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Miró de reojo a Ian y lo descubrió contemplándola con aquellos ojos que parecían atravesarla y ver hasta el más íntimo de sus pensamientos.
Su prometido la observaba con posesión y deseo.
No podía negar la conexión entre ellos: una excitación que le provocaba hormigueo por todo el cuerpo.
Durante todo el día y, sobre todo en esa cena, cuando él la rozaba con el brazo o la pierna, el estómago le daba un vuelco.
Ian parecía deleitarse en atormentarla como cuando eran pequeños y le gastaba bromas pesadas o la hacía llorar.
Sin embargo, ahora era bien distinto. El guerrero sabía perfectamente qué provocaba su contacto en el cuerpo de ella y cuánto la excitaba.
Sin duda, tenía experiencia con las mujeres.
Otra cosa que preocupaba a Erin, porque ella no había conocido varón de una forma íntima.
—¿Estás disfrutando de la velada, querida mía? —le preguntó Ian, inclinándose sobre su oreja.
—Sí, mucho.
—¿Puedo preguntarte una cosa?
Erin fijó sus ojos azules en los de él.
—Adelante. Dime qué quieres saber.
—Esta mañana, mi hermana ha comentado que siempre me has tenido miedo. ¿Es por todas las fechorías que te hice en nuestra infancia?
—Sí, eras un niño muy malo.
—Acepta mis disculpas.
—Ya te disculpaste ayer. No hace falta que vuelvas a hacerlo —comentó Erin.
Ian sintió la necesidad de explicar su comportamiento del pasado.
—Te hacía todo aquello porque tú siempre me ignorabas. Ni siquiera me saludabas cuando me veías y nunca hablabas conmigo. Era mi forma de llamar tu atención. Ya sé que no era la adecuada, pero no se me ocurría otra.
La joven dama abrió los ojos con sorpresa.
—Intentaba no cruzarme en tu camino porque me intimidabas con tu gran altura y por la forma en que me mirabas, como si fuera algo asqueroso y despreciable —le confesó.
—¿Asqueroso y despreciable? —repitió él—. Jamás podré verte así. Ni aunque estuvieras cubierta de boñigas de caballo o estiércol.
Los dos se rieron con complicidad.
—Siempre he pensado que me odiabas —comentó Erin.
—No —se apresuró a decir él—. Solo deseaba llamar tu atención porque me gustabas.
Siempre me has gustado. Pero me di cuenta tarde.
Cuando te caíste por mi culpa en la boda de tu hermano Niall con Caitrina y se te llenó el vestido de barro, al ver tu mirada triste y dolida fue cuando me di cuenta de que había sido vil y ruin contigo durante demasiado tiempo.
Verte a punto de llorar me desarmó. Me hizo sentirme como el ser más mezquino de toda Escocia.
En ese momento, James MacKinnon se acercó a la pareja.
—¿Puedo felicitaros por vuestro próximo enlace?
Ian estuvo a punto de ordenarle que se largara de allí inmediatamente. El momento tan especial que estaba viviendo con Erin, hablando de su pasado en común, confesándose el uno con la otra, se vio interrumpido por ese maldito hombre que miraba a su futura esposa con lascivia.
El laird aferró su copa intentando controlar el primitivo instinto de asestarle un puñetazo por mirar de esa forma a su mujer. Cuando notó que estaba abollando la plata, dejó de apretar, pero siguió mirándolo con dureza.
—Por supuesto, MacKinnon —oyó decir a Erin—. Sois muy gentil. Gracias —dijo, intentando reprimir la repulsión que le producía observar la fealdad del hombre.
Ian ladeó la cara hacia ella y la descubrió con una sonrisa impostada en su bello rostro. Enseguida supo que la presencia de MacKinnon la incomodaba, así que decidió despacharlo con rapidez.
—Gracias, MacKinnon. Puedes retirarte —le ordenó.
James dirigió entonces la mirada hacia Ian.
—No sois mi laird para darme órdenes. ¿Cómo osáis hacerlo?
Pronunció las palabras en un tono tan alto que todos los asistentes lo escucharon.
La música cesó junto con la algarabía que inundaba la estancia. Todos permanecieron expectantes para ver cómo se desarrollaban los siguientes minutos.
—No os ofendáis, MacKinnon —intervino Erin, conciliadora—. Seguro que mi futuro esposo no pretendía daros órdenes. ¿Verdad, mi señor? —dijo mirando a Ian.
Ian se alzó del asiento. Su gran altura sobrepasó con creces la del otro joven. Además, era más musculoso e intimidante que él. Esbozó una sonrisa fingida antes de hablar.
—Verdad, mi señora —declaró, tendiéndole la mano a James para sellar la paz.
El otro le miró la mano con reticencia, pero tardó poco en aceptarla.
Ian aprovechó para medir su fuerza con la de él. Se la apretó tan fuerte que MacKinnon tuvo que hacer un esfuerzo por aguantar el dolor. No quería que el guerrero MacLeod lo avergonzase delante de Erin y el resto de los comensales.
Ian apretó todavía un poco más antes de soltarlo. James inclinó la cabeza hacia Erin.
—Mi señora —se despidió de ella.
Cuando se dio la vuelta para regresar a su sitio, todos pudieron comprobar cómo se masajeaba la mano dolorida.
Ian se sentó de nuevo.
Los músicos volvieron a tocar y el jolgorio se reanudó.
—Necesito hablar con vosotras a solas —comunicó Erin a sus cuñadas, Caitrina y Elspeth, y a sus amigas Ishla y Elisabeth, que estaban reunidas en un corro charlando tranquilamente sobre el embarazo de Elspeth.
Brianna estaba danzando al son de las alegres gaitas que tocaban en ese momento. Había estado un rato con las otras mujeres, pero el tema de conversación no le interesaba y decidió unirse al baile.
—¿Ocurre algo, Erin? —preguntó preocupada Caitrina.
—No. Es solo que…
Al ver cómo se retorcía las manos, nerviosa, Elisabeth sugirió:
—Podemos ir a la sala contigua. ¿O prefieres que subamos a tu alcoba?
—Mejor vayamos a mi alcoba.
Todas se dirigieron hacia las escaleras para subir a la planta donde se encontraban los aposentos.
—Esperad un momento. Voy a avisar a Brianna —comentó Ishla.
Erin se giró hacia ella.
—No, no la llames. No quiero que ella sepa de lo que vamos a hablar.
—¿Por qué? —quisieron saber todas a la vez.
Les extrañaba que Erin tuviera secretos con su mejor amiga y futura cuñada. Todas sabían que las dos compartían intimidades y vivencias en sus confesiones.
—Es que… —Dudó unos instantes—. No creo que pueda ayudarme y, además, vamos a hablar de su hermano… No sé si le gustará escuchar lo que tenéis que decirme sobre…
Dejó la frase en el aire y Caitrina se imaginó el tema que iban a tratar.
—¿Sobre la consumación del matrimonio?
El sonrojo de Erin les dio la respuesta.
—Por eso quieres hablar solo con las que estamos casadas —afirmó Ishla.
La joven novia asintió con un movimiento de cabeza.
—Bien. Pues subamos a tu alcoba —determinó Elisabeth.
Cuando llegaron, sus amigas se sentaron en un arcón de madera y Caitrina, en el asiento de piedra que había en la ventana. A Elspeth le reservaron el sillón para que estuviera más cómoda por su embarazo.
Erin no dejaba de pasear de un lado al otro de la alcoba pensando en cómo iniciar la conversación.
—Detente, Erin. Siéntate en la cama y tranquilízate —le ordenó Caitrina.
Ella obedeció.
—Es que estoy muy nerviosa porque nunca he estado con un hombre a solas, en el lecho, y no sé qué va a pasar. He oído decir a algunas mozas del pueblo que hacer… eso… resulta doloroso. Que los hombres son brutos y…
—Todos no son iguales —rebatió Elisabeth—.
Alasdair fue cariñoso y delicado conmigo en nuestra noche de bodas.
Yo también estaba atemorizada por lo mismo que tú, pero me llevé una sorpresa.
¿Quién iba a pensar que el aguerrido laird de los Grant tendría tanta sensibilidad en la intimidad de nuestra alcoba?
—Sonrió para infundirle ánimos a su amiga.
—Niall también fue muy considerado conmigo en nuestra primera vez —intervino Caitrina.
—Pues tu hermano William es un potro salvaje, aunque debo reconocer que en la consumación de nuestro matrimonio también fue tierno y, a pesar de que me trató con dulzura, sentí un dolor inmenso cuando estuvimos en el lecho. Como si una daga se clavara en mi interior —añadió Elspeth.
Erin jadeó con miedo al escuchar a su cuñada.
—No le digas eso —la riñó Caitrina—. ¿No ves lo asustada que está? La vas a atemorizar más.
—Solo estoy siendo sincera —dijo mientras se acariciaba la enorme barriga de embarazada—.
A mí, la primera vez me dolió. Pero las siguientes fueron espectaculares.
—Sonrió con picardía—. Antes de quedarme encinta, lo hacíamos todas las noches.
Algunas veces, por el día también. Por la mañana, por la…
—No hace falta que me des tantos detalles. No quiero saber cómo es mi hermano Will en el lecho conyugal ni cuántas veces hacéis eso. No lo necesito —la cortó Erin.
—Eres una exagerada, cuñada —comentó Caitrina—. En mi primera vez con Niall solo sentí un poco de molestia, nada comparado a lo que dices tú. ¿Una daga clavándose en tus entrañas? —Se rio—. Aunque debo reconocer que en el resto tienes razón. Cada vez es mejor, más placentero.
—A mí tampoco me dolió tanto cuando Lachlam me tomó por primera vez —declaró Ishla—, pero sí es cierto que con la práctica se mejora y llega un momento en el que lo disfrutas plenamente. Incluso estás deseando que llegue ese momento de intimidad en el lecho con tu esposo.
Elspeth volvió a hablar:
—Yo estoy deseando parir al bebé para volver a yacer con Will.
Erin recordó el miembro viril de Ian cuando lo vio desnudo en el río y se acaloró. Carraspeó para aclararse la garganta antes de continuar sacando información a sus amigas y sus cuñadas.
—Pero ¿qué tengo que hacer?
—Tú no tienes que hacer nada —se rio Elspeth—. Simplemente te tumbas en la cama, te abres de piernas y él te toma.
—También se puede hacer en otras posiciones —mencionó Elisabeth.
Ishla contempló la barriga de embarazada de Elspeth y preguntó:
—¿Cuántas veces tienes que hacerlo para que tu esposo te deje encinta? Lachlam y yo estamos intentándolo desde que nos casamos.
—Cuantas más veces lo hagas, mejor —respondió ella.
—Niall me preñó el primer mes de casados —intervino Caitrina.
—Entonces, ¿tendré que hacer… eso… con Ian muchas veces para darle hijos? —quiso saber Erin.
En ese momento se abrió la puerta con tanta fuerza que todas dieron un respingo, sobresaltadas.
Brianna las había seguido cuando abandonaron el salón, extrañada porque sus amigas se marchaban sin avisarla. Cuando llegó a la puerta cerrada, pegó la oreja a la madera para escuchar de qué hablaban.
—¿Estáis haciendo una aquelarre sin mí? —bromeó, mirándolas a todas.
Cerró la puerta a su espalda mientras Caitrina respondía:
—No es eso. Solo estábamos contando a Erin nuestra experiencia en la consumación del matrimonio.
Erin miró a su amiga y se apresuró a disculparse:
—Perdóname por no avisarte, pero necesitaba hablar con mujeres casadas. No creo que tú pudieras aconsejarme en este tema tan delicado porque no tienes experiencia y…
Brianna la observó con una ceja arqueada.
—¿Y no se te ha ocurrido pensar que a mí también me vendrían bien una conversación sobre esto? Algún día me desposaré. También necesito consejos de mujeres con experiencia. Por cierto, ¿ya les has contado que esta mañana has estado con mi hermano a solas, en el río, mientras él se bañaba desnudo?
Todas miraron a Erin con sorpresa y esperaron expectantes a que ella respondiese.
La joven se acaloró tanto que a punto estuvo de desmayarse.
—No puede saberlo nadie. Pondría en entredicho mi virtud y mancharía el honor de mi clan. Además, no ha pasado nada entre Ian y yo —confesó con voz temblorosa.
—¿Has visto desnudo a tu prometido antes de contraer matrimonio con él? —la interrogó Elisabeth.
La joven dama asintió.
—Pero os juro por san Andrés que no ha sucedido nada —se apresuró a aclarar.
Las otras se miraron entre sí y sonrieron.
—Bueno, si ya lo has visto desnudo, sabrás el tamaño de su verga. Pero déjame decirte que esta aumenta cuando el hombre está preparado para tomarte —explicó Elspeth—. ¿Has visto alguna vez a un caballo montando a una yegua? Pues es lo mismo, pero se hace por delante.
—¿Tanto aumenta su tamaño? —preguntó ella, sofocada.
Recordó cuando Ian la había sorprendido por la espalda. Cuando la pegó a su cuerpo, ella sintió un tronco duro y grande contra su trasero. Un escalofrío la recorrió entera. No creía que algo tan enorme cupiera dentro de ella.
Vio cómo sus amigas, excepto Brianna, y sus cuñadas afirmaban con movimientos de cabeza.
—Tanto como la de un caballo no, pero casi —le aclaró Elisabeth.
—No podré albergarlo —dijo con miedo—. Soy demasiado pequeña para él.
Caitrina se levantó del asiento de piedra junto a la ventana y caminó hasta ella.
—No te preocupes. Todas podemos acoger en nuestro interior la verga de nuestros esposos. Y tú lo vas a hacer igual —declaró, acariciándole un brazo.
Brianna, en una esquina, tomaba buena nota de todo para cuando le tocase a ella.