Una esposa para el laird (Guerreros de Escocia 1) 6 #3
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Freya puso el cuerno en una mano de Ian con gesto serio, como una muestra de respeto ante aquel acto ancestral.

—Brindo por ti, mi dulce y bella esposa, mi amada Erin. Porque nuestra unión sea feliz y tengamos muchos hijos, sanos, fuertes e inteligentes. Valerosos guerreros como todos los MacLeod. Y también por las niñas que Dios nos quiera dar. Que sean tan hermosas, dulces y gentiles como tú.

Ian bebió un trago del cuerno y se lo pasó a Erin para que hiciera lo mismo.

Después, todos alzaron sus copas y brindaron por las palabras de su laird y por la nueva señora del castillo.

Al alba, Erin se despertó con los suaves besos de Ian recorriéndole el hombro.

—Debo irme. Los hombres me esperan. Tú sigue durmiendo, mi bella esposa.

—No quiero que te vayas. Deseo repetir lo de anoche —murmuró ella, somnolienta, echándole los brazos al cuello.

—Debo cumplir con mis obligaciones como laird del clan. —Le dio un tierno beso en los labios y añadió—: Sigue durmiendo.

Se deshizo del abrazo de su esposa y, con una sonrisa, abandonó la alcoba.

Erin se colocó de lado y aspiró las sábanas templadas.

Aún mantenían el olor de su marido. Inspiro profundamente para llenar los pulmones con el aroma a brezo y a su esencia masculina.

Suspiró de felicidad. ¿Quién le iba a decir a ella que algún día se desposaría con el gigante Ian MacLeod y que sería feliz?

No lo habría creído de haberlo sabido antes.

Pero así era. Tenía toda la vida por delante junto a Ian.

Estaba segura de que criarían a sus hijos en un ambiente de amor y alegría.

Recorrió con los ojos la alcoba y descubrió, colgado en una silla, el sporran de Ian. Del bolso, sobresalía la punta de un paño blanco, con una flor bordada en una esquina. Al instante reconoció a la autora del trabajo.

Se levantó de la cama y se acercó hasta él para sacarlo y comprobar si era cierto lo que su mente le decía. Al hacerlo, algo cayó al suelo. Una flor de cardo morado disecada por el paso de los años.

Ese pañuelo era el que ella le había regalado a Brianna años atrás. Su amiga le dijo que lo había perdido. ¿Qué hacía Ian con él entonces? ¿Y por qué tenía una flor de cardo entre sus pliegues?

Decidió que se lo preguntaría más tarde, cuando estuvieran solos.

No estaba enfadada ni molesta, pero la curiosidad podía con ella. Necesitaba saber por qué su esposo tenía el pañuelo que ella le había regalado a Brianna.

Se lo llevó consigo cuando regresó al lecho y lo escondió debajo de la almohada. Intentó volver a dormir, pero no hacía más que preguntarse por qué.

Dio varias vueltas en la cama y, al no conseguir conciliar el sueño, se levantó.

Mor, su doncella, abrió la puerta en ese momento.

—Ah, ya estáis despierta. Buenos días, mi señora —saludó.

—Buenos días, Mor. ¿Qué tal tu primera noche en Dunvegan? ¿Estás cómoda en tu nueva alcoba?

—Sí. Estaba tan cansada que me dormí enseguida. ¿Y vos? ¿Cómo habéis pasado vuestra primera noche en el castillo? —repitió la pregunta que poco antes le había hecho ella.

—Bien. Muy bien, en realidad.

Al ver la sonrisa pícara de Mor y que esta abría la boca para comentar algo, la atajó:

—Ayúdame a vestirme y peinarme.

Fue hacia el baúl donde tenía los vestidos y sacó uno.

A pesar de los esfuerzos de su doncella por sacarle información sobre su primera noche en Dunvegan, en el lecho con el laird del clan MacLeod, Erin no soltó prenda. No dio ningún detalle íntimo y Mor se cansó de preguntar.

—Voy a buscar a mi esposo —dijo cuando Mor terminó de hacerle una larga trenza.

La doncella asintió con un gesto de cabeza y se puso a hacer la cama. Erin abandonó la alcoba.

Bajó al salón, creyendo que estaría desayunando con sus hombres, pero allí no estaba. Las criadas limpiaban la estancia. Al verla, la saludaron con genuflexiones.

—Mi señora, ¿necesitáis algo? —preguntó una de ellas.

—Eres Freya, ¿verdad?

—Sí, mi señora.

—La última vez que te vi, eras una niña pequeña, ¡y fíjate ahora! Has crecido y te has convertido en una joven muy bonita.

Freya, en lugar de agradecerle el halago, comentó:

—Yo también os recuerdo. ¿Qué necesitáis, mi señora?

Con aquella respuesta cortante, parecía que Erin la estuviera molestando con su charla. Sin embargo, recordó que de niña había tenido mal carácter. Siempre daba contestaciones secas y cortantes. Se paseaba por Dunvegan como si fuera la señora del castillo en lugar de una simple criada.

Al parecer, el paso de los años no había cambiado la actitud de la muchacha. Rezó para que su hermana Lynette siguiera siendo la misma chica risueña, alegre y amable que había sido en su infancia.

—¿Dónde está mi esposo?

—Lo desconozco.

—Está en el patio con sus hombres, mi señora —comentó otra.

—Bien. Gracias. ¿Tu nombre es…?

—Agnes.

—Gracias, Agnes.

Dio un paso hacia la salida del salón cuando oyó que Freya le preguntaba:

—¿No deseáis desayunar primero, mi señora?

De repente, se dio cuenta del hambre que tenía. Se había pasado la mitad de la noche haciendo el amor con Ian. Había gastado mucha energía y necesitaba recuperarla.

—Sí. Quiero comer algo.

—Enseguida os traeré el desayuno. Tomad asiento, mi señora —le indicó Freya.

Erin se sentó en el sillón que le pertenecía por ser la señora del castillo.

Sin embargo, la criada continuó con su tarea.

Agnes, al ver que su compañera no iba a cumplir lo prometido, dejó de barrer.

—Iré a buscar el desayuno de la señora.

—No —soltó Freya—. Yo se lo traeré cuando acabe.

Erin no quería disputas entre las criadas, así que intervino antes de que la conversación fuera a más.

—No os preocupéis. Pasaré por la cocina y comeré algo —dijo, alzándose.

—Pero, mi señora… —comenzó a decir Freya.

Erin se giró hacia ella.

—Las dos estáis muy ocupadas limpiando y yo tengo demasiada hambre para esperar. No me importa ir a la cocina y tomar algo allí.

Acto seguido, salió presta del salón.

La cocina era un hervidero de actividad. Bajo dos grandes arcos de piedra había sendos fuegos en los que se asaban varios conejos y en un caldero se cocían verduras.

Se acercó a una chica que estaba trabajando con una masa para hacer pan y le dio los buenos días.

—¿Podría comer algo, por favor?

—Mi señora Erin —sonrió la muchacha—, por supuesto.

¿Qué deseáis tomar? Hay panecillos recién hechos, gachas —destapó la cazuela de barro donde estaban las gachas recién hechas— y también tenemos fruta.

—Señaló una mesa cercana—. Pero, si deseáis que os prepare algo especial, no tenéis más que decírmelo.

Mientras la muchacha hablaba, se fijó en su cara y la recordó.

—Eres Lynette, ¿verdad?

—Sí, mi señora.

—Recuerdo que alguna vez jugamos juntas de pequeñas, cuando visitaba el castillo con mi familia. Brianna, tu hermana Freya, tú y yo —comentó con cariño.

—Es cierto, mi señora. —Lynette sonrió con orgullo porque se acordase de ella y los buenos momentos que habían pasado en su infancia.

Recordaba a Erin con mucho cariño porque siempre había sido buena con ella.

En realidad, era buena con todos. No recordaba ni un mal gesto ni una mala palabra.

Tampoco era mentirosa y siempre trataba a todos con sencillez y amabilidad.

No era presuntuosa por ser la hija de un laird, como sí lo eran la mayoría.

—Has crecido mucho en estos años. Te has convertido en una joven muy bonita.

—Gracias, mi señora. Vos también sois muy hermosa. De niña ya lo erais, pero ahora más.

—Gracias, pero dejémonos de tantos halagos. Me muero de hambre. Dame una escudilla y me serviré unas gachas. También comeré una manzana.

—Oh, no, mi señora. Yo la serviré.

Antes de que Erin pudiera negarse y decirle que siguiera con su trabajo porque ella era perfectamente capaz de ponerse las gachas en el cuenco y coger la manzana, Lynette lo hizo todo.

—Tu rapidez es impresionante —comentó.

—Gracias, mi señora. ¿Quiere que se lo lleve al salón?

—No, gracias. Lo comeré aquí.

La cocinera le acercó un taburete para que Erin se sentase. A continuación, siguió amasando el pan, dándole una forma redondeada.

Mientras desayunaba, contempló toda la cocina.

Estaba bien dotada. Había unas cuantas ollas de hierro, cazuelas de barro, calderos y sartenes de bronce, cuchillos de varios tamaños, cucharas y cucharones, escudillas, bandejas, cuencos…

Hacía un calor muy agradable debido a los fuegos encendidos y el aroma era delicioso por las carnes que estaban asando.

Empezó a hablar con Lynette. Le preguntó qué recetas hacían y cuáles no. Mantuvieron una agradable charla hasta que Erin terminó las gachas.

—Tengo que hablar con mi esposo un momento, pero, cuando vuelva, me gustaría ayudar en algo.

—No es necesario, mi señora —respondió la chica con sorpresa—. Aunque nos vea atareadas, llevamos bien el trabajo. Además, se ensuciaría el precioso vestido que lleva puesto y sería una lástima.

—No te preocupes por mi vestido. Será un placer ayudaros a hacer lo que me mandéis.

—Nadie de esta cocina ni del castillo osará darle órdenes a la esposa del laird . Sois vos quien debe darlas. La señora Fiona y lady Brianna también. Y, por supuesto, nuestro laird .

Erin pensó un momento su respuesta.

—Entonces —comenzó a decir—, os ordeno que me dejéis ayudaros en la cocina. Me gusta mucho cocinar y aprender recetas nuevas.

Lynette se sorprendió tanto que no supo qué contestar.

—Mi señora… —tartamudeó.

—Por favor, llámame Erin —le pidió con una dulce sonrisa—. Volveré dentro de un rato para ayudar en lo que necesitéis.

Salió de la cocina mientras se comía la manzana y se dirigió hacia el patio, donde Ian estaba entrenándose con sus guerreros.