Una esposa para el conde malvado 14 #2
97%

14 #2

Tuvo deseos de huir, de huir muy lejos de ambos, pero entonces tuvo que enfrentarse a su mirada y supo que no podría hacerlo.

También era tarde para ella, tarde para escapar, amaba al marqués, lo amaba a pesar de sus mentiras y trampas.

Secó sus lágrimas y él tomó su mano diciéndole cuánto lo sentía.

Etienne se apartó comprendiendo que su presencia era tan ingrata como el secreto que acababa de develar.

Pero la voz firme del padre Anselmo puso fin a la escena de amor.

—Necesito hablar con los contrayentes ahora en privado, por favor—declaró.

El marqués miró a su novia con fijeza, por primera vez se veía levemente asustado como si el llamado del padre lo tomara por sorpresa.

Etienne observó t0do a distancia, aguardando expectante.

El padre los llevó a la sacristía y los miró con expresión muy seria.

—Señor marqués, lo que has hecho es muy grave... no sabía que era la prometida de vuestro hermano y que vuestro padre había firmado este acuerdo nupcial. Es un compromiso y ahora... no sé si deba anotar esta boda aquí o anularla. Temo que me habéis puesto en un aprieto espantoso.

Angelyn se estremeció de terror al oír eso pues comprendió que el capellán planeaba anular la boda... pero esa boda no podía deshacerse.

El marqués también se asustó al oír eso.

—Padre Anselmo por favor, no lo haga, se lo ruego... le pido perdón, por favor comprenda que me enamoré violentamente de Angelyn y luego... cometí un error, lo sé. Y lo lamento, pero no puede anular nuestra boda, no puede hacerlo.

—Padre por favor—intervino Angelyn y se sonrojó al sentir la mirada de su esposo. Porque ya habían consumado el matrimonio un montón de veces y si la obligaban a casarse con Etienne moriría, no podría soportarlo.

El padre se veía atormentado y consternado, no hacía más que hablar del documento firmado por el difunto marqués porque quería asegurar la boda de su hijo menor.

—No comprendo qué locura te llevó a hacerle tanto daño a tu hermano, Maurice, te conozco que eras un crío y no puedo imaginar qué tentación se adueñó de tu corazón para hacer todo esto.

Has llegado demasiado lejos y ahora temo que esta boda no sea legal, me pregunto si el sacramento puede deshacerse porque tu novia está casi casada con tu hermano menor y tú...

mentiste y apartaste a esta joven de su prometido haciéndole creer que él ya se había casado.

Pero tu hermano jamás se casó, sabía de sus obligaciones y al parecer no regresó antes porque tú se lo impediste en varias ocasiones.

Llegaste a decirle que su prometida había muerto... eso fue muy osado, hijo.

El marqués enrojeció.

—Padre, lo siento, sé que no tengo excusa para hacer lo que hice excepto una: que me enamoré de Angelyn el día que la vi. Hice todo esto porque la amo y no podría vivir sin ella, por favor... no puede anular nuestra boda.

—Sí puedo hacerlo, marqués. Temo que su matrimonio ha de tener las debidas garantías para que sea leal y sus hijos futuros sean reconocidos en este libro y esta joven ya estaba comprometida.

Angelyn pensó que era tiempo de intervenir.

—Padre, yo no sabía nada de esto... me habría casado con Etienne, se lo aseguro, vine a Saint Auxerre porque al morir mi padre supe del acuerdo del difunto marqués de Ferbes con él...

pero ya no puedo casarme con Etienne, no puedo hacerlo padre ni aceptaré como esposo a otro hombre que no sea Monsieur de Ferbes—dijo y lloró.

El padre la miró espantado.

—Pero hija, era la voluntad de vuestro padre que os desposarais con el joven Etienne, no podéis negaros.

—Padre, no me casaré con Etienne porque acepté casarme con Maurice porque lo amo y si anula nuestra boda no querré casarme con nadie más. No lo haré y nadie me obligará a aceptar a mi cuñado como marido ahora. Usted acaba de casarnos padre, acaba de darnos su bendición.

El marqués la abrazó y ella lloró en sus brazos, tan desesperada. De todo lo malo que acababa de descubrir lo que realmente la llenaba de angustia era pensar que la separarían del único hombre que amaría en toda su vida.

Y al verla tan afligida el padre guardó silencio y fue su esposo quién habló.

—Lo siento mucho Angelyn, perdóname... tú eres inocente de mi mal proceder... os mentí y por eso os pido perdón. Pero seréis mi esposa, no os aflijáis, nadie podrá separarnos ahora...

El padre Anselmo no pensaba igual.

—Monsieur marqués, ¿es que no piensa un poco que su hermano puede usar este documento para hundirle en el futuro y decir que los hijos que nazcan de su matrimonio no son legítimos? —intervino.

El marqués lo miró con gesto furibundo.

—Mi hermano jamás ha sido sensato padre, lo envié a París para que tuviera un porvenir porque usted conoce su carácter.

Es cambiante y si vino aquí hoy no fue por su sentido del deber, él no quería casarse con esta noble dama, padre.

Me lo dijo muchas veces. No quería sentirse atrapado por una mujer como yo lo estaba.

Y por eso, porque no podía hacerle madurar lo envié a Paris y ahora es un mercader muy próspero.

Conseguirá pronto una esposa seguramente.

—Pero vos le habéis arrebatado a su prometida y él ha venido a reclamarla, y tiene derecho a hacerlo, este documento invalida vuestra unión.

El marqués sostuvo su mirada furiosa.

—Entonces romperé el maldito documento en mil pedazos padre, lo haré. Y que no se hable más de este triste asunto, ya está hecho, Angelyn es mi esposa mi padre, lo es, y nadie tendrá dudas de eso.

Y tras decir eso, el marqués arrebató el bendito documento al capellán y lo rompió en pedazos.

El padre Anselmo lo miró horrorizado.

—No puedes hacer esto, hijo. Alguien más sabrá de ese arreglo y eso será tu ruina un día. El matrimonio de un noble jamás debe tener una sombra así, debes recuperar la sensatez y devolverle la novia a vuestro hermano. Él nunca os perdonará por esto, os enemistaréis con él para siempre.

–Padre Anselmo, durante años cuidé de mi padre enfermo y luego de mi hermano, fui un buen esposo con Delphine, pero ella jamás me hizo feliz, usted lo sabe, padre, pues fue mi confesor durante años.

Esta joven es inocente de todo, y la amo, la amo porque es dulce y buena.

Madame Angelyn es mi esposa y nadie va a declarar nulo mi matrimonio, si usted lo hace iré a Paris a casarme, a dónde sea, padre.

Lo haré. Nada impedirá que convierta a la joven que amo en mi esposa para siempre.

Con el documento destruido y la firme determinación del marqués nada pudo hacerse, esa boda sería celebrada y consumada como correspondía. Sólo podía dejar las cosas como estaban. Porque al parecer la jovencita tampoco deseaba pedir la anulación.