6 #2
—Brianna orinará en tus gachas si lo haces —le advirtió con una sonrisa.
—¿Qué te parece si, en vez de dejarte colgada de la rama de un tejo, nos damos un baño caliente en cuanto lleguemos?
—Me parece perfecto.
Poco después, pasaron por el pueblo. Había muchas más casas y granjas que la última vez que estuvo allí. A pesar de que Ian ya se lo había comentado, no dejaba de sorprenderse al ver a tanta gente en el lugar.
Mientras el herrero estaba ocupado forjando una espada, algunos niños jugaban en la calle, otros intentaban darle caza a un gato y varios más corrían detrás de las gallinas, espantándolas, mientras una mujer rolliza los regañaba.
La taberna era más grande que la que ella recordaba y existían casas con más oficios, como fabricantes de pergaminos, curtidores, guarnicioneros… Todos trabajando, dotando al pueblo de una actividad bulliciosa y alegre.
Cuando llegaron a la plaza de Cuilthean, Erin contempló los puestos en los que se vendían hortalizas y frutas. También había un puesto de platería, otro de cestería y otro que vendía paños.
Las personas que reparaban en su presencia saludaban a Ian, a Fiona y a Brianna con cariño y alegría, dándoles la bienvenida, contentos por la vuelta de su laird .
Un hombre de mediana edad se acercó a Ian y le habló mientras él continuaba caminando sobre el caballo.
—Mi señor, deseo pediros audiencia. Tengo un problema y necesito vuestra ayuda.
—¿Qué te ocurre, Murtag? —preguntó al verlo tan preocupado.
—La semana pasada aparecieron muertas dos de mis vacas. Ayer, una oveja y hoy, al hacer el recuento, me falta otra.
—Vaya, es una pérdida importante —comentó Ian, sabiendo que sin esos animales la familia pasaría penurias cuando llegase el invierno—. ¿Cómo han muerto? ¿Alguna enfermedad?
—No, mi señor. Han sido degolladas.
Ian detuvo su montura, obligando al resto de la comitiva a detenerse también.
—¿Quieres decir que alguien se ha metido en tu granja para matar a los animales?
—Sí, mi señor.
El joven laird meneó la cabeza.
—Además, también han degollado al potrillo que acababa de tener la yegua de mi cuñado, el banastero, y le han robado al semental.
Erin lo escuchaba todo con preocupación.
—¿Hay malhechores por la zona? —quiso saber ella, mirando al pobre hombre.
—Siempre hay algún ladronzuelo —respondió Ian.
—Si fuera un ladrón, ¿por qué iban a degollar vacas, ovejas y un potro? ¿No sería mejor que se los llevasen para intentar venderlos en algún mercado? —Erin comentó sus dudas en voz alta.
—Tiene razón, mi señora. No pueden ser simples ladronzuelos.
—¿Y todo ha ocurrido en mi ausencia, Murtag?
—Sí, mi señor. Al día siguiente de vuestra partida hacia Argyll y Bute, comenzó a suceder todo esto. Al porquero también le han matado a uno de los cerdos que tenía.
—No he debido descuidaros tanto tiempo, Murtag. Siento todo lo que os ha ocurrido. Ven a verme mañana, junto con el resto de los afectados, y trataremos de averiguar quién es el culpable.
—Gracias, mi señor.
El hombre se retiró y continuaron su camino hacia el castillo.
Erin observó a Ian, tan pensativo y serio que se le encogió el estómago.
—Si no es un ladronzuelo, debe ser algún proscrito. Alguien que quiere vengarse del clan MacLeod haciendo daño a su gente —dijo ella.
El guerrero giró la cara hacia ella y Erin pudo ver cómo sus ojos acerados estaban llenos de furia.
—Debe ser algún esbirro de los MacDougall o los MacDonald—respondió, echando la culpa a los clanes enemigos.
Esos dos clanes habían apoyado al bando inglés en la guerra de la independencia. Nunca se habían llevado bien con ninguno de los dos, pero los MacLeod pensaron que se unirían a ellos para luchar por la independencia de Escocia a pesar de sus rencillas.
No había sido así. Se habían unido a las tropas inglesas comandadas por el rey Eduardo III, a quien finalmente Robert Bruce, actual rey de Escocia, había forzado a firmar el tratado de Edimburgo-Northampton, reconociendo así la independencia de Escocia.
Para que la paz quedase todavía más garantizada, el hijo y heredero de Robert contrajo matrimonio con la hermana del rey inglés.
Esos dos clanes fueron expulsados de sus tierras por traición y declarados proscritos. El rey escocés se las otorgó al clan MacLeod como agradecimiento por haber luchado junto a él contra los sassenach .
—Necesitamos pillarlos cuando estén cometiendo esos actos —comentó Ian más para sí mismo que para Erin.
Angus y Hugh, que habían escuchado la conversación de su laird con el hombre, se acercaron a la pareja.
—Ese diablo de Murray MacDougall debe estar detrás de todo esto —afirmó Hugh.
—O Rupert MacDonald —opinó Angus.
—En cualquier caso, mañana nos reuniremos con los hombres para tener más información y trazar un plan para atrapar a esos malnacidos —sentenció Ian.
Observó a su esposa y la notó preocupada.
—Tendremos que posponer la celebración de tu llegada a Dunvegan —le informó—. De todas formas, aunque no hagamos una fiesta, mañana, cuando me reúna con la gente del pueblo, te presentaré. Quiero que todos compartan mi felicidad por haber contraído matrimonio contigo.
—No me importa retrasar la celebración. Este asunto es mucho más importante y tan grave que no me sentiría bien celebrando una fiesta mientras hay personas en Cuilthean que están sufriendo.
Ian alzó una mano y acarició la mejilla de Erin.
—Mi gentil y dulce esposa —dijo con la voz llena de cariño hacia ella.
Se giró hacia sus amigos y les ordenó:
—Adelantaos para que vayan preparando un baño de agua caliente para Erin.
—¿Y para ti no? —preguntó con burla Angus, antes de espolear a su montura y salir al galope hacia Dunvegan.
Hugh soltó una carcajada y lo siguió mientras Ian los maldecía interiormente.
—Perdona a mis amigos, Erin. Son dos asnos que no hacen más que rebuznar tonterías.
Erin le dirigió una sonrisa tranquilizadora.
—Supongo que, con el tiempo, me acostumbraré —comentó.
Continuaron su camino hasta el castillo bajo el tímido sol de la isla de Skye.
En el patio de armas desmontaron de sus caballos. Enseguida, algunos mozos de cuadra se los llevaron a los establos mientras otros se afanaban en descargar los carromatos con los baúles y el resto del ajuar de Erin.
Ian, Erin y el resto de la comitiva entraron en la torre del homenaje.
Cuando atravesaron el arco para llegar al salón, la reciente esposa comprobó que Dunvegan estaba bien atendido y cómodamente amueblado, igual que lo había estado cuando su familia y ella visitaban al clan amigo.
Varios tapices cubrían las paredes. El salón poseía un descomunal hogar al fondo, donde crepitaban varios troncos consumiéndose en el fuego.
Había una mesa de madera grande y larga, con bancos a los dos lados.
En la cabecera, un robusto asiento también de madera con respaldo.
Erin sabía que ese era el lugar del laird.
Junto a él habían colocado otro asiento igual para la señora del castillo. Para ella.
Había antorchas encendidas por toda la estancia.
Las criadas iban de acá para allá portando copas de plata con el escudo de los MacLeod y su lema: « Hold fast » .
En una de las paredes tenían colgada la Fairy Flag, la Bandera de las Hadas.
Debajo estaba el Cuerno de Sir Rory Mor colocado sobre una peana de madera.
Se quitaron las capas mojadas y dos criadas las recogieron.
—¿Está listo el baño para mi esposa? —preguntó Ian a una de ellas.
—Sí, mi señor.
Ian se giró hacia Erin y la tomó del brazo.
—Por aquí —dijo.
Se dirigió con ella hacia las escaleras que conducían a los aposentos del castillo. Cuando llegaron a la alcoba de Ian, entraron y descubrieron una gran tina de agua humeante.
Una criada estaba echando el último cubo de agua caliente y otra dejaba paños de lino para que se secaran una vez acabado el baño.
Erin vio que uno de sus baúles ya estaba en la habitación.
Ian ordenó salir a todos para quedarse a solas con su esposa.
Se acercó a ella nada más cerrar la puerta y reclamó su boca con un largo beso mientras le deshacía los lazos con los que el vestido se sujetaba a su cuerpo.
Poco después, ambos se metían en la bañera de agua caliente y suspiraban de placer.
Durante el almuerzo en el gran salón, algunas criadas iban y venían cargadas con bandejas de comida, mientras que otras servían jarras de cerveza y vino a los allí presentes.
Antes de empezar con el almuerzo, Ian había presentado a Erin, orgulloso de que fuera su esposa. Aunque muchos la conocían desde que era pequeña, otros no. Pero todos se alegraban de su llegada a Dunvegan y, por tanto, a sus vidas y al clan.
Una muchacha rubia de ojos azules, más joven que Erin, se acercó a ella para servirle cerveza en la copa.
Erin recorrió su rostro intentando recordarla. Dudaba entre dos niñas, varios años menores que Brianna y ella, con las que habían jugado alguna vez durante su estancia en Dunvegan.
Cuando la jovencita terminó de llenarle la copa y se retiró, Erin le comentó a Ian sus dudas.
—Es Freya, la hermana pequeña de Lynette. Y tienes razón, las dos jugaban con mi hermana y contigo cuando venías a Dunvegan. Ahora Lynette trabaja en la cocina y Freya sirve la mesa y limpia el castillo junto con otras criadas —le informó—. ¿No te lo ha comentado mi madre?
Erin recordó la mentira de Brianna de hacía algunos días para lograr separar a la pareja y que la recién esposa contara su noche de bodas. No quería delatar a su mejor amiga y, ahora, cuñada.
—Me dio tantas instrucciones que algunas no las recuerdo. Confío en que, con el paso de los días, lo haré.
—Estoy seguro de ello.
En cuanto terminó de hablar, Ian se alzó del asiento.
—Traedme el cuerno de Sir Rory Mor lleno de vino para brindar por mi esposa.
Con un gesto de cabeza, indicó a Erin que se levantara también.
Ella lo hizo con timidez. No le gustaba ser el centro de atención.
—No te preocupes. Solo será un momento —susurró Ian tras acercarse a ella—. Es la tradición.