Una esposa para el laird (Guerreros de Escocia 1) 3 #3
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Erin sintió cómo enrojecía. Gracias a san Mungo que era de noche y todo estaba en penumbra debido a la tímida luna que asomaba entre las nubes oscuras; de lo contrario, Ian se habría dado cuenta de su rubor.

—Gracias, mi señor —susurró.

—¿Qué otras cosas os hacen disfrutar?

La joven se quedó unos instantes pensativa.

—Pues… lo mismo que a todas las mujeres: cocinar, coser, cantar, danzar…

—Pero ¿hay algo especial con lo que disfrutéis más que con ninguna otra cosa?

Tras unos segundos, respondió:

—Galopar con mi yegua y cazar con mi halcón.

Ian movió la cabeza, sorprendido.

—¿Cazáis con un halcón? ¿No se supone que esa actividad es solo para hombres?

Erin se mordió los labios. Había cometido un error. ¿Le prohibiría Ian que siguiera teniendo a su halcón una vez casados?

El joven notó cómo ella empezaba a temblar.

—¿Tenéis frío? ¿O es miedo? —preguntó, perspicaz.

—Lo siento, mi señor.

—¿Qué es lo que sientes, Erin? —dijo en voz baja, intentando que su tono sonara cálido.

La dama alzó los ojos hacia las murallas, donde varios soldados Campbell vigilaban los exteriores del castillo.

Después, bajó la vista para centrarla en el hombro del highlander, concretamente en la fíbula con el símbolo de los MacLeod que sujetaba su tartán.

—Parece que mi gusto por la cetrería os incomoda —murmuró.

Ian colocó dos dedos bajo la barbilla de Erin y la obligó a alzar la mirada para que la centrase en la suya.

—No me molesta. Simplemente me ha sorprendido porque no conozco a ninguna dama que dedique su tiempo a cazar con un halcón. Y tampoco que tenga uno en propiedad.

Erin soltó el aire que retenía en los pulmones. Notaba los dedos fuertes de Ian soportando su mentón al mismo tiempo que le quemaban la piel. Se preguntó si, cuando los retirase, se quedarían marcados, como cuando se marca al ganado para saber a qué clan pertenece.

—Entonces, ¿no os molesta? ¿De verdad, mi señor? —preguntó con cierto alivio.

—Me enorgullece que mi futura esposa practique la cetrería.

La joven dama esbozó una sonrisa tímida.

Ian dejó de tocarla y reanudaron el paseo.

—¿Qué tal está Ebie? ¿Aún sigue vivo?

—Sí, mi señor. Aunque ya es viejo y está muy gordo.

—Eso es porque lo tratáis bien.

En ese momento, comenzó una llovizna débil, que poco a poco fue volviéndose más fuerte.

—Deberíamos regresar al salón —indicó Ian—. No me gustaría que se os embarrase el espléndido vestido que lleváis. Estáis muy bella con él.

Erin se quedó unos instantes paralizada. No terminaba de acostumbrarse al lado galante que le mostraba Ian.

—Gracias, mi señor.

Caminaron a paso rápido hasta la entrada de la torre en la que se encontraba el salón. Nada más llegar, se refugiaron bajo el pórtico de la entrada mientras se sacudían el agua del vestido y del kilt .

Cuando Erin alzó de nuevo la vista hacia el rostro de Ian, lo encontró devorándola con la mirada encendida. Parecía como si las llamas del infierno crepitaran en su interior.

Una sensación extraña, como un remolino de no sabía qué, se alojó en su estómago. El corazón comenzó a palpitarle en las sienes con tanta fuerza que creyó que se desmayaría.

—Soy el hombre más afortunado de todas las Highlands por tener una futura esposa tan bella, mi querida Erin.

Pronunció su nombre como si fuera algo delicioso deshaciéndose en su boca.

La temperatura corporal de Erin aumentó al escuchar el tono de su voz al expresar su opinión sobre ella.

—Gra-gracias, mi señor —balbuceó.

—¿Estaría mal que le robase un beso a mi futura esposa?

Erin parpadeó.

¿Había oído bien? ¿Ese apuesto guerrero deseaba besarla? De todas las mujeres del castillo, ¿de verdad quería unir su boca a la de ella?

«Déjate de tonterías, Erin. Eres su prometida. ¡Pues claro que quiere besarte! Dentro de poco serás suya y te besará siempre que quiera. Es mejor que vayas acostumbrándote», se reprendió a sí misma.

¿Cómo sería probar los labios de Ian? ¿De qué manera la besaría? ¿Sería rudo o considerado? Una parte de ella deseaba unir su boca a la de él, pero la otra parte, esa que le tenía miedo, esa que la hacía sentir vulnerable y cohibida cuando estaba cerca de él, se negaba.

«Basta ya. Acéptalo», se repitió.

La joven esbozó una pequeña sonrisa, con la que le permitió que tomara lo que estaba reclamando.

Al comprobar que no se negaba, Ian rodeó la cintura de Erin, que contuvo la respiración.

Las manos del highlander eran grandes y fuertes, como todo él, y era muy consciente de los pulgares bajo sus senos.

El laird la presionó contra su torso, duro como el granito, y provocó que un escalofrío la recorriera cuando clavó la mirada en sus ojos.

Erin nunca había estado tan cerca de un hombre, pegada a él de los pies a la cabeza.

Ian desprendía calor y un aroma a brezo mezclado con su esencia masculina.

Él abarcó el mentón femenino con los dedos e hizo que alzase la cabeza. Erin se dio cuenta de que era mucho más alto de lo que había calculado. Debía medir por lo menos dos metros. A su lado, ella se sentía como una enanita, pues le llegaba a media altura del pecho.

Ian bajó la boca para encontrarse con la de ella. Erin dejó de respirar. La expectación crecía en su interior, como un incendio en un establo lleno de paja. El calor de su aliento le rozó los labios, y hasta la nariz le llegó el aroma de una dulce tentación. Abrió la boca esperando recibirlo.

Notó el beso como si fuera la marca de un hierro al rojo vivo en los labios.

Sintió una descarga, como si la atravesara un rayo en una noche de tormenta, que logró que los pezones se le endurecieran contra su torso.

Su cuerpo estaba tan sensible que, con una caricia, podría deshacerse en un charco de fuego líquido.

La presión de sus labios, suaves y calientes, le provocó escalofríos en todas las terminaciones nerviosas.

El highlander deslizó las manos hasta la nuca de Erin y enredó los dedos en su cabello rojizo para profundizar el beso.

Fue un beso atrevido y posesivo. La tímida lengua de Erin salió al encuentro de la de joven MacLeod.

Cuando se tocaron, saltaron chispas entre los dos.

La dama se hundió en él, queriendo más. La excitación hacía que el corazón de ambos palpitase como si fuera el de un caballo al galope.

Erin extendió los dedos para abarcar los duros pectorales de Ian, y los músculos del joven se hincharon todavía más.

Ella notó que él se debatía contra algo.

Ian la soltó con un suave gruñido y dejó a Erin flotando en una nube, con ganas de más. Echaba de menos su boca, aquellos labios que se habían apoderado de los suyos y que ella había recibido tan gustosamente.

Al darse cuenta de eso, el rubor se le extendió por las mejillas hasta las raíces del pelo. Avergonzada por haberle permitido tomarse esas libertades, dio un paso atrás para distanciarse de él.

Ian dejó que abandonara sus brazos sin oponer resistencia, a pesar de que necesitaba más de ella.

Había sido como un azucarado pastel, tierno y dulce, derritiéndose en su boca.

Respiró hondo, en un intento de apagar el fuego que aún ardía en su interior, pero la descarga de lujuria que se había apoderado de él tras el beso estaba resultando una ardua batalla.

Hacía mucho tiempo que no experimentaba un deseo así y supo que necesitaría mucho más que un beso para quedar satisfecho.

Observó a Erin, esa joven dama de belleza impactante, con el cabello rojizo, los ojos azules y los labios rojos e hinchados por el beso.

Y ese cuerpo… ¡Demonios! Tenía un cuerpo que haría caer a sus pies a cualquier hombre.

Su esbelta figura y sus pechos turgentes, junto con un trasero redondo y las largas piernas, le hacían arder de deseo.

Tener pegadas a él todas aquellas deliciosas curvas había sido como estar en el cielo.

O en el infierno, por el calor que había inundado su cuerpo.

Estaba deseando tomarla como esposa para tener la libertad de hacerla suya la noche de bodas.

Y el resto de su vida también.

Erin abrió la boca para coger una bocanada de aire.

—Lo siento, Erin. He sido un bruto. Debería haberme controlado.

—Nunca me han besado así —reconoció ella—. A decir verdad, nunca me han besado. Vos sois el primero.

Ian sonrió orgulloso.

—Llegados a este punto, creo que sería conveniente que me llamaseis por mi nombre. Al fin y al cabo, vamos a pasar el resto de nuestras vidas juntos.

—Está bien, Ian.

Él amplió la sonrisa y le tendió el brazo.

—Regresemos a la fiesta o todos pensarán que hemos consumado el matrimonio antes de desposarnos.

Erin se sonrojó hasta las raíces del pelo.

—Tienes razón, Ian. Debemos volver.