5 #3
Erin, avergonzada, intentó cubrirse el pubis con una mano al tiempo que se daba la vuelta, pero Ian la detuvo con un rápido movimiento.
—No. No te escondas de mí.
—Yo…
—Sé que te sientes incómoda por mostrarte ante mí así, sin nada que cubra tu cuerpo. Pero déjame decirte que eres la mujer más hermosa que he visto en toda mi vida y estoy seguro de que no volveré a ver jamás a ninguna otra como tú.
Ian le acarició la mejilla y le dio un suave beso en los labios.
—¿Has visto a muchas mujeres desnudas? —quiso saber ella.
La mirada que su esposo le dirigió hizo que aumentase su temperatura corporal.
—He visto a otras mujeres desnudas, pero ninguna tan bella ni tan mía —contestó, antes de cogerla en brazos y besarla con todo el deseo que sentía en ese momento.
La llevó hasta el lecho y, sin dejar de besarla, la tumbó en él.
El cabello de Erin se desparramó sobre la almohada, como si fuera el aura de un ángel.
Ian se quedó un momento contemplándola, hechizado.
Los azules ojos de su esposa brillaban con intensidad.
El sonrojo cubría sus mejillas de una manera deliciosa.
Los labios estaban hinchados por el beso que se habían dado.
El pecho de Erin subía y bajaba por su respiración irregular.
Ella lo miraba expectante, sin saber qué vendría a continuación.
Recorrió las tentadoras curvas de su mujer con ojos codiciosos otra vez.
Cubrió el cuerpo de ella con el suyo y se apoyó en los codos. Sabía que con su gran envergadura la aplastaría, impidiéndole respirar, y no deseaba que eso ocurriera.
Erin notaba su erección contra el pubis y miró en aquella dirección. Ian siguió el recorrido de aquella mirada.
—Tócame —le pidió con la voz ronca por la pasión—. Desliza tu mano arriba y abajo.
Ella se atrevió a meter una mano entre sus cuerpos hasta que alcanzó la virilidad de su esposo. Se sorprendió al notar su dureza y suavidad al mismo tiempo, como si fuera acero recubierto de seda.
Comenzó a acariciarlo de la manera en la que Ian le había indicado y alzó la vista hasta los ojos de él, nublados por el deseo. El highlander emitió un sonoro gemido masculino y Erin detuvo lo que estaba haciendo.
—¿Te he hecho daño? —preguntó, preocupada.
—No —contestó tras un largo suspiro—. Al contrario, me está gustando mucho.
—Entonces, ¿por qué te has quejado?
—No era un quejido. Era un gemido de puro placer —le aclaró él.
Ian vio la confusión en los azules ojos de su esposa y pensó que debía mostrarle la diferencia entre un sonido y otro.
—¿Confías en mí?
—Sí —respondió tras unos instantes de duda.
—Bien. Te voy a demostrar que lo que he dicho es cierto.
Primero, la besó en los labios con suavidad.
De ahí pasó a su garganta, que recorrió con tiernos besos y pequeños mordiscos.
Llegó a sus senos, donde se entretuvo un rato jugando con cada uno de sus pezones, que lamió y succionó hasta que consiguió arrancarle los mismos gemidos de placer que había emitido él poco antes.
—¿Entiendes ahora la diferencia, mi bella esposa?
Erin tragó saliva y respondió con apenas un susurro:
—Sí.
—Pues aún hay más. Puedo darte más placer, tanto que no podrás controlarlo.
Reclamó de nuevo su boca con un apasionado beso, antes de bajar hacia su pubis. Le pasó los dedos por su hendidura y descubrió que estaba húmeda. Ella dio un respingo al sentir la atrevida caricia. Notaba el corazón martilleando contra sus costillas como si quisiera salirse de su pecho.
Observó cómo Ian besaba los rizos de su zona íntima mientras le abría de piernas para meter la cabeza entre ellas.
Con la primera pasada de su lengua, ella se sintió desfallecer.
Con la segunda, boqueó como un pez fuera del agua.
Con la tercera, notó un exquisito calor apoderándose de su bajo vientre.
El guerrero tuvo que agarrar a su esposa por las caderas, porque no dejaba de retorcerse por el placer que estaba recibiendo. Los gemidos de su mujer resonaban en sus oídos, haciéndole saber cuánto estaba disfrutando con la exploración de su lengua.
Cuando creyó que estaba preparada, se tumbó encima de ella, la penetró y se quedó quieto.
El jadeo que Erin tenía preparado en su garganta se quedó atascado.
—¿Estás bien? —quiso saber él.
Ella tardó unos segundos en contestar. Inspiró profundamente para controlar el dolor que había sentido y, cuando expulsó el aire de sus pulmones, habló:
—Sí —confirmó con la voz temblorosa.
—¿De verdad?
Ian buscó los ojos azules de Erin y los vio bañados en una mezcla de sentimientos: malestar, deseo y anhelo.
—Bueno, me duele un poco. Mis cuñadas y mis amigas Elisabeth y Elspeth me dijeron que es normal, pero que con el tiempo mejora.
El joven laird sonrió.
—Así es. —La besó otra vez en los labios y añadió—: Ahora voy a moverme hacia dentro y hacia fuera un rato. Si te sigue molestando, dímelo y me detendré.
Erin asintió con un movimiento de cabeza.
—Empezaré poco a poco, pero, a medida que note más calor, comenzaré a hacerlo más deprisa. Si soy demasiado bruto y te hago daño, dímelo y me detendré —repitió.
—Sí.
—Espero que tú sientas el mismo calor que yo, eso querrá decir que estás disfrutando de la consumación de nuestro matrimonio.
Como había predicho Ian, comenzó a moverse de manera pausada sin dejar de observar en ningún momento las reacciones en el rostro de Erin.
No quería lastimarla. Deseaba que ella tuviese un buen recuerdo de su noche de bodas.
Si conseguía hacerla disfrutar, se aseguraría una larga vida de encuentros apasionados y felices.
Poco a poco, Erin fue notando una sensación exquisita con aquel contacto carnal.
La fusión de sus cuerpos era algo maravilloso.
El cuerpo de su marido era increíble, cálido y duro al mismo tiempo.
Le pasó las manos por los prominentes músculos de la espalda y lo acercó más a ella, hasta que sus endurecidos pezones se clavaron en el torso del guerrero. Era magnífico.
Ian aumentó el ritmo de sus estocadas al notar que Erin vibraba de placer entre sus brazos. Lo acogía entre sus piernas y sentía cómo su interior lo succionaba y lo exprimía. Un torrente de satisfacción masculino lo recorrió y, con un gemido, ambos estallaron en llamas.
Erin se despertó con el ruido del agua al chocar contra algo. Miró a su alrededor y descubrió a Ian echando un cubo de agua humeante en la tina.
—Estoy preparando un baño —dijo al advertir que ella estaba despierta. Volvió la cara y sonrió—. ¿Te apetece acompañarme?
Ella dudó unos instantes.
—Me gustaría mucho, pero ¿y si entra Mor o alguna de las criadas?
—Tranquila, mi dulce esposa. He dado orden de que nadie nos moleste hasta que no salgamos de la alcoba.
Observó a su marido desnudo y las ganas de tocar su fuerte cuerpo regresaron a ella con intensidad.
Él dejó el cubo al lado de la tina y le tendió la mano.
El fuego ardía en el hogar. La habitación tenía una buena temperatura.
Erin agarró la mano de Ian y se deslizó hasta el borde de la cama al tiempo que apartaba las sábanas con la otra mano, revelando así su desnudez.
Vio cómo el miembro de su recién esposo se erguía de repente.
—¿Cómo es posible que…?
Ian sonrió.
—Es el efecto que produce en mi cuerpo verte desnuda, Erin.
—¿Siempre será así?
—Espero que sí. Por muchos años, si Dios quiere.
Erin no supo qué más añadir, así que guardó silencio hasta que se metieron en la tina de agua caliente. Al instante, sus músculos se relajaron. Ian la acomodó entre sus brazos, con la espalda pegada a su pecho y la dura erección chocando contra su trasero.
Agarró un trozo de lino, lo mojó con el agua y comenzó a recorrer el cuerpo de Erin con él, lavándola.
Ella se dejaba hacer, cautivada por la delicadeza con la que la trataba su marido.
¿Quién le iba a decir a ella que Ian podía ser tan tierno y dulce?
¿Tan cariñoso y buen amante? Cierto era que esa noche había disfrutado mucho de los placeres carnales en los que el guerrero la había instruido.
Cada caricia, cada beso, cada recorrido de la lengua de su esposo…
Notaba la piel sensible y pequeños pellizcos en lugares de su cuerpo hasta ahora desconocidos para ella.
Emitió un pequeño gemido al recordar la consumación de su matrimonio.
—¿Estás bien? —preguntó Ian mientras la pasaba el trozo de lino por el cuello. Bajó hasta uno de los senos y lo lavó.
—Sí —suspiró ella.
Permanecieron unos instantes más en silencio hasta que Erin se atrevió a comentar:
—No me imaginaba que la unión del cuerpo de un hombre con el de una mujer fuera así.
—¿Así cómo?
—Tan… buena. —No sabía si esa era la palabra adecuada, pero no se le ocurrió ninguna otra.
—¿Solo buena? —Ian deslizó el lino hacia su vientre, bajo el agua.
—No sé qué más decir. No encuentro palabras para describir lo que me hiciste sentir anoche.
—¿Un placer maravilloso? ¿Una sensación de plenitud magnífica? ¿Un delicioso calor recorriendo todo tu cuerpo?
Erin giró la cara y lo contempló.
—Exactamente todo eso —afirmó.
Ian la miró con ardor.
—Podemos repetirlo cuando quieras, mi bella esposa.
Agachó la cabeza para darle un dulce beso en los labios.
—Sí. Me gustaría hacerlo otra vez —susurró ella contra su boca.
El guerrero la giró entre sus brazos y la sentó sobre su regazo.
—¿Ahora? —preguntó para cerciorarse.
—¿Podemos hacerlo ahora? ¿Aquí? ¿En la tina?
De la garganta de Ian brotó una carcajada que movió todo su cuerpo y el de Erin.
—Por supuesto, mi amor. Hay más sitios donde hacerlo, además de en el lecho.
—Entonces… —Erin se acercó a la boca de Ian. Le besó con suavidad.
Él buscó su miembro bajo el agua y la colocó de forma que ella pudiera hundirlo en su cavidad.
Cuando sintió la punta en su entrada, le dijo:
—Déjate caer sobre mí.
Ella hizo lo que él le había pedido y un gemido de placer escapó de sus gargantas.
Erin se sentía colmada, llena de él. Pero no sabía qué hacer ni cómo debía moverse.
—Cabalga sobre mí como si estuvieras montando a tu yegua —la aconsejó al ver la duda en sus ojos.
Poco después, los dos alcanzaban un nuevo éxtasis mientras el agua de la tina salpicaba todo a su alrededor.