Una esposa para el laird (Guerreros de Escocia 1) 9
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Las labores de extinción del incendio en el granero duraron toda la noche.

Hicieron una cadena humana para llevar cubos de agua desde el río hasta el lugar siniestrado. Apenas despuntaba el día cuando lograron apagarlo del todo. Por suerte, solo se habían quemado la mitad de la estructura y algunos sacos de cereal. Sin embargo, faltaba una buena cantidad de ellos.

—Parece que, antes de prender fuego al granero, alguien se ha llevado varios sacos —dijo Ian.

—Descubriremos a los culpables —comentó Angus.

—Estoy seguro de que son los mismos que han estado robando y matando al ganado —añadió Hugh.

—Debo poner vigilancia en este mismo instante. No quiero que sigan produciéndose hechos tan deleznables como estos —soltó Ian, controlando la ira que sentía porque algo así hubiera sucedido en sus dominios.

Dejaron a unos cuantos hombres armados y el resto se marcharon a sus casas.

A la salida del pueblo, Ian, Angus y Hugh se encontraron con un par de sacos de grano tirados en el suelo. Uno de ellos estaba roto y parte del cereal estaba desparramado sobre la tierra.

Angus se ofreció a llevarlos de vuelta al granero.

Los otros dos continuaron su regreso al castillo mientras organizaban los turnos que debían hacer los hombres para vigilar que no sucediera nada más.

Ian estaba reunido con sus hombres en su despacho cuando llegó Irvin, el padre de Meg y Braden, al día siguiente.

—Buenos días, mi señor.

—Buenos días, Irvin.

—¿Cómo están mis hijos? ¿Puedo verlos, mi señor?

Ian estudió su aspecto. Vestía el kilt con los colores de su clan, una camisa que en otro tiempo debió ser blanca, pero que ahora presentaba un color amarillento, y unas botas limpias, aunque muy desgastadas.

Se había lavado, porque ya no desprendía el pestilente aroma de la cerveza y el vino.

Además, su cabello y su barba pelirrojos aún estaban mojados.

El jefe del clan se levantó del asiento en el que había permanecido y dio una vuelta en torno a Irvin mientras le contestaba.

—Tus hijos están bien. Podrás verlos cuando terminemos nuestra conversación.

—Gracias, mi señor.

—No me las des aún. Se quedarán con nosotros en el castillo hasta que tú puedas ocuparte de ellos. Mi esposa se encargará personalmente de Meg, y entre mi madre y mi hermana educarán a Braden hasta que tenga la edad suficiente para convertirse en escudero.

Irvin asintió con lágrimas en los ojos. Estaba emocionado porque su laird fuese tan bondadoso con sus hijos.

—En cuanto a ti —prosiguió Ian—, te ocuparás de las labores de vigilancia en el pueblo.

No sé si sabrás, dado que te has pasado borracho casi todo el tiempo desde la muerte de tu esposa, según me han comentado tus hijos, que hemos sufrido varios robos de ganado y cereal, y que han aparecido algunos animales degollados.

Irvin bajó la mirada, avergonzado al escuchar a su laird hacer referencia a su estado de embriaguez.

—Formarás parte de un grupo de hombres —continuó Ian—. Ya te diré en qué turno estarás. ¿Qué armas sabes utilizar? ¿Eres diestro con alguna?

—Mi señor, sé luchar con todas las armas, pero se me daba bien el arco. Tenía buena puntería, aunque ahora… —Hizo una pausa—. Llevo varios meses sin disparar una flecha. Supongo que habré perdido algo de práctica.

—No importa. Te entrenarás con mis hombres cada mañana en el patio. Yo te supervisaré. Ahora, puedes ver un momento a tus hijos antes de comenzar con el entrenamiento.

—¿Hoy mismo, mi señor?

—Por supuesto. ¿Acaso tienes algo mejor que hacer?

—No, mi señor.

Ian se detuvo frente a él. Lo observó con rictus serio.

—Si veo cualquier indicio de que estás ebrio, te echaré a patadas de mis tierras y no volverás a ver a tus hijos.

Irvin se encogió sobre sí mismo.

—Os juro que no volveré a beber una gota de…

—No lo jures: demuéstramelo.

—Sí, mi señor.

—Enseguida mandaré a alguien en busca de Meg y Braden. Espera en el patio. Vosotros —se dirigió al resto de sus hombres—, comenzad con el entrenamiento.

Erin se despertó bien entrada la mañana. Había pasado toda la noche cuidando de los ancianos y los niños del pueblo junto con las mujeres que se quedaron ayudando en el castillo.

No sabía en qué momento Ian se habría acostado o si lo había hecho, pero, al despertarse, no estaba con ella en el lecho. Dedujo que su esposo aún no había podido dormir, así que se levantó para asearse y vestirse. Tenía la intención de ir a buscarlo para comprobar que estaba bien.

Mor tocó a la puerta en ese momento y entró.

—Buenos días, mi señora. ¿Habéis descansado?

—Buenos días, Mor. He descansado un poco. ¿Has visto a mi esposo?

—Está en el patio, entrenando con sus hombres. Hay uno nuevo. Un hombre pelirrojo, con barba. Creo que es el padre de Meg y Braden, porque cuando los niños lo han visto, se han puesto muy contentos y se han abrazado a él.

—Sí, es él. Ha venido para hablar con Ian. Me alegro de que haya visto a sus hijos. ¿Estaba ebrio?

Mor se sorprendió por la pregunta.

—No lo parecía, mi señora.

—Bien.

Erin se dirigió hacia una palangana con agua. Tras lavarse la cara, se sentó en el banquito y comenzó a desenredarse el pelo mientras Mor estiraba las sábanas y mantas de la cama.

Cuando la doncella acabó, se acercó a Erin para ayudarla con el cabello.

—¿Qué vestido os pondréis hoy, mi señora?

—El de color magenta.

Mor terminó de desenredarle el pelo y se acercó hasta el baúl donde Erin guardaba sus vestidos.

Al abrirlo, descubrió que estaba todo revuelto. Cogió un vestido al azar y vio que estaba rasgado.

—Mi señora —llamó a Erin mientras sacaba otro vestido hecho jirones.

Erin se alzó del banquito.

—Alguien ha roto vuestros vestidos —dijo Mor, girándose hacia ella con los vestidos en las manos.

—¿Todos? —se sorprendió.

Cruzó deprisa la estancia hasta donde estaba Mor y echó un vistazo al resto de los vestidos.

—¿Quién podría haber hecho algo así? —preguntó mientras los examinaba uno por uno.

Además de los dos vestidos que Mor tenía en las manos, también habían destrozado el vestido con el que contrajo matrimonio.

—Mi vestido de boda —pronunció con voz triste. Las lágrimas llegaron hasta sus ojos y se derramaron por sus mejillas.

—No os preocupéis, mi señora. Seguro que podremos arreglarlos —dijo Mor, consolándola con un abrazo.

—¿Quién ha hecho esto? —quiso saber, apretando contra su pecho su traje nupcial, sin parar de llorar.

En ese momento, Brianna entró en la alcoba.

—¿Qué ocurre?

—Alguien me ha destrozado dos vestidos, además del de novia —contestó Erin sollozando.

Mor, que había deshecho su abrazo al llegar Brianna, le mostró los otros afectados.

—¿Quién más tiene acceso a esta alcoba? —preguntó Erin.

—Solo yo —contestó la doncella—. Yo me ocupo personalmente de vuestra alcoba, igual que hacía en Duntrune.

Brianna se giró hacia ella.

—He visto alguna vez a las criadas entrando con cubos de agua caliente para llenar la tina.

—Alguna vez, sí, pero normalmente soy yo quien se encarga de esas cosas —le confirmó la doncella.

—Y anoche, ¿entró alguien? —quiso saber Brianna.

Mor se encogió de hombros.

—Que yo sepa no, mi señora, pero, con todo el lío del incendio en el granero, no sabría decirle.

—Seguro que quien ha hecho jirones tus vestidos —Brianna miró a Erin mientras hablaba.

Su cuñada estaba sentada en la cama con el vestido nupcial aún apretado contra su pecho y sin dejar de sollozar—, aprovechó para colarse en tus aposentos cuando estábamos ocupadas cuidando de los niños y los ancianos.

—Pero ¿quién lo ha hecho? —preguntó Erin—. Si soy amable con todo el mundo. Intento ser buena persona, gentil y cariñosa con todos. ¿Quién puede odiarme tanto como para destrozar mis vestidos? ¿Qué daño he podido hacerle a esa persona?

—Descubriremos al culpable —le prometió Brianna.

Ian terminó de entrenar con sus hombres y los despidió hasta nuevo aviso.

Regresó al interior de la torre del homenaje. Nada más traspasar el arco que daba acceso al salón, vio una fila de criadas. Mor portaba en sus manos dos vestidos rotos de Erin. Su esposa llevaba en los brazos el vestido claro con el que se desposó. Brianna y Fiona las acompañaban.

—¿Visteis si alguien ajeno a Dunvegan accedió a mi alcoba? —preguntó Erin.

—No, mi señora —dijeron todas a la vez.

—Pensad bien. Recordad todo lo ocurrido anoche. ¿De verdad que no os disteis cuenta de que alguien se colara por las escaleras que llevan a los aposentos? —insistió.

Erin recorrió con la vista a todas las criadas. En algunas caras leyó que estaban intentando recordar. Agnes fue la primera en contestar.

—Con lo del incendio, no estuvimos pendientes de quién subía o bajaba las escaleras y quién no. Al menos, yo no presté atención. Lo lamento, mi señora.

El resto de las criadas comentaron lo mismo que Agnes.

—¿Qué ha pasado? —quiso saber Ian, acercándose a Erin.

—Alguien ha destrozado algunos de mis vestidos —le contó—.

Incluso este. —Le mostró el vestido de boda—.

Era de mi madre. Lo arregló para mí. Quería conservarlo para el día que tengamos una hija…

—Dejó de hablar porque se le quebró la voz y no deseaba que las criadas la vieran en un estado tan vulnerable.

Ian la abrazó para trasmitirle su amor y poder consolarla.

—No te preocupes. ¿Se pueden arreglar?

—Sí, pero no quedarán igual.

Fiona intervino en ese momento.

—Freya y Agnes, vosotras sois las mejores costureras. Os encargaréis de arreglar los vestidos de Erin.

—Sí, mi señora —dijeron las dos a la vez.

—El resto —continuó Fiona— os ocuparéis de vuestras labores, además de las que hacen Freya y Agnes. Hasta que ellas acaben de remendar los vestidos de Erin.

—¿Puedo decir algo, mi señora? —preguntó Mor.

—Adelante.

—¿No sería mejor hacerle vestidos nuevos? Esos ya estaban muy gastados y, además, los zurcidos parecerán cicatrices.