Una esposa para el laird (Guerreros de Escocia 1) 8
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Meg devoró en pocos minutos la escudilla con sopa y trozos de pollo que le puso Lynette, además de un scone relleno de arándanos, que había hecho Erin cuando estuvo ayudando en la cocina por la mañana.

Bebió una jarra llena de leche y, una vez saciada, miró a Erin y Brianna.

Les agradeció que la hubieran alimentado, bañado y que le hubiesen regalado un vestido nuevo y limpio.

A su lado, Braden también había tardado poco en devorar el puré de patatas y colinabo, un trozo bastante grande de morcilla y dos scone que le habían servido. En ese momento, se estaba acabando una jarra con leche.

Dejó la jarra vacía en la mesa y se limpió la boca con la manga de la camisa limpia que le habían dado. Él también había podido bañarse y vestirse con ropa nueva.

Meg le dio un codazo a su hermano al ver que este no agradecía a las señoras del castillo lo buenas que habían sido con ellos. Él se quejó y la miró con furia. Levantó una mano para golpearla, pero Brianna fue más rápida y lo detuvo.

—Si le tocas un solo pelo, te cortaré la mano —siseó mordiendo las palabras.

Braden la miró con miedo. Brianna, a su vez, lo miraba furibunda.

—Lo siento. No volverá a ocurrir —prometió, bajando la cabeza avergonzado y temeroso.

—Si te portas bien con tu hermana, puedes venir más veces. Siempre que tengas hambre, ven aquí y te daremos de comer —dijo Erin.

—Gracias, señora —contestó Braden sin alzar los ojos, temiendo encontrarse con la mirada de Brianna.

—En cuanto a ti, pequeña —Erin se dirigió a la niña—, ¿te gustaría quedarte a vivir con nosotras en el castillo?

Brianna y ella habían comentado esa posibilidad con Ian y él había dado su permiso.

Como laird de su clan, se preocupaba porque la gente que pertenecía a él no pasara penurias.

Les preguntó por el padre, quería hablar con ese hombre.

Ellas le indicaron dónde localizarlo. Ian salió en su busca mientras las mujeres atendían a los niños.

La carita de ilusión y alegría de la niña al escuchar la pregunta que Erin le había hecho fue suficiente respuesta para ella.

—Sí, pero ¿puede quedarse mi hermano también? ¿Y mi padre?

Las amigas se miraron entre ellas.

Después, Brianna dirigió la vista hacia Braden y contestó:

—Tu hermano también puede quedarse, siempre y cuando prometa que te tratará bien y que velará por ti y por tu honor. Y en cuanto a tu padre, hablaré con el laird.

El muchacho aceptó enseguida.

—Deberás tratar a Meg como un caballero trata a una dama, ¿me has entendido? Si no lo haces, te echaré a patadas del castillo. Y no volverás a golpear a tu hermana ni a ninguna otra mujer, ya sea niña o anciana.

Braden tragó saliva.

—Lo juro. No volveré a golpear a mi hermana ni a ninguna mujer, y velaré por el honor de Meg como dama y por su bienestar.

Brianna mantuvo una intensa mirada con el niño hasta que, pasados unos segundos, esbozó una sonrisa y alargó la mano para estrechársela al muchacho.

—Tenemos un trato.

Poco después, Ian regresó a Dunvegan. Había localizado al padre en la taberna, aún borracho. Lo sacó al exterior y lo tiró a un abrevadero para espabilarlo del todo. El hombre refunfuñó y se levantó con el agua corriendo por su cuerpo, sus ropas mojadas y el pelo pegado a la cara.

Empezó a maldecir al necio que había osado a hacerle aquello, pero, en cuanto vio al laird de su clan, enmudeció.

Ian lo miraba con sorna.

—Puedes seguir si quieres.

—No, perdonadme, mi señor. No sabía…

Ian alzó una mano para detener la charla del hombre.

—¿Cómo te llamas?

—Irvin, mi señor.

—Irvin —repitió Ian. Comenzó a pasear alrededor del abrevadero—. Dime, Irvin, ¿por qué estás en la taberna emborrachándote en vez de cuidar de tus hijos o trabajar?

Erin y Brianna le habían comentado la situación en la que se encontraban los chiquillos, sin una madre que se ocupase de ellos y el padre todo el día ebrio, según les contó Braden de camino al castillo.

—Me quedé sin trabajo hace dos lunas y no encuentro otro.

—¿Y cómo pagas la bebida de la taberna si no tienes trabajo?

—Tenía algunos ahorros que…

Ian lo interrumpió.

—¿Y prefieres gastar esos ahorros bebiendo cerveza y vino en lugar de dar de comer a tus hijos? —Su tono de voz sonaba indignado.

—Yo… —Irvin no sabía qué contestar.

Desde que su esposa había fallecido al dar a luz a Meg, estaba perdido.

Sin ella, nada tenía sentido. El dolor era tan grande que empezó a beber para aislarse de la pena, la rabia y la impotencia por haber sufrido tan desgraciada pérdida.

Cada vez bebía más y más. Fue pasando de unos trabajos a otros, pero en ninguno duraba demasiado tiempo, porque la mitad de los días aparecía ebrio y la otra mitad no aparecía.

Nadie quería contratar a un borracho como él.

Ian lo miró desde su altura.

—Sal del abrevadero. Duerme la borrachera y mañana ven a Dunvegan. Tengo un trabajo para ti. Acogeremos a tus hijos en el castillo hasta que tú estés listo para ocuparte de ellos.

—Gracias, mi señor.

—No me las des.

Ian se giró para regresar a su hogar, donde le esperaba una fiesta para celebrar su enlace con Erin.

—Y ven limpio —le dijo por encima del hombro.

Se subió a su caballo y le apretó los flancos para que comenzase a andar.

El alegre sonido de las gaitas resonaba entre las paredes del salón.

Varias personas danzaban un ceilidh al ritmo de la música, otras aplaudían acompañándolas en su danzar y algunas hablaban animadamente.

Las mesas estaban llenas de comida y la cerveza fluía deprisa.

Solo faltaba una cosa: que Erin y Brianna hicieran su aparición.

Kylian esperaba, ansioso por ver a la joven dama que había captado su atención en el pueblo.

Su presencia en la fiesta había pasado desapercibida, y así deseaba que siguiera.

Para ello, había comprado en el mercado del pueblo un tartán con los colores de los MacLeod.

No le importaba lucirlos aunque no perteneciese a ese clan.

Se cuidó mucho de que no lo viera su primo Murray porque, de lo contrario, lo habría matado a golpes.

Pero necesitaba desesperadamente colarse en la fiesta para ver de nuevo a Brianna.

Quizá podría acercarse a ella y mantener una pequeña charla; bailar con ella y brindar por el reciente enlace del laird del clan MacLeod.

Las dos damas se detuvieron al pie de las escaleras y echaron un vistazo antes de entrar en la enorme sala, rebosante de las gentes del pueblo.

—¿A qué desdichado vas a romperle hoy el corazón? —le preguntó Erin a Brianna. Señaló un guapo joven sentado junto a la puerta—. ¿A aquel de allí? ¿O a aquel otro? —Indicó con un gesto de cabeza a otro joven que estaba en una esquina, recostado contra la pared.

—Ya sabes que no me interesa ningún hombre.

Erin enarcó las cejas y sus ojos brillaron con una chispa divertida.

—Pues con ese vestido que te has puesto, estoy segura de que a ellos sí que vas a interesarles.

A Brianna no le importaba si atraía a los jóvenes que su cuñada había mencionado o no. Con la mirada, barrió la sala buscando al desconocido del pueblo. Al no encontrarlo, la desilusión se reflejó en sus ojos azules. Por suerte, se repuso antes de que Erin pudiera darse cuenta.

—No hagas esperar a mi hermano —comentó—. Yo daré una vuelta por el salón para saludar a algunas personas. Quizá me una al baile.

Erin se dirigió hacia Ian, que estaba rodeado por varios de sus hombres, bebiendo y hablando.

Cuando Ian la vio abrirse paso entre la gente, su corazón se saltó un latido. Estaba muy hermosa con el vestido verde musgo que llevaba. El cabello recogido en un moño y el colgante de oro a juego con los pendientes, todo heredado de su abuela.

—Mi dulce Erin —dijo Ian cuando llegó hasta él—. Mi bella esposa. Cada vez que te veo, te superas en belleza. No voy a alejarme de ti en toda la noche, porque no quiero que nadie me robe el placer de contemplar tu hermosura.

—Basta ya de adularme en público —contestó ella, sonrojándose.

Ian se inclinó sobre su oreja.

—Está bien. Dejaré las alabanzas para cuando estemos en el lecho, compartiendo gemidos de placer.

El rubor de las mejillas de Erin aumentó.

—Estaba en lo cierto cuando le dije a mi padre que te casabas conmigo para poder torturarme toda la vida.

—No me negarás que es una dulce tortura —contestó Ian, mirándola con picardía.

Ella amplió su sonrisa.

—Deseo bailar. ¿Quieres acompañarme, mi querido esposo?

—Por supuesto. Tus deseos son órdenes.

Le tendió el brazo y se unieron al ceilidh .

Brianna buscó al desconocido por todo el salón mientras saludaba a unos y a otros.

Cada vez que se detenía a hablar con alguien, su vista recorría con disimulo aquella parte del salón.

Al no encontrarlo, se despedía de las personas con las que había estado charlando y se dirigía hacia otra zona con la esperanza de hallarlo.

Cuando se cansó de buscar y dedujo que él no había asistido a la fiesta, se unió al animado baile.

No iba a malgastar una noche festiva por un hombre y menos, por un desconocido, por muy atractivo que fuera.

Kylian la observaba desde su posición. Hechizado por su belleza, por sus movimientos, por su risa y por la alegría que estaba sintiendo ella al danzar con otras personas.

Su cabello rubio, recogido en una larga trenza, se movía al compás del baile.

La falda del vestido azul se mezclaba con las faldas de los vestidos de las otras mujeres y también con los kilts de algunos jóvenes que se habían unido a la danza.

Le gustaba verla disfrutar, reírse y hablar animadamente con la gente del pueblo que había asistido a la fiesta.

El laird y su esposa se unieron al baile, divirtiéndose también.

Brianna les sonrió al verlos. Esa sonrisa, a pesar de que no iba dirigida a él, le impactó de lleno en el corazón. Le dio valor para salir de su escondite y unirse también al ceilidh .