Una esposa para el conde malvado 11 #4
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Angelyn lo abrazó con fuerza, tendió sus brazos y gimió al sentir que entraba en su cuerpo.

No pensó que sería tan doloroso y que sentiría mareada y colmada con esa inmensidad en su vientre...

su sexo virgen opuso resistencia y no fue sencillo para su amante introducir su miembro por completo, pero lo hizo, lo hizo con mucha suavidad y delicadeza mientras intentaba consolarla porque le dolía...

—Es tu virtud preciosa, es por eso por lo que te duele ahora pero ya pasará y lo disfrutarás... no tengas miedo, el dolor pasará... sólo no te resistas ni te muevas o te dolerá más, deja que yo lo haga.

Y tras decir eso cayó sobre ella para penetrarla en profundidad, notó que su miembro inmenso entraba por completo en su vientre y se acoplaba a ella desvirgándola por completo, provocándole un dolor más intenso mientras se movía en su interior.

Ella obedeció y se quedó quieta mientras él la consolaba con palabras dulces al oído y volvía a besarla, a llenarla con su lengua y su miembro hambriento, hambriento de ella... era maravilloso y extraño.

El dolor se esfumó y comenzó a sentir que era su mujer y le pertenecía, era suya... como si fuera su esposa y esa su noche de bodas.

Y de pronto su roce se hizo más fuerte y se detuvo, se detuvo para llenarla con su simiente y eso le dio tanto placer que la apretó contra la cama para vaciar en su vientre hasta la última gota mientras la besaba y gemía a la vez.

—Fue maravilloso preciosa, ven aquí... no llores ahora por favor.

Ella secó sus lágrimas, confundida.

—Es que no debió ser así... debió convertirme en su esposa primero Monsieur—dijo Angelyn confundida y asustada por lo que había hecho, por lo que acababa de pasar en esa cama.

Pero lo había disfrutado como una gata en celo y eso la atormentaba, ¿qué pensaría de ella ahora? ¿Se casaría con una mujer que se había entregado a él de esa forma, sin oponer la debida resistencia?

—Lo siento ángel, sé que debí esperar que no tuviera derecho a pedirte una prueba de amor—le respondió él arrepentido—Perdóname por hacerte esto por favor, sé que no debió pasar, pero no pude evitarlo...

tú despiertas en mí un deseo abrumador. Y hace tanto que esperaba una palabra, un gesto de que mi corazón tenía esperanzas...

Angelyn pensó que era el fin y se incorporó, quiso vestirse, pero entonces vio la sábana blanca manchada de sangre y se sonrojó. Era la prueba de su virtud y los criados la verían a la mañana siguiente y sabrían lo que había pasado.

Se sintió mal entonces al pensar que no podría casarse y que tal vez pudiera quedar embarazada del marqués.

¿Y si luego él no cumplía su promesa? Tuvo ganas de correr, pero el marqués al verla atormentada la abrazó y no dejó que se vistiera ni que se marchara, la retuvo entre sus brazos y con sus besos.

—No temas ángel, me has dado la prueba de amor que tanto deseaba y cumpliré mi promesa, lo haré—le dijo el marqués y la llevó de regreso al lecho para abrazarla y consolarla.

No imaginó que luego querría hacerle el amor otra vez, que con besos y caricias la convencería de ser suya de nuevo y que ella cedería a sus súplicas y lo disfrutaría mucho más que su primera vez.

Que lo abrazaría y se quedarían abrazados, gozando cada instante de esa cópula ahora que sabía cómo era y ya no sentía dolor alguno, sólo un deseo ardiente y desesperado.

No, jamás habría imaginado que lo que debía ser última cena juntos se convertiría en una noche de amor y lujuria, de haberlo sabido...Pero no era su esposa, él acababa en convertirla en su mujer, en su amante y eso no estaba bien, no era correcto...

Y cuando todo terminó él la tenía entre sus brazos y la miraba con tanta intensidad, con tanto amor.

—No, no os vayáis por favor...—le pidió al ver que quería irse.

—Pero debo regresar... o notarán mi ausencia—le respondió ella.

—Esa ya no será vuestra habitación ángel, ahora sois mi prometida y pronto nos casaremos... pero debemos hacerlo en secreto.

—¿En secreto? —repitió ella sorprendida.

—Sí... hablaré con el padre Anselmo, le pediré que nos case aquí en privado. Soy viudo, preciosa, no hace un año que falleció Delphine y no puedo casarme todavía y hacer una fiesta, ¿comprendes?

—Pero los criados me verán aquí y pensarán que...

—No importa lo que digan, preciosa, deja de preocuparte por eso. Acabas de entregarme el tesoro más preciado de una mujer: tu virtud y también tu corazón esta noche y no quiero que me dejes ahora, eres mi mujer, lo eres y pronto serás mi esposa. Lo serás, lo prometo.

Un beso arrebatado selló su promesa, un beso y un abrazo muy apretado.

Y para recordarle que era suya la tendió en la cama y le introdujo su miembro grueso, y ella gimió estremecida avergonzada de quisiera hacerlo otra vez, de que pudiera disfrutar en sus brazos como nunca había imaginado.

Extendió sus brazos y suspiró deseando que esa noche tan especial jamás llegara a su fin.

La amaba, se lo había dicho entre susurros, la había amado en el instante en que llegó al castillo y desde entonces había deseado que fuera su esposa.