Una esposa para el laird (Guerreros de Escocia 1) 2
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Recordó a Erin, que por entonces se estaba convirtiendo en una jovencita muy bella, y su corazón se aceleró.

Los rizos rojizos de su larga cabellera, la mirada limpia, las pecas sobre su nariz y la boca carnosa que daban ganas de besar hasta quedarse sin aliento.

Tenía una nívea piel y unos pechos turgentes, que ansiaba acariciar.

Había pensado mucho en ella en esos años que no se habían visto.

Esperaba que no le guardase rencor por lo sucedido en la boda de Niall.

Indignado porque ella lo ignoraba como siempre, no se lo ocurrió otra cosa que ponerle la zancadilla cuando pasaba por su lado. Erin tropezó con su pie y cayó sobre el suelo embarrado. Ian fingió sorpresa y se inclinó sobre ella para ayudarla a levantarse.

—¿Os habéis hecho daño?

Erin se miró el vestido verde musgo que se había puesto para la boda de su hermano, ahora cubierto de barro, y notó cómo la rabia crecía en su interior. Sin embargo, no le contestó ni alzó la mirada hacia los acerados ojos del highlander.

Brianna acudió en su rescate.

—Bruto patán… Bestia salvaje… Quítale las manos de encima.

Ian no obedeció a su hermana y volvió a formular la pregunta.

Esta vez, Erin alzó sus ojos azules hasta los del joven y este, al verlos arrasados en lágrimas por la vergüenza que estaba pasando, se arrepintió de lo que había hecho.

Pero no tuvo tiempo de disculparse porque Brianna, con un manotazo, logró que Ian dejara de sujetarla. Envolvió a su amiga en un cálido y protector abrazo, y se alejó de allí mientras seguía insultando a su hermano.

Al joven nunca antes le había impactado tanto ver las lágrimas de Erin. Jamás había sentido el corazón encogido hasta ese momento. Tampoco había tenido remordimientos de conciencia hasta que se encontró con los ojos de Erin, que lo miraban con una mezcla de dolor y furia.

Estuvo toda la boda intentando disculparse con ella, pero sus amigas y su hermano William no la dejaron sola en ningún momento, por lo que no tuvo oportunidad de hacerlo.

Sacudió la cabeza para librarse de aquellos recuerdos que le producían frustración e impotencia y regresó al momento presente.

Sacó de la pequeña bolsa que llevaba colgada del kilt un pañuelo bordado.

Lo desdobló para contemplar unos instantes la flor de cardo morada, disecada después de tantos años, y emitió un tenue suspiro. ¿Cómo lo recibiría Erin esta vez?

Notó que alguien se le acercaba por detrás y se guardó con rapidez el trozo de lino con la flor en el sporran del que lo había sacado.

—¿Qué hacemos aquí parados? —gruñó Brianna—. Debemos darnos prisa. Amenaza lluvia y quiero llegar al castillo lo antes posible. Estoy deseando ver a Erin.

—Solo me he detenido a contemplar la belleza del glen con Duntrune al fondo y el lago Crinan. ¿No crees que un es un deleite para la vista? Transmite tanta paz con el verdor de su hierba, las flores y…

—¿Ahora eres poeta? —se mofó su hermana.

Ian esbozó una sonrisa y acercó su montura a la de ella. Aproximó la cara hacia la de Brianna y le susurró:

—¿Me guardarías el secreto? Mi fama de guerrero salvaje y despiadado se vería afectada, y no me gustaría que eso sucediera —bromeó con ella.

—¿Cómo osas proponerme algo así, Ian MacLeod? —Brianna continuó con la broma.

—¿Puedo confiar en ti, hermana? Sé que eres muy gentil cuando quieres.

La joven dama meditó un momento.

Con el tiempo, la relación entre los dos hermanos había mejorado. Sin embargo, Brianna no olvidaba el pasado y, de vez en cuando, se lo recordaba a Ian.

—Aceptaré a cambio de que…

Ian arqueó una ceja. ¿Brianna iba a hacerle chantaje? ¡Claro! ¿Cómo no?

—… no importunes a Erin con tus argucias. Siempre has sido vil y ruin con ella, y no entiendo por qué. Erin jamás se ha mostrado hostil contigo.

«Cada vez que la he visto, ha herido mi orgullo ignorando mi presencia», pensó el highlander.

—Deseo concedido. Siempre que ella sea amable conmigo.

—Erin es bondadosa, amable y educada con todos.

—Conmigo no —rebatió Ian.

—¿Cuándo ha sido descortés contigo? —protestó Brianna, comenzando a enfadarse.

—Dejemos esta conversación para otro momento. ¿No tienes prisa por llegar a Duntrune y reunirte con tu amiga? Pues vamos.

Ian apretó los flancos de su caballo con los muslos y este comenzó a andar. Brianna y Fiona, su madre, lo siguieron junto con el séquito de hombres de su clan.

Poco después accedían al castillo Duntrune, donde la familia Campbell esperaba para recibirlos.

En cuanto entraron en el patio de armas con sus corceles, Brianna se bajó de un salto al mismo tiempo que Erin corría hacia ella. Las jóvenes se fundieron en un cariñoso y fuerte abrazo que alivió los ocho años que llevaban sin verse, desde el enlace de Niall con Caitrina.

Ian se quedó impactado por la belleza de Erin.

Estaba mucho más hermosa que la última vez que la había visto.

Erin Campbell se había convertido en una belleza salvaje que despertaba en él sentimientos impuros.

Sintió el deseo de acariciar su fina piel; de besar sus labios rojos hasta lograr que se entregase a él; de estrechar con su férreo brazo la delgada cintura y aplastar sobre su duro torso aquellos senos firmes y, con toda seguridad, suaves.

Notó un cosquilleo en el estómago que bajó hasta su entrepierna.

Desmontó del caballo mientras Erin y Brianna deshacían el abrazo, pero sin soltarse las manos.

Ian saludó primero a Colin Campbell, después a su esposa, Marion, y al matrimonio formado por William Campbell y Elspeth, embarazada de su primer hijo.

—Enhorabuena por el futuro vástago, mi señora —le dijo con educación a Elspeth. Miró a Will y continuó—: Estoy seguro de que será un gran guerrero como vos.

El hermano y la cuñada de Erin ampliaron su sonrisa.

Mientras, Fiona saludaba a los padres de Erin y aprovechaba para preguntarles por su hijo mayor, Niall, y su mujer, Caitrina.

—Llegarán mañana con nuestros nietos, Kenneth y Rory —respondió Marion.

—¿Cuándo nacerá el primogénito de William?

—Lo esperamos para dentro de dos lunas.

Colin Campbell dejó a las dos mujeres hablando sobre el embarazo de su nuera y se acercó a Ian.

—Ordenaré a un par de mozos que lleven vuestras monturas al establo.

—Gracias, laird Campbell. ¿Dónde pueden acampar mis hombres?

Colin le indicó que podían montar el campamento extramuros del castillo. Ian, tras agradecérselo, le dio la orden a su amigo Angus de que informara a los guerreros.

Mientras Fiona saludaba a Will y Elspeth, Ian se acercó a Erin, que estaba entretenida charlando con su hermana.

—Buenos días, mi señora.

Erin dio un respingo al oír la grave voz masculina.

Giró la cabeza y la alzó para clavar la vista en los ojos que la miraban desde su imponente altura.

A pesar de que Ian seguía resultando intimidante, admiró su bello rostro.

El cabello rubio le llegaba un poco más abajo de los hombros.

En sus mejillas y su mentón había una poblada barba rubia oscura, que no escondía la sonrisa que le dedicaba en ese momento.

Jamás pensó que hubiese un hombre tan viril y deseable, y que ese hombre fuera precisamente Ian MacLeod.

Su doncella Mor tenía razón al afirmar que era el laird más apuesto de todas las Tierras Altas.

Con sus ojos azules, recorrió el cuerpo del highlander .

El amplio pecho y los musculosos brazos cubiertos por la camisa de lino; los muslos tapados con el kilt con los colores de su clan.

La impresionante complexión, heredada de algún antepasado vikingo, junto con la enorme espada que llevaba a la espalda, no dejaba lugar a dudas de que era un gran guerrero, además del jefe de su clan.

Pero no solo era su tamaño lo que la inquietaba.

Era todo él. La postura confiada y la autoridad absoluta que demostraba su rostro.

Poseía una belleza arrogante y la miraba de una forma tan descarada que le provocó una sensación extraña por todo el cuerpo.

Un calor repentino la inundó al tiempo que notaba el corazón acelerado, golpeando las costillas con su ritmo frenético.

Seguía sintiéndose vulnerable cerca de él, así que no era tan valiente como había pensado.

—Bienvenido al hogar de los Campbell, laird MacLeod —lo saludó con su dulce voz mientras subía otra vez la vista hasta sus ojos. Intentó que no se le notase que aún la intimidaba.

Ian se sintió orgulloso. Su mirada clara estaba impregnada por la fascinación que le producía contemplar su musculoso cuerpo de guerrero.

Por primera vez en su vida, Erin no lo había ignorado.

Es más, por el rubor que cubría las mejillas de la joven dama, diría que se sentía excitada por la masculinidad que emanaba de él.

Sabía que causaba ese efecto entre las mujeres, pero no creyó que lo podría provocar en Erin Campbell, a pesar de que lo había deseado muchas veces en los últimos años.

Sin embargo, aquella mirada ocultaba algo más.

¿Podría ser temor? ¿Estaría pensado que iba a gastarle alguna broma de mal gusto como había ocurrido en el pasado?

—Estáis muy hermosa, mi señora —la alabó.

Erin se quedó tan sorprendida que no fue capaz de reaccionar. No esperaba que él le dedicase esas palabras tan gentiles. Cada vez que lo había visto, le había hecho alguna fechoría para burlarse de ella.

—Todavía es pronto, MacLeod —pronunció su padre—. Ya tendrás tiempo si el elegido sois vos.

Erin frunció el ceño. ¿Elegido para qué? La guerra había acabado. Escocia había logrado su independencia. ¿Por qué su padre decía eso? Una idea peregrina rondó por su mente, pero la desechó de inmediato. No podía ser eso. No.

Ian inclinó la cabeza frente a ella y se giró para hablar con Colin.

—Tenéis razón. Todavía es pronto.

—Entremos en el salón. Hay algo que deseo comentaros, joven MacLeod.