Una esposa para el laird (Guerreros de Escocia 1) 2 #2
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Los dos se alejaron del lugar mientras Erin observaba la musculosa espalda de Ian, con la enorme espada claidheamhmór sobre ella. Al final de la espalda, cubierto por la tela de tartán, se adivinaba un culo firme y duro.

—Deja de examinar el cuerpo de mi hermano tan descaradamente —susurró Brianna en su oído.

—¿Qué? No estoy haciendo eso —se ofendió ella.

—Está bien. No lo reconozcas si no quieres, pero permíteme decirte que todas las mujeres entre quince y sesenta años lo miran así, igual que tú.

—¿Así cómo?

—Como si fuera una fruta madura a la que hincar el diente —contestó Brianna riéndose.

—¡Por san Mungo! Yo no quiero hincarle el diente ni a tu hermano ni a nadie.

La joven MacLeod cabeceó sin dejar de reírse. Entrelazó su brazo con el de Erin y, juntas, entraron en el castillo.

Después del almuerzo, las dos amigas pasaron la tarde en la alcoba de Erin, donde jugaron con Ebie, el gato de Erin, y se contaron muchas historias ocurridas en el tiempo que no se habían visto.

En el exterior, la lluvia incesante descargaba sobre los guerreros del clan MacLeod que se entrenaban junto a los del clan Campbell, a pesar de que la guerra entre Escocia e Inglaterra había finalizado ya.

Ian MacLeod y Colin Campbell estaban de acuerdo en que los hombres no debían abandonar nunca las enseñanzas aprendidas con la espada, el arco y el puñal. En ese tiempo reinaba la paz en las Tierras Altas, pero los dos hombres sabían que esa paz no duraba eternamente.

A menudo, los clanes rivales hacían incursiones en sus tierras para robar ganado o para apoderarse del terreno. Por eso debían estar siempre preparados.

Y también por ese motivo debían reforzar las alianzas que tenían con otros clanes o, incluso, crear nuevas.

—¿Vuestra hija sabe cuál es el motivo de mi visita a Duntrune? —preguntó Ian a Colin en un descanso que hicieron—. Aparte de participar en los juegos.

—No —respondió el laird del clan Campbell—. Pero no tardará en conocer la noticia.

—Mi familia tampoco sabe nada. No he querido contárselo hasta estar seguro de lo que sucederá cuando Erin lo sepa.

Colin lo miró con una sonrisa en la cara.

—Recuerdo que, de pequeño, erais un mocoso impulsivo que apenas se detenía a pensar las cosas antes de hacerlas. Me agrada comprobar que habéis cambiado, joven Ian.

—Perder a mi padre y a mi hermano, junto con todas las batallas que he librado en estos últimos años y la responsabilidad que conlleva ser el jefe de mi clan, me ha hecho madurar.

—Tormod y Malcolm estarían orgullosos de vos. Os habéis convertido en un gran guerrero y un magnífico laird para el clan MacLeod —opinó Colin, apretando el brazo de Ian—. Por eso confío en que cuidaréis bien de mi pequeña Erin.

Ian sonrió.

—Vuestra hija ya no es una niña pequeña. Ahora es una mujer. Una dama muy bella, si me permitís decíroslo.

—Tiene otros pretendientes, pero, de momento, no se ha decantado por ninguno. Dice que no desea contraer matrimonio. Sin embargo, sabe que es su deber y, tarde o temprano, lo aceptará.

—¿Quiénes son esos otros? Quiero saber quiénes son mis rivales.

Colin amplió su sonrisa.

—¿Para planear alguna estrategia? Os tomáis el asunto como si fuera una batalla que tuvieseis que librar.

—¿Y no lo es?

Brianna y Erin bajaron a la cocina. La joven Campbell deseaba enseñar a su amiga la nueva receta que había aprendido.

La estancia era un hervidero de actividad. Algunas mujeres estaban atareadas preparando la cena. Otras iban y venían de la cocina al salón, ocupadas en llevar platos y jarras con cerveza para tener la mesa lista cuando los comensales se sentasen a cenar.

Un delicioso olor a Cullen Skink —una sopa espesa hecha con el pescado que vivía en las frías aguas del norte, leche, patatas, cebolla y pan— inundó las fosas nasales de las dos amigas.

En el hogar de leña se asaban varios conejos, que desprendían un aroma más delicioso aún.

Una de las mozas que trabajaba en la cocina a las órdenes de Mary, la cocinera del castillo, se afanaba en hacer panecillos o scones : unos, rellenos de pasas y otros, de arándanos.

—Ven —dijo Erin, tomando la mano de Brianna. Tiró de ella para acercarse a la muchacha de los panecillos—. Ayudaremos a Maeve y así aprenderás la receta.

Mientras ayudaban a la criada, Erin comenzó a cantar una tradicional canción gaélica. Con su dulce y melodiosa voz, las hechizó a todas, como sucedía siempre que cantaba.

Marion Campbell escuchaba a su hija, emocionada. En poco tiempo, su niña partiría hacia otro hogar y no podría oír cada día sus canciones, que hablaban de romances antiguos y leyendas de hadas, del paisaje abrupto de las Highlands, de lagos y misterios.

Bajo el arco de piedra por el que se accedía a la cocina, observaba a su joven hija con la añoranza llenando su corazón. ¿Cuánto tiempo tardaría en volver a verla una vez que saliera de Duntrune?

Reprimió las lágrimas que pugnaban por salir de sus ojos y se serenó antes de acercarse a ellas mientras Erin finalizaba la canción.

—Erin, Brianna, debéis cambiaros de vestido para la cena.

—Sí, madre.

—Sí, mi señora.

Ambas dejaron lo que estaban haciendo y salieron de la cocina en dirección a sus aposentos.

Erin entró en su alcoba, seguida por su doncella. Se dirigió al arcón de madera y lo abrió para sacar el vestido que se pondría esa noche. Lo dejó sobre la cama y le indicó a Mor que la ayudase con el cambio de ropa.

—Recógeme el pelo como siempre, Mor —le pidió con suavidad cuando estuvo vestida de nuevo.

Erin había cubierto su esbelta figura con un hermoso vestido, azul claro y de escote cuadrado, que resaltaba sus firmes senos y le marcaba la estrecha cintura.

Se sentó en el banquito que quedaba frente al espejo y Mor procedió a enroscarle el cabello rojizo en torno a la coronilla, dejando algunos mechones sueltos que flotaban alrededor de su rostro y su nuca.

Cuando estuvo lista, salió de la habitación con paso apresurado. Tenía prisa por reunirse otra vez con Brianna para seguir compartiendo confidencias y risas.

Nada más traspasar el umbral, chocó contra un muro de piedra.

Unas manos grandes y fuertes la sujetaron por la cintura, impidiendo que rebotase y cayera al suelo.

El corazón le bombeó acelerado al sentir el calor tan agradable que desprendían esas manos y que lograban traspasar la tela de su vestido. Ese exquisito calor le llegó hasta el pecho y, de ahí, pasó a sus mejillas.

—¿Siempre vais arrollando a las personas como si fuerais un caballo desbocado? —susurró Ian sobre su pelo.

Erin alzó la vista y la clavó en los ojos del laird MacLeod.

El fuego desconocido que vio en ellos le cortó la respiración. Nunca ningún otro hombre la había mirado así. Parecía que Ian deseaba quemarla con sus ojos. Entreabrió los labios para tomar un poco de aire e, instintivamente, se pasó la punta de la lengua por ellos.

Ian siguió el rastro de humedad que iba dejando aquella lengua con un brillo excitado en la mirada.

Notó cómo la sangre se le concentraba en la entrepierna y un impulso desesperado de cargar a Erin sobre su hombro para llevarla a la cama más cercana y robarle su inocencia se apoderó de él.

Se obligó a serenarse. Debía tener templanza.

No podía tomar a Erin hasta que no fuera su esposa.

Si le robaba la virtud antes de tiempo, ofendería a su clan, y los Campbell comenzarían una guerra contra los MacLeod para restablecer el honor de la dama.

Con un esfuerzo sobrehumano, la alejó unos centímetros de su cuerpo y dejó caer las manos. La miró con anhelo, esperando que ella hiciera o dijese algo.

Erin tomó aire antes de hablar, lo que hizo que sus senos se llenasen más. Ian dirigió la atención hacia el pecho de la joven y creyó volverse loco. Debía alejarse de ella cuanto antes o no podría resistir la tentación de tomarla.

—Perdonadme, mi señor —pronunció con voz temblorosa, al tiempo que hacía una pequeña genuflexión—. Estaba distraída y…

La visión del escote de Erin fue demasiado tentadora para Ian. Tener algo tan cerca y no poder tocarlo era realmente insoportable. Así que dio media vuelta y se marchó con paso rápido.

—Será maleducado —protestó.

Mor, detrás de ella, había contemplado toda la escena.

—Zopenco, bruto, miserable —continuó insultando Erin al highlander.

Escuchó la risita de su doncella y se giró hacia ella.

—Mi señora, a pesar de todos vuestros insultos, debéis reconocer que es el guerrero que toda mujer querría tener en su lecho.

—No tiene delicadeza ni educación. Seré de las pocas que no desean compartir el lecho con semejante asno.

—Entonces, ¿por qué estáis sonrojada, mi señora? —indagó la doncella con picardía.

—Es por el susto que me he llevado al tropezarme con ese patán desconsiderado.

—Nunca habéis sabido mentir —dijo Mor—. Pero allá vos si queréis negar lo que el contacto del laird MacLeod ha provocado en vuestro cuerpo.

Erin abrió la boca para replicar.

Sin embargo, no lo hizo, porque sabía que la doncella tenía razón. Aunque no lo admitiría ni en un millón de años.