Una esposa para el laird (Guerreros de Escocia 1) 5 #2
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—No te preocupes por mí. Dormiré en el suelo, frente al hogar.

—Pero el suelo está frío y duro.

—Me tumbaré encima del tartán. Además, he dormido en sitios peores —declaró sin girarse a mirarla.

No podía hacerlo porque sabía que, si contemplaba otra vez su belleza, toda su fuerza de voluntad se resquebrajaría y la tomaría por la fuerza. No deseaba que eso ocurriera, no de esa manera.

Como Erin no pronunció ninguna palabra más, Ian colocó el tartán a modo de alfombra delante de la chimenea y se tumbó de lado, con la cabeza apoyada sobre el brazo doblado, dándole la espalda a su esposa.

Ella lo miró durante bastante rato. Tenía una mezcla de sentimientos que no sabía discernir.

Admiraba su caballerosidad, su templanza y su delicadeza con ella.

Cualquier otro esposo la habría tomado sin ningún tipo de consideración.

Pero Ian no. Él era distinto, a pesar de que Erin siempre había pensado que era un bruto sin sentimientos que solo quería molestarla y hacer que se sintiera mal.

También despertaba extrañas sensaciones en su cuerpo cada vez que la miraba o la tocaba, como si tuviera un torrente de hormigas recorriendo su piel. El corazón se le aceleraba como si hubiera estado cabalgando con su yegua desbocada.

Sabía que no debía tenerle miedo. Los dos habían cambiado. Ian era más gentil y considerado que antes. Ya no era el ogro que le hacía fechorías en su infancia. Y ella era más valiente. Ya no se sentía tan intimidada por su gran envergadura y por esos ojos que parecían ver su interior.

Sin embargo, no era tan decidida como pensaba.

Necesitaba tiempo para acostumbrarse a estar con él y aceptar la idea de que ahora le pertenecía.

Era su esposo y podía reclamarla en el lecho cuando quisiera.

Además, era su deber como esposa darle hijos.

¿Cómo iban a tener descendencia si no yacía con él?

Se retorció las manos, nerviosa. Tarde o temprano tendrían que hacer algo para que ella se quedase encinta. Pero no sería esa noche. Todavía no estaba preparada para entregarle su virtud.

Agarró uno de los almohadones de la cama y se aproximó a Ian.

Le tocó el hombro y se lo tendió.

—Así estarás más cómodo.

—Gracias, Erin.

—Gracias a ti por no… forzarme —murmuró.

«No te imaginas cuánto me está costando contenerme», pensó el joven. Sin embargo, no dijo nada.

Erin regresó al lecho y se dispuso a dormir, aunque sabía que le iba a costar mucho. Iba a ser una noche muy muy larga.

Tres horas después, Erin no había logrado conciliar el sueño. No dejaba de repetirse que estaba obrando mal, que estaba faltando a su deber como esposa y que debía cumplir con él.

No dejaba de echar furtivas miradas al hogar en el que las llamas crepitaban.

Ian le había añadido un tronco más hacía bastante rato y, tras desprenderse de la camisa de lino, se había quedado quieto otra vez, como si fuera una estatua.

Su respiración era pausada, por lo que Erin dedujo que él sí había podido conciliar el sueño por fin.

Se levantó de la cama y puso los pies en el suelo frío.

Con sigilo, se acercó a su marido, que seguía dándole la espalda.

Se fijó otra vez en la cicatriz que le llegaba desde el hombro izquierdo hasta la mitad de la espalda.

¡Cuánto debía haberle dolido! Pero ella sabía que era un hombre fuerte, capaz de soportar cualquier dolor, y se alegró de que su reciente esposo fuera así.

A medida que se acercaba a la chimenea, notaba el calor en su cuerpo y que el suelo, antes frío, estaba ahora templado.

Ian tenía los ojos cerrados y ella admiró su atractivo rostro.

Deslizó la mirada por el torso al descubierto, examinando sus marcados y fuertes músculos.

La boca se le hizo agua. Como si fuera un rayo, una imagen de ellos en el lecho consumando el matrimonio con besos, abrazos y el calor que emanaba de sus cuerpos febriles atravesó su mente.

Notó que algo se arremolinaba en su estómago, insistiendo en que despertase a Ian para yacer junto a él.

—¿Qué piensas hacer? —preguntó su esposo con los ojos aún cerrados, sorprendiéndola—. ¿Te vas a quedar toda la noche ahí, mirándome? ¿O has cambiado de opinión y ya estás preparada para entregarte a mí? —insistió, abriendo los ojos y enfocando con ellos a su esposa.

Erin emitió un pequeño gritito por el susto, pero se recompuso pronto.

Se agachó al lado de Ian y le tocó la piel del hombro. Estaba caliente y ese calor se extendió por todo su cuerpo.

—Deseo compartir el lecho contigo y consumar nuestro matrimonio.

—¿Estás segura? —volvió a cerciorarse el highlander.

Ella asintió, aunque no pudo evitar ruborizarse.

Se alzó del suelo donde había permanecido en cuclillas y esperó los pocos segundos que Ian tardó en levantarse con el estómago encogido por los nervios, la ansiedad y el deseo.

Al ponerse en pie, el tartán con el que él cubría sus caderas resbaló hasta el suelo, lo que ocasionó que Erin tuviera una visión perfecta de la desnudez de su esposo.

Abrió los ojos como platos y se llevó una mano a la boca al tiempo que dejaba salir de su garganta un jadeo.

Ese sonido rebotó en la virilidad del guerrero, logrando que esta se alzase aún más orgullosa frente a la joven dama.

Ella dirigió la vista hacia la verga, que le apuntaba como si fuera una espada lista para insertarse en su cuerpo.

Ian era tan hermoso que dejaba sin palabras. A pesar de que ya lo había visto desnudo en el río, ahora lo tenía más cerca, al alcance de la mano. Podía tocarlo, aprenderse de memoria cada músculo, cada tendón, y absorber el calor de su piel.

La marca de una herida de flecha en el pectoral derecho la tentó a tocarlo. Sin embargo, no se atrevía.

—¿Alguna vez has visto a un hombre desnudo? —preguntó el joven laird.

Erin se quitó la mano de la boca y la puso sobre su pecho, intentando calmar los frenéticos latidos de su corazón.

—No —susurró, cohibida, sin dejar de admirar su amplio torso—. Bueno, sí —rectificó—. Pero solo a ti. Ayer, cuando te bañabas en el río.

—¿Te gustaría tocarme? Soy tu esposo, así que estás en tu derecho.

Erin alzó la vista hasta el rostro de su marido y lo descubrió con una magnífica sonrisa. Sus ojos brillaban por el deseo contenido.

Ian dio un paso más hacia ella, incitándola a tocarlo. La joven dama inhaló el primitivo olor, tan excitante que le llenó la mente de fantasías que jamás había tenido con ningún hombre.

Como Ian la notaba indecisa, agarró su mano y la colocó sobre su torso.

Ella sintió cómo la calidez de su piel se extendía por todo su cuerpo, revolucionando cada célula de su ser. Algo aleteó en su vientre.

—No temas. Tócame, por favor —le suplicó Ian con voz ronca.

El highlander jamás había conocido a una mujer que despertara en él impulsos tan primarios.

La deseaba de una manera salvaje que nunca había sentido por otra mujer.

Ella parecía totalmente inconsciente de la tentación que suponía.

Le hervía la sangre al imaginársela debajo de él, al pensar en acariciarle la piel, los labios…

A su esposa la rodeaba un inconfundible aire de promesa sexual que apuntaba a placeres muy terrenales. Era como una rosa esperando a que alguien la cortara. Y ese alguien iba a ser él. La deseaba con una intensidad que desafiaba la razón y tuvo que hacer un esfuerzo para controlar su lujuria.

Erin deslizó los dedos hacia la cicatriz de la herida de flecha. Dibujó con el índice el contorno y se acercó para depositar un tierno beso en ella.

—¿Todavía te duele? —murmuró contra la piel del guerrero.

Tenía una voz tan sensual que era capaz de derretir un lago helado.

—No. Ya no. Pero, aunque me doliese, tus besos calmarían ese dolor —contestó Ian.

La agarró por la cintura para pegarla más a su pecho. Ella pudo sentir toda la dureza de su erección contra su vientre. Las manos de Ian pasaron de la estrecha cintura de Erin hasta su mentón, abarcándolo por completo.

Agachó la cabeza. Sus labios estaban a milímetros de los de ella. Notó el acelerado corazón de su joven esposa y el ligero temblor que sacudía su cuerpo. Supo que ella lo deseaba con la misma pasión que él. Entreabrió los labios, pero no la besó en la boca.

Deslizó el pulgar por el suave y turgente labio inferior de ella, que soltó un jadeo al sentir que aquella caricia la quemaba.

Ian bajó la cara hasta su cuello para saborear su dulzura.

Se enterró en la cálida piel de su garganta, aspiró el perfume floral de su sedoso cabello y la devoró a besos, lamiéndola, hasta que ella se estremeció de forma más notable.

Erin soltó un suave gruñido, al tiempo que sentía un torrente de sensaciones nuevas. Su esposo estaba duro y caliente, con su entrepierna tensa contra su vientre.

Ian regresó a la boca de Erin y la reclamó con un exigente beso. Tras unos momentos en los que sus lenguas danzaron juntas, se despegó de los labios de Erin para tomar un poco de aire y permitirle a ella hacer lo mismo.

—Voy a quitarte el camisón —dijo con la respiración agitada.

—Sí —le permitió ella con voz temblorosa.

Le sacó la camisola de un tirón, pasándosela por los brazos y la cabeza con rapidez. Necesitaba ver a su esposa totalmente desnuda, pero no esperaba lo que se encontró.

Erin poseía una belleza salvaje que jamás habría imaginado.

Sus pechos eran bastante más grandes de lo que había intuido.

La cintura fina y el vientre plano acababan en unas caderas rotundas.

La cascada de rizos rojos le llegaba hasta más abajo de la cintura.

Recordó el día anterior, su encuentro en el río.

Ella vestía ropas de muchacho. Las calzas que portaba le marcaban deliciosamente el trasero y las caderas, pero no le hacían justicia.

Desnuda era todavía más imponente y bella.

Estuvo a punto de caer a sus pies y rendirle pleitesía como si fuera una diosa. Pero no era un ser etéreo. Era de carne y hueso. Y era toda suya.