7
Ian, con el torso desnudo luchando contra uno de sus guerreros, era un espectáculo para la vista.
En una mano blandía la espada, en la otra portaba el escudo.
El sudor que le recorría la piel hacía que esta brillara.
Las flexiones de sus potentes músculos la dejaron tan hipnotizada que se olvidó de la manzana.
Ian, atento a todo lo que sucedía a su alrededor a pesar de estar luchando con su contrincante, la vio por el rabillo del ojo. Se distrajo un momento, que su atacante aprovechó para darle un certero golpe en el escudo y dejarlo sin la protección que este suponía.
Mas Ian estuvo raudo, porque cogió otra espada cercana y atacó con fiereza. Alternó los mandobles de las dos espadas hasta que logró derribar a su oponente.
Erin estaba disfrutando de las vistas, aunque no le agradaban las luchas, le gustaba ver a su esposo en acción.
Era un ejemplar magnífico por su gran envergadura y fortaleza.
Poseía un rostro de rasgos marcados, muy varonil.
Cada vez que lo miraba, se enamoraba más.
Ian llevaba el cabello rubio recogido en una trenza hasta el principio de la espalda.
Sus ojos acerados brillaban con determinación.
En ellos se veía claramente que estaba dispuesto a salir victorioso de esa lucha.
No se dio cuenta de que Brianna se puso a su lado hasta que le habló.
—Tienes un poco de baba aquí —bromeó, tocándole el mentón.
—No es cierto. —Erin sonrió.
—¿Qué tal la vida de casada? —quiso saber su amiga.
—Ya sabes que bien. ¿Para qué preguntas?
—Mi hermano te roba demasiado tiempo. Entiendo que estáis ocupados con lo de engendrar un hijo, pero echo de menos a mi amiga.
En ese momento, Erin pasó un brazo por los hombros de Brianna y la acercó a su cuerpo.
—Ahora que vivo aquí, te vas a cansar de estar conmigo.
—¿Seguro?
—Por supuesto. Buscaremos ratos para estar juntas —prometió Erin—. Por ejemplo, esta tarde podríamos salir a dar un paseo por el pueblo o por el bosque.
—¿Por qué no lo hacemos ahora?
—Necesito hablar con tu hermano de algo y, además, he prometido a Lynette que ayudaría en la cocina.
—Está bien. Pero esta tarde te quiero toda para mí.
—De acuerdo.
Observaron a los hombres entrenándose hasta que se tomaron un descanso.
Ian se acercó a las dos mujeres.
Besó a Erin en los labios y saludó a su hermana con un gesto de cabeza. Sus hombres los jalearon al ver el gesto cariñoso de la pareja.
—¿Ya habéis terminado? —preguntó Erin.
—No. Solo estamos tomando un descanso.
—Bien. En ese caso, tendré que dejar para más adelante lo que quiero preguntarte.
—Puedes hacerlo ahora. Para ti, siempre tengo tiempo.
—Por san Mungo. Estoy empachada con tanta dulzura —comentó Brianna—. ¿Quién eres tú y qué has hecho con mi hermano? —dijo, mirando a Erin.
—Mi querida hermana, si no te gustan las muestras de cariño entre mi esposa y yo, eres libre de marcharte a otra parte —contestó Ian, burlón.
—Intentaré soportarlas. Haré un esfuerzo por no vomitar las gachas que acabo de tomar.
Erin se rio bajito.
Ian centró su atención en ella.
—Y bien, ¿de qué querías hablarme?
La joven dama carraspeó antes de hablar.
—Es una tontería que no me llevará demasiado tiempo, pero me gustaría que estuviéramos solos.
Miró a Brianna, que había escuchado todo lo dicho.
—¿Me estás echando, querida cuñada?
—Solo será un momento, Bri.
Brianna puso los ojos en blanco.
—Está bien. Os dejaré solos, tortolitos. Me voy a jugar con Ebie un rato.
Les dio la espalda y se alejó de allí.
Erin agarró a Ian de la mano y se dirigió con él hacia una esquina del patio para tener más intimidad.
—He descubierto en tu sporran un paño bordado que le regalé hace años a tu hermana con una flor disecada en su interior y quiero saber por qué lo tienes tú. Brianna me dijo que lo había perdido.
—¿Curioseando entre mis cosas, esposa mía? —preguntó con una amplia sonrisa.
—No. Es solo que sobresalía del bolso y me llamó la atención porque lo reconocí como mío. Ese bordado lo hice yo cuando era una niña.
—Está bien, lo reconozco. Brianna no lo perdió. Yo se lo quité.
—¿Desde cuándo eres un ladrón? —quiso saber, fingiéndose escandalizada.
—En Duntrune te confesé que siempre me habías gustado, a pesar de que me di cuenta tarde.
No sé cuál fue la razón que me llevó a robarle el paño a mi hermana.
Supongo que deseaba tener algo tuyo. Como no tenía tu amistad porque me ignorabas…
—Dejó la frase en el aire porque sabía que su esposa comprendería la situación.
Erin amplió su sonrisa. Le pasó los brazos por el cuello y lo atrajo hacia ella.
—Te ignoraba porque me dabas miedo.
—¿Y ahora ya no?
Ella movió la cabeza haciendo un gesto negativo.
—Ahora he visto una parte de ti que me gusta mucho y no me da miedo para nada —le susurró.
—¿No temes que te robe el corazón? —murmuró Ian cerca de sus labios.
—¿Acaso no lo has hecho ya? —confesó, antes de ponerse de puntillas y besarlo.
Se pegó a él sin importarle el sudor que cubría su torso. Ian la abarcó entre sus fuertes brazos y ambos disfrutaron de un cálido beso.
Cuando se despegaron para coger algo de aire, Erin comentó:
—Había una flor seca entre los pliegues del pañuelo.
—En efecto. ¿Recuerdas que en el funeral de mi padre le diste una flor de cardo morada a Brianna para que la pusiera sobre la tierra donde lo habían enterrado?
—Sin esperar a que ella respondiese, le confirmó—: Es la misma.
La he guardado todos estos años junto al pañuelo.
Siempre lo llevo conmigo para recordarte.
Los ojos de Erin se llenaron de emoción.
—Oh, Ian. ¿Cómo es posible que un feroz guerrero como tú pueda tener sentimientos tan bonitos? ¡Qué equivocada he estado todos estos años! No debería haber tenido miedo de ti.
—Lo importante es que ahora ya no me temes.
—Estoy empezando a amarte.
—Yo también a ti, mi dulce Erin.
Se apoderó de su boca con otro beso y, cuando sus hombres empezaron a reclamar a su laird , dejaron de besarse.
—Estaré en la cocina ayudando a Lynette —le dijo a Ian antes de marchase del patio.
—Dentro de poco vendrán algunos lugareños para tratar asuntos conmigo, por ejemplo, lo que nos contó ayer Murtag. Me gustaría que estuvieras presente.
—Está bien.
Erin se alejó camino de la cocina e Ian continuó con el entrenamiento de sus hombres.
Mientras Erin ayudaba en la cocina, recitó varias canciones que hablaban de romances antiguos y leyendas de hadas.
Todas escuchaban su voz sin dejar de trabajar. Parecía que estaban hechizadas por las melodías de la nueva señora.
Tiempo después, Ian fue a buscarla. A medida que se acercaba a la cocina, solo se oía una dulce y bella voz que cantaba.
Cuando llegó al arco de piedra que daba entrada a la estancia, se quedó impresionado.
Era Erin quien entonaba esas melodías. No sabía que su esposa lo hiciese tan bien.
Había captado la atención de todos. Agarró un taburete y se sentó para disfrutar del espectáculo.
Todo el personal trabajaba en silencio, escuchando con atención las canciones de Erin.
Brianna apareció en ese momento con el gato entre sus brazos. Ella sí estaba acostumbrada a ver a Erin en esa situación, por lo que no le impresionó tanto. Pero, al ver a su hermano impactado, le susurró:
—Parece que los haya embrujado.
—A mí también. Desconocía que mi esposa tuviera ese don especial, como si fuera una selkie atrayendo a los guerreros hacia el fondo del mar.
—Por san Andrés, hermano, qué catastrófico eres —resopló Brianna, poniendo los ojos en blanco.
Ian se rio bajito.
—Era una simple comparación.
Erin terminó la canción y el silencio en la cocina reinó durante un rato.
Después, todas alabaron la bella voz de la señora del castillo y continuaron con sus quehaceres.
Ian se acercó a ella.
—No solo eres hermosa por fuera y por dentro, sino que también tienes una voz melodiosa. No sabía que cantaras tan bien —la alabó.
Erin sonrió tímida ante el piropo de su marido. Estaba segura de que todas en la cocina lo habían oído.
—Gracias, Ian. ¿Ya está aquí la gente del pueblo?
—Llegarán dentro de poco. Si necesitas cambiarte de vestido y asearte, debes darte prisa. —Con el pulgar, limpió un rastro de harina de la mejilla de su esposa.
Erin se miró el vestido. Lo tenía un poco sucio de harina. Las manos también.
—Iré a cambiarme. ¿Puedes avisar a Mor para que vaya a mi alcoba?
—Yo puedo ayudarte —se ofreció Brianna—, y así pasamos tiempo juntas.
Erin se despidió de Lynette con un gesto amable y abandonó la cocina, seguida de Brianna.
Ian, que ya se había acicalado antes de ir a buscar a su esposa, se dirigió al salón para esperarla.
Le habría gustado ser él quien ayudase a Erin a cambiarse de ropa, pero entendía que su hermana echaba de menos a su amiga.
Desde que se habían casado, él había acaparado casi todo el tiempo de su esposa.
Dejaría unos minutos a solas a las dos amigas.
Se dijo que no debía ser tan egoísta y retener a su mujer todo el tiempo a su lado.
Debía aprender a compartirla con otras personas.
Brianna y Erin accedieron a la alcoba y, sin entretenerse charlando, su cuñada ayudó a Erin a cambiarse el vestido y recoger un poco los mechones que se habían salido de su trenza.
Se rodeó la garganta con una cinta de terciopelo con un colgante de oro que había heredado de su abuela materna.
En las orejas, se colocó unos pendientes a juego con el colgante.
Poco después, bajaron al salón.
Toda la gente allí congregada hablaba a la vez, pero, cuando vieron llegar a Erin, se quedaron en silencio.
Ian se alzó de su robusto asiento de madera y sonrió a su mujer.
Recorrió con una ardiente mirada el vestido azul que cubría el cuerpo de su esposa.
Luego, sus ojos viajaron desde el escote donde se intuían sus firmes senos hasta la delicada garganta y de allí, subieron hasta los suaves labios y la mirada limpia.