Una esposa para el laird (Guerreros de Escocia 1) 10 #2
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Ian los mandó a descansar y luego salió al patio para el entrenamiento del resto de los hombres.

Estuvieron practicando con la espada, el puñal y el arco hasta la hora del almuerzo.

Mientras, Erin, ayudada por Mor y Fiona, remendaba los vestidos.

—Sigo pensando, mi señora, que sería mejor que os hicieseis vestidos nuevos.

—No, Mor. Con arreglar estos para el día a día, me basta. Además, cuando estuvimos en el pueblo, compré unas telas para hacerle a Ian otra camisa y tenía pensado confeccionarme un vestido que solo usaré en las festividades como Hogmanay o Beltane. Espero tenerlo todo listo para san Andrés.

—De todas formas, tengo que ir al pueblo porque necesito lana gruesa para tejer una capa antes de que llegue el invierno, mi señora.

—Te acompañaremos —dijo Erin, mirando a su suegra. Vio cómo esta asentía con la cabeza—. Quizá compre alguna tela para hacerle un vestido a Meg y otra camisa para Braden.

—Eso estaría muy bien, mi señora. Tenéis un gran corazón. ¿Me dejaréis ayudaros con la confección de la ropa de los niños?

—Por supuesto.

—¿Por qué no cantas alguna canción, Erin? —le pidió Fiona—. Tienes una voz muy bonita y melodiosa. Me gusta oírte cantar.

Erin accedió a la petición de su suegra y comenzó a entonar una canción en gaélico escocés, como siempre. Era una antigua leyenda celta que hablaba sobre el nudo que nunca se deshace, la unión eterna, la comunión de las almas de los enamorados más allá del tiempo y del espacio.

Brianna bajó al salón cuando ya estaba todo dispuesto para el almuerzo.

Caminó hasta su asiento bajo la atenta mirada de su madre, su hermano y su cuñada. Retiró la silla que estaba al lado de Fiona y se sentó en ella.

—Buenos días —dijo.

—Qué tarde te has levantado hoy —comentó su madre.

—Es que estaba agotada después de pasarme la otra noche en vela por lo del incendio. Necesitaba dormir muchas horas —mintió.

No podía confesar que se había escapado del castillo para reunirse con su amante, con el que había pasado toda la noche entre besos y caricias, y que había regresado antes de que despuntara el día.

Eso supondría correr el riesgo de no poder abandonar Dunvegan para reunirse con Kylian.

O también podrían ponerle escolta, y no deseaba tener a nadie controlando sus movimientos.

Además de que su familia querría saber con quién se reunía y qué era lo que hacían, algo que no deseaba confesar por el momento.

Ian y Fiona la miraron con suspicacia. Erin, sin embargo, dio por buena esa respuesta.

—¿Habéis cogido a los culpables del robo del ganado? ¿Ya sabéis quién incendió el granero? —preguntó ella para desviar el tema—. ¿Habéis remendado los vestidos rotos de Erin? ¿Sabéis quién ha sido?

Ian respondió a las dos primeras preguntas. La informó de que aún no había surtido efecto las labores de vigilancia. Aun así, estas continuarían. No descansarían hasta encontrar a los culpables.

Fiona le comentó que los vestidos de Erin ya estaban arreglados y añadió con ilusión que iban a coser uno nuevo para que lo usara en las festividades y también ropa nueva para los niños.

—Mañana iremos al pueblo a comprar telas —dijo su madre—. Me gustaría que nos acompañases, si es que no te pasas toda la mañana durmiendo como has hecho hoy.

Brianna se atragantó con el vino que estaba bebiendo ante la regañina de su madre. Estaba segura de que sospechaba algo, de que sabía que lo que les había contado antes era una excusa, de que no había confesado la verdad.

Nunca había podido ocultarle nada a su madre. Tarde o temprano, acababa descubriéndola.

Sin embargo, estar enamorada no era algo malo, ¿verdad?

Pero no deseaba confesar tan pronto su relación con Kylian.

No tenía nada que contar sobre él porque ni ella misma sabía nada.

Desconocía a qué clan pertenecía ni si era un cazador de proscritos, como pensaba.

Solo podía contarles lo bien que besaba y lo que le hacían sentir en su cuerpo las cálidas caricias que lo habían recorrido.

Sus palabras de amor, susurradas al viento del norte.

—Si me acuesto pronto, al alba estaré despierta —replicó.

Fiona la miró fijamente, intentando leer en su interior.

—Erin, ¿ya has decidido el color del vestido? —le preguntó a su cuñada para que la atención se centrase en Erin y no en ella.

—Lo voy a hacer con la tela que compré el otro día en el mercado. También tengo que coserle una camisa a tu hermano.

—Entonces, os acompañaré para ayudaros a escoger las telas para la ropa de Meg y Braden.

Bebió otro trago de su copa y siguieron comiendo en armonía.

Esa tarde, Ian y Erin salieron a dar un paseo en barca por el lago. El cielo estaba despejado y el sol lucía, calentándoles la piel del rostro.

Brianna se había quedado en el castillo jugando con Meg y el gato. A la niña le encantaba ese felino gordinflón. Pasar su pequeña mano por el suave pelaje del animal era una delicia para ella.

Braden aún seguía enfadado porque no le hubieran dejado ir a ayudar en las labores de extinción del incendio en el granero, pero a Brianna no le importaba.

Sabía que, más pronto que tarde, el niño acabaría comprendiendo que ella solo quería protegerlo y que ya tendría tiempo de hacer cosas como esas cuando fuera un poco más mayor.

El halcón de Erin agitaba sus alas en el cielo, vigilando al matrimonio, volando sobre la barca.

Ian no dejaba de mirar a su esposa mientras remaba y ella le sonreía, complacida al ver el amor reflejado en sus ojos.

Mantenían una animada charla cuando el cielo comenzó a llenarse de nubes que amenazaban lluvia.

—Deberíamos regresar —comentó Erin.

Un viento frío y húmedo se levantó de pronto. Ella tembló ligeramente y su cabello suelto se agitó en torno a su cara. Uno de los mechones le azotó la mejilla.

Ian dio la vuelta a la barca y emprendieron el regreso a Dunvegan. Cuando llegaron a la playa, comenzaban a caer las primeras gotas.

Corrieron hasta el castillo mientras la lluvia se hacía más fuerte. Al llegar, estaban completamente empapados.

—Démonos prisa —urgió Erin a su esposo—. Necesito quitarme este vestido mojado y entrar en calor.

—Se me ocurre una manera muy buena para que entres en calor —le soltó él con picardía.

Ella se rio, entendiendo el mensaje implícito en sus palabras.

Ian la agarró por la cintura y la aplastó contra una pared para besarla.

Erin temblaba bajo sus dedos, pero, con sus caricias y sus besos, consiguió calentarse un poco.

—¿No puedes esperar hasta llegar a nuestra alcoba? —quiso saber, entre risas, al notar la dureza en su entrepierna.

En ese momento apareció Agnes, que corría para refugiarse de la lluvia y chocó contra ellos, interrumpiendo el momento íntimo.

—Lo siento, mi señor —se disculpó con Ian. Después miró a Erin y añadió—: Mi señora. —Agachó la cabeza y se marchó enseguida.

Erin agarró a Ian de la mano y tiró de él para entrar en el salón. De ahí subieron a su alcoba, donde pasaron el resto de la tarde haciendo el amor, sin saber que, al otro lado de la puerta, alguien escuchaba sus gemidos de placer.

Cuando notó el veneno que corría por sus venas, dejó de espiar y se alejó.

Esa noche, Brianna cenó pronto y se retiró con la excusa de irse a dormir para estar descansada al día siguiente e ir al pueblo como habían acordado.

Fiona intercambió una mirada con su hijo. Había algo en su actitud que los hacía sospechar.

—El herrero ha hecho un trabajo excelente poniéndoles las cerraduras a mis baúles —comentó Erin, sacándolos de sus pensamientos.

—Es un artesano magnífico —dijo Ian—. El mejor de toda la comarca.

—Algunas de mis joyas las ha fabricado él —le contó Fiona—.

Además del hierro, también trabaja con metales preciosos como el oro y la plata.

Mira —la mujer indicó un par de candelabros de plata, donde lucían varias velas de cera—, esos candelabros de ahí los forjó él antes de marcharnos a Duntrune para asistir a los juegos.

Y estos pendientes que llevo puestos también. Es muy bueno en la orfebrería.

Erin, al escuchar la referencia a su hogar de Fiona, se entristeció. Echaba de menos a sus padres y a sus hermanos, cuñadas, sobrinos… Ian, que siempre estaba pendiente de todas las reacciones de su mujer, se dio cuenta enseguida.

—Pronto volveremos a Duntrune para visitar a tu familia —dijo, inclinándose sobre su oreja. Le dio un beso en la sien y ella esbozó una sonrisa de agradecimiento.

Freya y Agnes les sirvieron más vino en las copas.

—Elpesth dará a luz a principios de septiembre. Desearía estar allí unos días antes del nacimiento —comentó con nostalgia.

—Estaremos, no te preocupes —le prometió su esposo.

Ian bebió un poco de vino de su copa y luego se acercó otra vez al oído de Erin.

—Quizá cuando vayamos a Duntrune podamos darle a tu familia una buena noticia, la de que estás encinta.

—Eso sería maravilloso —respondió ella con ilusión.

—Pero, para dejarte encinta, debemos hacer… —Dejó la frase en el aire porque ella comprendería a la perfección lo que él trataba de decirle.

—¿Todavía más? —Erin fingió sorpresa.

—¿Alguna queja? —quiso saber él.

—Ninguna. No se me ocurre una forma mejor de pasar el tiempo que…

—¿Queréis dejar esas conversaciones para cuando estéis solos en vuestra alcoba, por favor?

—les pidió Fiona—. Aunque me alegra mucho saber que estáis haciendo todo lo posible para darme un nieto o nieta cuanto antes, creo que no es conveniente tratar ese tema en este momento, mientras cenamos, con oídos indiscretos cerca.

—Miró a las dos criadas. Freya estaba seria, como siempre.

Agnes parecía no haber escuchado la conversación del matrimonio.

La pareja sonrió y bebió otro trago de sus copas.

Brianna regresó al castillo cuando aún era de noche, con el recuerdo de los abrazos, las caricias y los besos compartidos con Kylian. Aún resonaban en sus oídos las palabras susurradas con amor. Con el corazón henchido de felicidad, llegó a su alcoba. Se desvistió y se metió en el lecho.