10
Brianna cenó rápido y, con la excusa de estar cansada, se despidió de todos. Salió del gran salón en dirección a su alcoba.
Sin embargo, en vez de subir las escaleras, bajó a la cocina. Las criadas se afanaban en dejarlo todo limpio antes de irse a descansar, por lo que nadie prestó atención a su presencia allí. Cruzó la estancia con ligereza y salió al patio del castillo por la puerta que conectaba con la cocina.
Abandonó la fortaleza bajo la atenta mirada de los guardias que controlaban desde las almenas la seguridad del hogar de los MacLeod.
Con el corazón latiendo ansioso, tomó el camino que llevaba al lago y, de allí, a la cueva. Deseaba llegar cuanto antes junto a Kylian. El tiempo que habían pasado separados se le había hecho eterno.
A los pies de Dunvegan, el lago se presentaba frente a ella como un manto negro. Si fuera de día, habría contemplado el color azul de sus aguas, pero, a esas horas de la noche, la oscuridad lo cubría por completo.
Kylian ya estaba allí. En cuanto la vio en la entrada de la pequeña cueva, se alzó de la piedra donde había permanecido sentado esperándola y salió a su encuentro.
El viento soplaba fuerte y azotaba el tartán con el que el highlander se protegía del frío.
También la capa marrón con la que Brianna cubría su cuerpo.
Una ráfaga de viento más fuerte agitó la trenza en la que ella se había recogido el cabello.
Kylian tuvo que apartarse su melena oscura de la cara para continuar viendo cómo ella se acercaba mientras el pulso le martilleaba en las sienes. La sangre le corría veloz por las venas, alegre por volver a verla. Lo había deseado con todas sus fuerzas y, ahora, por fin, estaba allí.
Le tendió la mano y Brianna se aferró a ella, notando la cálida presión de sus dedos.
Poco a poco se aproximó a su cuerpo, como si fuera una cuerda que estuviera atada a él y Kylian tirase de ella con lentitud.
En ese instante supo que no había nada que hacer.
Una fuerza invisible parecía unirlos, evitando el rechazo.
Algo inexplicable que la hacía profundamente consciente de su cuerpo y de la extraña sensación que ardía en sus entrañas.
Su agradable olor masculino y la amplia sonrisa con la que la recibía le hicieron recordar el besó que se habían dado, y sintió la imperiosa necesidad de apoderarse de esos labios otra vez.
Y así lo hizo. Con valentía, lo agarró de la nuca e inclinó su rostro hacia el de ella. Reclamó su boca como si le perteneciera por derecho propio, como si él fuera suyo desde el momento en el que se vieron por primera vez.
Kylian se sumergió en la dulce boca de Brianna, degustándola a placer. Deslizó un dedo por su cuello hasta la curva del hombro, dejando una estela de fuego, que provocó que los pezones de ella se endureciesen.
Brianna temblaba bajo sus caricias y sus besos, siendo perfectamente consciente de cada centímetro de su poderoso cuerpo. Notaba el estruendo de su corazón en los oídos. Tenía todas las terminaciones nerviosas alteradas, excitadas.
El viento los azotaba en la cara, pero ellos en lo único que podían pensar era en la sedosa textura de sus labios, en el sabor de sus lenguas y en el incendio que se estaba desatando en sus entrañas.
Se separaron un momento para llenar de aire sus pulmones y se perdieron en sus miradas. Azul contra verde.
Sonrieron a la vez.
—Debo regresar al alba, antes de que Dunvegan despierte —le informó ella.
—No te preocupes. Llegarás a tiempo, a pesar de que me costará separarme de ti.
Brianna respiró, profundamente halagada. Sus palabras eran música para sus oídos.
—Me alegro de que no corrieras ningún peligro mientras ayudabas a sofocar el incendio en el granero —comentó.
Kylian no quería mentirle, pero tampoco podía decirle la verdad: que había aprovechado el tumulto para huir.
—No hice gran cosa, solo ayudar en la cadena de cubos desde el río hasta el granero.
Y era cierto. Aunque solo estuvo un pequeño rato. Pasó tres o cuatro cubos y desapareció antes de que alguien reparase en él.
—Pero ayudaste, eso es lo importante —contestó Brianna.
Permanecieron en silencio unos instantes hasta que ella le preguntó:
—¿A dónde vas a viajar?
Él pensó un momento su respuesta.
—Conocer esa información pondría en peligro tu vida, y no deseo que eso ocurra.
—Sé defenderme bien.
—No lo dudo. Aun así, no debes conocer el motivo de mi viaje ni a donde iré.
—Entonces, eres un cazador de proscritos.
Era una afirmación, no una pregunta.
—No puedo hablarte de eso, de verdad. No insistas más.
—Bien. Hablemos de otra cosa —cedió Brianna—. Tarde o temprano, me lo contarás todo. Soy muy terca.
—Igual que todos los MacLeod —sonrió Kylian.
Brianna le dio un golpecito con el puño en el torso.
—Parece que conoces muy bien a mi clan.
—Así es.
—¿Puedo preguntarte otra vez a qué clan perteneces?
—Puedes preguntarlo cuantas veces quieras, pero no conseguirás que confiese.
—Tanto misterio empieza a hacerme sospechar —comentó ella.
—Soy un buen hombre. No pretendo hacerte daño. Ni a ti ni a nadie. Mis intenciones contigo son buenas —dijo con sinceridad.
Brianna permaneció pensativa durante un momento.
Su voz reflejaba la sinceridad con la que hablaba.
Decidió confiar en él. No sabía por qué, pero algo le decía que debía hacerlo.
Quizá fuera la atracción que sentía por él o lo cómoda que se sentía entre sus brazos, cerca de su cuerpo.
Inhaló otra vez el aroma a brezo blanco y a bosque, y se puso de puntillas para besarlo.
—¿Y qué intenciones son esas?
—Enamorarte y, cuando regrese de mi viaje, desposarte.
Unieron sus bocas en un tórrido beso, notando cómo sus corazones amenazaban con romperles las costillas para saltar a los brazos del otro.
—Antes tendrás que contarme todo sobre ti —susurró en su boca cuando finalizó el beso—. No deseo contraer nupcias con un completo desconocido, como hacen muchos matrimonios.
—Ya no somos tan desconocidos —dijo él con picardía.
—Eso es cierto. Empezamos a conocernos. Pero prométeme que algún día…
—Algún día —la cortó.
—Cuando estés profundamente enamorado de mí.
—Entonces, ese día llegará pronto —declaró él.
Brianna sonrió feliz y volvió a unir sus labios con los de Kylian.
El resto de la noche lo pasaron entre besos y caricias. Hablaron de cosas mundanas. Kylian se cuidó mucho de no revelar a qué clan pertenecía. Sabía que, en cuanto ella lo supiera, rompería la relación que acababan de iniciar.
No deseaba hacerla sufrir, pero tampoco perderla. Por eso se dijo que aprovecharía todas las noches para estar con ella antes de partir hacia su siguiente destino.
En ese tiempo debía enamorarla para que, al conocer la verdad, no rechazase su amor ni un futuro juntos.
Brianna regresó antes de que el día despuntara, antes de que Dunvegan se llenase de actividad, con el corazón henchido de felicidad y la promesa de volver a ver a Kylian en el mismo lugar, otra vez al anochecer.
Habían acordado reunirse todas las noches hasta que Kylian tuviera que partir. No había logrado sacarle ningún tipo de información, lo cual la frustraba sobremanera. Sin embargo, se dijo que antes de que él se marchase conseguiría saber todo lo que quería.
Entró por la puerta de acceso a la cocina. Las criadas comenzaban con sus tareas. Agarró un panecillo recién horneado y casi se quemó las manos por lo caliente que estaba. Sopló mientras se pasaba el panecillo de una mano a otra hasta que se enfrió lo bastante para darle un buen bocado.
Hasta ese momento, no se había dado cuenta de lo hambrienta que estaba.
Engulló el panecillo en un par de mordiscos y cogió otro. También una manzana de un cesto cercano.
Abandonó la cocina mientras masticaba el segundo panecillo y se dirigió a su alcoba para descansar.
—Buenos días, mi señora.
Brianna dio un respingo y se giró hacia la conocida voz.
—Buenos días, Mor.
—¿Estáis hambrienta? —preguntó la doncella de Erin.
—Sí. Por eso he bajado a la cocina. No podía esperar al desayuno.
Mor la miró intrigada. Tenía cara de no haber dormido en toda la noche y se preguntó por qué, pero no añadió nada, porque ella no era quién para pedirle explicaciones a una dama. Es más: a una dama que era la hermana del jefe del clan.
—Espero que disfrutéis del desayuno improvisado —terció—. Si necesitáis algo, no dudéis en pedírmelo.
—Gracias, Mor. Eres muy amable.
La doncella asintió con un gesto de cabeza y se giró para continuar su camino.
Brianna se metió rápido en su alcoba. Cerró la puerta y se apoyó contra la madera con un suspiro.
Cuando se terminó la manzana, se desvistió y se tumbó sobre la cama con la intención de dormir, pero no lo consiguió. Su mente viajaba una y otra vez hasta Kylian y los momentos compartidos con él.
Volvió a sentir el calor de sus caricias y sus besos, el olor de su piel, su masculina voz, el sabor de su boca. Volvió a ver el lunar cerca de su ojo izquierdo y la pequeña cicatriz encima de la ceja…
«Estoy enamorada de un cazador de proscritos.
¿Quién me lo iba a decir? Si Ian lo supiera, probablemente no me permitiría verlo.
“No es adecuado para ti”, diría. “Debes elegir a un hombre que pertenezca a la nobleza, que sea de otro clan para fortalecer alianzas, como he hecho yo al casarme con Erin”», pensó, aunque sabía que su hermano había contraído nupcias con Erin también por amor, se notaba en sus ojos cada vez que la miraba.
Con un suspiro, se dio media vuelta en la cama e intentó conciliar el sueño.
Ian reunió al grupo de guardia que había estado vigilando el pueblo durante la noche.
No habían tenido suerte, pues no habían detenido a los malhechores.
Ningún ladrón se había acercado al pueblo.
Suponían que sabían que estaban vigilando la zona después de los últimos incidentes y que estarían esperando a que bajasen la guardia para hacer una nueva incursión.
Algo que ninguno de los hombres que formaban las patrullas de vigilancia permitiría.