7 #2
Erin se acercó a él y se detuvo junto al asiento que le correspondía a ella. Ian hizo un gesto con la mano para que tomase asiento y después se sentó él.
Le costó desviar los ojos de su bella esposa, pero se obligó a hacerlo.
—Podemos empezar.
La gente se separó e hizo un espacio en el centro para que los que tenían asuntos que tratar con el laird pudiesen hablar con él.
Los primeros en hacerlo fueron Murtag, su cuñado el banastero, el porquero y demás personas afectadas por el robo de ganado o la matanza de los animales.
Le contaron lo mismo que Murtag le había comentado el día anterior. Le dieron varios detalles más e Ian prometió trazar un plan para descubrir a los culpables y proteger a su pueblo.
Tras ellos, llegaron un par de vecinos que habían discutido por la leche de una vaca.
Uno de ellos acusaba al otro de haber ordeñado a la vaca sin su permiso, de noche cuando todos dormían, y de haberse quedado con la leche.
Deseaba que se la devolviera. El otro lo negaba.
Se defendía alegando que su familia y él tenían leche de las ovejas de su rebaño, por lo tanto, ¿por qué habría de robarle leche a una vaca, fuera la del vecino o la de cualquier otro?
—El culpable del robo de la leche de tu vaca, ¿no podría ser el mismo que ha estado robando ganado y matándolo? —preguntó Ian.
El aldeano meditó unos instantes y, al final, contestó que sí era posible.
Ian decidió incluirlo en la lista de afectados por los malhechores que rondaban el pueblo y absolver al vecino acusado.
Después llegaron más lugareños con sus quejas. Ian las resolvió de manera satisfactoria.
Durante el tiempo que estuvieron allí, Erin comprobó que su esposo era un laird comprensible y justo.
Distaba mucho del patán, bruto y necio que ella había conocido de niño.
Después de saber por qué Ian se comportaba con ella así durante su infancia, lo había perdonado.
Había descubierto que tenía un corazón noble y bondadoso, y que era un hombre honorable.
Al acabar, antes de que se retirasen todos, Ian anunció que esa noche habría una fiesta para celebrar su matrimonio con las gentes del pueblo y demás habitantes del castillo que no habían podido asistir al enlace en Duntrune.
Brianna y Erin salieron del castillo en dirección al pueblo. Deambularon entre los puestos de frutas, hortalizas, panes y dulces, abalorios de cuero y metal, telas de varios colores y distintos tejidos mientras charlaban animadamente.
Algunos niños jugaban con palos a modo de espadas, luchando entre ellos. Tuvieron que sortearlos para evitar que les dieran un golpe.
Se detuvieron en el puesto de telas a comprobar su textura y calidad.
—Me gusta esta, Brianna —dijo Erin.
—Es muy bonita, y el color haría resaltar tus ojos y tu cabello. Muy buena elección, cuñada.
—También quiero esta otra para hacerle una camisa a Ian.
Erin miró al vendedor y le preguntó el precio.
Ninguna de las dos se dio cuenta de que cerca de ellas había un joven que las había seguido por todo el pueblo.
Kylian estaba apostado en la puerta de la taberna esperando a su primo Murray cuando vio pasar a Brianna.
La belleza de la joven dama captó enseguida la atención del highlander .
El corazón se le aceleró y latió en su pecho con tanta fuerza que creyó que le rompería alguna costilla.
Lo que no habían conseguido los puños de su primo cuando peleaban, iba a conseguirlo esa mujer tan hermosa como un atardecer en el lago.
Quedó tan prendado de su belleza que, sin saber cómo, sus pies comenzaron a andar, siguiéndola como si fuera un soldado que le servía de escolta.
Cuando se detuvieron en el puesto de las telas, se acercó a ella con sigilo y aspiró su delicado aroma.
Sus sentidos se impregnaron con su olor y le pareció estar borracho, como si hubiera bebido más cerveza de lo que le convenía.
Notó que algo cosquilleaba en su bajo vientre, endureciendo su miembro viril, y se apartó de ella antes de que se pusiera en una situación complicada.
Se retiró hasta el puesto de los abalorios de cuero y metal y fingió interés por uno de ellos. Pero no dejó de escuchar a su bella dama conversando con su amiga hasta que oyó su nombre y entonces supo quién era.
Las damas hablaban sobre una fiesta que tendría lugar esa noche en Dunvegan y a la que asistiría todo el pueblo.
Miró de reojo a Brianna y se quedó hipnotizado por su cabellera rubia, sus ojos azules y sus labios rojos. El vestido con el que cubría su esbelta figura era de color morado, como las ciruelas maduras. Se ceñía a sus curvas, marcándolas deliciosamente.
Las jóvenes pagaron las telas y reanudaron su paseo. Él las siguió a distancia. Le era imposible alejarse de Brianna. Como si estuviera atado a ella con una cuerda. Como si fuera un perro guardián que sigue a su dueña donde quiera que vaya.
Las vio detenerse frente a una niña de unos seis años vestida con sucios harapos.
La pequeña pedía algo de comer. Estaba hambrienta porque llevaba varios días sin probar bocado.
Brianna dijo que se acercaría al puesto de los panes para comprar uno y se marchó.
Kylian la siguió sin que ella se diera cuenta.
Erin se agachó para quedar a la altura de la pequeña y poder hablar con ella.
—¿Cómo te llamas?
—Meg —respondió la niña con voz triste.
—¿Dónde están tu papá y tu mamá?
—Padre está en la taberna. Madre se fue con las hadas cuando yo nací.
—¿Y no hay nadie más que se ocupe de ti? —quiso saber Erin, preocupada.
La niña se encogió de hombros.
—Tengo un hermano mayor. —Señaló al grupo de niños que luchaban con los palos—. Se llama Braden, pero le llaman Brad el Rojo.
—¿Por el color de su pelo? —dedujo Erin.
La pequeña asintió con la cabeza.
—Entonces, tú eres Meg la Roja —comentó con una sonrisa.
La niña le correspondió con el mismo gesto.
Brianna regresó en ese momento con un pan redondo. Partió un trozo con las manos y se lo entregó a la niña, que lo devoró en pocos minutos.
Cuando acabó ese pedazo, las dos vieron en sus ojos que deseaba comer más, pero no se atrevía a pedirles el otro trozo.
Brianna se lo puso en la mano.
—Puedes comértelo todo. Lo he comprado para ti.
Erin se alzó para hablar con su cuñada.
—¿Podemos llevarla al castillo para que le den de comer y la bañen?
—Sí, podríamos hacerlo. Pero ¿serviría de algo?
Erin la miró con extrañeza.
Brianna se apresuró a aclarar.
—Seguramente su padre será un borracho que se pasa el día en la taberna, y su hermano —señaló al niño de unos nueve o diez años que seguía jugando con sus amigos— está muy ocupado para cuidarla.
Si la llevamos a nuestro hogar, le damos de comer, la bañamos y le ponemos un vestido limpio, ¿qué crees que pasará cuando tengamos que devolverla con su padre y su hermano?
Sería injusto para ella, porque le estaríamos enseñando un mundo en el que no puede vivir.
—¿No es más injusto dejarla aquí, abandonada, que llevarla al castillo? No hay nadie que se ocupe de ella. Mírala.
—¿Qué propones que hagamos? Si la llevamos a casa, tendremos que informar al padre y al hermano. No me gustaría que nos acusaran de secuestro.
Erin se agachó otra vez para quedar a la altura de la niña que ya se había terminado el segundo pedazo de pan.
—¿Has dicho que tu papá está en la taberna?
Meg asintió.
—Iremos a preguntarle si te deja venir con nosotras al castillo. ¿Quieres comer más y tener un vestido limpio?
Al ver la sonrisa de la niña y sus ojos iluminados por la ilusión, la abrazó con fuerza.
Después, se levantó y la agarró de la mano.
Kylian las siguió hasta la taberna. Entró poco después que ellas y se quedó en una esquina observando cómo se desarrollaba todo.
El padre de la pequeña estaba durmiendo la borrachera sobre una de las mesas. La niña le tocó con su manita para que despertara, pero no lo consiguió. Entonces Erin lo zarandeó un poco por el hombro, con el mismo resultado. Estaba tan ebrio que no era capaz de despertarse.
Brianna optó por retirarle el taburete en el que estaba sentado dándole una patada. Consiguió que se callera al suelo y se despertase, pero, aun así, volvió a cerrar los ojos al instante. Brianna resopló. Se puso en cuclillas y lo agarró del pelo enmarañado.
—¡Eh, tú, mírame! —le gritó al hombre.
Él abrió un poco los ojos y, aturdido, dijo algo ininteligible.
—Está demasiado borracho —comentó Erin, señalando lo obvio.
—No te preocupes. Haré que se espabile —dijo Brianna, y le soltó un buen tortazo al hombre.
Este enseguida abrió los ojos y miró a la joven con terror.
—¿Eres el padre de esta niña? —Indicó a Meg, todavía agarrada de la mano de Erin.
—Sssí, mi-mmmi ssseñora…
—Deberías estar cuidando de ella en lugar de estar aquí, tan borracho que no eres capaz de tenerte en pie ni hablar —le riñó.
Le soltó el pelo y el hombre intentó levantarse, pero no pudo.
—Escúchame bien: nos vamos a llevar a Meg al castillo hasta que se te pase la borrachera. Cuando estés en condiciones de cuidar de ella, puedes venir a buscarla. ¿Me has entendido?
El hombre asintió.
—Gra… Gra…
—No me des las gracias, maldito asno, miserable, patán, sucio bastardo…
—Brianna, para ya —la cortó Erin—. Qué poco delicada eres algunas veces.
—¿Te parece que debo ser delicada con ese zopenco? ¡Por san Mungo, no puedo serlo!
—Anda, vámonos. El padre ya está informado. Ya no tenemos nada que hacer aquí.
Erin salió de la taberna con la niña todavía agarrada de su mano. Brianna la siguió al exterior.
Sin embargo, en vez de dirigirse hacia el castillo, Erin se acercó al hermano de Meg.
—¡Braden!
El niño siguió jugando con los palos con sus amigos.
—¡Brad el Rojo! —volvió gritar.
El muchacho se detuvo. Como consecuencia, recibió un golpe con el palo en la cabeza. Un doloroso gemido escapó de su garganta. Tiró su palo y se lio a puñetazos con el que le había pegado.
Los dos niños se tiraron al suelo mientras no dejaban de pelearse y se insultaban al mismo tiempo.
Brianna tomó cartas en el asunto. A pesar de llevarse algún que otro golpe, logró separarlos. Los alzó, tomándoles por las orejas, cada uno con una mano, y les riñó.
Kylian observaba todo desde la puerta de la taberna.
Estaba asombrado por la manera de comportarse de la pequeña del clan MacLeod.
No era la fina y delicada hija de un laird como debería haber sido.
Era una mujer de armas tomar. Le agradó sobremanera que ella tuviese ese carácter fuerte y compasivo al mismo tiempo.
Aunque tenía una lengua peor que la de un granjero.
Al escuchar todos los improperios que le había dirigido al padre de los hermanos, no dio crédito.
Y la forma en que lo había agarrado por el pelo, el tortazo que le había dado para espabilarlo…
Esa joven no necesitaba a nadie que la defendiera de nada. Se bastaba ella solita.
—Braden, vamos a llevarnos a tu hermana al castillo. Tu padre ya está avisado, aunque con la borrachera que lleva, no creo que lo recuerde. ¿Tú también tienes hambre? Puedes venir con nosotras si es así —le dijo Brianna.
—Sí, mi señora. Yo también estoy hambriento.
—Pues entonces ve a la taberna y díselo a tu padre, si es que consigues que se entere de algo.
El muchacho salió corriendo.
—¡Y no tardes! —le gritó.
Brianna miró alrededor y descubrió a un joven muy apuesto observándola. Le mantuvo la mirada, retándolo a ser el primero en desviarla, pero no lo consiguió.
Cuando Braden regresó, aún se batían en un duelo de miradas, azul contra verde.
Con gesto altivo, ella retiró la vista para centrarla en el niño que ya estaba a su lado.
Los cuatro comenzaron a caminar de regreso al castillo.
Brianna reprimió el impulso de girarse y contemplar al joven moreno de ojos verdes y facciones marcadamente masculinas.
Se preguntó quién sería y qué estaría haciendo allí.
Sin lugar a dudas, no pertenecía a su clan, porque no llevaba sus colores.
Vestía unas calzas negras con un jubón de cuero marrón, una camisa blanca y una capa de lana del mismo tono que el chaleco.
No había nada en él que lo identificara como miembro de otro clan, pero, como estaba allí, seguramente pertenecería a un clan amigo.
Recordó su mirada verde y el exquisito calor que la había invadido cuando sintió sus ojos sobre ella. En ese momento, había sentido una corriente que la atraía hacia él; sin embargo, sus pies no se movieron. El duelo de miradas que habían mantenido despertó su curiosidad. Aquel joven la intrigaba.
Si tenía la oportunidad de volver a verlo, intentaría averiguarlo todo sobre él.