Una esposa para el laird (Guerreros de Escocia 1) 1 #2
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Hizo un gesto a sus amigos Angus y Hugh para que se acercaran a las niñas con el objetivo de distraerlas y poder arrebatarles el felino sin que se dieran cuenta.

Fue más sencillo de lo que pensaba.

Lo primero que hicieron sus amigos fue alabar al gatito.

Les preguntaron si podían tocarlo. Tras un par de pasadas de sus toscas manos por el lomo del animal, les comentaron que habían visto más gatitos fuera del castillo.

Las niñas los creyeron y quisieron buscarlos para llevarse uno cada una cuando regresaran a sus hogares.

Angus convenció a Erin para que lo dejase al cuidado del felino mientras iba a buscar los otros con sus amigas y con Hugh. En cuanto las niñas salieron del castillo, Angus le llevó el gato a Ian.

—¿Dónde lo vas a esconder?

—Voy a llevarlo a mi alcoba. Me lo quedaré hasta que vea a la mocosa Campbell desesperada, rogándole a san Mungo para encontrar a su gatito. Cuando la primera lágrima brote de sus ojos, diré que me lo he encontrado por ahí y se lo devolveré.

—¿Por qué quieres hacer sufrir a la pequeña Erin? Es una niña muy dulce y bondadosa. Siempre intenta complacer a los demás y ayudar en lo que necesiten.

Ian miró a su amigo y arqueó una ceja.

—A mí nunca me complace ni me ayuda en nada.

—Quizá, si te mostrases más amable con ella, cambiaría su actitud hacia ti —comentó Angus.

Él no respondió al comentario de su amigo. Se metió al pequeño gato bajo el tartán que le cruzaba el pecho y se alejó con rapidez.

Cuando llegó a sus aposentos, sacó al felino y lo dejó sobre la cama. A continuación, se tumbó y se entretuvo un buen rato acariciando al animal.

—Erin tiene razón. Eres muy bonito y suave —le susurró—. Voy a cuidarte bien hasta que te devuelva con tu ama. Solo quiero llamar su atención y no se me ha ocurrido otra forma de hacerlo. Cuando te entregue, me considerará un héroe y nunca más volverá a ignorarme.

Mientras tanto, Erin no dejaba de llorar buscando al gatito.

Angus le había prometido que cuidaría de él y ahora decía que no sabía dónde estaba.

Lo había perdido. Y, además, no habían encontrado ningún otro como les habían contado Hugh y Angus.

¿Dónde podría estar su pequeño Ebie? Buscó por todo el patio con angustia y desazón, acompañada por sus amigas.

Después recorrió el gran salón, la cocina, los pasillos de las alcobas, la bodega y los establos.

Miró en todas las caballerizas, con cuidado de no espantar a los corceles que las ocupaban.

No lo halló por ningún sitio y regresó al castillo llorando con desconsuelo.

Ian seguía en su alcoba con el gato. Se había quedado dormido con el felino sobre su pecho.

Las uñas del animal se habían clavado en la camisa y el tartán con los colores de su clan.

Unos ruidos que provenían del pasillo lo despertaron.

Agudizó el oído y descubrió que Erin y sus amigas estaban buscando al gatito.

Observó la bolita de pelo que se aferraba a su pecho.

El gatito dormía plácidamente sobre él. Lo acarició un par de veces más mientras le susurraba:

—Ha llegado la hora de devolverte a tu ama.

Esperó para salir de su alcoba hasta que oyó que las voces de las niñas se alejaban. Con el felino escondido bajo el tartán que le cruzaba el pecho, bajó los escalones de piedra, cruzó el salón y salió al patio del castillo.

Divisó a Erin, Brianna y las otras dos dirigiéndose hacia los establos otra vez. Se encaminó hacia allí al tiempo que se le unían Angus y Hugh.

—Deberías devolver el gato ya. Erin está muy angustiada. No deja de llorar —le recomendó Hugh.

—Prometiste hacerlo con la primera lágrima que brotara de sus ojos —le recordó Angus—. Ya ha derramado unas cuantas.

—Su sufrimiento acabará enseguida. Cuando le dé esta pequeña bola de pelo, me lo agradecerá y estará en deuda conmigo para siempre —comentó Ian, orgulloso.

Sacó el gatito del escondite que le había proporcionado justo cuando las niñas llegaban a los establos.

—¡Lo he encontrado! —exclamó, llamando la atención de las niñas.

Erin se quedó paralizada al ver a los tres muchachos, sobre todo al gigante MacLeod.

Parecía haber crecido más desde la última vez que lo había visto.

«¿A qué edad dejan de crecer los muchachos?

», se preguntó. También sus músculos se habían desarrollado más y en su rostro comenzaba a nacer el vello rubio, que le recubría el mentón, el labio superior y se extendía hacia las mejillas.

—¡Lo has tenido tú todo este tiempo! —lo acusó su hermana.

—Me lo encontré en el patio y lo llevé a mi alcoba. Lo he cuidado bien —dijo la verdad a medias—. He venido a devolvéroslo porque Angus y Hugh me han contado que lo estabais buscando.

—No te creo —siseó Brianna—. Seguro que ha sido una argucia para molestar a Erin.

Le arrebató el gato de los brazos y se lo entregó a Erin, que ahora lloraba de alivio por haberlo recuperado.

—Vámonos de aquí —ordenó Brianna a sus amigas.

Antes de marcharse, fulminó a su hermano con la mirada. Pero él no se dio cuenta porque estaba contemplando a Erin. La niña solo prestaba atención al felino, cuyo suave pelaje acariciaba y besaba. Sus suspiros entrecortados llegaron hasta el corazón de Ian, que se enterneció.

Pero al momento volvió a sentir rabia cuando observó cómo Erin seguía a su hermana y a las otras niñas sin dirigirle la mirada ni agradecerle siquiera que le hubiera devuelto al gato.

—No me des las gracias, mocosa Campbell —soltó sin poder retener su lengua más tiempo.

Erin se envaró al escucharlo y comenzó a caminar más deprisa, huyendo del establo.

Creía firmemente en lo que había dicho Brianna: Ian le había quitado al gato para hacerla llorar.

Pero no entendía por qué. Siempre que lo veía intentaba no importunarle, se apartaba de su camino e incluso no lo miraba ni hablaba con él.

Además de que la intimidaba demasiado, creía que él no estaría interesado en jugar con niñas.

Brianna le había contado que los juegos de su hermano con sus amigos y otros muchachos del clan consistían en pelearse a puñetazo limpio, tirar piedras, practicar con el arco y la espada, y salir a cazar algún conejo o pescar en el lago Dunvegan.

Así que solo le quedaba pensar una cosa: Ian MacLeod la odiaba y disfrutaba molestándola.

—No te preocupes. Orinaré en las gachas de su desayuno —le confesó Brianna.

—También lo hiciste la otra vez y sigue haciéndome fechorías —dijo Erin, poco convencida de que funcionase.

—Aquella vez no se las tomó. Tuvo miedo de que cumpliera mi amenaza y estuvo un mes sin comerlas.

Pero ahora no le he dicho de qué manera voy a darle su merecido.

—Brianna le guiñó un ojo a Erin y las dos estallaron en risas, a las que se unieron Ishla y Elisabeth, que habían escuchado toda la conversación.

Erin regresó al presente al escuchar la voz de su doncella.

—Ya he terminado el recogido, mi señora. Estáis muy hermosa —repitió.

La dama se contempló en el espejo y pensó que, cuando Ian MacLeod la viese, quedaría impresionado. Ya no era una niña como la última vez que lo vio. Se había convertido en una mujer. Además, había ganado seguridad en sí misma y estaba deseando demostrárselo a ese patán.