Una esposa para el laird (Guerreros de Escocia 1) 3
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Al día siguiente, comenzaron los juegos de las Highlands.

Por la mañana habían llegado desde Gloom Castle el hermano mayor de Erin, Niall, con su mujer, Caitrina, y sus hijos, Kenneth y Rory.

También habían acudido a los juegos su tío Ewan con esposa, Mahiri, y sus vástagos, Fergus, Gael y la pequeña Lissie, de tan solo dos años, procedentes de Innis Chonnel.

Todos estaban muy emocionados porque serían varios días de fiesta y diversión, y la familia estaría reunida al completo.

Los acordes alegres de las gaitas resonaban en los oídos de los hombres que participaban en los juegos y en los del público que observaba el espectáculo.

Ian había resultado ganador en el lanzamiento de tronco y en el del martillo. En esos momentos se encontraba junto a sus hombres participando en el tira y afloja de la cuerda, una batalla de fuerza.

El sudor por el esfuerzo corría por su rostro, bajaba hasta el cuello y llegaba al pecho para empaparle la camisa. Se enfrentaban al clan MacCrimmon, cuyos aguerridos y fuertes guerreros tiraban de la soga, dificultando la victoria de los MacLeod.

Erin y sus amigas recorrían los puestos en los que se vendían comida y artesanía.

Después de un rato, se unieron a un grupo de personas en un animado baile.

Los niños de todos los clanes que asistían a los juegos correteaban por allí, alegres y vivarachos.

Ian, que ya había terminado de participar en el tira y afloja de la cuerda, agarró una jarra de cerveza y se sentó en el suelo cubierto de hierba para descansar mientras disfrutaba contemplando a la gente que bailaba.

Se llevó la jarra a los labios y bebió un buen trago de la cerveza, que le refrescó al instante. Sus amigos Angus y Hugh se sentaron junto a él.

—La joven Campbell se ha convertido en una dama muy bella —opinó Angus, lo que le valió una mirada dura por parte de Ian.

—Daría mi brazo derecho por pasar una noche con ella —comentó Hugh.

Al escucharlo, Ian comenzó a gruñir como si fuera un lobo protegiendo a su hembra.

—Hugh, ese ruido que suena, ¿lo estás haciendo tú? —preguntó Angus, conocedor de que sus comentarios sobre Erin Campbell estaban molestando a Ian. Pero les encantaba pincharle para reírse un rato. Aunque luego acababan peleándose y, más de una vez, con alguna herida.

—No, Angus, yo no soy el que gruñe como un perro. ¿Eres tú, Ian? —respondió Hugh, aguantándose la risa.

Angus giró la cara hacia Ian y se percató de que se contenía para no liarse a puñetazos con ninguno de los dos.

—¿Eres tú, Ian? —repitió la pregunta que había formulado su amigo.

Pero el guerrero no contestó.

—Sí, es él, aunque no quiere reconocerlo —afirmó Angus entre risas.

—¿Y por qué gruñes? —quiso saber Hugh.

—¿Por qué va a ser, hombre? —terció de nuevo Angus—. Le molesta que hablemos así de la dama Campbell. La quiere solo para él.

—Miserables patanes —murmuró Ian, antes de tomar otro trago de cerveza.

—Creo que voy a unirme a esa joven para bailar —dijo Hugh, alzándose del suelo donde estaban sentados.

Ian puso el pie delante de los de su amigo para que tropezase y se cayera, pero Hugh lo conocía bien y esperaba algo así, por lo que pasó por encima salvando el obstáculo limpiamente.

—Hugh —rugió Ian en un intento de detenerlo.

El guerrero se giró para encararlo.

—Si la tocas, seré yo mismo quien te corte el brazo —lo amenazó con voz dura.

Su amigo alzó las manos en señal de paz.

—Tranquilo. Solo estaba de broma. ¿Por qué no vas tú a bailar con ella?

—Porque tiene dos pies izquierdos —se rio Angus, lo que le valió un puñetazo en el hombro por parte de Ian.

—Sería una buena forma de cortejarla —añadió Hugh, haciendo caso omiso del comentario de Angus.

Ian se levantó y le entregó la jarra a su amigo.

—No tengo dos pies izquierdos, maldito asno —le soltó a Angus.

Se alejó de allí en dirección a donde estaba Erin, bailando con sus amigas, mientras oía las carcajadas de sus amigos.

Se unió al animado baile sonriendo a todos los que participaban en él. De reojo, vio que Erin se reía con sus amigas y disfrutaba de la danza, ajena a su presencia.

Parecía feliz, y eso le gustó a Ian. Estaba muy hermosa cuando sonreía sin pudor como en aquel momento.

Se acercó poco a poco sin que ella se diera cuenta hasta que quedó a un metro de distancia.

Entonces fue cuando Erin reparó en él y abrió sus preciosos ojos azules con sorpresa. Ante la sonrisa que le dedicó Ian, reaccionó correspondiendo al gesto con otra sonrisa tímida mientras intentaba no temblar por la cercanía del gigante MacLeod.

—¿Estáis disfrutando del ceilidh , lady Erin?

—Mucho. ¿Y vos?

—También, pero contemplar vuestra belleza es un placer mayor que la danza.

Erin, que no esperaba tal galantería, tropezó con sus propios pies por la sorpresa.

Ian estuvo rápido para sujetarla y evitar que cayera al suelo.

En cuanto puso las manos en la cintura femenina, los dos sintieron un estremecimiento, como si un rayo los hubiera atravesado. Sus corazones aumentaron el ritmo de sus latidos y el aire se espesó.

—Tened cuidado, mi señora. No me gustaría que acabarais en el suelo estropeando vuestro precioso vestido ni tampoco que sufrierais algún daño.

—¿Desde cuándo eres tan gentil, Ian MacLeod? —preguntó Brianna, que se había acercado para controlar que el zopenco de su hermano no molestase a Erin como tenía por costumbre.

—Siempre soy amable —confesó él.

—Eso no es cierto. ¿Debo recordarte todas las veces que has ofendido a mi amiga con tus fechorías? —le contradijo Brianna.

—Puedo reparar ese daño, si ella me lo permite —dijo mirando a Erin.

La joven Campbell lo miró atónita. Ni en un millón de años hubiera esperado que Ian MacLeod se disculpase con ella por todas las bromas pesadas que había soportado en el pasado.

—¿Y cómo vas a reparar ese daño, hermano?

—Eso deberá decidirlo ella —declaró sin quitarle los ojos de encima a Erin.

La dama tragó saliva antes de hablar, rezando para que no le temblase la voz.

—No es necesario que hagáis nada especial, mi señor. Solo deseo que no vuelvan a repetirse aquellos… acontecimientos.

Ian amplió su sonrisa, que deslumbró a la joven, al tiempo que asentía con la cabeza.

—Como deseéis, mi señora.

Continuaron bailando unos minutos más hasta que las damas se retiraron para descansar.

Erin no dejaba de pensar en el cambio que se había producido en Ian.

En su mente repitió la pregunta que Brianna le había hecho a su hermano.

¿Desde cuándo era tan gentil? Supuso que sería alguna treta más para que ella bajara la guardia y poder asestarle otro golpe, aunque no estaba segura.

Ya no eran unos críos para andarse con bromitas.

Ahora, él era el laird de su clan y ella, una mujer adulta.

Antes de cenar, Colin mandó llamar a su hija.

Erin entró en el despacho de su padre, una sala contigua al gran salón. Cerró la puerta despacio y se apoyó contra la madera.

—Ya estoy aquí.

—Acércate, mi niña.

—Padre, ya no soy una niña —pronunció, cubriendo la distancia que la separaba de él.

—Para mí siempre serás mi niña, mi pequeña Erin.

Colin abrió los brazos para que su hija se refugiase entre ellos.

Erin pegó la mejilla al pecho de su padre y acompañó el ritmo de su respiración.

—¿Ocurre algo, padre? —quiso saber al notar que Colin la abrazaba con más fuerza.

—Dentro de poco partirás hacia otro hogar para formar una familia.

Ella se distanció del torso de su padre y lo miró a los ojos.

—Todavía no estoy preparada para contraer matrimonio con nadie ni para abandonar mi hogar y mi clan.

—Sí lo estás. Por mucho que te empeñes en afirmar lo contrario, lo estás.

Erin fue a replicar, pero su padre la atajó.

—Hay varios pretendientes que reclaman tu mano, hija.

Debes elegir uno. Ya no podemos retrasarlo más.

Debemos afianzar nuestra amistad con algún clan.

A pesar de que la guerra ha terminado y hemos salido victoriosos de ella logrando la independencia de Escocia, la paz no dura eternamente.

Sabes que siempre hay algún rebelde o proscrito que roba ganado, joyas, dinero y se apropia de tierras que no le pertenecen.

Además, como los clanes que se aliaron con los sassenach ahora son nuestros enemigos, ninguno de los clanes afines al rey Robert Bruce está libre de las incursiones por parte de ellos.

Y también —Colin hizo una pausa— deberás tener descendencia para perpetuar nuestro linaje y el del laird con el que te cases.

Empiezas a ser demasiado mayor, el tiempo pasa inexorablemente…

La joven se distanció aún más de su padre.

—¿Y si me niego?

—No puedes negarte. Debes elegir a un hombre y desposarte con él. Sería una ofensa que los rechazases a todos. El honor del clan está por encima de tus deseos. Recuérdalo, Erin.

Ella cerró los ojos e inspiró profundamente.

Su padre tenía razón. Ya estaba en la edad de desposarse.

Es más, se estaba pasando de esa edad. Sus amigas Ishla y Elisabeth habían contraído matrimonio el año anterior.

Ishla lo había hecho con un joven que pertenecía al clan MacKenzie y Elisabeth, con el laird Grant.

—¿Qué opciones tengo, padre?

Abrió los ojos y esperó la respuesta.

—Un joven guerrero del clan MacKinnon, el laird Cameron, el laird MacPherson…

—¿No pensarás entregarme a Cameron o a MacPherson? Me doblan la edad, padre. No deseo contraer matrimonio con alguien tan mayor.

—Necesitan una esposa.

—¿Para qué? A pesar de que son viudos, los dos tienen hijos, por lo que la perpetuidad de sus clanes está asegurada.

Erin sabía que su deber como esposa también era tener descendencia con el hombre con el que contrajese nupcias. La repulsión se apoderó de su cuerpo al imaginarse en el lecho conyugal fornicando con alguno de los dos para procrear.

—Sus hijos son demasiado pequeños. Necesitan una madre que los críe. Y también desean tener más vástagos.

—Me niego —soltó, aguantándose las ganas de vomitar que le producían aquellos pensamientos.

Colin decidió pasar al siguiente pretendiente: