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Erin Campbell se miró al espejo mientras su doncella le anudaba las cintas con las que se cerraba en la espalda el vestido de color magenta que llevaba.
Cuando por fin terminó, retrocedió para ver mejor la prenda nueva en el espejo.
Era realmente magnífica. El escote cuadrado hacía que sus senos pareciesen más grandes.
Gracias a las cintas ajustadas por detrás, su cintura se marcaba a la perfección.
Ayudada por su madre, Marion, y la doncella, Erin había confeccionado el vestido con la tela que le había traído su padre de su última visita a Stirling.
También le había regalado tejidos en otros colores.
En esos días estaba inmersa en la confección de una capa de lana para afrontar el crudo invierno, que llegaría en pocos meses.
Una chispa le brillaba en los ojos cuando cruzó la mirada con su doncella.
La pequeña del clan Campbell se había convertido en una joven dama de belleza exultante.
Con el cabello rojizo, los ojos azules, los carnosos labios y la esbelta figura, llamaba la atención allí donde fuera.
Tenía unos cuantos pretendientes, hombres de clanes vecinos, pero no le gustaba ninguno de ellos.
Sus padres insistían en que debía contraer matrimonio en los próximos meses porque hacía varios años que había entrado en la edad de tener descendencia y en poco tiempo se la consideraría demasiado mayor, pero Erin se negaba.
No le importaba ser una solterona. Amaba a su familia y a su clan por encima de todo, y le dolería mucho tener que abandonarlos cuando se desposara con algún hombre.
Aunque le agradaba sentirse deseada por los jóvenes, aún no quería comprometerse con alguien para toda la vida.
—Estáis muy hermosa con ese vestido, mi señora.
—Gracias, Mor. Estoy impaciente por ver a mi buena amiga Brianna MacLeod. Voy a disfrutar mucho de su compañía —dijo, con la alegría inundando su cuerpo—. Siempre que no nos moleste el zopenco de su hermano Ian.
Erin se sentó en un banquito de madera frente al espejo para que Mor pudiera recogerle el largo cabello rizado en un moño.
—He oído que Ian MacLeod es el joven más apuesto de todas las Highlands. Como laird de su clan, necesitará una esposa.
Ian había pasado a ser el jefe del clan MacLeod después de la muerte de su hermano Malcolm en la batalla de Old Byland, en 1322.
Los Campbell no pudieron asistir a su funeral porque su padre, que era el jefe del clan, y su hermano mayor habían sido heridos en la misma batalla y debían recuperarse.
Escocia se hallaba inmersa en la guerra contra los ingleses para conseguir su independencia, algo que por fin habían logrado en mayo de ese año 1328.
—Admiro a la dama que tenga el valor de desposarse con ese miserable arrogante y engreído —declaró Erin.
Mientras la doncella la peinaba, la joven recordó cómo al año siguiente de que el muchacho MacLeod la dejara colgada del tejo la había vuelto a ofender. Fue en la reunión de los clanes que se había celebrado allí, en Duntrune.
Erin paseaba por el verde valle de Glen Lochy con sus amigas Brianna MacLeod, Ishla Fraser y Elisabeth Lamont.
Las otras niñas habían acudido a la reunión de clanes que se celebraba en primavera con sus familias y, en ese momento, disfrutaban del sol que lucía en Argyll y Bute mientras recogían algunas flores.
—Me gustaría que bordases otro pañuelo para mí. El que me regalaste el pasado año creo que lo he perdido o me lo han robado, porque no lo encuentro —le comentó Brianna.
—Antes de que regreses a Dunvegan, te bordaré otro —le prometió Erin.
—Yo he terminado de bordar uno con los colores de mi clan en cada esquina —intervino Ishla Fraser—. Cuando regresemos a Duntrune, os lo mostraré.
Siguieron entretenidas hablando de costura. De ese tema, pasaron a comentar las recetas de cocina que habían aprendido en el tiempo que habían estado sin verse.
De pronto, escucharon el maullido de un gatito.
Al principio, todas pensaron que eran imaginaciones suyas, pero, al quedarse en silencio, lo oyeron con total claridad.
Enseguida comenzaron a buscarlo hasta que Erin lo encontró.
Apretó a la pequeña bolita de pelo blanco y marrón contra su pecho y notó el corazón acelerado del felino.
El animal arañó con las garras la fina tela del vestido que llevaba, aferrándose a ella con todas sus fuerzas, que le acarició el suave pelaje al tiempo que murmuraba palabras de consuelo.
—No te preocupes. Ya te tengo. Te llevaré a mi hogar y cuidaré de ti. Si padre me lo permite, claro. Y si no, buscaré un lugar que sea adecuado para ti.
Se giró hacia sus amigas y les dijo que debían regresar al castillo para darle de comer al gatito.
Por el camino decidieron el nombre que le pondrían a esa bolita de pelo suave y ojos amarillos. Lo llamarían Ebie. Habían formado la palabra con la inicial de sus nombres: Erin, Brianna, Ishla y Elisabeth.
Contentas, llegaron a la cocina. Vertieron leche en un cuenco y salieron al patio del castillo. Se dirigieron hacia los establos y, una vez que llegaron allí, Erin puso el cuenco en el suelo y dejó al gatito.
Todas lo admiraban mientras el pequeño felino bebía la leche al tiempo que comentaban lo bonito que era, ajenas por completo a la vigilancia de Ian.
Ian estaba en el establo cepillando su caballo negro cuando llegaron las chiquillas. El corcel relinchó, nervioso, pero el muchacho logró calmarlo gracias a unas palabras que le susurró. Cuando su montura estuvo tranquila, agudizó el oído para enterarse de la conversación de las niñas.
La caballeriza que ocupaba le servía de escondite para espiarlas sin que lo descubrieran. Como era tan alto, se sentó en el heno del suelo mientras le daba al caballo una manzana.
—Qué bonito es —oyó que decía Brianna.
—Qué pelo más suave tiene —alabó Ishla Fraser.
—¿Será macho o hembra? —preguntó Elisabeth Lamond.
—Eso no importa —respondió Erin—. De todas formas, el nombre que le hemos puesto le sirve tanto si es macho como si es hembra. Ebie es un buen nombre.
—¿Crees que tu padre te permitirá quedártelo? —quiso saber Brianna—. En caso de que se niegue a aceptarlo, yo me lo podría llevar cuando regrese a Dunvegan.
—O yo, cuando vuelva a Kemnay —opinó Ishla.
—También me lo podría llevar yo cuando regrese a Ascog —terció Elisabeth.
—Primero, tengo que saber si padre me permite quedármelo. En caso de que no lo haga, tendremos que echarlo a suertes —concluyó Erin.
Ian seguía sentado en su escondite mientras planeaba otra fechoría contra Erin.
En los dos días que llevaba en el castillo Duntrune no se había dignado a hablarle ni a mirarlo.
Ni siquiera lo saludó cuando llegó con su madre, su hermano Malcolm y Brianna.
Recibió a su familia con cariño y se abrazó a su hermana como si su vida estuviera en peligro y Brianna fuera la única capaz de salvarla.
Las dos niñas se alejaron de ellos mientras Ian fulminaba a Erin con la mirada. Otra vez había ignorado su presencia.
Pero ahora había encontrado la ocasión idónea para vengarse de ella.
Sonrió y se alzó del suelo. Le dio otra manzana a su corcel y salió de la caballeriza.
—O podría quedármelo yo —soltó, sorprendiendo a las niñas.
Estas se asustaron tanto que huyeron despavoridas del lugar, excepto Brianna, que cogió al gatito y el cuenco de leche, y abandonó el establo con tranquilidad. Antes de traspasar la puerta, le dijo a su hermano:
—¿Por qué siempre tienes que estar molestando? Eres un patán y un bruto.
No se quedó a escuchar la réplica de Ian.
Caminó hasta donde la esperaban sus amigas, le entregó el felino a Erin y emprendieron el regreso al salón.
Nada más llegar, Erin buscó a su padre.
Lo encontró junto a su madre y otros matrimonios de los clanes que asistían a la reunión.
Se acercó a él y le tiró suavemente del tartán con los colores de los Campbell.
Colin se giró hacia ella y la sonrisa de su cara se amplió. Miró con ternura a su pequeña Erin, su debilidad, y a la bolita de pelo blanco y marrón que tenía en los brazos.
—Padre, he encontrado este gatito en Glen Lochy. No tiene familia. ¿Puedo quedármelo?
Colin Campbell observó al animalillo, después volvió a mirar a su hija y asintió con un movimiento de cabeza.
—¿Sabrás cuidar bien de él? —le preguntó, al tiempo que acariciaba los rizos rojizos del cabello de Erin.
—Sí, padre —dijo, feliz.
Colin se agachó para que ella le diera un beso de agradecimiento mientras el resto de las niñas que la acompañaban sonreían contentas.
A continuación, las cuatro abandonaron el salón y salieron al patio del castillo a jugar con el gatito.
Ian las observaba en una esquina con sus amigos Angus y Hugh.
Echó un vistazo alrededor para comprobar que los hermanos de Erin, Niall y William, no estaban por allí.
La mocosa del clan Campbell estaba sobreprotegida desde que la dejó colgando de la rama de aquel tejo el verano anterior.
Brianna les había confesado a los hermanos de Erin lo sucedido y estos la vigilaban de forma continua para que no volviese a ocurrir.
Descubrió a Niall conversando con una joven dama, Caitrina Fraser, la hermana mayor de Ishla.
Sin duda, la estaría cortejando, porque los dos estaban ya en edad casadera y la unión de sus clanes beneficiaría a todos por los lazos de sangre que se crearían si tenían descendencia.
De vez en cuando, echaba un vistazo a su hermana pequeña, pero su atención enseguida volvía a centrarse en Caitrina.
Miró por todos lados en busca de William, el hermano mediano de Erin, pero no lo vio.
Seguro que estaría escondido en algún sitio, vigilando a su hermana.
De todas formas, se arriesgaría. Si Will se enfrentaba a él después, no le importaba tener una pelea; era más alto y corpulento que el joven Campbell, y ganaría la lucha con suma facilidad.