11
Todo estaba preparado en el patio del castillo para darle su castigo al ladrón del clan MacDonald.
El chico subió las escaleras del tablado con un guardia que lo llevaba agarrado del brazo.
Tenía la mirada clavada en el frente. No le temía a la muerte.
Habría sido peor deshonrar a su clan delatando a sus cómplices y dónde podían encontrarlos.
No habría podido vivir con la conciencia tranquila y el alma entera.
Aceptaría su destino con valentía y honor. Si tenía que morir, lo haría por ellos.
El guardia le entregó el muchacho al verdugo, que le colocó la soga al cuello.
El cura se acercó para rezar una plegaria por su alma y, cuando terminó, bajó del tablado.
El chico miraba al frente con orgullo, sintiéndose en paz consigo mismo.
Cuando Ian dio la orden, el verdugo abrió la trampilla y el muchacho quedó colgando por el cuello mientras su cuerpo se sacudía por los estertores que preceden a la muerte.
La gente del pueblo que había acudido para presenciar el castigo del ladrón vitoreó la sentencia de su laird.
Nadie reparó en los dos hombres escondidos entre la multitud que juraron venganza.
La criada entró con sigilo al establo. Había seguido al laird hasta allí con la intención de hablar con él. Lo encontró a punto de subir a su caballo.
—Ian —lo llamó con confianza.
Él se giró al escucharla.
—¿Qué necesitas?
La joven se acercó a él mientras miraba alrededor para comprobar que estaban solos.
—Necesito hablar contigo.
—¿Sobre qué?
—Sobre nosotros.
Ian la observó unos instantes.
—Nunca ha habido un nosotros.
—Pero ¿y todos los momentos íntimos que hemos compartido antes de que te desposases con Erin Campbell?
Intentó agarrarlo de la camisa, pero Ian le cogió las muñecas para impedírselo.
—¿Qué momentos íntimos? Solo fueron cuatro besos. Nunca te prometí nada.
—Llevo enamorada de ti toda mi vida. No me prometiste nada, es cierto, pero esos besos fueron importantes para mí.
—Ahora soy un hombre casado que ama a su esposa —dijo Ian.
—Pero yo…
—Lo que ocurrió entre nosotros no se repetirá. Eres una mujer muy hermosa. Puedes encontrar a otro hombre con facilidad.
—Mi corazón te pertenece —sollozó la criada.
—El mío pertenece a Erin.
Ella comenzó a llorar con más fuerza. Ian la soltó.
—Siento haberte dado falsas esperanzas. Mi comportamiento contigo no ha sido el adecuado. Jamás debí besarte, pero la lujuria me cegó. Por eso, te pido perdón.
—Pero yo te amo, Ian —dijo entre lágrimas.
—Lo siento. Deberás olvidarte de mí y buscar a otro hombre.
—No quiero a otro hombre.
—Aunque no estuviera casado con Erin, ¿no te das cuenta de que no podemos estar juntos? Tú eres una criada y yo soy el jefe del clan, el señor del castillo. Debes dejar de amarme y enamorarte de otro.
—Eso no te importó cuando me besabas —le reprochó ella.
—Lo siento mucho, de verdad. Sé que probablemente esté rompiéndote el corazón, pero amo a mi esposa. Hice un juramento al que no pienso faltar.
La criada lo miró con los ojos anegados en lágrimas.
—A pesar de mi juventud, sé que todos los hombres tarde o temprano se cansan de sus esposas, así que cuando…
—Jamás me cansaré de ella —afirmó el laird.
La joven se limpió las lágrimas con los dedos.
Inspiró profundamente y se dio la vuelta para marcharse del establo.
Salió con la cabeza alta, con toda la dignidad que pudo reunir después del dolor de su rechazo.
Se sintió avergonzada por haberle confesado sus sentimientos, unos sentimientos que él había machacado sin ninguna pena.
«Algún día me las pagarás, Ian MacLeod. Te arrepentirás de haberme seducido para después rechazarme», se dijo a sí misma mientras regresaba a Dunvegan.
Erin salió a cabalgar con su yegua parda y el halcón aferrado a su mano enguantada. Brianna la acompañaba, con la pequeña Meg sentada en su caballo, delante de ella.
—Agárrate bien, mi niña —le dijo Brianna, que llevaba las manos ocupadas con las riendas de la montura.
Meg obedeció. Era una pequeña muy buena, obediente, servicial y cariñosa.
—¿Algún día me enseñaréis a cazar con un halcón, lady Erin? —preguntó la niña.
—Si eso es lo que deseas, sí.
—Cuando tenga un halcón, lo llamaré Flecha —comentó Meg con ilusión.
—¿Flecha? —preguntaron Erin y Brianna al mismo tiempo.
—Sí, Flecha. Porque será el halcón más rápido y certero del clan —respondió con orgullo.
—Me gusta ese nombre —aprobó Erin.
—A mí también —dijo Brianna.
Cuando llegaron al claro del bosque, desmontaron y ataron sus monturas a un tejo.
Erin soltó a su halcón para que volase libre como el viento mientras ellas se entretenían recogiendo flores para aromatizar las alcobas del castillo.
Estaban tan entretenidas que no se dieron cuenta de que una anciana las observaba en la linde del claro hasta que Meg alzó la vista y la descubrió.
—¡Maura! —gritó la niña con alegría.
Erin y Brianna se incorporaron mientras la pequeña corría hacia la anciana.
—¿Quién es? —quiso saber Erin.
—Es la curandera del clan. Vive en el bosque, en la parte norte, en una casita de piedra y madera —le informó Brianna.
Erin observó a la anciana. Llevaba el pelo cano recogido en un moño y tenía el rostro surcado de arrugas. Iba ataviada con un vestido y una capa de lana marrón. Portaba en el brazo una pequeña cesta, en la que se veían varias hierbas.
Maura recibió a la niña con alegría. La abrazó y la besó en el pelo.
Meg empezó a contarle los últimos acontecimientos que habían cambiado su vida: ahora vivía en el castillo y su hermano también; su padre trabajaba en las patrullas de vigilancia que el laird había creado; jugaba con el gato de Erin, que se llamaba Ebie, y muchas cosas más.
Ella la escuchaba con paciencia, sin perder la sonrisa. En varios momentos miró a Erin y a Brianna, y les agradeció con la mirada lo que estaban haciendo por Meg y su familia.
Las damas se habían acercado a la anciana y a la niña, y esperaban su turno para saludarla. Por fin, cuando Meg dejó de hablar, Brianna hizo las presentaciones.
—Maura, esta es Erin, la esposa de mi hermano.
—Bienvenida al clan MacLeod, mi señora —dijo la anciana con voz cascada.
—Gracias, Maura. Es un placer conocerte —contestó Erin con una amplia sonrisa.
En ese instante, Maura dirigió su vista hacia el vientre de Erin y se acercó para tocarlo. Erin se quedó quieta, totalmente sorprendida, con la mano de la curandera acariciando su vientre por encima de la tela del vestido.
—Estáis en vuestros días fértiles, mi señora. Aprovechad para yacer con vuestro esposo para que os deje encinta.
Erin no salía de su asombro. ¿Cómo podía la anciana saber eso?
Brianna la miró con una sonrisa en los labios.
—Maura —se dirigió a la curandera—, mi hermano y Erin no han dejado de fornicar desde que contrajeron nupcias hace pocos días.
—¡Brianna! —la riñó Erin al mismo tiempo que le tapaba las orejas a Meg—. ¡No digas esa palabra delante de la niña!
En ese momento, la pequeña preguntó:
—¿Qué es fornicar?
Brianna comenzó a reírse mientras Erin la miraba molesta.
Maura contestó a la niña:
—Algo que hacen los matrimonios para tener bebés.
—¿Vais a tener un bebé, lady Erin? —quiso saber la pequeña.
—Todavía no —respondió ella con dulzura.
—No quiero que lo tengáis —dijo la niña, sorprendiéndolas a todas.
Erin se acuclilló delante de ella para quedar a su altura.
—¿Por qué no quieres que tenga un bebé? —le preguntó con suavidad.
Meg empezó a llorar y se abrazó a Erin, que acabó sentada en el suelo con la pequeña entre sus brazos.
—No quiero que te mueras —sollozó la niña—. Mi mamá murió cuando me tuvo a mí. No quiero que eso te pase a ti también —añadió entre hipidos, con las lágrimas corriendo por sus mejillas.
Erin la abrazó más fuerte para consolarla.
—Eso no pasará, mi pequeña Meg.
Maura acarició el pelo de la niña.
—No dejaré que eso ocurra —dijo.
—¿De verdad? ¿Me lo prometes? —Meg miró a la curandera con la esperanza reflejada en sus pupilas.
La anciana asintió.
—Te lo prometo.
Erin se alzó del suelo y Meg sonrió con el alivio reflejado en el rostro.
—Debemos regresar a Dunvegan. Se hace tarde —comentó Erin, mirando el cielo. En pocos minutos comenzaría a anochecer. Anduvo hasta su yegua y desató las riendas con las que estaba unida al tejo.
Maura agarró a Brianna del brazo antes de que pudiera dirigirse hacia su montura. Miró alrededor para comprobar que no había nadie cerca que pudiera oír lo que estaba a punto de decirle a la joven MacLeod.
—Debes tener cuidado cuando vayas a la cueva del lago —susurró.
—¿Cómo sabes que…?
—Seré vieja, pero sigo teniendo una vista y un oído excelentes. Reconozco con facilidad los ruidos del bosque y del lago. Más aún los que no son cotidianos. Sobre todo de noche.
Brianna se la quedó mirando sin saber qué decir.
Ante su cara de pasmo, la curandera añadió:
—Tu secreto está a salvo conmigo. Pero no hagas nada que puedas lamentar. No te entregues a él hasta que no estéis casados. Tu familia no aceptaría a un bastardo y menos a uno que pertenece a…
En ese momento, Erin se acercó a ellas y la anciana se calló.
—¿Nos vamos ya? ¿A dónde se ha ido Meg?
Echó un vistazo alrededor y descubrió a la pequeña recogiendo más flores. La llamó y la niña corrió hacia ellas.
Brianna montó a Meg en su caballo y luego se subió a él.
—Hasta pronto, Maura —se despidió Erin—. Ha sido un placer conocerte.
—El placer ha sido mío, mi señora. Lady Brianna. —La curandera miró a la joven dama y cabeceó. Después desvió la vista hacia Meg—. Mi niña, pórtate bien.
—¿Vendrás algún día a visitarnos a Dunvegan? —preguntó la pequeña.
La anciana afirmó con un gesto de cabeza.
—Adiós, Maura —se despidió Brianna.
De regreso al castillo, Erin y Meg iban planeando cómo repartirían las flores en las alcobas.
Brianna no prestaba atención a la charla que mantenían. Su mente repasaba una y otra vez la conversación que había tenido con Maura.