11 #2
¿Cómo sabía la anciana que se reunía con un hombre? ¿Tan descuidada había sido? Pensaba que no, que había cubierto su rastro a la perfección. Pero estaba claro que se equivocaba.
Antes de cenar, Erin se dio un baño.
—¿Qué vestido queréis poneros, mi señora? —le preguntó Mor.
—El azul. Y coge de mi cofre las joyas de mi abuela: el colgante y los pendientes de oro.
Mor se dirigió hacia la mesa y se dio cuenta de que no estaba.
—¿Habéis cambiado de sitio el joyero? —preguntó al no verlo.
—No. Está en el mismo lugar de siempre.
—Lo siento, mi señora, pero aquí no está.
Erin se levantó de la tina y Mor le acercó un paño para que pudiera secarse.
—¿Cómo que no está? —soltó, incrédula.
Mor señaló la mesa donde la caja de madera con el escudo de los Campbell grabado había estado hasta entonces.
—¿Estáis segura de que no lo habéis metido en algún baúl?
—Sí, lo estoy.
—Pues alguien lo ha robado —dedujo Mor—. Intuyo, mi señora, que será la misma persona que destrozó vuestros vestidos.
—Ve a buscar a Ian. Deprisa —le pidió Erin.
La doncella abandonó la alcoba de inmediato.
En el tiempo que Ian tardó en llegar, Erin acabó de secarse y se vistió sin ayuda.
Justo cuando estaba desenredándose el cabello, apareció su esposo, con Mor detrás.
—¿Qué ha pasado?
—Alguien se ha llevado el cofre con las joyas de mi familia.
—¿Por qué no lo guardaste en algún arcón?
—No lo hice porque el herrero le puso cerradura también y solo yo tengo la llave. No pensé que me lo robarían.
Ian cerró los ojos y se pinzó el puente de la nariz.
—Mandaré a un par de hombres a indagar.
Mientras el matrimonio hablaba en sus aposentos, una criada del castillo se reunía con dos hombres en la parte de atrás de la taberna.
—Aquí tenéis lo prometido —dijo, entregándoles el joyero de Erin—. ¿Cuándo lo haréis?
—En cuanto tengamos la oportunidad —respondió uno.
—Debe ser rápido. Mañana o pasado como muy tarde —les pidió la criada.
—No te preocupes. En unos pocos días, te librarás de tu señora —soltó el otro.
Reunieron a todo el personal del castillo y los interrogaron acerca del cofre desaparecido, pero nadie sabía nada.
Ian decidió poner vigilancia en la puerta de su alcoba para evitar más incidentes.
Cuando terminaron de cenar, Brianna se escabulló del castillo para reunirse con su amado.
—Quiero que te lleves un recuerdo mío —dijo, sacando de la manga del vestido un pañuelo bordado con las iniciales K y B.
Kylian lo cogió como si fuera el tesoro más preciado del mundo.
—Gracias. Lo llevaré siempre conmigo, al igual que tu amor —susurró, emocionado. Atrapó los labios de Brianna para darle un beso.
Mientras degustaba la calidez de la boca de Brianna, su mente no dejaba de insistir en que le contase la verdad de una vez por todas. No podía marcharse a Irlanda y que luego ella la descubriese por sí misma y que el amor que sentía por él se convirtiera en odio.
—No soy quien tú crees que soy —dijo al acabar el beso.
Brianna se recostó en el pecho de Kylian.
—No me importa quién seas.
—Créeme. Cuando lo sepas, sí te va a importar.
Ella retiró la cabeza del torso duro de su amante y lo miró a los ojos.
—Dime quién eres y yo decidiré si me importa o no.
Kylian la miró con ansiedad. Un sentimiento de pérdida se apoderó de él.
Sabía que, en cuanto ella conociera la verdad, huiría de él. Quizá informaría a su hermano de su presencia en sus tierras, pero dudaba que contase que habían estado viéndose en secreto, porque eso supondría una mancha en el honor del clan MacLeod.
De todas formas, debía confesar. No deseaba emprender un viaje sabiendo que la había engañado. Tragó saliva antes de darle la información que Brianna le requería.
—Soy Kylian MacDougall de Lorne, sobrino del laird Duncan MacDougall.
Brianna se separó de él como si se hubiera quemado.
Pero más bien fue como si le hubieran arrojado por encima un cubo de agua helada.
Había tenido encuentros secretos en los que se habían besado apasionadamente, en plena noche, con un hombre que era enemigo de su clan.
Una sensación espantosa le recorrió el estómago.
Sintió que con esos besos y las caricias que se habían prodigado, que con todos sus encuentros nocturnos, había traicionado a su familia y a su clan.
Empujó a Kylian hacia atrás y luego le dio un fuerte bofetón.
El rostro de Kylian apenas se movió por el impacto, pero la huella de la mano de Brianna relucía escarlata en su mejilla.
—¡Me has engañado! —le gritó con rabia y dolor.
—No era mi intención hacerlo.
—¡Fuera de aquí! Si lo que pretendías era humillar a la hermana del laird MacLeod, ya lo has conseguido. Ya has obtenido tu venganza.
—Brianna, no he pretendido humillarte ni vengarme de nadie. No soy un hombre que vaya por ahí tomándose la revancha. Solo quiero curar cicatrices y vivir en paz.
—Entonces, ¿no eres cazador de proscritos?
—No. Lamento haberte mentido en ese aspecto, pero supuse que, si desde un principio te confesaba quién soy en realidad, perdería la oportunidad de conocernos y enamorarnos. Mis intenciones contigo son buenas. Deseo amarte y hacerte feliz el resto de nuestras vidas.
—Te odio, pero mi cuerpo te desea y mi corazón te ama —reconoció con una mezcla de sentimientos.
—No me odias a mí. Odias a mi clan por haber apoyado a los ingleses en la guerra, pero yo nunca estuve de acuerdo con la decisión que tomó mi tío Duncan.
Siempre he deseado la independencia de Escocia, sin embargo, sabes tan bien como yo que el clan está por encima de nuestros deseos y que es obligatorio cumplir la voluntad del laird .
Brianna lo miró a los ojos y vio en ellos que sus palabras eran sinceras.
—No puedo evitar odiarte, a ti y a tu clan —dijo, poco convencida.
—Sé que no me odias, a pesar de tus palabras. Cuando regrese de mi viaje, vendré aquí para hablar con tu hermano y que nos permita estar juntos, si tú lo deseas.
—No lo hará. Ian no nos permitirá estar juntos. No dejará que mi corazón te ame.
—Tienes la libertad de amar a quien tú quieras. Eso no te lo puede quitar nadie.
—Pero no dejará que estemos juntos.
—Lo convenceré. Ahora, debo marcharme. ¿Volverás mañana por la noche?
Brianna pensó unos minutos.
Quería negarse, pero la idea de no volver a verlo una vez más antes de su partida a Irlanda le rompía el corazón. A pesar de que era un enemigo de su clan, lo amaba. Estaba profundamente enamorada de él.
Recordó sus palabras: «Solo quiero curar cicatrices y vivir en paz. Nunca estuve de acuerdo con la decisión de que los MacDougall nos aliáramos con los ingleses. Sabes tan bien como yo que es obligatorio cumplir la voluntad del laird . El honor del clan está por encima de nuestros deseos».
—Sí, volveré —le confirmó por fin, abrazándose a su cuerpo.
Comenzaba a amanecer y debían despedirse.
—Hasta la noche.
—Hasta pronto, mi amor.
Deshicieron el abrazo con mucho esfuerzo. Ninguno de los dos quería alejarse, pero debían hacerlo. Brianna recorrió con los dedos el rostro de su amado. La pequeña cicatriz encima de su ceja izquierda, el lunar cerca del ojo… La nariz recta, los labios carnosos… Quería aprendérselos de memoria.
Cada uno se fue por su lado, pero se giraban a cada poco para verse por última vez. El día se les hacía muy largo, por eso atesoraban esos últimos instantes.
Cuando se perdieron de vista, Brianna apretó el paso. Esa vez se había entretenido demasiado y alguien podría descubrirla.
Llegó a Dunvegan, entró por la puerta de atrás y se dirigió hacia las escaleras. Las subió con el corazón rebosando amor por Kylian y multitud de preguntas en la cabeza.
¿Qué ocurriría si alguien descubría su romance con un joven de un clan enemigo? Tendría que ser más cuidadosa a partir de entonces. Al menos, hasta la marcha de Kylian a Irlanda. No deseaba que los descubrieran. Deseaba pasar el poco tiempo que le quedaba junto a él sin sobresaltos.
Al llegar a su alcoba, abrió la puerta con una sonrisa recordando todos los besos que Kylian y ella se habían dado.
La sonrisa se le congeló al ver quién la esperaba en sus aposentos.
—¿De dónde vienes? —preguntó Fiona.
Brianna pensó una excusa con rapidez.
—Me he despertado temprano y he bajado a la cocina para comer algo.
Su madre la miró de hito en hito sabiendo que mentía.
—¿De dónde vienes? —repitió.
—Ya te lo he dicho, madre. Estaba en la cocina…
—Embustera —siseó.
Brianna se dirigió a la cama.
—No miento. Estoy diciendo la verdad.
Fiona la observó.
—Entonces, ¿por qué las sábanas de tu lecho no están revueltas? ¿Por qué llevas el mismo vestido que anoche? Y lo que me resulta más extraño: ¿por qué te has puesto la capa? ¿Acaso hacía frío en la cocina?
Brianna no supo qué contestar al darse cuenta del error que había cometido.
—¿Dónde has pasado la noche y con quién? Porque yo la he pasado aquí, en tu alcoba, esperando tu regreso. Así que deja de contar falacias o perderé la confianza en ti —le advirtió con un tono de voz duro.
La joven se sentó en la cama, abatida.
—Lamento haberte mentido, madre. —Lo mejor sería empezar pidiendo perdón—. He pasado la noche en la cueva del lago.
—¿Sola?
Brianna negó con la cabeza. Su madre abrió tanto la boca por el asombro que casi se le desencajó la mandíbula. Se llevó una mano al pecho y le preguntó a su hija:
—¿Te has entregado a un hombre?
—¡No! Por Dios, no. ¿Cómo puedes pensar eso?
—¿Y qué quieres que piense si te reúnes de noche con un hombre y permaneces con él hasta el alba?
—Soy una dama, no una vulgar ramera, madre. Me ofende que dudes de mi honor. Jamás lo ensuciaría —se defendió con orgullo.
—Y yo jamás pensé que mi niña se escaparía de noche para estar con un hombre y pasar la noche con él. Tampoco pensé que me engañarías, pero lo has hecho —la acusó.