12
Cuando Fiona llegó a los aposentos de su hijo y su nuera, los dos soldados que estaban custodiando la entrada le dieron los buenos días.
—Necesito hablar con mi hijo.
—Mi señora, el laird y su esposa han abandonado la alcoba nada más despuntar el día —le informó uno de ellos.
—¿Sabéis a dónde han ido?
—No, mi señora.
—Bien, gracias.
Fiona se dio la vuelta y bajó las escaleras hasta llegar al salón.
Se dirigió hacia la sala privada donde Ian solía reunirse con sus hombres para tratar asuntos del clan, pero la encontró vacía.
Regresó al salón. Allí, Freya barría el suelo mientras Agnes encendía más velas y otras dos criadas preparaban la mesa para el desayuno.
—¿Habéis visto a mi hijo y a mi nuera? —preguntó.
—Creo que han salido a cabalgar, mi señora, porque hace rato los he visto dirigirse al establo y salir de él subidos sobre sus monturas —declaró Agnes.
—Gracias, Agnes.
—¿Queréis desayunar ahora, mi señora? ¿O más tarde? —intervino Freya.
—Sí. Lo haré ahora.
Freya dirigió una mirada y un movimiento de cabeza a una de las criadas, indicándole que le sirviera a su señora.
—¿Hacia dónde vamos? —quiso saber Erin.
—¿Te apetece galopar? Hagamos una carrera —le propuso Ian.
—¿Cuál será la recompensa para el ganador?
—Te lo diré cuando lleguemos.
—¿Qué recorrido haremos? —preguntó ella.
—Llegar hasta el lago y volver a Dunvegan. El primero en cruzar el puente de piedra será el ganador.
—Me parece bien, pero estoy en desventaja. Tu caballo es un semental fuerte, vigoroso y veloz. Mi yegua no puede competir contra él.
—Te daré ventaja —le prometió el laird , guiñándole un ojo.
Erin asintió, no muy convencida de ganar la carrera. Aun así, se dijo que disfrutaría del recorrido, cabalgando sobre su montura como si fuera un pájaro que vuela libre como el viento.
—¿Preparada? —Ella afirmó con la cabeza y su marido comenzó la cuenta atrás—: Tres… Dos… Uno… ¡Ya!
Erin espoleó a su yegua y salió disparada por el camino que llevaba al lago. Cuando Ian la perdió de vista al internarse en el bosque, azuzó a su caballo y emprendió la persecución.
Ella galopaba con los mechones de su cabello agitados por el viento, las mejillas del mismo tono que su pelo y la respiración alterada.
Con el corazón bombeando frenético, se giró unos instantes para comprobar cuánta distancia le llevaba a su esposo.
Al verlo entrar en el bosque, espoleó todavía más a su yegua y se propuso ganar la carrera, a pesar de que Ian recortaba la distancia a gran velocidad. Pero no se daría por vencida.
Con una sonrisa de excitación en el rostro y la capa hondeando a su espalda, cabalgó más rauda. Sin embargo, no le sirvió de nada, porque Ian pronto le dio alcance y la sobrepasó. Llegó al lago antes que ella y, al darse la vuelta, le guiño un ojo y le dedicó una amplia sonrisa de victoria.
En ese mismo momento, Erin hizo que su montura girase para emprender el regreso a Dunvegan. A pesar de que estaba haciendo trampas, pues no había llegado al lago, sabía que no le serviría de nada, ya que Ian había puesto demasiada distancia entre ellos.
De todas formas, siguió cabalgando libre como el viento, sintiéndose plenamente dichosa.
Al llegar al puente de piedra que daba acceso al castillo, se encontró con su esposo, que la esperaba. Había desmontado de su corcel. Con la cadera apoyada contra una de las piedras del puente, la miraba con prepotencia y un brillo ganador en sus ojos acerados.
Erin frenó poco a poco a su yegua hasta que se detuvo justo al lado de Ian. Él la agarró por la cintura y la bajó, pegándola bien contra su duro torso.
—¿Necesitas descansar? Pareces un poco sofocada.
—No —jadeó con la respiración entrecortada—. ¿Y bien? ¿Qué me vas a pedir de recompensa por resultar ganador?
—Estoy dudando entre varias opciones. Un buen premio sería un largo beso para saborearte a placer, pero eso podría provocar que nos encendiéramos y dar un buen espectáculo a los soldados que vigilan desde las almenas.
—¿Eres incapaz de controlar tu deseo por mí? —preguntó Erin con picardía.
—Podría controlarlo, pero no quiero resistir la tentación.
Erin sonrió excitada.
—¿Cuál es la otra opción?
El laird se inclinó sobre sus labios y susurro:
—Arrastrarte hasta nuestra alcoba y no abandonarla en todo el día.
La joven dama se estremeció al sentir el cálido aliento de él haciéndole cosquillas sobre los labios. Además de que la propuesta que la había hecho la seducía enormemente.
—Acepto la segunda opción —musitó.
—Primero, dejemos los caballos en el establo. ¿Aguantarás hasta llegar a nuestra alcoba?
—Estoy segura de que sí. Lo que me preocupa es si tú serás capaz de hacerlo —le pinchó.
Ian soltó una gran carcajada.
—Yo llevaré nuestras monturas a las caballerizas. En cuanto a ti, mi tentadora esposa, subirás rápidamente a nuestros aposentos y me esperarás desnuda —le ordenó.
Cogió las riendas de su semental y de la yegua, y se dirigió hacia el establo mientras Erin cumplía sus órdenes.
Cuando entró en el salón, se encontró con Fiona desayunando. Tras los saludos de rigor, esta le preguntó por el laird .
—Ha ido a dejar las monturas en el establo. No tardará en venir.
—Necesito hablar con él. Es urgente.
—¿Ha pasado algo? —preguntó, preocupada.
Fiona asintió con un gesto de cabeza.
—Primero, hablaré con mi hijo. Tú puedes estar presente. ¿Qué tal el paseo? ¿A dónde habéis ido? ¿Y por qué vienes con las mejillas arreboladas y el pelo revuelto?
—Ian y yo hemos hecho una carrera.
—Supongo que habrá ganado mi hijo.
—Supones bien —contestó sonriendo.
—Entonces, siéntate y desayuna. Estarás hambrienta.
Erin dudó un momento. Ian le había pedido que lo esperase en su alcoba, desnuda, pero lo cierto era que se moría de hambre.
Fiona aprovechó ese momento de duda para indicarle a una de las criadas que le trajera a la señora del castillo un cuenco con gachas calientes y alguna pieza de fruta.
—Mejor trae dos. Mi hijo también estará hambriento —le ordenó a la moza.
Erin se sentó al lado de su suegra, en el sitio que le correspondía por ser la esposa del laird .
Ian llegó a los establos y dio órdenes a los mozos de que pusieran de comer y beber a las monturas y que las cepillasen.
—Mi señor —uno de los mozos de cuadras se acercó a él—, quisiera pedirle permiso para ir al pueblo. Están reconstruyendo el granero que se incendió y desearía ayudar.
—Puedes ir después de acabar tus tareas con la yegua de mi esposa. Tú —miró al otro mozo de cuadras—, te encargarás de mi caballo. Y, si deseas ir al pueblo para ayudar también con lo del granero, puedes hacerlo.
—Gracias, laird —dijeron los dos a la vez.
Ian se dirigió hacia la salida del establo. Sin embargo, antes de traspasar el umbral, se giró para decirles:
—Mandaré algunos hombres más para que colaboren con la restauración del granero. De todas formas, si necesitáis mi ayuda, no dudéis en pedírmela.
Los jóvenes se lo agradecieron y comenzaron a atender a los caballos.
Ian se dirigió hacia el salón. En el patio del castillo se cruzó con varios de sus hombres que estaban entrenando con la espada. Llamó a tres de ellos y les ordenó que fueran al pueblo para colaborar en la reforma del granero. Después, siguió su camino hacia el interior de la torre del homenaje.
Cuando vio a su madre y a Erin sentadas a la mesa desayunando, supo que el momento íntimo con su esposa se retrasaría. Le dirigió una mirada significativa y ella se encogió de hombros. Puso una mueca, dándole a entender que no había tenido opción de negarse.
—Buenos días, madre.
—Buenos días, hijo. Necesito hablar contigo después del desayuno. Es algo urgente e importante.
Ian se sentó al lado de Erin y le indicó a Freya que le sirviera.
—No me consta que haya ocurrido nada grave —le dijo a Fiona—, pero, por la preocupación en tu voz, diría que sí. ¿Qué te tiene tan alterada, madre?
—Acabemos primero —le pidió al tiempo que echaba un vistazo a su alrededor, indicándole así que era un asunto que no debían tratar delante de las criadas.
Freya regresó de la cocina con una bandeja con gachas calientes y varias piezas de fruta.
Cuando terminaron, se dirigieron a la sala privada del laird . Nada más cerrar la puerta, Fiona comenzó a hablar. Erin estaba sentada en una silla, al lado de la pared. Ian escuchaba a su madre sentado tras el escritorio.
Fiona les contó toda la conversación con Brianna y el plan que había trazado.
—Por lo pronto, permanecerá confinada en su alcoba hasta que demos con ese hombre. Debes mandar algunos soldados para que lo traigan aquí y lo interroguemos —acabó diciendo.
Erin estaba asombrada por la historia que había contado su suegra.
Jamás habría pensado que Brianna pudiera hacer algo así, verse a escondidas con un hombre y, además, pasar toda la noche con él.
A su memoria llegó el recuerdo de esos momentos en los que su amiga y cuñada parecía que estaba soñando despierta, los suspiros, las distracciones, lo ansiosa que estaba por cenar rápido y marcharse a su alcoba.
Ahora cobraba sentido. Estaba enamorada.
Se sintió muy dichosa por ella, pero le preocupaba que el hombre al que amaba no fuera buena persona y la estuviera engañando, como afirmaba Fiona.
No le parecía bien que su suegra la mantuviera encerrada en su alcoba y tampoco que hubiera faltado a la verdad cuando le prometió que la dejaría ir a buscarlo ella sola.
Por lo que había comentado Fiona, eso no entraba en su plan.
—Kylian —siseó Ian—, ese bastardo malnacido.
—¿Lo conoces? —preguntaron Fiona y Erin al mismo tiempo, sorprendidas.
—Hay un Kylian que pertenece al clan MacDougall.
Luché contra él en la batalla de Old Byland hace varios años.
Es muy diestro con la espada y el puñal.
Y también muy astuto. No me extraña que le haya contado todas esas falacias a Brianna.
Lo peor es que ella ha sido una ingenua y las ha dado por ciertas.