Una esposa para el conde malvado 12
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AL DESPERTAR SE SINTIÓ mareada y exhausta, y con un fuerte dolor de cabeza.

No sabía dónde estaba hasta que recordó los singulares eventos de la noche anterior.

Su prueba de amor... estaba en su cuerpo, en su cama, en todas partes.

Necesitaba darse un baño, pero no podía ni moverse, la cabeza le daba vueltas...

Miró a su alrededor desconsolada al ver que su amante la había dejado sola. Necesitaba beber agua y alguna tisana para esa jaqueca. Pero luego se vio desnuda en la cama y tembló, no quería que nadie la viera así, debía vestirse.

Lloró mientras se ponía el vestido, no pudo evitarlo. ¿Qué locura acababa de hacer? ¿Cómo pudo perder la cabeza de esa forma? ¿Cómo se dejó llevar así? ¿Y si luego no se casaba con ella y la convertía en su amante escondida del castillo?

Angelyn se asustó y pensó en escapar, pero de pronto se dijo que no tenía a dónde ir, ahora menos que antes, su madre jamás la aceptaría de nuevo si sabía que acababa de dormir con el marqués...

Todo su mundo se vino abajo mientras se esforzaba por conservar la calma y secaba sus lágrimas pues no quería que nadie la viera así, especialmente el marqués...

Entonces escuchó pasos y tembló.

—Buenos días, mademoiselle Angelyn.

No era el marqués, era su fiel criada Melissa. Al ver que lloraba comprendió lo que pasaba y se acercó asustada.

—¿Qué le sucede, mademoiselle? ¿Por qué está llorando?

No entendía qué le pasaba y sin embargo debió imaginarlo al ver que estaba en la cama del marqués, no era tan boba de pensar que había pasado la noche allí como una invitada más.

—Me duele la cabeza y quiero regresar a mi habitación Melissa, creo que bebí demasiado vino anoche y estoy algo mareada—le confesó.

Su doncella la miró sin ocultar que se sentía algo mortificada por lo ocurrido.

—Aguarde aquí por favor, le traeré una tisana para su dolor de cabeza. Por favor, regrese a la cama si no se siente bien.

—Pero no puedo quedarme aquí, esta no es mi habitación.

—No se preocupe por eso, el marqués ha dicho que es su prometida y puede quedarse aquí... él no desea que regrese a su habitación, dijo que estará mejor aquí ahora, mademoiselle.

—Oh Melissa, ¿qué voy a hacer ahora? Perdí la cabeza, pero lo hice porque lo amo.

—Lo sé, mademoiselle, y creo que él también le ama por eso insistió en que se quedara.

—¿Tú lo crees, estás segura de eso?

—Bueno, disculpe que le dé mi opinión, sé que no es de mi incumbencia, pero... Todos saben que nuestro amo la adora y vela por su bienestar, no permitirá que nada malo le suceda y lo de buscarle un marido... fue una excusa. Hervía de celos de verla conversar con su primo Antoine, yo lo vi.

Angelyn sonrió al oír eso.

—¿Y por qué jamás me lo había dicho, por qué guardó silencio tanto tiempo?

—Bueno, él era casado señorita y luego ocurrió esa tragedia y pasamos momentos muy duros en Saint Auxerre.

Usted lo sabe. No era momento para pedir matrimonio, pero ha ido a hablar con el padre Anselmo.

Lo oí conversar con el mayordomo y su amigo Montnoire y me pidió que cuidara de usted. Déjeme ayudarla.

—Oh Melissa gracias por decirme estas cosas, es que tuve tanto miedo... no debí quedarme aquí y...

Aún sentía vergüenza de que su doncella y los demás criados se enteraran que había pasado la noche con el marqués, había perdido la cabeza, se había dejado llevar como una moza ardiente ansiosa de copular con su enamorado en los bosques.

Ella era una dama, jamás debió ser tan imprudente y alocada...

se había arriesgado demasiado entregándose por amor al marqués, pero ya era tarde para lamentarse y lo sabía.

Melissa la ayudó en todo lo que pudo, le preparó un baño y le llevó una tisana para calmar su dolor de cabeza.

Y luego quitó las sábanas manchadas con mucha discreción y dejó la cama casi como nueva.

Todo estaba arreglado y Angelyn comenzó a sentirse mejor, más calmada.

De pronto notó que su doncella la miraba pensativa.

—Lo siento mademoiselle, quise decirle anoche pero no me atreví... Pero cuando él la invitó a sus aposentos sospeché lo que ocurriría—confesó de pronto Melissa.

La joven la miró sin ocultar su sorpresa.

—¿Pero ¿cómo podías sospechar que pasaría esto? No fue tu culpa ni tampoco... te habría creído si me hubieras dicho algo.

—Señorita, tarde o temprano pasaría... El marqués está loco de amor por usted, nunca dejó de buscarla, de seguir sus pasos y la miraba con tanto amor...

Monsieur de Ferbes no iba a dejar que escapara ni que fuera la esposa de otro hombre.

La quería para él y no tema porque no la dejará ir.

Creo que la ama con locura no dude de eso, él la adora mademoiselle y los criados dicen que nunca estuvo tan interesado en una dama como en usted, jamás...

ni en su esposa ni antes de casarse con ella.

Angelyn se emocionó al oír eso, no podía creerlo y de pronto tuvo sus dudas.

–¿Tú lo crees?

–Por supuesto que sí, mademoiselle. Créame porque es cierto. Es algo difícil para nosotros los criados de este castillo no tener ojos y ver cosas. Sabemos demasiado y eso es inconveniente a veces... pero hemos sido muy discretos y jamás dijimos una palabra de esto a nadie, se lo aseguro.

—Melissa, ¿entonces todos saben que pasé la noche aquí? —dijo la jovencita mortificada.

—No piense eso, todos la quieren y respetan señorita, usted es amable y no es arrogante, jamás ha ofendido a nadie.

Los criados somos muy leales con el marqués, mademoiselle y queremos su felicidad y él necesita una esposa bonita y fuerte como usted que le dé hijos.

Si usted lo ama mademoiselle, si le da hijos él será muy feliz.

No debe sentirse mal por lo que pasó, él no es un hombre malvado, cumplirá como todo un caballero y la hará su esposa.

Angelyn se sintió más reconfortada luego de oír sus palabras.

—¿El marqués te dijo que me mudara aquí?

—Sí, lo hizo. Me pidió que trajera su ropa señorita, dijo que aquí estaría más cómoda porque es su prometida ahora y pronto serán marido y mujer y...

La joven observó los candelabros de la habitación apagados y los muebles que apenas había visto anoche y pensó que ya eran marido y mujer, pero todavía no estaban casados.

Cuando lo vio llegar para el almuerzo tembló, no pudo evitarlo.

—Buenos días, Angelyn—la saludó él y se aceró para besar sus labios. Lo hizo y luego la tomó entre sus brazos.

—¿Ya se os pasó el dolor de cabeza, ángel? —quiso saber.

—¿Cómo lo supo, Monsieur?

—Os vi hace un rato, pero llorabas y preferí dejaros conversar con Melissa, sabía que os sentiríais así.

Pero quiero deciros que nada debe angustiaros ahora, nos casaremos en una semana en la capilla.

Debo reunir tres testigos y unos pocos invitados por respeto a mi esposa que murió...

no habrá festejos y será todo muy discreto.

—Lo entiendo, Monsieur.

—Y no habrá visitas esta semana así que puedes dar un paseo si deseas.

—Hoy no puedo, todavía me duele un poco la cabeza, creo que bebí demasiado vino anoche.

Él sonrió.

—Lo lamento preciosa...

La joven tembló al sentir su mirada, parecía disculparse por lo que había pasado anoche, pero eso no había sido exactamente su culpa.

—No diga eso, por favor—murmuró.

Él tomó sus manos y las besó.

—Es usted tan dulce, tan buena mademoiselle. Pero no merezco su perdón, lo que hice no estuvo bien. No me porté como un caballero sino como un bandido y le pido perdón. Y le aseguro que enmendaré el daño que le he causado lo antes posible.

Parecía arrepentido y atormentado por lo que había hecho y Angelyn también se sentía algo mortificada por haber cedido a sus deseos.

Casi habría preferido encerrarse en su habitación y no dirigirle la palabra hasta que cumpliera su promesa de casarse con ella, pero no quiso hacerlo.

Le ocurría lo contrario: quería quedarse a su lado, aunque sucumbiera a la tentación una vez más.

Pero esa noche él durmió en el vestidor, se alejó discretamente luego de desearle un descanso reparador. Ella se sintió aliviada, esa noche no quería que volviera a pasar, no hasta que tuviera un anillo en su dedo, ya le había dado la prueba de amor que le había pedido. Ahora debería esperar.