6
Dos días después, Erin se despidió de los suyos con un fuerte abrazo bajo la lluvia que caía sobre Duntrune.
Amaba tanto a su familia y a su clan que por eso sentía un profundo dolor en el pecho, tenía el alma desgarrada.
Pero debía partir hacia un nuevo hogar, hacia otro clan para ser la señora de Dunvegan y la esposa del laird MacLeod.
Les prometió que volvería para el nacimiento del primogénito de Will y Elspeth.
Así lo habían acordado Ian y ella. Aunque viviesen en la isla de Skye, su esposo le había prometido que siempre que quisiera podría regresar a su hogar para ver a su familia.
Y los Campbell también tendrían las puertas de Dunvegan abiertas como en el pasado.
Los recién casados partieron acompañados por Mor, la doncella de Erin, Fiona y Brianna, y el grupo de guerreros que habían escoltado a la familia MacLeod para participar en los juegos de las Highlands.
Asimismo, se unieron al grupo los tíos de Erin y algunos guerreros del clan Campbell, que regresaban a Innis Chonnel.
Ian y Erin cabalgaban sobre sus monturas cubiertos por sendas capas que los protegían de la fina lluvia y la humedad del ambiente.
—Cuando lleguemos a Dunvegan, deberé terminar la capa de lana que estoy haciendo. Esta la tengo muy gastada —comentó Erin.
—Te regalaré una capa de pieles. El clima en Skye es más duro que el de Argyll.
—Te lo agradezco mucho, Ian, pero, de todas formas, acabaré la que estoy haciendo. Ya que la tengo empezada, debo terminarla.
—Vas a estar muy entretenida cuando lleguemos a Dunvegan. —Su esposo le guiñó un ojo y esbozó una sonrisa cómplice.
Aproximó su caballo a la yegua para tomarla de la mano.
Angus y Hugh iban detrás y comenzaron a cuchichear.
—Nuestro amigo está enamorado.
—No me extraña. Si yo tuviera una esposa como Erin, no me apartaría de su lado. Cumpliría con mis obligaciones con el clan y el resto del tiempo lo pasaría con ella.
—Entre sus piernas, como ha hecho Ian desde la boda.
Angus se rio.
—¿Crees que cuando lleguemos a Dunvegan estarán todo el día y la noche encerrados en su alcoba fornicando? —le preguntó Hugh en voz baja.
Pero no tanto como para que Ian y Erin no los oyeran.
Ian miró a su mujer y vio el rubor en sus mejillas. Entonces se giró hacia sus amigos.
—Si no dejáis de hablar de mi esposa, tendré que cortaros la lengua.
—¿Cómo es posible que nos hayas escuchado? Estamos hablando en voz baja —respondió Angus.
—Con vuestros vozarrones, es imposible que habléis en voz baja. Parecéis gallinas cacareando —les reprendió Ian.
Miró a Erin y comprobó que sus mejillas seguían enrojecidas.
—Y, además —añadió—, estáis avergonzando a mi esposa.
—Aceptad nuestras disculpas, mi señora —dijeron los dos al mismo tiempo.
En ese momento, Brianna adelantó su caballo y lo puso al lado del de Erin.
—¿Puedo robarte unos momentos a Erin, hermano?
—¿Para qué? —soltó, molesto. No quería separarse de ella. Todavía era pronto. Necesitaba su compañía como el aire que respiraba.
—Para hablar de cosas de mujeres —respondió Brianna—. Son temas que no creo que le interesen a un guerrero como tú.
—Todo lo que tiene que ver con mi esposa me interesa.
Brianna puso los ojos en blanco.
—No la vas a dejar marchar hasta que te lo cuente, ¿verdad?
Ian asintió.
Su hermana resopló antes de contestar:
—Nuestra madre quiere ponerla al día de los asuntos domésticos de Dunvegan antes de llegar. A partir de ahora, será la señora del castillo, y quiere instruirla.
—Está bien —aceptó a regañadientes—. Pero no la entretengáis mucho.
Brianna le dirigió una sonrisa a su hermano y Erin también lo hizo antes de irse.
Cuando habían recorrido la distancia suficiente como para que no las escuchara, confesó:
—La verdad es que nos morimos de ganas de que nos cuentes cómo fue la noche de bodas. Imaginamos que fue magnífica, porque no habéis salido de la alcoba en dos días.
—Sí que hemos salido de nuestra alcoba —se defendió Erin, sonrojándose todavía más.
—Salir a coger algo de comida e hidromiel y regresar a tus aposentos antes de que se enfríen las sábanas de la cama es como no haber salido. No habéis compartido con el resto del castillo ningún almuerzo ni cena, así que eso no cuenta —replicó Brianna.
Llegaron a donde estaban Fiona, Mor y su tía Mahiri, que las esperaban expectantes.
—No voy a contar nada de mi noche de bodas —les advirtió Erin—. Eso es algo tan íntimo que no quiero compartirlo con nadie. Solo a Ian y a mí nos concierne lo que sucede en nuestra alcoba.
—Al menos dinos si disfrutaste —le rogó Mahiri.
—¿Mi hijo cumplió con su función? —quiso saber Fiona.
El calor se apoderó de las mejillas de Erin otra vez al escuchar la pregunta de su suegra.
—Sí y sí. Y no voy a responder a ninguna pregunta más.
—¿Te dolió? —preguntó Brianna.
—He dicho que no voy a respond…
—Vamos —la interrumpió su reciente cuñada—, solo quiero saber eso. Te prometo que no preguntaré nada más.
Erin puso una mueca de fastidio. No quería dar detalles sobre la consumación de su matrimonio. A pesar de que había disfrutado mucho —nunca pensó que podría sentir tanto placer con aquel acto carnal—, no deseaba revelar la intimidad que había compartido con Ian.
Además, le daba vergüenza hablar sobre ello. Ya había pasado bastante vergüenza cuando las mujeres le contaron cómo habían sido sus noches de bodas. Sin embargo, le vino muy bien conocer las experiencias de sus amigas y sus cuñadas.
Inspiró aire profundamente y lo soltó despacio.
—Me dolió un poco, pero fueron solo unos instantes. Después, todo fue mejor —confesó con una sonrisa de felicidad.
—Y tanto que fue mejor. No han salido de la alcoba en dos días —comentó Mor.
—Espero que cuando lleguemos a Dunvegan no os paséis el día encerrados en vuestros aposentos —intervino Fiona—.
Mi hijo tiene que cumplir con sus obligaciones como laird de nuestro clan.
Seguro que tendrá asuntos que resolver. Y tú tienes que aprender a manejar a las personas que trabajan en el castillo.
En general, son buena gente, muy trabajadoras, aunque hay alguna perezosa.
Pero yo te ayudaré en todo lo que necesites.
Te aconsejaré de la mejor manera que pueda, ya que hasta ahora he sido la señora del hogar de los MacLeod.
—No quiero quitarte tu puesto, Fiona —se apresuró a decir Erin.
Antes de que la dama pudiera contestar, Brianna protestó:
—Vamos, madre, ¿cómo van a darme un sobrino si no yacen juntos? ¿No deseas tener un nieto? Déjales que…
Fiona miró a su hija con una sonrisa divertida.
—No te preocupes por eso. Estoy segura de que tu hermano ya ha plantado su semilla en el vientre de Erin.
—¿Podéis dejar de hablar de mi esposo y de mí como si yo no estuviera presente? Estáis avergonzándome —protestó ella mientras las demás se reían.
Al mismo tiempo, en la cabeza del grupo, se sucedía una conversación similar entre Ian, Angus y Hugh.
—¿Qué tal la noche de bodas? Cuenta, cuenta —quiso saber Angus.
—¿Es una potra salvaje o una yegua dócil? —preguntó Hugh.
Ian les dirigió una mirada gélida.
—Hablad con más respeto de mi esposa o correrá vuestra sangre antes de llegar a Skye.
—Venga, Ian, por san Andrés, cuéntanos algo —solicitó Hugh.
—No voy a contar nada de la intimidad que comparto con mi mujer —se negó, tajante.
—Pero… —intentó decir Angus.
Sin embargo, Ian lo cortó:
—Si apreciáis vuestra vida, esta conversación se acaba aquí y ahora, y no volveréis a preguntarme nunca más lo que ocurre en mi lecho conyugal.
Sabía que a Erin no le gustaría que describiera su noche de bodas o que contara algún detalle íntimo.
Eso provocaría su vergüenza, y no lo deseaba.
Además, tampoco quería alardear del fuego que se había desatado entre las sábanas de su cama en esos días en los que apenas habían salido de la alcoba.
Era algo tan precioso, maravilloso e íntimo que deseaba guardárselo para él. Solo para él.
Sus amigos, viendo que no iban a sacarle información, decidieron cambiar de tema.
Tras detenerse un par de días en Innis Chonnel para descansar, continuaron el viaje hacia la isla de Skye.
Lucía un sol tímido que apenas les calentaba la piel del rostro y las manos.
El halcón de Erin volaba por encima de ellos.
El gato iba acomodado en una de las carretas que portaban los arcones con ropas y demás.
—¿Tienes ganas de llegar a nuestro hogar? —quiso saber Ian.
—Sí. Espero que no haya cambiado mucho.
—Daremos una fiesta para presentarte a todo el clan.
—Pero si ya me conocen todos de cuando era pequeña e iba allí con mi familia.
—Bueno, pero hay personas que antes no vivían allí y ahora sí. Niños y niñas que han nacido en tu ausencia. Muchachos que se han convertido en hombres. ¿Recuerdas la aldea que había cerca del castillo?
Erin asintió.
—Cuilthean, ¿verdad?
—Sí —le confirmó Ian—. Pues ahora es más grande, gracias a que varias familias han aumentado con los nacimientos de sus hijos. Y los jóvenes se han casado y han tenido más hijos, por lo que…
—Ahora sois más en el clan MacLeod.
—En efecto. Tengo que cuidar del bienestar y dar protección a más de trescientas personas.
—Entonces, Cuilthean ya no es una aldea. Ahora es un pueblo.
Ian asintió con la cabeza, confirmando las palabras de Erin.
En ese momento, llegaron al punto desde el que se veía el castillo Dunvegan, situado en un promontorio rocoso junto al lago.
Seguía siendo tan imponente como Erin recordaba. La nostalgia la invadió mientras se acercaban. Recordaba los días felices que había pasado en el hogar de los MacLeod, jugando con Brianna, a pesar de las bromas pesadas de Ian. Miró de reojo a su esposo y lo descubrió observándola a su vez.
—Ahora, el bosque por el que corríamos tu hermana y yo es más frondoso —comentó Erin.
—Sí.
—¿No pensarás dejarme colgada de la rama del tejo otra vez? —bromeó con él.
—Deja que lo piense…
Frunció el ceño como si estuviera meditando algo muy importante.