11 #3
—Usted lo sabe... siempre lo ha sabido. Pretende entregarme a un hombre porque cree que saldará una deuda de honor. Pero no es necesario que lo haga, no quiero que lo haga—protestó.
El caballero se puso muy serio al ver que lloraba.
—Lo siento, creo que debo regresar a mi habitación señor marqués, debo hacerlo—dijo ella y se incorporó, no quería que viera lo triste que estaba.
—Aguarde por favor, no se vaya mademoiselle Angelyn, se lo ruego.
La joven se detuvo y lo miró, sus ojos parecían a decirle a gritos algo que largo tiempo había callado, ¿pero sería verdad o lo estaba imaginando?
¿Acaso sentía algo por ella por eso desde su llegada no había dejado de mirarla?
Y luego había sido tan atento... pero tal vez eso no significaba nada más que simple cortesía de caballero.
—¿Por qué quiere que me quede, señor marqués? —le preguntó con las mejillas encendidas.
—Porque quiero que me diga la verdad. Quiero saber qué es lo que tanto la atormenta, señorita Angelyn. Sólo eso. No le haré más preguntas y respetaré su deseo de marcharse.
La joven no dijo una palabra, ¿cómo podía responder al caballero? No se sentía capaz.
—Dijo que yo lo sabía, pero si no me lo dice claramente nunca lo sabré con certeza, sólo tengo sospechas de lo que tanto la atormenta.
—Entonces es mejor que sólo sean sospechas, Monsieur de Ferbes. Ahora le ruego que me disculpe, pero debo irme—replicó y abandonó la sala comedora con rapidez.
Nada la detendría, había hablado demasiado y de pronto comprendía que se había ilusionado como una tonta, él no tenía interés en ella.
Además, los unía cierto parentesco frustrado y el deseo suyo de enmendar el mal que le había hecho su hermano.
Había dicho claramente que no creía en una boda por amor, ni le interesaba tampoco.
No era una joven de su clase social, era hija de un conde empobrecido y siempre la vería como la joven huérfana que su hermano había rechazado y eso era algo que deseaba olvidar.
—Mademoiselle de Poitiers, regrese aquí, por favor—al oír su voz se detuvo y lo miró, pues él le había cerrado el paso al llegar a la puerta y le sorprendió verlo enojado, casi furioso mientras le pedía que se quedara.
Ella se detuvo en seco y secó sus lágrimas, incapaz de hablar o decir palabra. El marqués quería saber qué rayos le pasaba y desesperado la tomó entre sus brazos para que no pudiera escapar.
—Por favor mademoiselle, dígame la verdad. Ponga fin al tormento que corroe mi alma desde que la vi por primera vez, sólo dilo ángel. ¿Acaso siente algo por mí?
Angelyn estaba temblando, su corazón latía enloquecido, por primera vez estaba en sus brazos y lo tenía tan cerca...
pero sólo pudo asentir en silencio, sin dejar de mirarle y él la apretó un poco más contra su pecho mirándole de esa forma tan abrumadora.
Pero sabía que si el marqués decía algo o la rechazaba su corazón se rompería en mil pedazos.
—¿Usted me ama, mademoiselle? ¿Por eso no puede ser la esposa de otro hombre? —dijo él. Todavía dudaba, no podía creerlo.
—Sí, lo amo, pero no quiero su lástima... no me mire así.
Él sonrió.
—¿Cree que siento lástima por usted, ángel? Sólo he querido hacer lo correcto mademoiselle, ayudarla luego de que mi hermano hizo lo que hizo, pero no insistiré en eso. Si realmente me ama no se vaya de Saint Auxerre, por favor. Yo necesito una esposa hermosa y dulce como usted.
¿Necesitaba una esposa? ¿Quería que fuera su esposa?
—Pero usted dijo que no quería casarse, lo dijo hace un rato. No comprendo por qué me dice eso.
Él la empujó suavemente más allá del comedor, la hizo retroceder palmo a palmo sin que pudiera evitarlo. Su mirada la hechizaba y también el anhelo de ser amada por él.
—Es que me pasa lo mismo que a usted señorita Angelyn, no quiero buscarme una esposa, la quiero a usted como mi mujer, mi amante, mi esposa...
y lo desee desde el primer instante en que llegó al castillo para casarse con mi hermano.
Desee que fuera usted mi esposa y no Delphine...
Mi esposa jamás fue buena conmigo, era una niña consentida y malhumorada y yo quería una joven tierna que fuera mi compañera y cómplice, con quien compartir momentos de amor y soledad.
Una esposa dulce como sólo usted podría serlo.
Angelyn lloró de felicidad al oír eso y casi sin darse cuenta comprendió que estaban en su habitación y no era correcto estar allí.
—Si me amaba ¿por qué jamás me lo hizo saber, por qué evitaba mi compañía y también, señor marqués? —le preguntó con un hilo de voz.
—Estaba casado entonces ángel, no podía dejar que todos lo notaran, mi esposa sufría de celos enfermizos y en un momento temí que ella te hiciera daño.
Tuvo celos de ti desde el principio y no la culpo de ello, porque todos notaron que erais dulce y hermosa y yo no podía dejar de miraros...
y cuando pasaban días sin que pudiera veros os espiaba como un fantasma.
Yo era el fantasma que te acechaba me gustaba veros dormida, veros bordar esas flores en vuestra habitación...
tan dulce y femenina, adoraba cada gesto, cada suspiro que salían de vuestros labios y supe que un día seríais mía Angelyn, lo supe entonces y lo sé ahora...
–dijo mirándola con tanto amor y desesperación.
Y para sellar su promesa le dio un beso ardiente y apasionando, tomó su boca y besó sus labios con pasión arrastrándola a la cama, lo hizo y fue tan rápido que cuando quiso darse cuenta ya estaba allí.
Pero no podía estar en su recámara, no podía entregarse a él, no era su marido ni siquiera su prometido.
—No puedo estar aquí, por favor... debo regresar a mi habitación Monsieur—dijo Angelyn desesperada.
Pero él no la dejó ir y su respuesta fue un beso ardiente y apasionado que despertó su deseo de forma feroz, ese deseo largo tiempo dormido.
—No temas mi ángel, luego nos casaremos, te lo prometo... te haré mi esposa si me aceptas—le dijo mientras la besaba y le quitaba el vestido lentamente.
Angelyn lo miró atontada, se moría por ser suya, lo deseaba tanto ¿pero y si luego no se casaba con ella?
El hermoso vestido azul cayó al piso y ella se quedó con ese vestido ligero y transparente pegado al cuerpo, marcando cada línea de su cuerpo delgado, pero con suaves redondeces.
El marqués detuvo sólo para mirarla y deleitarse con su belleza.
—Oh, sois tan hermosa Angelyn, tan suave y hermosa—le dijo y se quitó el chaleco de terciopelo y su camisa y ella lo miró algo asustada por lo que iba a pasar.
—Monsieur, no podemos, no es correcto... por favor—dijo ella luchando por el deseo ardiente que consumía todo su ser. Deseaba tanto ser suya, su amante y descubrir las delicias del amor.
El marqués la retuvo de nuevo entre sus brazos.
—Si realmente me amáis pequeña debéis darme una prueba...
jamás os obligaría a que fuerais mi esposa, jamás podría hacerlo, aunque muriera de ganas...
Pero esta será nuestra noche de bodas. Luego cumpliré mi promesa y te haré mi esposa y nos casaremos, sabes que no sueño con otra cosa, preciosa. Os doy mi palabra...
Angelyn tembló cuando la tendió en la cama y le quitó el vestido dejándola medio desnuda lista para ser su mujer. Su noche de bodas antes de la boda... jamás pensó que ocurriría, pero él le había prometido que luego se casarían...
Tembló al sentir su boca hambrienta prenderse de sus pechos mientras sus manos acariciaban su cuerpo muy lentamente y con mucha suavidad. Quería ser suya, un deseo salvaje la envolvió como un demonio y sentirle en su interior se convirtió en un desesperado anhelo.
—Sois tan hermosa Angelyn, tan bella y dulce...
—dijo él y le dio un beso apasionado cayendo sobre ella en gesto posesivo.
Iba a tomarla, iba a hacerla suya, podía sentir su fuerza y su virilidad inmensa tocando su monte con suavidad, sin dejar de llenarla con sus besos, de abrazarla con tanta fuerza que habría sido imposible escapar.
Por momentos quiso huir, no podía entenderlo, estaba tan excitada como confundida, todo era nuevo para ella...
—Preciosa, no temas... todo estará bien, lo prometo, ven aquí...—le dijo él al oído.