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Erin no pudo dormir en toda la noche. Una y otra vez regresaba a su mente el recuerdo del beso que Ian le había dado, y su temperatura corporal aumentaba hasta casi provocarle fiebre. ¿Sería igual de apasionado en el lecho?
Otra cosa que le preocupaba era si él pensaría que era una mujerzuela fácil por cómo se había rendido al espectacular beso, sin presentar batalla, totalmente sumisa.
¿Cómo debería comportarse la próxima vez que lo viera?
Era su prometida y habían compartido un momento íntimo.
¿Eso le daba derecho a tratarlo con familiaridad, como si ya fueran esposos?
¿A tocar sus fuertes músculos siempre que quisiera?
¿A besarlo apasionadamente, como deseaba desde que había probado sus labios?
Como no lograba conciliar el sueño, se levantó cuando apenas despuntaba el día.
Abrió el arcón y sacó las ropas que acostumbraba a llevar cuando salía a galopar con la yegua.
Se vistió sin ayuda de su doncella y, con sigilo, abandonó su alcoba.
Bajó las escaleras que conducían al gran salón, de ahí se dirigió a la cocina —en la que cogió un scone que había sobrado de la cena y una manzana para su yegua— y salió al exterior mientras le daba un bocado al panecillo.
Caminó hasta el establo bajo la atenta mirada de los soldados Campbell, que, desde las almenas del castillo, controlaban todo a su alrededor.
Nada más entrar en las caballerizas, descubrió a los mozos de cuadras dormitando sobre el heno. Sin hacer ruido, pasó de largo hasta que llegó al lugar que ocupaba su yegua.
—Buenos días, bonita mía —susurró lo más bajo que pudo—. Te he traído algo para que desayunes.
Le dio la manzana y la yegua la atrapó con los dientes.
Mientras el animal degustaba la fruta, Erin colocó la silla de montar en su grupa. Dirigió a la yegua hacia la salida del establo justo cuando se despertaban los mozos.
—Buenos días, mi señora —dijeron los dos al mismo tiempo.
Ella les correspondió de la misma forma y subió a su montura.
Apretó los flancos del equino para que continuara caminando.
Una vez fuera del castillo, pasó entre los distintos campamentos que albergaban a las gentes y guerreros de los clanes que participaban en los juegos y empezó a trotar con la yegua para, minutos después, galopar con ella.
Mientras corría a lomos de la yegua por el verde valle de Lochy, escuchaba sobre su cabeza el gañido de su halcón, que le daba los buenos días.
Miró hacia arriba y lo observó unos instantes.
El ave rapaz tenía extendidas sus alas puntiagudas, que aleteaban de vez en cuando para seguir el ritmo de la yegua y su dueña.
Era un hermoso ejemplar de pecho blanco moteado de plumas grises, la cabeza negra con el pico amarillo, igual que las patas, y el resto del cuerpo de color gris azulado.
Las alas acababan con una fina hilera de plumas negras.
Era un macho adulto que alcanzaba velocidades extremadamente altas y atrapaba a sus presas en un abrir y cerrar de ojos.
Erin estaba orgullosa de él por su habilidad para la caza y porque se había creado un vínculo especial entre el halcón y ella. Siempre acudía a su llamada y, cada vez que salía a cabalgar, planeaba sobre la dama, protegiéndola.
El cetrero de su clan se lo había regalado cuando apenas era un polluelo de doce días y varias semanas después la inició en el arte de la cetrería.
Con gran empeño y dedicación, Erin había aprendido a cuidar y entrenar al halcón para cazar presas silvestres en su entorno natural.
Estaban tan compenetrados que, con el mínimo gesto, el halcón ya sabía lo que le pedía su dueña.
Continuó al galope con su yegua hasta que llegó al río. Desmontó y ató las riendas de su montura a un árbol. Dio un paseo por la orilla mientras recogía flores para colocarse en la trenza que tenía pensado hacerse cuando regresara al castillo y se cambiara esos ropajes por un hermoso vestido.
Alzó la vista al cielo para comprobar dónde estaba el halcón y, al no verlo, lo buscó entre los árboles. A pocos metros de ella, el ave se había posado sobre una rama y la vigilaba como el soldado mejor entrenado de su clan.
Levantó una mano enguantada, emitió un tenue silbido y el halcón voló hasta posarse en el guante de cuero. Erin le dio un beso en el pico y, con la mejilla, acarició su plumaje.
—Buenos días, amigo —le susurró—. Ve a cazar algo para el almuerzo.
El halcón emitió un sonido, como si le respondiera. Después se elevó y comenzó a buscar una presa.
Erin siguió recogiendo flores hasta que vio a lo lejos el caballo negro de Ian atado a un tejo.
El corazón empezó a latirle violentamente ante la perspectiva que de él estuviera cerca. Miró a su alrededor, pero no lo vio. Con la respiración agitada y el pulso latiéndole en las sienes, anduvo unos metros más hasta llegar a unas grandes rocas. Se subió a una de ellas y oteó el río.
Lo que descubrió la dejó sin palabras. Abrió los ojos, sorprendida, y el calor inundó su cuerpo.
Ian, ajeno a su escrutinio, nadaba en el río totalmente desnudo.
Erin contempló la ancha y musculosa espalda, que acababa en un trasero firme y duro, fascinada por completo.
Los fuertes brazos se movían con soltura al igual que las piernas.
Tenía una cicatriz desde el hombro izquierdo hasta la mitad de la espalda y otra, causada seguramente por una flecha, en el muslo derecho.
Erin sabía que aquellas heridas se debían a las muchas batallas que había librado el highlander para conseguir la independencia de Escocia, porque su padre y sus hermanos presentaban las mismas heridas de guerra.
La joven se quedó unos segundos hipnotizada. Jamás había visto a un hombre desnudo tan bello. En realidad, no se imaginaba que el cuerpo masculino pudiera ser tan hermoso, con tantos músculos apretados.
Ian llevaba su rubio cabello suelto, que se extendía como si fuera un velo sobre sus hombros.
Mientras nadaba, disfrutaba de las frías aguas del río que le estaban entumeciendo los sentidos.
Eso era precisamente lo que había ido a buscar.
Debía dejar de pensar en el beso que le había dado a Erin la noche anterior y calmar sus ansias de yacer con ella en un lecho.
Tenía que guardar las formas hasta el día de su matrimonio.
Tampoco había podido dormir en toda la noche, por eso salió de la fortaleza de los Campbell mucho antes de que amaneciera. Al llegar al río, no se lo pensó dos veces: se despojó de sus ropas, que dejó sobre una piedra cercana a la orilla, y se zambulló en el río.
Mientras disfrutaba del baño, se mantenía alerta por si algún proscrito o enemigo de su clan acechara por allí.
De repente, oyó el gañido de un halcón sobrevolándolo. Se dio la vuelta para observarlo y continuó nadando sobre su espalda.
Erin emitió un jadeo cuando contempló la desnudez de Ian. Su torso era todavía más musculoso sin ropa y su miembro viril… Nunca había visto ninguno, así que no tenía con qué compararlo, pero le pareció grande y grueso. El laird MacLeod estaba bien dotado.
Se fijó en que también tenía una cicatriz de herida de flecha en el pectoral derecho.
Ian escuchó el jadeo y dejó de nadar. Escudriñó todo a su alrededor, esperando encontrar a alguien a punto de atacarlo.
Erin, al darse cuenta de que iba a descubrirla, se bajó con rapidez de la roca, con tan mala suerte que se torció un tobillo. A pesar del dolor, fue cojeando hacia su yegua.
Ian nadó hasta la orilla y se puso sus ropas deprisa. Cuando estuvo listo, cogió su enorme espada y salió en pos de quien lo acechaba. Iba a ensartarlo con su claidheamhmór hasta la muerte.
Descubrió a unos metros de él una figura pequeña, con calzas marrones y un jubón del mismo tono, debajo del cual llevaba una camisa de lino.
Andaba renqueante, por lo que no avanzaba demasiado deprisa.
Cuando se fijó en el cabello rojizo recogido en una larga coleta atada con un lazo, reconoció de inmediato a la persona que huía de él.
Las calzas se ajustaban a sus caderas y a sus nalgas, marcándoselas deliciosamente. Sintió cómo su erección crecía.
Se acercó a ella con sigilo y, cuando la tuvo a su alcance, la apresó con el brazo por la cintura, la pegó a sus ropas mojadas y la alzó del suelo.
Erin pegó un grito al verse sorprendida.
—¿Has disfrutado del espectáculo? —preguntó Ian junto a su oreja.
El aliento le produjo cosquillas y Erin se estremeció.
—Yo no quería… Lo siento mucho —balbuceó, notando un tronco duro contra su trasero—. Bajadme, por favor —suplicó con voz temblorosa.
—Antes de posarte en el suelo, contesta a mi pregunta. ¿Has disfrutado del espectáculo?
Erin, mortificada, asintió con la cabeza.
Ian, con su ego masculino por las nubes, sonrió y la depositó en el suelo con cuidado.
—¿Te has lastimado el tobillo? —quiso saber, dejándose de formalismos.
—Sí, mi señor —admitió Erin, con la cabeza agachada para que Ian no viera el rubor en sus mejillas.
El highlander le cogió del mentón con delicadeza y la obligó a alzar el rostro.
—Creía que habíamos acordado que nos llamaríamos por nuestros nombres, Erin —le recordó, clavando sus ojos acerados en los de ella.
La joven dama recorrió con la mirada el hermoso rostro de Ian y asintió. El cabello rubio, que se le pegaba a las mejillas, le goteaba, y en las pestañas le colgaban pequeñas gotitas de agua.
Ian se colocó la enorme espada en la espalda mientras recorría el cuerpo de Erin con una mirada de puro deseo.
De pronto, con un rápido movimiento, el guerrero la cogió en brazos. Erin gritó asustada y se agarró a su fuerte cuello.
—Te llevaré hasta tu montura —comentó al ver a la yegua parda a pocos metros de ellos—, para que no te lastimes más el tobillo. Mañana tienes que estar en plenas condiciones para caminar hacia el altar donde nos unirán en matrimonio. ¿Te has hecho daño cuando huías de mí?
Erin volvió a afirmar con la cabeza.