5
Su doncella Mor, junto a otras criadas del castillo, llevaron cubos con agua caliente para llenar la tina que habían puesto en la alcoba de Erin. Cuando acabaron, Mor despachó a las demás.
Erin apartó las sábanas de la cama y se levantó. Caminó hasta que estuvo junto a la tina humeante y se despojó de su camisón.
Se metió en el agua caliente y de su garganta brotó un suspiro de satisfacción. Pero, aun así, seguía sintiéndose nerviosa.
Apenas había dormido esa noche. Una y otra vez volvía a su mente la conversación mantenida con sus cuñadas y sus amigas. No dejaba de preguntarse si podría acoger la verga de Ian, a pesar de que Caitrina le había asegurado que así sería, y también si le dolería.
—Os noto tensa, mi señora —comentó Mor.
—Estoy nerviosa. No todos los días contraigo matrimonio.
—¡Pero os casáis con el laird más apuesto de todas las Highlands! ¡Uno de los guerreros más temidos, curtido en cientos de batallas! Sois la envidia de todas las damas solteras.
—No deseo ser la envidia de nadie. Ese sentimiento solo trae problemas —opinó Erin mientras la doncella le enjabonaba la espalda.
—Tranquilizaos, mi señora. Todo saldrá bien —la animó Mor con su alegre voz.
El día amaneció nublado, pero en el momento en el que Ian vio a Erin ataviada con el vestido de ceremonia nupcial fue como si saliese el sol.
Estaba tan hermosa que le robaba el aliento.
El vestido se componía de una túnica larga y suelta con mangas ajustadas, llamada cote, ceñida con un cinturón.
Sobre el cote portaba el earasaid, un chal de tartán.
El color celeste del vestido contrastaba con el cabello rojo de su prometida, que llevaba recogido en un moño, del que se escapaban algunos mechones que flotaban alrededor de su bello rostro.
Supo que recordaría ese instante el resto de su vida.
Erin lo miraba cohibida, pero con una pequeña sonrisa en sus labios. Ian vestía el kilt con los colores de su clan atado con un cinturón de cuero, del que colgaba el sporran , y una camisa de lino. El resto del tartán lo llevaba sobre el hombro izquierdo, sujeto con el broche de laird.
Se acercó a ella despacio, no quería perderse ni un instante de ese día por ir demasiado rápido. Sabía que el tiempo que pasaba no volvía, y por eso deseaba disfrutar de cada instante.
Cuando estuvo cerca, se llevó una mano al corazón y después se inclinó hacia delante para hacerle una reverencia a su futura esposa.
—A sus pies, mi señora —dijo mostrándole respeto.
Se enderezó y la miró a los ojos con una sonrisa espléndida.
Erin hizo una pequeña genuflexión, dándole a Ian una perfecta panorámica de su escote con los pechos apretados contra el vestido. El joven inspiró profundamente para controlar sus instintos más primarios.
Sin dejar de admirar su fina y delicada piel, le tendió el brazo para que Erin se agarrase y juntos entraron en la pequeña iglesia.
—Ante los ojos de Dios y bajo la mirada de nuestros ancestros, yo, Ian Alexander James MacLeod de Harris, enlazo mi mano con la tuya, Erin Margaret Blaine Campbell MacInnis.
Donde camines, yo caminaré. Lo que posea, contigo lo comparto.
Tu vida será la mía y tu destino, mi destino.
Te tomo como legítima esposa, prometo serte fiel en el lecho, defender tu honor con nuestra sangre y guardar nuestra unión hasta que la muerte nos separe.
Erin inspiró profundamente antes de pronunciar sus votos. Estaba tan nerviosa que creía que se desmayaría en cualquier momento. Sin embargo, la mirada amorosa que le dirigía Ian le dio fuerzas para mantenerse en pie y hablar.
Con las manos unidas, uno frente al otro, sin dejar de mirarse a los ojos, sonrieron.
El sacerdote enrolló sus muñecas con un trozo del tartán con los colores del clan MacLeod.
—Con este lazo ato mi alma a la tuya, Ian Alexander James MacLeod de Harris.
Tu dolor será mi dolor; tu alegría, mi alegría.
Prometo cuidarte en las estaciones de frío y en los días de cosecha, y no soltar tu mano hasta el fin de mis días.
Yo, Erin Margaret Blaine Campbell MacInnis, te tomo a ti, Ian Alexander James MacLeod de Harris, como mi legítimo esposo ante los ojos de Dios y estos testigos.
Prometo amarte y respetarte de hoy en adelante, en lo bueno y en lo malo, en la salud y en la enfermedad, compartir tu carga y tu pan todos los días de mi vida hasta que la muerte nos separe.
El sacerdote pronunció unas palabras en latín, bendiciendo el matrimonio.
—Puedes besar a la novia —dijo al acabar.
Ian se inclinó sobre los labios de Erin y los tomó con suavidad durante unos segundos. Cuando sus bocas dejaron de tocarse, los dos se miraron con intensidad. El joven esposo sonrió, mostrando su alegría. Ella también esbozó una tímida sonrisa, aunque por dentro estaba tan pletórica como asustada.
Salieron de la iglesia, seguidos de los invitados. Una vez en el exterior, todos empezaron a jalearlos entre abrazos y risas.
Se dirigieron al castillo con la comitiva tras ellos.
Cuando entraron en el gran salón que poseía la fortaleza Duntrune, había largas mesas con pescado ahumado, cestas con panecillos recién hechos, guisos de carne y verduras.
De la cocina, cercana al salón, provenía el delicioso aroma de los jabalís y venados que se asaban.
Los novios se sentaron en una mesa que presidía el salón. Al lado de Ian estaban Fiona y Brianna. Al lado de Erin, Colin y Marion.
Las criadas del castillo iban y venían con jarras llenas de cerveza y vino.
Todo el mundo comía, hablaba y reía mientras la música sonaba alegre y vivaz.
Ian se inclinó sobre la oreja de Erin.
—No has probado bocado —le susurró.
—Es que no me entra nada —respondió ella en voz baja.
—¿Estás indispuesta? —se preocupó.
—No. Es solo que…
La reciente esposa inspiró hondo y soltó el aire despacio.
—Bueno, estoy un poco nerviosa.
—¿Por qué? ¿Te arrepientes de haberte casado conmigo?
Ella lo miró.
—No.
Ian arqueó una ceja.
—¿Entonces?
Erin estaba a punto de responder cuando uno de los invitados se alzó de su asiento y pidió que la música cesara. Iba a dedicarles unas palabras a los recién casados.
Con una jarra de cerveza en la mano, se aclaró la garganta antes de hablar.
—Que Dios bendiga vuestra unión con muchos hijos.
Que sean valientes guerreros que mantengan la paz en Escocia y la independencia que tantos años nos ha costado lograr.
Que sean fértiles y llenen las Tierras Altas de más hijos y que, esta noche, Ian plante su semilla en el vientre de Erin.
Tómala todas las veces que haga falta hasta que la dejes preñada —gritó con la voz pastosa por la bebida. Sin un ápice de duda, estaba borracho.
Todos los invitados soltaron grandes carcajadas, felicitaciones y bendiciones para el matrimonio. La música volvió a sonar.
Ian contempló a su esposa. Ella no sonreía. El rubor de sus mejillas le llegaba hasta las raíces del pelo. Observó su mirada y comprobó que estaba muy asustada. Agarró su mano para infundirle ánimos y se la llevó a los labios para besarle los nudillos.
—¿Estás nerviosa por la consumación de nuestro matrimonio? —preguntó él con tino.
Erin tragó saliva y asintió. Dirigió sus ojos azules hasta los de su marido y abrió la boca para hablar. Sin embargo, no pudo emitir ninguna palabra.
—No te preocupes. Seré delicado. Te tomaré con suavidad para que no sufras —le prometió.
Tras unos instantes en los que sus miradas permanecieron enganchadas, Ian cogió una copa de plata y se la ofreció a Erin.
—Bebe un poco de hidromiel. Te sentará bien —le aconsejó con la voz más dulce que pudo.
Ella agarró la copa y dio un pequeño sorbo.
Después dirigió la mirada hacia el gran salón, donde todos compartían aquel día tan importante en sus vidas.
Horas después, los recién casados estaban en la alcoba donde pasarían su noche de bodas.
El fuego crepitaba en la chimenea y la estancia permanecía caldeada. A pesar de ser verano, en las Highlands la temperatura no era excesiva y por las noches refrescaba bastante. Además, estaba lloviendo y la humedad se filtraba por las ventanas.
Ian se despojó de su kilt y se quedó solo con la camisa de lino, que le llegaba hasta las caderas. Ayudó a Erin a desvestirse hasta que ella estuvo solo con una camisola hasta las rodillas.
La agarró de la cintura y la pegó a su duro torso. Se inclinó sobre su boca y la reclamó con un apasionado beso. Ella le correspondió, pero no con el mismo ímpetu.
Al darse cuenta de esto, dejó de besarla y la observó.
—No te tomaré hasta que el miedo no desaparezca de tus ojos —prometió Ian tras ver la mirada asustada de Erin.
—Pero, si no lo haces, todos sabrán que no has cumplido como marido y que yo… —murmuró ella.
Ian esbozó una sonrisa.
Cogió su daga de plata con incrustaciones de rubíes y se pinchó en la yema del dedo. Acto seguido, dejó caer unas gotas de sangre sobre las sábanas blancas.
Después, presionó para que la sangre dejara de manar. Cuando lo consiguió, limpió el arma y se la entregó a Erin.
—Acepta mi daga como regalo de bodas. Quiero que la lleves siempre contigo para protegerte cuando no estemos juntos.
Ella la cogió y admiró la belleza del arma.
—Puedes dormir en el lecho —continuó Ian—. Cuando vengan las criadas mañana por la mañana para cambiar las sábanas, verán los restos de sangre y… Bueno, ya sabes qué pasará entonces.
Erin asintió despacio.
—Empezarán a chismorrear sobre nuestra noche de bodas —añadió con un susurro.
Ian se dio la vuelta y caminó un par de pasos. Pero no anduvo más al escuchar la voz de su reciente esposa.
—¿Dónde vas a dormir?
Al joven le habría gustado decir que ardía en deseos de dormir junto a ella, de tomarla y reclamarla como suya, de consumar su matrimonio a base de besos, caricias, palabras susurradas y gemidos de placer.
Y, cuando amanecieran juntos en el lecho conyugal, volver a hundirse en ella si así lo deseaban ambos.
Sin embargo, contestó: