Una esposa para el conde malvado 14
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UNA SEMANA DESPUÉS se casaron en la capilla del castillo con unos pocos invitados y testigos de la unión.

Entraron a la Iglesia tomados de la mano y Angelyn miró a su alrededor nerviosa como si temiera que algo pudiera impedir la boda.

Fue como un extraño presentimiento que sólo se disipó a medida que transcurría la ceremonia.

La misa fue breve, la misa para celebrar su unión fue dicha en latín y ella no entendió palabra, pero se emocionó cuando el padre los declaró marido y mujer y el marqués puso un anillo de grueso oro y rubíes incrustados en su mano derecha.

Ahora era su esposa, lo era... y eso le dio tanta felicidad, era como un sueño hecho realidad.

Había llegado a ese castillo para casarse con Etienne de Ferbes y ahora sería la esposa del marqués.

Pero sabía que era una unión anhelada y que nunca habría sido feliz si se hubiera casado con Etienne.

Y a pesar de que en su momento se sintió triste y abandonada, ahora sabía que a pesar de todo el señor le había dado una nueva oportunidad en esta vida para casarse con el hombre que amaba.

Ya eran marido y mujer y el banquete aguardaba, toda una vida para amarse y ser felices. El padre les dio su bendición y luego sus amistades se acercaron y hasta su doncella Melissa había sido testigo del matrimonio y estaba muy bonita con un vestido color pastel de terciopelo.

Sonrió emocionada cuando él la besó y le dijo que era dulce y hermosa. Su mirada tan llena de amor y pasión... Sabía que nunca encontraría un esposo más apasionado y ardiente que el marqués, y que ser su esposa era la recompensa más anhelada y dulce luego de tantas dudas y dolor...

Pero entonces escuchó unos gritos de entre los presentes.

Unos gritos airados de un caballero que luchaba por hacer paso y llegar hasta el altar ...

No podía estar ocurriendo. La joven tuvo que volverse para descubrir quién era el miserable que planeaba arruinar el momento más importante de sus vidas.

—Padre Anselmo usted no puede celebrar esta boda, no puede hacerlo. Esta boda no puede celebrarse—protestó un hombre alto y rubio, de noble semblante.

No era un criado ni un hombre común, debía ser un caballero de noble linaje por su atuendo. ¿Pero quién era y por qué quería gastarle esa broma de mal gusto? Porque todo debía ser una maldita broma, pensó entonces Angelyn mirando al desconocido ofuscada.

El hombre en cuestión se acercó hasta el altar, nadie pudo detenerle y entonces se vieron cara a cara y Angelyn chilló espantada cuando llegó hasta ella pues tuvo miedo de que le hiciera daño.

Era un hombre muy alto y fuerte, de cabello rubio muy corto y ojos de un verde oscuro.

Era un desconocido, nunca lo había visto en su vida y sin embargo algo en su rostro le resultó raramente familiar. Al

—Vaya, así que tú eres Angelyn de Poitiers, encantado bella dama—dijo mirándola con una sonrisa burlona y maligna.

No le conocía, nunca le había visto en su vida, pero al parecer él sabía su nombre y lo más alarmante fue que Maurice sí lo conocía y lo apartó de ella casi a empujones.

—Aléjate de mí prometida ahora o juro que lo lamentarás—le dijo y miró al padre Anselmo desesperado—Padre, continúe con la ceremonia por favor.

—Vaya, ahora entiendo, Maurice. Tú me hiciste creer que la joven había muerto de gripe, que mi novia había muerto y que no debía venir para no contagiarme.

Todo el tiempo me habéis engañado, me habéis mentido enviándome un retrato de una joven poco agraciada y con el rostro picado de viruela.

Tú mi hermano, mi único hermano me habéis traicionado para quedaros con esta hermosa mujer.

Ahora entiendo... por eso me enviasteis esa carta inventando cosas que no eran.

Maurice de Ferbes se plantó delante de su hermano mirándole con odio, sin asomo de culpa o vergüenza, sus ojos cafés brillaban de malicia y celos.

—Has llegado tarde, muy tarde porque ahora Angelyn es mi esposa. No puedes impedir esto ni oponerte a la boda, Etienne, porque el padre Anselmo acaba de casarnos.

El cura miró a ambos con expresión consternada esperando alguna explicación razonable, pero fue Angelyn quien exigió una explicación.

—¿Qué ha sucedido aquí, Monsieur de Ferbes? No logro comprender nada... ¿Por qué este caballero lo acusa de haberle robado a su novia? ¿Quién es él?

El marqués miró a su esposa y luego al capellán.

—Lo siento preciosa... os mentí. Él es mi hermano menor Etienne.

Mi hermano se encontraba en París para cuidar nuestro negocio de vino, yo le pedí que se quedara un tiempo más de lo acordado porque cuando os conocí pensé que no podría permitir que fuerais suya.

Y lo engañé, le envié una miniatura vuestra diciéndole que erais poco agraciada y de mal carácter para que desistiera de desposaros.

Angelyn miró a uno y a otro aturdida.

—¿Vos sois Etienne? —preguntó sin dar crédito a lo que veía.

Su antiguo prometido. Y a juzgar por su expresión estaba furioso.

—Sí madame, soy yo... estabais prometida a mí por un documento que tengo aquí en mi poder, pero mi hermano me ha engañado.

Mirad el retrato que el marqués que me envió para hacerme desistir de la boda—dijo y le mostró el retrato oval de una joven muy poco agraciada de cabello rubio y el rostro picado de viruela.

¿Pero a quién pertenecía ese cuadro? No se parecía en nada a ella, sólo el caballo.

Miró a su marido espantada, no podía creerlo, le hizo creer que Etienne no quería casarse con ella y que se había casado con la hija de un mercader parisino. Los colores subieron a su rostro al sentir todas las miradas sobre ella.

Allí estaba Etienne, su antiguo prometido y al parecer ambos habían sido engañados.

No se había casado con otra dama como le dijo.

El joven se apartó, pero se negó a marcharse, todavía tenía mucho que decir, necesitaba desahogarse.

Estaba furioso y herido al comprender el verdadero alcance de la traición de su hermano. ¿Cómo pudo ser capaz?

Bueno, allí estaba la respuesta. Él la miró con fijeza.

—Ahora comprendo por qué lo hizo... —dijo luego—mi prometida es una joven dulce y hermosa y tengo aquí el documento que puede anular esta ceremonia.

Vaya, ni siquiera habéis respetado el luto por la muerte de vuestra esposa Maurice, os habéis casado a pocos meses de perecer la pobre Delphine.

¿Es que habéis perdido el juicio? Padre, usted ha casado a mi prometida con otro hombre, con mi hermano.

Esta boda debe ser anulada de inmediato.

Tengo en mi poder este documento que dice que la señorita Angelyn de Poitiers es mi prometida.

La novia miró al padre con desesperación. Podía entender al marqués, podía comprender que había cometido un acto de debilidad por amor, pero no podía permitir que Etienne arruinara su boda. Y desesperada miró al marqués y luego al sacerdote.

—Padre Anselmo por favor, no puede anular nuestra boda, se lo ruego.

Pero al parecer su prometido traía consigo ese documento que la convertía casi en esposa de Etienne, pues la prometía a él cuando cumpliera los dieciocho años y la boda debía celebrarse en el plazo de dos años luego de esa fecha.

El capellán observó el documento y dijo con mucha calma que esa boda no podía deshacerse.

—Lo lamento mucho Monsieur Etienne, pero sólo los contrayentes pueden pedir la anulación, no usted. Además, había oído que usted se había casado con una joven en París.

Etienne enrojeció.

—¿Así, eso le dijo padre? Pues no es verdad, no me casé con ninguna joven.

Angelyn lloró, no podía creer lo que había pasado cómo en un momento el momento más feliz de su vida se había convertido en una auténtica pesadilla.

—Pero no puede casarse con ella, no puede desposar a mi prometida. Angelyn es casi mi esposa, este documento así lo dice.

El padre vaciló y el marqués decidió intervenir apartando a su hermano a empujones.

—Me temo que es tarde Etienne, vos jamás vinisteis a ver a vuestra prometida. No querías casaros, lo dijisteis con claridad cuando os vi en París hace unos meses. Dijiste que anularías ese documento.

—Maldito traidor mentiroso, me habéis arrebatado a mi novia.

El retrato era falso, sólo querías apartarme de ella.

No tenías derecho a ello, tú tenías esposa maldita sea, tenías esposa.

Pero he venido a reclamar lo que me pertenece y esta boda no es legal, no lo será.

Cuando supe que estaba viva y era hermosa, cuando el primo de tu esposa me lo dijo en una tertulia parisina supe que algo no andaba bien y vine aquí a verlo con mis ojos porque no podía creer que mi propio hermano me hubiera traicionado.

Pero no me sorprende, siempre te han gustado las damas hermosas y has traicionado a tu sangre por una damita con cara de ángel.

Ahora te aseguro que no permitiré que te salgas con la tuya, Angelyn era mi prometida y será mi esposa, te guste o no.

—Pero ella es mi esposa y si te atreves a hacer algo al respecto te mataré. Juro que te mataré.

Etienne estaba furioso pero el marqués lo estaba mucho más y lo golpeó y repitió su amenaza de matarle si se atrevía a anular su matrimonio. En un momento se enfrentaron a los golpes como dos gallos de riña y nadie pudo detenerlos.

—Jamás oséis acercaros a mi esposa, no os atreváis porque juro que os mataré y ahora regresad a París porque Saint Auxerre es mi castillo y no seréis recibido de nuevo aquí, nunca más—le advirtió el marqués.

Se dijeron cosas terribles y Etienne supo que había perdido la batalla y mirando a la que debió ser su esposa le dijo:

—Vuestro esposo es un tramposo y un mentiroso, ahora me pregunto si su esposa Delphine realmente habrá muerto de la epidemia o fue él quien la quitó del medio porque le estorbaba. Porque si traicionó a su propia sangre ¿qué no habría hecho con una esposa celosa y regañona como lo era la desdichada?

Angelyn se alejó llorando, la penosa escena de la riña entre los dos hermanos, trenzados como villanos había sido muy fuerte y su esposo tenía el rostro magullado y Etienne también.

No podía creer que hiciera eso, que la engañara primero y luego mintiera a su hermano para separarlos, haciéndole llegar un retrato falso...