Una esposa para el laird (Guerreros de Escocia 1) 8 #2
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Poco tiempo después, Brianna reparó en él y su pulso se aceleró más todavía.

Notó una extraña sensación que parecía arder en su cuerpo.

Recorrió las facciones del hombre moreno al que, por fin, había encontrado.

Llevaba el cabello largo hasta los hombros; sus ojos eran de un verde vivo y su nariz, recta; y tenía la mandíbula recubierta por una barba, en la que destacaban las curvas de sus labios, que le hacían pensar en besarlo.

Se batieron en un duelo de miradas hasta que Brianna rompió el contacto, dejó de bailar y se acercó a una mesa para coger una jarra de cerveza y refrescarse la garganta. Tomó asiento en un banco. Todo lo hizo bajo la atenta mirada del desconocido, que en ese momento se dirigía hacia ella.

Él, cuando llegó a la mesa de madera, agarró otra jarra de cerveza, se sentó a su lado y bebió un largo trago.

Brianna se preguntaba quién sería. Ella conocía a todos los lugareños y aquel joven no era del pueblo. A pesar de que llevaba el tartán con los colores MacLeod, algo en su actitud le dijo que tampoco pertenecía a su clan.

Seguramente sería un joven de algún clan vecino que se habría enterado de la fiesta y había acudido a divertirse un rato.

—Os vi antes, en el pueblo —dijo ella.

—Yo también os vi a vos, mi señora.

—¿Cómo os llamáis?

—Kylian.

—Yo soy Bri…

—Brianna —la interrumpió—. Brianna MacLeod.

Ella lo miró con sorpresa. Reparó en que tenía un lunar cerca del ojo izquierdo y una pequeña cicatriz encima de la ceja.

—¿Cómo sabéis mi nombre? No nos conocemos.

—Lo oí cuando paseabais por el pueblo con la esposa del laird .

—¿A qué clan pertenecéis? Porque al nuestro no, aunque llevéis el tartán con los colores MacLeod.

Kylian dudó unos segundos antes de contestar.

No podía contarle la verdad, porque eso haría que Brianna se alejase de él para siempre, y aún era pronto.

—Es verdad. Soy forastero. Compré el tartán en el mercado del pueblo para poder asistir a la fiesta sin que nadie se diera cuenta de que no pertenezco a vuestro clan. Pero vos me habéis descubierto. Sois muy observadora.

—¿Cuáles son vuestras intenciones? —Brianna se puso a la defensiva—. Porque si son malas, permitidme deciros que el castillo está lleno de soldados que no dudarán en defendernos y mataros —le amenazó.

Kylian continuó con el rostro sonriente como si no hubiera escuchado la advertencia.

—Mi única intención es conoceros, hablar con vos un rato, divertirme en la fiesta tan buena que habéis organizado y desearles muchos años de felicidad a los recientes esposos.

Brianna lo miró durante bastante tiempo, analizando sus palabras, el tono de su voz y su expresión. Después, sonrió.

—¿Por qué evitáis decirme a qué clan pertenecéis?

—Porque no es importante.

Ella alzó una ceja.

—Además, dentro de cinco días emprenderé un viaje que me alejará de Escocia durante bastante tiempo.

—¿A dónde vais a viajar?

—Es un secreto —respondió en voz baja, inclinándose sobre su oreja.

Brianna aspiró el aroma masculino. Sus sentidos se llenaron de él, y eso hizo que lo deseara todavía más. Sin embargo, se apartó lo suficiente para mirarlo a los ojos con una expresión pícara.

—Soy buena guardando secretos.

Kylian pensó rápidamente.

—No puedo contároslo, porque eso pondría en riesgo mi misión.

Ella lo estudió. Tenía el porte de un guerrero.

¿Sería un cazador de proscritos? Había oído hablar de ellos: soldados al servicio del rey Robert Bruce encargados de dar caza a todos los que se habían posicionado a favor de los ingleses en la guerra de la independencia.

A pesar de que los habían expulsado de Escocia —tras confiscar sus tierras y repartirlas entre los clanes aliados, entre ellos el clan Campbell y el clan MacLeod—, muchos habían regresado y se escondían en los bosques de las Highlands.

Se dedicaban al robo de ganado y alimentos.

Brianna se alzó del banco en el que estaba sentada.

—Salgamos fuera. Necesito tomar aire fresco.

Kylian se levantó de inmediato, deseoso de acompañarla.

Abandonaron el salón y salieron a la fría noche. Recorrieron el patio uno al lado del otro, en silencio durante varios minutos, hasta que llegaron a las caballerizas.

—¿Perseguís proscritos? —quiso saber Brianna.

—No puedo decíroslo.

—Estoy segura de que sí —afirmó con convicción.

Kylian no la sacó de su error.

—Debe ser una vida apasionante —comentó ella.

—No lo es tanto. Debo pasar desapercibido y no puedo quedarme mucho tiempo en ningún lugar —respondió, pensando que era la única verdad que podía decirle en ese momento. Debía cambiar constantemente de sitio e intentar que nadie lo reconociera. Por eso no podía vestir con los colores de su clan.

—¿A qué clan perseguís? ¿A los MacDonald? ¿A los MacDougall? ¿A los Sinclair? ¿O a los señores de Lorne? —insistió.

Todos esos clanes habían apoyado al ejército inglés en la guerra de la independencia. Por eso, al ganar los escoceses, el rey Robert los había declarado proscritos.

En ese momento, una ráfaga de viento frío sacudió la falda del vestido de Brianna. Esto provocó que se estremeciera.

—¿Tenéis frío, mi señora? —preguntó, y se quitó el tartán para echárselo a ella por los hombros.

—Gracias. Sois muy gentil.

Ella se arrebujó en la improvisada capa y aspiró su aroma. Olía a bosque, a brezo blanco.

—Entonces, ¿sois un cazador de proscritos? —repitió.

—Sois muy insistente, ¿verdad?

—Cuando quiero conseguir algo, sí.

Brianna se detuvo y Kylian hizo lo mismo. Ella se situó frente a él y clavó su azul mirada en los verdes ojos del highlander.

En la mirada de Kylian había determinación y deseo.

Brianna pensó que, si no la besaba en ese mismo momento, se moriría.

Dio un paso hacia delante para estar más cerca de él.

Posó una mano sobre la tela de su camisa blanca y sintió la calidez que emanaba de su piel a través del tejido. Su torso era duro como el granito.

A Kylian se le aceleró el corazón ante el gesto de Brianna. Respiró profundamente para controlarse y no apoderarse de ella sin su consentimiento. Recorrió con sus ojos el bello rostro de la joven y notó cómo el deseo tensaba su entrepierna.

—¿Esto es lo que quieres, Brianna? —preguntó con la voz ronca por la pasión.

Deslizó el pulgar por el suave y turgente labio inferior de ella. Estaba deseando saborearla, pero quería oírlo de su boca.

—¿Quieres que te bese? —insistió para asegurarse.

Ella asintió con un movimiento de cabeza.

Pero, para él, no fue suficiente.

—Dime que deseas que te bese.

—Sí, es lo que quiero. Deseo que me beses —le confirmó.

Kylian sintió un torrente de satisfacción y, con un gemido, le dio lo que ambos buscaban.

Brianna conoció entonces lo que era desear tener contacto íntimo con un hombre.

Una sensación devoradora de necesidad, de hambre, de calor.

Nada habría podido prepararla para lo que sintió en cuanto los labios de Kylian se apoderaron de los suyos.

La multitud de sensaciones que producía en su cuerpo.

Había estallado en llamas, calentando su piel y dejando su cuerpo muy sensible.

Era como si lo hubiera estado esperando toda su vida.

Él la envolvió en un fuerte abrazo y profundizó más el beso hasta que logró que Brianna se derritiera contra su pecho.

El beso se tornó más frenético, más voraz.

La joven notaba la mano de Kylian en la cintura deslizándose hacia sus caderas.

Comenzó a temblar como una hoja sacudida por el viento.

Jamás habría imaginado que pudiera desear tanto las caricias de un hombre.

Gimió en su boca y él se tragó ese sonido.

—Dios, eres preciosa —susurró cuando se separaron unos instantes para tomar el aire que sus pulmones reclamaban.

En ese momento, Brianna volvió a la realidad. Estaba besando a un desconocido, permitiéndole que la tocara como si fuera una vulgar ramera. Por primera vez en su vida, notó la vergüenza extendiéndose por toda su piel, ahondando en su alma.

—No he debido permitir que me besaras —dijo con la respiración alterada.

—¿No te ha gustado?

—Sí, pero…

Inspiró profundamente para calmar los latidos de su corazón y controlar su voz para que no le saliera entrecortada.

Kylian esperó a que continuase.

—Soy una dama. No una ramera —le informó, alzando con orgullo el mentón.

—Por supuesto que eres una dama. En ningún momento he dudado de que lo fueras.

—¿Por qué me has besado así?

Dio un par de pasos hacia atrás para distanciarse de él.

—¿No te ha gustado? —quiso saber, sorprendido.

—¿Por qué me has besado así? —repitió.

—Porque te deseo. Te he deseado desde que te he visto esta tarde en el pueblo. He venido a esta fiesta con la intención de conocerte…

—¿Y de besarme?

—No. No esperaba que los acontecimientos se desarrollasen así. Me conformaba con hablar un rato contigo —se sinceró con ella—. Pero no me arrepiento de haberte besado, Brianna, porque ha sido lo mejor que me ha pasado en muchos años.

Al escuchar aquella confesión, el corazón de Brianna se ablandó un poco. Cubrió la distancia que la separaba de él y se refugió de nuevo entre sus brazos.

—Yo también lo he disfrutado y te prometo que no lo olvidaré nunca. No sabía lo que era besar a un hombre hasta que tú me lo has enseñado.

—Si quieres, podemos repetirlo. —Kylian le guiñó el ojo izquierdo, pícaro. Al hacerlo, el lunar que tenía cerca y la pequeña cicatriz de encima de la ceja se aproximaron.

Cuando estaban a punto de unir sus bocas otra vez, se oyó la voz de alarma de uno de los soldados que custodiaban los alrededores desde las almenas de Dunvegan.

—¡Fuego! ¡Fuego!

La pareja se separó de un brinco.

—Debo irme —dijo Kylian con la urgencia impregnada en su voz.

—No te vayas todavía —le pidió Brianna.

—Algo está quemándose. Tengo que ir a ayudar.

Los soldados seguían gritando que había fuego, alertando a todos los que estaban en la fiesta. Los hombres salieron en tropel para ayudar en las labores de extinción del incendio.

—Entonces, iré contigo.

—¡No! —La detuvo.

No podían verlos juntos porque alguien podría descubrir su verdadera identidad y contárselo al jefe del clan. Entonces le darían caza y lo matarían.

—No quiero que sufras ningún daño —añadió.

—No soy una dama en apuros que alguien tenga que rescatar —dijo ella, empecinada.

—Ya lo sé. He visto lo que has hecho en la taberna con ese borracho. Sé que eres capaz de defenderte tú sola, pero un incendio es algo muy peligroso y no quiero que corras ningún riesgo.

—Yo tampoco quiero que tú…

Kylian la cortó.

—Tendré cuidado —dijo. Acto seguido, la besó.

—¿Cuándo volveremos a vernos? —preguntó ella con la urgencia marcada en su voz.

—¡Brianna! —oyó que Erin la llamaba a gritos.

Pero no se movió. Necesitaba desesperadamente que Kylian le contestase.

—Mañana. Cuando anochezca.

—Debajo del muro oeste del castillo hay una pequeña cueva excavada en la roca del promontorio donde se asienta Dunvegan. Estaré allí esperándote. Puedes acceder desde la orilla del lago. ¿Conoces el lugar? —propuso ella.

—Sí lo conozco, pero no sabía que hubiera una cueva.

—Es tan pequeña que pasa desapercibida. Pero ahora ya lo sabes.

Brianna se agarró a su cuello y lo besó, despidiéndose de él por unas horas.

—Ten mucho cuidado en el incendio —le pidió.

—¡Brianna! —volvió a escuchar la voz de su cuñada.

Kylian asintió y ella salió corriendo.

Erin estaba en la puerta que daba acceso al salón. En sus brazos, portaba a la pequeña Meg, que lloraba asustada.

—¡Brianna! —gritó de nuevo.

—¡Estoy aquí!

—Por todos los cielos, ¿dónde te habías metido? Hay un incendio en el granero del pueblo. Los hombres ya se han ido. Algunas mujeres también. Pero Ian nos ha ordenado al resto cuidar de los niños y los ancianos.

De repente, Braden salió corriendo del salón.

—¡Braden! —Erin lo llamó—. ¿A dónde crees que vas?

El muchachito se detuvo.

—Quiero ayudar a apagar el fuego.

—Ni hablar. Todavía eres un niño.

—Ya tengo diez años —contestó, alzando la barbilla, orgulloso, como si fuera un adulto y no un niño.

—No discutas y entra en el salón —le ordenó Erin.

—Menuda muime estás hecha —susurró Brianna.

El muchacho se dio la vuelta para irse corriendo, desobedeciendo así la orden de la señora del castillo. Pero Brianna le puso la zancadilla y el niño cayó al suelo.

—Harás lo que te diga tu señora —comentó Brianna, agarrándolo de un brazo para levantarlo del suelo.

Entraron en el salón. Brianna arrastraba a Braden mientras el niño no dejaba de protestar porque no le permitían ir a ayudar al resto de los hombres a sofocar el incendio.

—Si no te callas, te amordazaré y te ataré a una silla para impedir que huyas —le advirtió.

El muchacho se soltó de su agarre de mala gana, prometiendo que no se movería del castillo y que se mantendría en silencio.

Erin la contemplaba con una ceja arqueada y una sonrisa en los labios. Todavía tenía a la pequeña Meg colgada de su cuello.

—¿Quién es ahora la muime ? —preguntó a Brianna riéndose.