Una esposa para el laird (Guerreros de Escocia 1)
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Prólogo
Ian MacLeod observaba con atención cómo la niña del cabello rojizo consolaba a su hermana menor por la muerte de su padre, Tormod MacLeod, que había perdido la vida luchando contra los ingleses en la batalla de Bannockburn.
La miró de arriba abajo y se detuvo a contemplar sus ojos azules y las pecas que salpicaban la naricilla respingona y se extendían hacia los pómulos. El cabello rizado le caía por la espalda como si fuera una cascada de fuego.
Su hermana Brianna y ella tenían la misma edad y eran muy amigas, a pesar de que se veían poco.
Erin Campbell agarraba la mano de Brianna, transmitiéndole cariño y apoyo en aquel momento tan duro.
Las lágrimas de la pequeña del clan MacLeod se unían a la lluvia que caía sobre la tumba donde habían enterrado al laird .
Sabía que nunca más volvería a ver a su padre.
Nunca más volvería a jugar con ella. Ya no tendría la posibilidad de refugiarse entre los fuertes brazos del highlander buscando su protección.
—No llores más, Brianna —susurró Erin con su dulce voz. Apretó más fuerte la mano de su amiga y le entregó una flor de cardo morada—. Está en un buen lugar. La diosa madre y las hadas cuidarán de él.
Ian la escuchó y deseó que también le dirigiera esas palabras a él.
Pero Erin parecía no darse cuenta de su presencia.
Siempre jugaba con su hermana; hablaba con su hermano mayor, Malcolm; con su madre, Fiona; y con su fallecido padre, Tormod, además de con el resto del clan y los habitantes del castillo y de la aldea cercana.
Sin embargo, él parecía no existir para Erin. Esa situación le hacía sentir rabia y frustración. No entendía por qué la mocosa de los Campbell lo ignoraba de aquella manera.
¿Por qué no tenía palabras de consuelo para él igual que para su hermana? ¿Igual que las había tenido para Malcolm y Fiona? ¿No se daba cuenta de que él también estaba afligido por la muerte de su padre?
Desvió la vista de Erin Campbell hacia el lago, intentando apaciguar su ánimo. La lluvia seguía cayendo sin cesar. Las nubes también lloraban por la pérdida del jefe del clan.
El clérigo acabó la oración que había rezado por el alma de su padre. Tras el requiescat in pace, las personas allí presentes abandonaron poco a poco el lugar mientras los acordes tristes de las gaitas resonaban en sus oídos.
Frente a la tumba de Tormod MacLeod se quedó un reducido grupo: Fiona, Malcolm, Brianna, Erin y la familia de esta formada por Colin Campbell —el laird de su clan—, su esposa, Marion, y sus hijos varones, Niall y William.
Brianna dio un paso adelante y depositó sobre la tierra mojada la flor de cardo que Erin le había dado poco antes.
La mañana siguiente amaneció con un tímido sol, que permitió a Erin y Brianna salir a jugar por el bosque de robles y tejos cercano al castillo.
Brianna cerró los ojos y empezó a contar. Erin corrió a esconderse tras unos matorrales de brezo blancos y amarillos. Esperaba que allí, agazapada, su amiga tardase en encontrarla. No quería terminar el juego tan pronto.
Mientras escuchaba a lo lejos cómo Brianna seguía contando, notó que una mano la aferraba del brazo. Se sobresaltó y a punto estuvo de dar un grito si no fuera porque otra mano le tapó la boca.
—Si gritas, mi hermana sabrá dónde estás —murmuró Ian—. Además, este no es un buen escondite. Ven conmigo y te mostraré otro mejor.
Él retiró la mano de la boca de Erin y ella lo observó intentando que no se notase lo impresionada que estaba por su cercanía.
Ian siempre le había dado miedo por su gran altura —era mucho más alto que el resto de los muchachos que ella conocía— y por aquellos ojos acerados que la miraban como si pudieran ver su interior, su alma.
Por eso intentaba no mirarlo ni hablar con él.
La intimidaba tanto que no quería tenerlo cerca.
—No. Prefiero quedarme aquí —susurró con voz temblorosa, intentando controlar su miedo hacia él. Se había distanciado un par de pasos mientras le contestaba.
Sin embargo, él no soltó su brazo.
—Tu pelo rojizo te delata. Brianna te encontrará enseguida.
Erin pensó un momento en lo que acababa de decirle. Tenía razón. El color de su cabello era tan llamativo que no pasaba desapercibido. Reunió todo el valor que tenía su pequeño cuerpo y preguntó:
—¿Dónde está ese otro escondite?
Ian sonrió, sintiéndose victorioso.
—Ven —dijo, tomándola de la mano.
Echó a correr hacia un gran tejo, con Erin detrás, y cuando llegaron a la base del árbol, se resguardaron tras él.
Brianna comenzó a buscar a su amiga.
—Súbete al árbol —le ordenó Ian a Erin.
Ella miró el tejo con ojo crítico. Era el árbol más alto de aquella zona.
Nunca había trepado a ninguno porque era demasiado pequeña para llegar a las ramas más bajas.
Sus hermanos Niall y William sí lo hacían habitualmente porque eran más altos que ella, pero no tanto como Ian MacLeod.
Siempre le decían que, cuando creciera, le enseñarían.
—Es lo mejor. Si te quedas aquí, mi hermana te descubrirá. Ahí arriba tardará mucho en encontrarte —insistió para convencerla.
—No sé trepar. Además, soy demasiado pequeña y no llego a las ramas.
—Te ayudaré.
Ian clavó una rodilla en tierra y le indicó a Erin que usara su pierna como escalón para llegar a la rama más baja.
—Agárrate bien —le aconsejó el muchacho MacLeod.
Ella se aferró con fuerza a la primera rama del tejo.
Él se alzó del suelo, embarrado por la lluvia del día anterior, y la observó con un rastro de burla en los ojos. Dio una vuelta en torno a Erin y sonrió ampliamente.
—Pareces una manzana madura colgando del árbol.
Contempló unos instantes más su cara enrojecida por el esfuerzo de sujetarse a la rama y se dio la vuelta para marcharse.
—¿A dónde vas? —preguntó con horror al ver cómo Ian se alejaba de ella.
—Regreso al castillo —respondió por encima del hombro.
—¡No puedes dejarme aquí! —gritó la niña, presa del pánico—. ¿Cómo voy a descender?
—Brianna te ayudará cuando te encuentre.
Ian se marchó de allí riéndose a carcajadas. Estaba seguro de que Erin Campbell recordaría ese momento toda su vida y, la próxima vez que lo viera, no lo ignoraría como tenía por costumbre hacer.
Ella lo observó mientras se alejaba, alegre, con su melena rubia balanceándose con cada paso que daba y el kilt con los colores de su clan. Juró que nunca jamás volvería a confiar en él.
Las dos niñas retornaron al castillo Dunvegan maldiciendo al muchacho.
Brianna insistía en contárselo a su hermano Malcolm para que le diera un escarmiento.
El primogénito del clan MacLeod, de dieciocho años, había pasado a ser el nuevo laird tras la muerte de su padre.
Por lo tanto, tenía la máxima autoridad para castigar a Ian por su mal comportamiento con Erin.
La pequeña de los Campbell le suplicaba a su amiga que no le contase nada a su hermano mayor ni a nadie. Temía las represalias que Ian pudiera tomar contra ella si lo castigaban.
Además, al alba partiría con su familia hacia su hogar, el castillo Duntrune, en Argyll y Bute, y no se volverían a ver hasta la primavera siguiente, cuando se celebrara la reunión de los clanes.
No deseaba pasar el resto del tiempo que le quedaba con su amiga acusando a Ian por lo que había hecho.
Prefería refugiarse en sus aposentos y acabar el bordado del pañuelo que había empezado días atrás.
Tenía intención de regalárselo a Brianna antes de partir.
Al final convenció a su amiga para que no delatase a su hermano y la acompañase a su alcoba.
Mientras cruzaban el gran salón del castillo, con la enorme chimenea al fondo y varios tapices en las paredes que protegían a sus habitantes del frío y húmedo clima de las Highlands, Ian apareció con una sonrisa burlona en la boca.
Erin contuvo la respiración al ver al gigante caminar hacia ellas.
Dirigió la vista hacia la gran mesa de madera con largos bancos a cada lado y la silla del jefe del clan en la cabecera, intentando no temblar por el miedo que sentía.
Pasó de largo ignorándolo como hacía siempre.
Sin embargo, Brianna se plantó frente a él.
—¿Por qué has dejado a mi amiga colgando de la rama del tejo? Eres un bruto y un patán.
—¿No estabais jugando? Yo también —se excusó él con sorna.
La niña se alzó sobre las puntas de sus pies, encarándose más con su hermano.
—Ian MacLeod, discúlpate con Erin o de lo contrario…
—¿Qué? —la retó.
—Te beberás mis orines mañana cuando tomes gachas en el desayuno.
Ian soltó una carcajada al oír la amenaza de la pequeña. No tenía intención de disculparse después de comprobar que, a pesar de lo sucedido, la mocosa de los Campbell seguía ignorándolo.
—Me arriesgaré —replicó el muchacho.
Erin escuchaba la conversación desde una esquina del salón mientras rezaba para que los hermanos terminasen con su charla y poder huir a su alcoba.
—Brianna, por favor… —le pidió en un susurro.
Su amiga desvió la mirada hacia ella y, al ver su gesto angustiado, resolvió la situación.
—Está bien. No te disculpes si no quieres, pero mañana ten cuidado al desayunar tus gachas. Podrían llevar algún ingrediente desagradable —le advirtió por segunda vez.
A pesar de su corta edad, la pequeña del clan MacLeod tenía una valentía impresionante. No temía enfrentarse con el gigante Ian ni con nadie, en realidad.
Brianna se dirigió hacia su amiga. Juntas subieron las escaleras que llevaban a los aposentos de la familia y visitantes del castillo al tiempo que la pequeña de los MacLeod seguía insultando a su hermano mediano. Cuando llegaron a la alcoba de Erin, se metieron dentro y continuaron con el bordado.
Apenas despuntaba el día cuando se despidieron de la familia MacLeod.
Tenían un largo camino hasta Argyll y Bute.
Erin sabía que harían una parada en Innis Chonnell, otro de los castillos del clan Campbell, para visitar la tumba de sus abuelos y ver a su tío Ewan, a su esposa, Mahiri, y al bebé recién nacido.
Una parte de ella estaba feliz por ver de nuevo a sus tíos y conocer a su primo, pero otra parte estaba triste porque pasaría mucho tiempo antes de reencontrarse con su amiga.
Cuando terminaron de cruzar el puente sobre el río que desembocaba en un gran lago, Erin giró la cabeza para contemplar la magnífica fortaleza que era el castillo Dunvegan, con sus altas torres y sus fuertes muros de piedra.
Brianna aún permanecía en la puerta, con el brazo alzado, despidiéndose de ella.
Erin hizo el mismo gesto que su amiga y la siguió con la mirada mientras entraba en su hogar.
Antes de volverse hacia el frente, se dio cuenta de que Ian estaba en una de las almenas del castillo observando su partida.
Se preguntó si el muchacho estaría planeando otra fechoría para la próxima vez que volvieran a verse.
Intuía que sí. Un estremecimiento recorrió su pequeño cuerpo.
Devolvió la vista al frente rezando a san Mungo para que no la molestase en el futuro.