9 #2
—Sabes que los uso para diario, cuando no tengo ningún evento especial —le contestó Erin a su doncella—. No necesito vestidos nuevos. Con arreglar esos, me basta. Además, puedo hacerlo yo misma. No quiero que Freya y Agnes descuiden sus tareas por mi culpa ni sobrecargar al resto con más trabajo.
—No será por tu culpa —intervino Brianna—. La culpa la tiene la persona que ha destrozado tus vestidos. Y quiero saber quién es —dijo, mirándolas a todas.
Las criadas permanecieron en silencio, mirándose unas a otras sin atreverse a decir nada.
—Tarde o temprano, descubriremos al culpable —añadió Brianna—. No descansaré hasta que lo encuentre.
—¿Podemos dejarlo ya, por favor? Tengo el estómago revuelto —pidió Erin.
Fiona despachó a las criadas.
—Pediré que te traigan algo de comida —se ofreció Ian.
—No quiero comer nada.
—¿Has desayunado?
—No.
—Te vendría bien comer algo para que se te asiente el estómago —le recomendó su esposo.
—¿Podemos subir a nuestra alcoba? Necesito acostarme un rato.
—Por supuesto.
Ian sujetó a su mujer con fuerza y la acompañó hasta sus aposentos.
Fiona, Brianna y Mor se quedaron observándolos.
—¿Habéis visto la cara que ha puesto Freya cuando le habéis encargado que ayudara a Agnes a remendar los vestidos de Erin? —preguntó Mor.
—No —contestó Fiona.
—Yo sí —dijo Brianna—. Pero es el mismo gesto que hace siempre cuando le ordenas que realice alguna tarea.
Freya es así de seria. No le sacas una sonrisa ni aunque le regales lo más hermoso del mundo.
Créeme. La conozco de toda la vida y jamás la he visto sonreír.
Ni siquiera cuando jugábamos juntas de niñas.
—Está claro que no la conozco tan bien como vos, mi señora —concluyó Mor.
Se calló lo que pensaba sobre la criada, a pesar de lo que Brianna había comentado.
No se fiaba de ella. Había visto demasiadas veces desde que estaba en Dunvegan cómo Freya miraba con deseo al laird .
Estaba segura de que la criada amaba en secreto al apuesto jefe del clan.
«¿Y quién no?», se preguntó a sí misma. Todas las mujeres de las Tierras Altas coincidían en que era el guerrero más atractivo de las Highlands .
—No puedo sospechar de nadie del castillo. Son buenas personas. No imagino quién puede haber hecho algo tan deleznable como esto —comentó Fiona.
—¿Quién podría odiar tanto a mi señora? —quiso saber Mor.
—Habrá que vigilar quién entra y quién sale de sus aposentos —propuso Brianna.
Cuando Erin e Ian llegaron a su alcoba, ella se acurrucó sobre el lecho. Ian se tumbó a su espalda y, rodeándola por la cintura, la atrajo hacia su cuerpo.
—Lamento lo de tus vestidos —susurró sobre su cabello. A continuación, depositó un beso suave en sus rizos pelirrojos.
—Me duele más que hayan destrozado el vestido de boda —musitó con tristeza—. Era de mi madre —repitió—, y tenía la ilusión de conservarlo para nuestra hija. Si es que algún día tenemos niñas.
—Tendremos todo lo que tú quieras: niños, niñas, vestidos nuevos…
—Gracias por estar aquí, conmigo.
—No desearía estar en ningún otro lugar.
Erin no contestó, pero se emocionó por el sentimiento de amor que anidaba en las palabras de su esposo.
Durante un tiempo, permanecieron en silencio. Tanto rato que Erin pensó que Ian se había dormido.
Sin embargo, no lo estaba.
—¿Estás más calmada? —preguntó.
—Sí. Estoy mejor. Más tranquila.
—Bien.
La ciñó más a su cuerpo y, otra vez, la besó en el pelo.
—¿Qué tal el entrenamiento con tus hombres?
—Como siempre. No han perdido destreza. Irvin, el padre de Meg y Braden, me ha sorprendido.
—¿Por qué? —preguntó, girando entre sus brazos para quedar de cara a él.
—Porque me dijo que era posible que hubiera perdido habilidad con las armas, pero he comprobado que las maneja con soltura. Así que le voy a poner en uno de los grupos de vigilancia del pueblo para que trabaje allí, defendiendo a las gentes de los ataques de los proscritos.
—Me parece bien.
—¿Qué tal están sus hijos?
—Meg todavía está asustada por lo del incendio. Ha dormido con Mor porque tenía miedo. Y Braden sigue enfadado con Brianna porque no le dejó ir a ayudar con las labores de extinción.
—Aún es pequeño.
—Pues él se siente mayor.
—Ya tendrá tiempo de ayudar, entrenarse para ser un guerrero y hacer más cosas —comentó Ian con un suspiro cansado.
Erin recorrió su rostro con la mirada y se dio cuenta de que su marido estaba agotado.
—¿Has dormido algo esta noche? —le preguntó.
—Nada en absoluto. Me di un baño en el lago, que me espabiló bastante para continuar la mañana. Pero ahora que estoy aquí, tan calentito en nuestra cama y en tan buena compañía, me noto cansado.
—Entonces descansemos, amor mío.
Erin le dio un beso en los labios. Ian se lo devolvió con más ímpetu del que ella esperaba.
—Parece que no estás tan agotado como quieres hacerme ver —comentó ella con picardía al notar la dureza de su entrepierna, que había cobrado vida con aquel sencillo beso.
—Tus besos son energía para mí.
Ian reclamó la boca de su mujer con ansia. Rodó sobre la cama con ella entre sus brazos hasta que Erin quedó encima de él. No hubo más palabras. Solo besos, caricias y suspiros de deseo.
Se desprendieron de la ropa poco a poco y acabaron bajo las sábanas amándose, como todas las noches desde que se habían casado. Fundiéndose el uno en el otro hasta que, agotados, se durmieron.
Cuando Ian despertó, se encontró con Erin sentada en un sillón junto a la chimenea, donde crepitaba el fuego que caldeaba la estancia.
Estaba tejiendo una capa de lana. La observó durante un buen rato, empapándose de su belleza, y se alegró por la inmensa suerte que había tenido al casarse con ella.
Las llamas del fuego daban un toque todavía más rojizo a su cabello rizado. En sus mejillas se notaba el calor que emanaba del hogar. Su respiración era tranquila. Su pecho subía y bajaba con calma.
Erin alzó la vista y se encontró con los ojos de Ian. Le sonrió.
—¿Has descansado bien, mi amor?
—Sí —contestó Ian— ¿Y tú?
—Yo también. Me he despertado hace un rato y he aprovechado para terminar la capa de lana que empecé en Duntrune antes de los juegos.
—Y de nuestra boda.
—Sí, y de nuestra boda —confirmó ella.
Ian se alzó del lecho y, desnudo como estaba, se dirigió hacia su esposa.
Ella recorrió su impresionante cuerpo con la mirada, acariciándolo, y emitió un suspiro de deseo.
—He pensado que podría poner cerraduras a tus baúles para que nadie que no tenga llave pueda abrirlos —comentó, paseándose delante de ella, orgulloso de mostrar su físico espectacular y de la manera en que su mujer lo devoraba con los ojos—. ¿Qué te parece, mi bella esposa?
—Perdona. ¿Qué decías?
—¿Por qué no me prestas atención cuando te hablo? —dijo él, fingiéndose indignado.
—¿Puede ser porque me distraen tu musculoso pecho, tus fuertes brazos y piernas, y tu poderosa verga? —respondió Erin sin vergüenza. A esas alturas de su matrimonio, ya tenía la suficiente confianza con Ian para hacerle comentarios de ese tipo sin ruborizarse.
El highlander sonrió con prepotencia.
Ella dejó la capa y cogió el tartán de su marido.
—¿Quieres que cubra mi desnudez? —le preguntó al ver que su esposa alargaba el brazo para dárselo. La miraba con un aire juguetón que a Erin le encantaba.
—Desgraciadamente sí. Debo resistir a la tentación y tú también, porque Mor estará a punto de llegar para…
En ese momento, se oyeron golpes en la puerta y la voz de la doncella pidiendo permiso para entrar.
Ian agarró deprisa el tartán que le tendía Erin y se cubrió antes de responder.
—¡Adelante!
Mor abrió la puerta despacio, con la vista clavada en el suelo para no ver nada indebido.
—La cena está lista, mi señor.
—Enseguida vamos. Gracias, Mor —contestó Erin riéndose.
La doncella se giró sin decir nada, con la mirada aún en el suelo de piedra. Salió al pasillo y cerró la puerta.
—Vístete —le ordenó a Ian, atragantándose con su propia risa.
Él se inclinó sobre ella para reclamar su boca con un beso. Después, se dirigió hacia el baúl donde guardaba sus ropas.
—Voy a encargarle al herrero del pueblo que ponga cerraduras en todos los baúles que tenemos en esta alcoba —comentó mientras sacaba un kilt limpio y una camisa.
—Me parece bien —dijo Erin con un suspiro triste.
Se entretuvo contemplando a su marido mientras se vestía.
—¿Tienes idea de quién puede haber hecho esto?
—No lo sé. Creo que he sido gentil y amable con todos en Dunvegan.
No comprendo cómo alguien puede odiarme tanto como para destrozar mis vestidos.
¿Podría ser la misma persona o personas que están atacando a los vecinos del pueblo?
Quizá el incendio en el granero fuera una especie de distracción para poder colarse en el castillo —opinó Erin.
—¿Tanto alboroto para rasgar unos vestidos? No lo creo.
—Entonces, será alguien de dentro del castillo. ¿Alguna de las criadas? O, a lo mejor, han sido las niñas jugando a ser costureras y no se atreven a decirlo por miedo al castigo que les pongamos.
—Tal vez. No desconfío de nadie. Sé que son leales, pero la lealtad puede cambiar en un instante. He visto demasiadas veces lo que la envidia hace con los hombres. Luchan por tener más poder, por ganar más fama, más tierras, más dinero.
—Prefiero pensar que no despierto la envidia de nadie. Me gustaría que esto hubiera sido un juego de niñas y que no se atreven a decir la verdad —respondió Erin, preocupada.
—¿Quieres que ponga vigilancia en la puerta de nuestra alcoba?
—No creo que sea necesario. Pero, si lo consideras oportuno, eres el señor de Dunvegan. Puedes hacer lo que desees.
Ian, ya vestido, se acercó a Erin. Esta se había levantado del banquito donde había estado tejiendo la capa y en esos momentos se ocupaba de alisar la falda del vestido que llevaba puesto.
—Lo que más deseo ahora es quitarte ese vestido, desnudarme yo también y pasar el resto de la noche entre tus piernas mientras escucho tus gemidos de placer.
Erin alzó la vista y se encontró con su esposo a pocos centímetros de ella.
Él abarcó con su fuerte brazo la delicada cintura de su mujer.
—Me temo que no podemos cumplir tus deseos. Nos esperan para cenar —dijo.
Ian puso un mohín triste.
Erin se alzó sobre las puntas de sus pies y le dio un pequeño beso en los labios.
—Guárdate las ganas para después de la cena —le aconsejó con una sonrisa divertida.