Una esposa para el laird (Guerreros de Escocia 1) 10 #3
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No había conseguido sacarle más información de la que poseía hasta ese momento, así que comenzó a imaginar la forma de enterarse.

Cuando la luz del día llegó, no se había dormido, por lo que se levantó de la cama, se aseó y vistió sin la ayuda de su doncella, y bajó al salón para desayunar.

Ian estaba reunido con sus hombres.

Al parecer, había detenido a un ladrón robando unas gallinas.

—Este muchacho pertenece al clan MacDonald —le informó Hugh.

El laird observó al chico. Debía tener catorce o quince años aproximadamente.

Iba sucio y no llevaba nada que delatara a qué clan pertenecía.

Le habían golpeado varias veces y de su nariz manaba sangre.

Tenía un labio partido, un ojo morado que empezaba a inflamarse y marcas alrededor del cuello.

Le habían atado las manos con una cuerda y las llevaba a la espalda.

—¿Cómo estás tan seguro? —quiso saber Ian.

—Porque ha confesado después de darle una buena paliza cuando le hemos pillado robando.

Ian asintió, dando por buena esa respuesta.

Brianna estaba quieta en una esquina del salón observando la escena. Pensó que esa noche, cuando se encontrara otra vez con Kylian, le contaría que había proscritos del clan MacDonald en la zona. Ya que él era un cazador de proscritos, conocer esa información le serviría.

—Dime ahora mismo quién más está contigo —ordenó Ian con autoridad—, porque tú solo no has podido robar el ganado y degollar algunos de los animales, además de robar sacos de cereal y prender fuego al granero. Dime sus nombres y dónde podemos encontrarlos —le exigió.

—No diré nada más que lo que ya os he dicho —escupió en el suelo.

Angus le propinó un puñetazo en el estómago, que hizo que el jovencito se doblara por la mitad, aullando de dolor.

Hugh lo sujetó para que no cayera al suelo y lo puso derecho.

—Le darás a mi señor toda la información que te pida y le hablarás con el respeto que se merece el laird del clan MacLeod.

—Así me matéis, no diré una palabra más. No delataré a nadie de mi clan.

—¡Habla! —le gritó Hugh, zarandeándolo.

—Prefiero morir antes que deshonrar a mi clan —soltó con orgullo.

—Tu clan no tiene honor —dijo Angus, acercándose a su cara magullada—. Lo perdió en la guerra al apoyar a los sassenach, asno malnacido.

El chico escupió a Angus en la cara, lo que le valió otro puñetazo de este, que fue directo a su nariz. El crujido del hueso nasal al romperse resonó en toda la estancia.

Brianna dejó de mirar. Por mucho que su gente odiase a los clanes enemigos, le disgustaba ver cómo apaleaban a un pobre muchacho. No sentía alegría ni felicidad alguna por el mal ajeno, aunque fuese un proscrito.

Se dirigió a la cocina con el estómago revuelto por lo que había presenciado.

Cuando llegó, Lynette la atendió enseguida.

—Mandaré a una de las criadas que os sirva el desayuno en el salón, mi señora.

—No, gracias, Lynette. Prefiero desayunar aquí. En el salón se está desarrollando una escena que me provoca náuseas.

La cocinera abrió mucho los ojos. Sin embargo, no preguntó.

Aun así, Brianna le contó lo que sucedía mientras ella le servía gachas calientes.

Las mujeres fueron al pueblo como habían previsto. Compraron varias telas y abalorios, y regresaron al castillo. Después de comer, pasaron la tarde cosiendo mientras charlaban animadamente.

Brianna soñaba despierta con un nuevo encuentro con Kylian. Por eso se pinchó varias veces con la aguja.

—¿Por qué estás tan distraída? —le preguntó Erin.

Ella lo negó.

—Sí que lo estás, hija —dijo Fiona.

Mor las escuchaba en silencio.

Brianna pensó una excusa rápida y creíble.

—Estaba recordando el incidente de esta mañana con el ladrón de los MacDonald.

—Ian ya ha resuelto el asunto —comentó su madre—. Pasará la noche en la cárcel y será ahorcado al amanecer. Se ha hecho justicia.

—Es demasiado joven para morir —suspiró Erin, compasiva.

—Su juventud no es excusa para robar. Es un ladrón y merece ser castigado. Además, pertenece a un clan enemigo y declarado proscrito por nuestro rey. También servirá para disuadir a otros de hacer lo mismo —sentenció Fiona.

—Podría haber impuesto otro castigo, como cortarle una mano o una oreja, darle latigazos en la espalda hasta que la tuviera en carne viva, obligarlo a pagar una multa y encarcelarlo varios años… Todas esas penas y algunas más están registradas en nuestras leyes —comentó Brianna.

—Si se tratase de un simple hurto, cualquiera habría servido. Sin embargo, no debes olvidar que era un proscrito, un traidor a Escocia. Y la traición se paga con la horca —aclaró Fiona.

—A pesar de todo, me disgusta ver cómo apalean y ahorcan a alguien. Por eso no estaré presente en la ejecución de mañana —añadió Erin.

—Yo tampoco asistiré. ¿Y tú, madre?

En ese momento sonaron unos golpes en la puerta y Fiona concedió permiso para que entraran.

En el umbral aparecieron Freya y Agnes.

—Mi señora, ya hemos terminado con nuestras tareas —le informó Agnes dirigiéndose a Fiona—. Nos gustaría dar un paseo por el pueblo, si os parece bien.

—Id, pero debéis regresar a tiempo para prepararlo todo para la cena.

—Muchas gracias, mi señora.

Freya solo asintió, seria como siempre. Agnes cerró la puerta y las dos criadas abandonaron el castillo poco después.

Esa noche, cuando Brianna se reunió con Kylian, le contó el asunto del chico.

—¿Qué haces cuando capturas a un proscrito?

—¿Por qué no hablamos de…?

—¿También los apaleas? ¿Los ahorcas? —insistió ella, interrumpiéndolo.

—No, no hago nada de eso —dijo porque, en realidad, él no se dedicaba a cazar proscritos. Aunque todavía no había sacado a Brianna de su error. Debía reunir el valor para confesarle la verdad.

Ella suspiró con alivio. Kylian no era tan ruin y bruto como los hombres de su hermano, a pesar de que sabía que solo cumplían las leyes establecidas por el rey.

En él no había maldad, aunque se dedicara a perseguir forajidos.

En el tiempo que habían pasado juntos, Brianna había comprobado que su amado era un hombre bueno, con un corazón noble, de risa fácil y besos ardientes.

También, que estimulaba su inteligencia al esquivar cuestiones de las que no quería hablar, aunque ese halo de misterio que rodeaba su persona y su vida que lo hacía más atractivo.

Además, sus caricias hacían que la sangre le corriese enloquecida por las venas y el corazón le martillease en el pecho, amenazando con romperle las costillas.

—Entonces, ¿qué haces cuando capturas a uno? ¿Lo llevas ante el laird del clan en el que estés para que sea él quien lo castigue? Hay proscritos del clan MacDonald en estas tierras. Podrías darles caza —le sugirió—. Así no tendrías que viajar. Te quedarías aquí y ayudarías a mi clan.

—¿Cómo se llama el muchacho al que han detenido? —preguntó, sintiendo una pena enorme por el destino que le esperaba al pobrecillo.

—No lo sé. Solo sé que pertenece a los MacDonald. ¿Por qué quieres saber su nombre? ¿Es el proscrito al que estás buscando?

—No puedo revelarte esa información.

—Nunca me cuentas nada. Sé tan poco de ti que no entiendo cómo he podido enamorarme —se quejó Brianna.

—Porque soy muy guapo y mis besos son los mejores de toda Escocia —comentó Kylian con una sonrisa pícara.

Agarró el rostro de Brianna y se acercó a sus labios para reclamarlos con un beso.

—Voy a echar de menos el sabor de tu boca cuando no estés aquí —susurró ella.

—Yo también —confesó él con pena—, pero te prometo que te llevaré en mi corazón. Pensaré en ti a cada momento del día. Al amanecer y cuando el sol se ponga y la luna sea todo lo que vea.

—Y yo susurraré tu nombre al viento de las Tierras Altas —prometió Brianna—. También te recordaré a cada momento del día. No olvidaré estas noches, tus caricias, tus besos ni tus palabras. Serás como una herida abierta, inmune al paso del tiempo. Estaré esperando hasta que regreses para curarla.

—Pues entonces disfrutemos del tiempo que nos queda hasta mi partida —pronunció Kylian, antes de apoderarse de los labios de su amada con un beso lleno de pasión, urgencia y dolor por la separación.

Lo llenaba de ansiedad saber que su tiempo con ella acabaría en unas pocas noches. No sabía cómo iba a hacer para sobrevivir sin Brianna, sin su alegre risa, sin su animada conversación, sin su cuerpo, que se estremecía cada vez que él la tocaba.

—Dentro de poco, partiré hacia Irlanda —murmuró sobre la boca femenina.

La joven pensó que se lo había imaginado. Que no lo había escuchado bien. Que su mente jugaba con ella.

—¿Qué has dicho?

Kylian la miró a los ojos.

—Que debo partir hacia Irlanda —repitió.

—¿También hay proscritos en Irlanda?

Kylian emitió un largo suspiro.

—No lo sé. —Al ver su gesto de extrañeza, añadió—: Tengo que ir para comprobarlo.

—¿Cuándo regresarás?

—Intentaré regresar para Beltane.

—Pero eso es mucho tiempo —susurró con voz triste.

—Seguro que ese tiempo pasará rápido. —Kylian intentó animarla.

Permanecieron un momento en silencio hasta que ella habló de nuevo.

—Nunca he estado en Irlanda.

—Yo tampoco.

—¿Cómo será?

—Conozco a varios irlandeses que cuentan cosas sobre su país. Hablan del paisaje, de sus costumbres…

Kylian continuó contándole todo lo que sabía sobre Irlanda y, así, la noche dio paso al día.

Cuando llegó el momento de la despedida, les costó dejar de besarse y abrazarse. Los dos se consumían al saber que les quedaba poco tiempo juntos.

Regresó a Dunvegan con el sabor de Kylian todavía en la garganta.