetró con un envite certero y movió las caderas pegado a ella, para rozarle el punto exacto donde aguardaba su placer.

Ian la miró con los ojos ardientes de deseo y comprobó que Erin estaba a punto de alcanzar su clímax. Aceleró el ritmo hasta que fue tan frenético que ella alcanzó el éxtasis con un gemido de puro gozo.

A pesar de ello, Ian continuó embistiéndola hasta que notó cómo el fuego se apoderaba de su cuerpo. Gritó al vaciarse en ella y olió el primitivo y excitante aroma del sexo inundando la alcoba.

Se desplomó contra ella, pero no duró mucho tiempo, porque enseguida giró con el cuerpo de su esposa pegado al suyo hasta tenerlo sobre él.

—Te amo, mi dulce Erin.

—Yo también te amo, Ian.

—Gracias por darme un hijo —susurró él, emocionado.

Metió una mano entre sus cuerpos y le acarició el vientre.

—Gracias a ti por sembrar en mi cuerpo la semilla de la vida.

Ian volvió a reclamar su boca, con todos los sentidos puestos en la vibrante mujer que tenía entre sus brazos.

FIN