4 #2
—¿Por qué no me hablas? ¿Te ha comido la lengua ese gato gordo que tienes de mascota?
—Me siento tan avergonzada… —susurró ella entrecortadamente—. Espero que me perdones por haberte observado mientras te bañabas.
Del pecho de Ian brotó una fuerte carcajada.
—Tendrás que acostumbrarte, porque me verás desnudo muchas veces a lo largo de nuestra vida.
«Igual que yo a ti, algo que estoy deseando», estuvo a punto de aclararle, pero se lo calló porque no deseaba cohibirla más de lo que ya estaba, a pesar de que el rubor de sus mejillas era adorable y enternecedor.
Ella abrió mucho los ojos y el pulso se le disparó. El corazón le latía tan fuerte que creyó que Ian lo escucharía.
El joven laird la dejó a horcajadas sobre la yegua, la desató y le entregó las riendas a Erin.
—Voy a quitarte la bota para comprobar el estado del tobillo —le advirtió, antes de proceder a ello.
Le sacó el calzado con delicadeza para no hacerle daño y, a pesar de que tuvo muchísimo cuidado, Erin emitió un pequeño gemido de dolor.
Ian examinó el miembro y frunció el ceño.
—Creo que habrá que cortarlo por aquí. —Señaló unos centímetros por encima del tobillo—. ¿Tienes algún bastón sobre el que apoyarte de camino al altar? —bromeó, conteniendo la risa.
—Buscaré alguno —contestó ella, que le siguió la chanza, venciendo su vergüenza—. ¿Estás seguro de que quieres desposarte con una tullida? Todavía estás a tiempo de echarte a atrás y elegir a una dama que esté intacta.
—Hice mi elección hace mucho tiempo —respondió Ian, mirándola con fijeza—. Y no la cambiaré por nada del mundo.
Aquella confesión impactó tanto a Erin que la dejó sin palabras.
El guerrero continuó contemplándola unos instantes más. Incluso con ropas de muchacho, era hermosa. Le gustó mucho que le hubiera seguido la broma. Si tenía un humor parecido al suyo, estaba seguro de que se llevarían bien.
—No te voy a poner la bota, porque si se hincha, no podrás sacarla después y te dolería mucho. Además, sería una pena cortar una bota de cuero trabajada con tanta finura —opinó, observando el buen trabajo del zapatero del clan Campbell.
Le dio unos golpecitos en el cuello al equino para que echase a andar y caminó junto a ella hacia donde había dejado atado a su corcel.
—¿Por qué vistes igual que un muchacho? Si no te hubiera reconocido por el color del pelo, te habría rebanado el pescuezo con mi espada —comentó Ian.
—Me resulta más cómodo galopar con estas ropas que con un vestido.
Erin no dejaba de observar la camisa mojada pegándose a la musculosa espalda. Dirigió la vista más abajo, hacia el kilt , y recordó el trasero firme y duro. También le vino a la mente el miembro viril. Al instante, el calor de su cuerpo aumentó.
Cuando llegaron al caballo negro de Ian, este se montó con agilidad.
Después, emprendieron el regreso a la fortaleza Duntrune, vigilados por el halcón, que llevaba entre las garras un conejo.
—Tu halcón es un ejemplar magnífico —comentó el highlander, contemplando la hermosa ave que volaba sobre ellos—. Cuéntame cómo lo adiestraste. No debe ser fácil.
Erin sonrió, orgullosa por la admiración que Ian mostraba hacia el ave.
Mientras recorrían la distancia hasta llegar al castillo, le narró el tiempo invertido en entrenar al rapaz y las técnicas usadas.
Aunque el laird MacLeod ya conocía toda esa información porque había visto muchas veces al cetrero de su clan entrenar a distintas aves rapaces, la dejó hablar porque le gustaba mucho escuchar su dulce voz.
Además, se dio cuenta de que Erin estaba tranquila hablando sobre su halcón, como si hubiera entre ellos la confianza que dan los años de amistad, a pesar de que, por así decirlo, su amistad había comenzado un par de días antes.
—¿Has salido a cabalgar con mi hermano? —quiso saber Brianna cuando se reunió con Erin en la zona de competición de tiro con arco.
—No, no he salido de paseo con él. Me lo encontré junto al río y me acompañó de vuelta. Eso es todo.
—¿Seguro? —desconfió su amiga—. ¿Te ha tratado bien? ¿Te ha hecho algo?
Una voz masculina tras ellas interrumpió las preguntas de la joven dama.
—Por supuesto que he sido amable con ella —dijo Ian, ofendido—. No soy el bruto asno que piensas que soy, hermanita. Incluso la he ayudado a montar en su yegua porque se había torcido el tobillo.
Ante la cara de pasmo de Brianna, Ian miró a Erin y mostró su preocupación por ella.
—¿Te sigue doliendo?
Erin sintió los ojos abrasadores del laird recorrer su figura, enfundada en un vestido tan rojo como el color de su cabello.
El pelo lo llevaba recogido en una trenza que le llegaba hasta más abajo de la cintura.
No había podido adornárselo con flores, como era su intención cuando salió de Duntrune al alba, porque estas habían quedado olvidadas al encontrarse con Ian y lo que sucedió después.
—Apenas me duele. Ha sido una torcedura sin importancia, por lo que no habrá que cortarme el pie y podré caminar hacia el altar sin la ayuda de un bastón.
Los dos se rieron bajo la atónita mirada de Brianna.
—¿Desde cuándo os lleváis tan bien? —quiso saber—. Siempre le has tenido miedo, Erin. Creo que hay algo que no me has contado. ¿Algún detalle jugoso?
—Hermanita, no tienes que saberlo todo. Hay cosas que los matrimonios reservan para su intimidad —la cortó Ian.
—Todavía no estáis casados, así que Erin puede contarme perfectamente lo que ha sucedido entre vosotros.
—Pero lo estaremos dentro de poco. —Ian amplió su sonrisa. Ladeó la cara hacia su prometida y añadió—: Voy a participar en la competición de tiro con arco. Me gustaría mucho que estuvieras presente.
Erin asintió con un movimiento de cabeza, al que acompañó una sonrisa que iluminó el día gris que hacía.
El guerrero le tendió el brazo y ella lo acompañó hasta la zona de tiro.
Brianna caminaba tras ellos pensando en las decenas de cosas que habrían ocurrido esa mañana cuando se encontraron en el río.
Llegó a bastantes conclusiones mientras veía a su hermano coger su arco y el carcaj con las flechas de las manos de su amigo Angus, quien lo había custodiado mientras los novios conversaban.
Se puso al lado de Erin y le habló en susurros:
—Tengo la certeza de que has visto a mi hermano desnudo bañándose en el río, te ha descubierto, tú te has asustado y, al huir de él, te has caído y te has torcido el tobillo.
La joven dama miró a su amiga con sorpresa.
—¿Te ha poseído el fantasma de Alice Kyteler? —murmuró Erin, haciendo referencia a una famosa bruja quemada cuatro años antes en Irlanda.
—No me ha poseído el fantasma de nadie. Solo he usado la cabeza. Dime, ¿es eso lo que ha pasado?
—Más o menos, sí —respondió en voz baja.
—¡Has visto desnudo a mi hermano! —exclamó Brianna como si la estuviera acusando de hechicería. Comenzó a reírse cuando vio el sonrojo de Erin, que le llegaba hasta las raíces del pelo.
—Shhh. Baja la voz. No quiero que nadie lo sepa.
—Está bien. Hablaré más bajo. ¿Qué más ha sucedido entre vosotros?
—Más tarde te lo contaré. Ahora, quiero ver si Ian acierta en la diana.
El joven sacó una flecha del carcaj, la colocó en el arco y tensó la cuerda. Instantes después, la flecha voló hasta dar de pleno en la diana.
Se giró hacia Erin, expectante, y ella lo premió con una gran sonrisa.
—Estoy deseando que me cuentes todos los detalles de lo ocurrido entre mi hermano y tú —le susurró Brianna al oído.
Los músicos llenaban la sala de alegres melodías, la comida era abundante y el vino y la cerveza fluían deprisa durante la cena.
Colin y Marion Campbell se habían sentado juntos a los futuros esposos.
Erin era muy consciente de la presencia de su prometido.
Cada mínimo movimiento que hacía lo sentía con tanta intensidad como si estuviera atada con una cuerda a él.
Estaba nerviosa por la idea de desposarse tan pronto, pero tuvo que reconocer que Ian la atraía mucho.
Era tan guapo que dejaba sin aliento. Pero no era solo por su hermoso rostro y su cuerpo impresionante, sino también por el aura de poder y mando que emanaba de él.
Aún se sentía vulnerable cuando estaba a su lado, pero poco a poco iba perdiendo ese miedo que siempre le había tenido.
Quizá fuera porque ahora lo conocía más.
El joven laird había demostrado que era amable, educado y divertido.
Además, era audaz y tenía buena conversación.
Erin se imaginó su vida junto a él, llena de amenas charlas y risas.
Sería una vida cómoda, pero también apasionante, porque cada vez que recordaba el beso que se habían dado, la inundaba un exquisito calor que le hacía sentirse en el cielo.
Sin embargo, le preocupaba su noche de bodas.
La consumación del matrimonio. Aunque Ian había prometido que la protegería y cuidaría de ella, no estaba segura de si en el lecho conyugal sería rudo o delicado.
Por el fuego que ardió entre ellos cuando se besaron, pensaba que la tomaría de una manera poco delicada.
Pero recordó cómo él se había controlado para no ir más allá y forzarla a hacer algo que manchase su virtud y el honor de su clan.
Debería hablar con sus cuñadas, Caitrina y Elspeth, y sus amigas Ishla y Elisabeth para que la aconsejaran sobre su noche de bodas. Cuando llegase el baile, buscaría un momento a solas con ellas para tratar el tema.