Una esposa para el laird (Guerreros de Escocia 1) 3 #2
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—El guerrero del clan MacKinnon sería un buen partido para ti. Es la mano derecha del laird de su clan.

—¿Te refieres a James? ¿El hombre que tiene la nariz aguileña y ojos de sapo? —Colin afirmó con un gesto de cabeza y ella prosiguió—: No me gusta. Además, también me saca varios años, aunque no tantos como los otros, pero no deseo unir mi vida para siempre a la de él.

—Entonces, nos queda la última opción.

«Y también la mejor», pensó Colin.

—¿Quién es?

—Es un laird pocos años mayor que tú, valiente y fuerte guerrero, uno de los más temidos de las Tierras Altas por su fiereza en la batalla. Necesita una esposa que le dé hijos tan fuertes como él.

—¿Y por qué tengo que ser yo esa esposa? ¿No hay otras jóvenes casaderas?

—Porque me ha pedido tu mano. Además, hace muchos años le prometí a su padre en su lecho de muerte que te desposarías con uno de sus dos hijos para unir nuestros clanes.

—¿Me prometiste en matrimonio sin decirme nada? ¿Hace años? —preguntó Erin, indignada.

—Debo cumplir mi promesa.

Erin bufaba de la rabia y la indignación que sentía.

—Entonces, si ya lo tenías decidido, ¿de qué sirve que hayan pedido mi mano los otros pretendientes?

—Sirve para que te des cuenta de la suerte que tienes al contraer matrimonio con este joven laird .

—¿Quién es el afortunado? —suspiró Erin, aguantándose las ganas de gritar y patalear.

—El laird Ian MacLeod.

La joven abrió la boca por la sorpresa. Recordó todas las fechorías que le había hecho durante su infancia, todas sus artimañas para molestarla y hacerla llorar.

Jamás pensó que él sería su esposo. Aún la intimidaba demasiado para verlo como un hombre con el que pasar el resto de su vida.

Aunque, desde que había llegado para participar en los juegos, se había mostrado más amable con ella, a decir verdad. Pero seguro que era otra argucia.

A pesar de que ya no le tenía tanto miedo, seguía sintiéndose vulnerable cuando la miraba con aquellos ojos acerados.

—Ian MacLeod me odia. ¿Cómo va a querer desposarse conmigo?

—El joven MacLeod no te odia. ¿De dónde sacas esa idea ridícula?

—He tenido que soportar sus fechorías durante toda mi infancia, y más de una vez he llorado por su culpa.

—Eso es pasado. Ian ha cambiado, ha madurado. Ya no es el muchacho impulsivo que no pensaba más que en molestarte. Hoy os he visto danzar juntos. Parecía que lo pasabais muy bien.

Erin tuvo que reconocer que había disfrutado mucho del baile y que había comprobado por sí misma que el joven era amable, educado y divertido. Pero seguía sin confiar en él.

—Entonces, querrá desposarse conmigo para poder torturarme el resto de mi vida —alegó, desesperanzada.

Colin la agarró de las manos y se las apretó para infundirle valor.

—Lo he elegido para ti porque él sabrá cuidarte y protegerte. Será un buen esposo, créeme. Además, no olvides que su hermana es tu mejor amiga. Y su madre te quiere como a una hija.

—Si no queda más remedio —suspiró—. Al menos tendré a Brianna y a Fiona junto a mí. Pero me extraña que ellas no me hayan contado nada.

—Porque no lo saben. Ian ha guardado el secreto todos estos años. Solo lo sabemos él, tu madre y yo, y ahora tú.

—¿Cuándo será la boda?

—Cuando acaben los juegos.

—¿En dos días? —repitió sin poder creerlo—. ¡Es muy poco tiempo!

Se soltó de las manos de su padre y empezó a caminar por la estancia sin dejar de farfullar.

—No tengo vestido para la ceremonia nupcial ni… Necesito más tiempo para hacerme a la idea de pasar el resto de mi vida junto a Ian MacLeod.

—No hay más tiempo. Ian debe regresar a Dunvegan para ocuparse de los asuntos de su clan.

Además, debemos aprovechar que están aquí la mayoría de los clanes amigos para celebrar la boda.

Y por el vestido no te preocupes. Llevarás el de tu madre cuando se casó conmigo.

Marion y Mor lo han estado adaptando a tus medidas, y ya lo tienen terminado.

Erin apretó los puños sintiéndose traicionada.

—Es hora de comunicárselo al laird MacLeod y al resto de los clanes —dijo su padre, tendiéndole el brazo para que lo acompañase al gran salón, donde los invitados esperaban para cenar.

Ian sonrió feliz al escuchar de los labios de Colin Campbell que contraería matrimonio con su hija. Sin embargo, ella no parecía nada contenta con esa situación.

Cuando cruzó su mirada con la de la joven dama, vio en sus ojos que la noticia le producía angustia y desazón.

Brianna se acercó a ella para darle un fuerte abrazo.

—¿Por qué no me lo habías contado? —quiso saber su amiga.

—Acabo de enterarme —dijo, desolada.

El resto de sus amigas se unieron a ellas para felicitar a la prometida.

—¿Te das cuenta de lo que significa que mi hermano te tome por esposa?

—¿Que tendré que soportar sus argucias el resto de mi vida? —contestó Erin con un deje de amargura en la voz.

—¡No! Significa que estaremos siempre juntas. Vivirás en Dunvegan conmigo.

—Contigo y con tu hermano.

—¡Es una noticia magnífica! —volvió a gritar Brianna, presa de una alegría inconmensurable.

—Es el guerrero más apuesto de todas las Highlands —terció Elisabeth.

—Y, además, seguro que es un buen amante —susurró Ishla.

—Te protegerá y cuidará de ti muy bien —comentó Brianna—. Y, si no lo hace, ahí estaré yo para darle su merecido.

—¿A quién le vas a dar su merecido? —oyeron la voz de Ian detrás de ellas.

Erin dio un respingo al escucharlo.

—A ti como no cuides bien de mi amiga —le advirtió Brianna.

—Os prometo —dijo, mirando a Erin directamente— que os trataré con amabilidad y educación. Os protegeré con mi vida. Haré que nuestro matrimonio sea feliz. A pesar de que es por obligación, deseo que seáis feliz junto a mí.

La gentileza de sus palabras y la promesa impresa en ellas causaron emoción en todas las mujeres que rodeaban a Erin. Se oyeron algunos suspiros enamorados y risas nerviosas.

Sin embargo, Erin continuó mirándolo con angustia, como si estuviera destinada a un largo sufrimiento.

—Guarda esas palabras para cuando estéis delante del cura, hijo —intervino Fiona, que se había acercado para felicitar a su futura nuera.

La mujer abrazó a Erin y le susurró al oído:

—No os preocupéis, jovencita. Mi hijo parece un bruto y a veces le faltan modales, pero tiene un corazón noble, y estoy segura de que, con vuestra dulzura y cariño, sabréis llegar hasta él para conseguir que os ame.

Cuando rompieron el abrazo, Fiona vio los ojos de Erin cargados con una mezcla de sentimientos que no supo definir: emoción, tristeza, miedo…

—Estoy orgullosa de que mi hijo te tome por esposa. Bienvenida a la familia.

—Gracias, mi señora.

Miró a Ian, que, al lado de su madre, la contemplaba estudiando su reacción. El rostro del joven poseía una expresión inescrutable. Se preguntó si sería verdad que tenía un corazón noble como había dicho Fiona.

Ian la observaba comprendiendo su reticencia.

Siempre había sido un grosero con ella, un miserable asno, maleducado, sin ningún tipo de delicadeza hacia Erin.

Pero tenía sus motivos. No le extrañó ver en el rostro de la joven que no estaba nada contenta con la noticia, así que le demostraría que había cambiado.

Ya no era el chiquillo que la importunaba.

Ahora era un hombre, un guerrero que buscaba refugio en el calor de una mujer.

Debía enamorarla porque, a pesar de que no era dado a sensiblerías, él deseaba un matrimonio feliz como le había prometido a Erin.

Tenía de referencia a sus padres. Lo habían criado en un ambiente tan cálido porque se amaban de verdad.

Él quería eso para sí mismo. Y también para ella.

—Os noto algo acalorada —comentó Ian—. ¿Deseáis dar un paseo? Seguro que el aire fresco de la noche os sentará bien.

Erin tardó unos segundos en reaccionar. Estaba abrumada por lo que estaba sucediendo. Pensó que Ian tenía razón: respirar un poco de aire fresco le vendría bien. Agarró el brazo que el joven le tendía y caminó junto a él hasta que salieron al patio de armas.

Una vez fuera, comenzaron a pasear recorriendo su perímetro. Se oía el ulular de algún búho mezclado con los sonidos de la fiesta que se desarrollaba en el interior del castillo para celebrar el futuro enlace.

A Erin, la situación le resultaba muy incómoda.

No dejaba de pensar que pasaría el resto de su vida con Ian MacLeod, su peor pesadilla.

El hombre que la hacía sentir intimidada y vulnerable.

Ella creía que en todos esos años sin verlo había ganado en seguridad y valentía… Pero no era así. Ahora se daba cuenta.

—Sé que os disgusta la noticia de nuestro matrimonio y entiendo por qué.

Siempre me he comportado con vos de una forma ruin y despreciable, y os pido disculpas por ello.

Pero os reitero mi promesa de haceros feliz, cuidaros y protegeros.

Desde que llegué a vuestro hogar ayer, creo que habréis podido comprobar que he sido gentil y amable con vos.

He cambiado, Erin —dijo, poniéndose delante de ella para mirarla a los ojos.

La joven dama se detuvo y alzó el rostro para encontrarse con su mirada—.

No volveré a haceros ninguna fechoría. Os lo juro. No volveréis a sufrir por mi culpa.

Como ella permaneció en silencio, él continuó:

—Espero que confiéis en mí para contarme cualquier preocupación o problema que tengáis. Estaré a vuestro lado para ayudaros en todo lo que me pidáis.

Erin asintió con un gesto de la cabeza.

Continuaron el paseo en silencio.

Ian sabía que ella estaba angustiada con todo aquello y decidió no abrumarla más. Pero no dejaba de preguntarse si tan horrible le parecía la idea de contraer nupcias con él.

—¿Lo habéis pasado bien en el baile? —preguntó después de un rato.

—Sí, mi señor.

—Os habéis reído mucho.

—Es cierto. Siempre disfruto danzando.

—Estáis muy hermosa cuando sonreís —le confesó con la intención de agradarla y ver si de esa manera se relajaba porque la notaba muy tensa.