11 #2
—Oh señorita, se ve tan hermosa... ese vestido le sienta de maravillas y...
Melissa quiso decir algo más, notó que se ponía seria, pero luego cambió de parecer.
—¿Qué tienes, Melissa? Pareces algo preocupada. ¿Acaso ocurrió algo y no deseas decirme?
Ella lo negó con un gesto.
—No ha ocurrido nada señorita... Es que... Oh, no es nada, no me haga caso, por favor.
Angelyn no le dio importancia y se miró en el espejo y suspiró.
El vestido azul era tan hermoso y resaltaba su piel muy blanca y su cabello rubio, le daba un brillo especial.
Se pavoneó como una chiquilla mientras su doncella la peinaba paciente y recogía su cabello en un moño, dejando unos bucles en las sienes como estaba tan de moda entre las damas de alta sociedad.
El resultado fue maravilloso.
—Oh gracias, Melissa, eres estupenda. Has sido tan buena conmigo–dijo.
La doncella se ruborizó.
—No diga eso, mademoiselle... por qué...
—Creo que voy a echarte de menos cuando me vaya, Melissa, voy a extrañar el castillo y...
Sus palabras sorprendieron a la doncella.
—¿Entonces aún piensa en marcharse? No lo haga señorita, por favor. Quédese. El castillo es su hogar—le respondió.
—Es que no lo sé, no sé si me quedaré.
—Bueno, no piense en cosas tristes ahora mademoiselle, el marqués la espera para cenar–le recordó Melissa.
—Sí, por eso decidí estrenar este vestido tan hermoso pues temo que luego no tendré otra oportunidad—declaró la jovencita con cierto pesar.
—Ya es hora mademoiselle, venga, la acompañaré hasta los aposentos del marqués.
Angelyn siguió a su fiel doncella y se encaminó muy animada rumbo a los aposentos del marqués, sintiendo que flotaba en una nube.
Se preguntó qué diría el marqués cuando la viera tan ricamente ataviada, nunca había tenido un vestido tan hermoso.
Nunca se había visto tan bella en el espejo como esa noche.
—Por aquí, mademoiselle—le avisó otra criada encargada de escoltarla hasta el ala sur.
La joven la siguió y cuando entró en los aposentos suspiró.
Era un recinto lleno de lujosos muebles en rojo y dorado y parecía como una casa en miniatura, tenía todo a su alcance: una pequeña sala de vestir, sala de música, un vestíbulo de recepción y un pequeño comedor donde aguardaba su anfitrión.
No sabía dónde estarían sus aposentos, pero dedujo que debieron cerrarse a la vista de los intrusos.
Cuando se incorporó para saludarla notó su mirada y supo que había escogido el vestido correcto.
—Buenas noches mademoiselle Angelyn, se ve usted bellísima. Por favor, permítame...
El caballero le acercó una silla alta con tapizado rojo y Angelyn le dio las gracias y sus miradas se encontraron y ella bajó la suya, ruborizada.
Entonces él le habló de su viaje a París para animarla mientras esperaban la llegada de más invitados.
—Tengo algunos negocios en París, mademoiselle por eso debí partir de forma tan inesperada—le confesó.
Sin embargo, dijo que no asistió más que a dos veladas musicales y a una función de teatro.
—Tuve demasiados compromisos y sólo me quedaría una semana, quise aprovechar el tiempo conversando con mis socios. La vida social de París es muy intensa.
Angelyn pesó que París era una ciudad increíble, tan llena de diversiones, las veladas musicales, las tertulias, las fiestas eran esplendorosas.
Mientras conversaban se presentaron los sirvientes con la cena comprendió que cenarían solos.
—¿Sorprendida, mademoiselle? —preguntó el marqués.
Ella se ruborizó al sentir su mirada intensa, esa mirada la había sentido desde su llegada a Saint Auxerre.
—Sí... esperaba que llegaran más invitados, Monsieur.
El caballero se puso serio.
—No habrá invitados esta noche, mademoiselle, sólo usted y yo, y me siento complacido de que así sea. En esos momentos no deseo recibir, lo sabe, prefiero una charla sincera y privada en mis aposentos—le respondió.
Angelyn sonrió y se emocionó al pensar que era la primera vez que cenaban y conversaban a solas pues en el pasado y en vida de su esposa rara vez la invitaban a participar de los eventos del castillo y luego,
cuando fueron asolados por la temible gripe debió quedarse encerrada en sus habitaciones durante semanas.
Comieron en silencio y la joven probó ese vino del castillo por primera vez por insistencia de su anfitrión.
—Es delicioso ¿no lo cree, mademoiselle?
—Si... se parece al que mi padre tenía en su bodega Monsieur marqués.
Él enarcó una ceja, sorprendido.
—¿De veras? Vaya pensé que nuestro vino era único en este país.
He comenzado a venderlo, algo que mi padre no habría aprobado por supuesto, pero corren tiempos difíciles y nuestra clase ha tenido que sobrevivir probando el negocio del vino entre otros.
Por eso viajé hace una semana a París. Tengo negocios allí que están prosperando.
Ella lo miró con atención.
—¿Entonces no fue a buscar esposa, Monsieur?
Era una pregunta impertinente, pero esa noche se sentía desafiante ante la perspectiva de que tuviera que marcharse en unos días o tal vez el vino comenzaba a hacer efecto. Quería saber simplemente cuándo iba a casarse de nuevo.
El marqués pareció sorprendido por la pregunta.
—¿Cree que puedo encontrar una esposa en París como si fuera al mercado, señorita? ¿En una tienda de almacenes?
—Oh no quise ofenderle Monsieur, por favor discúlpeme.
—Bueno, al parecer le preocupa mucho ese asunto... ¿quiere saber cuándo volveré a casarme? Pues en realidad creo que seré más cauto ahora que no debo casarme para complacer a nadie.
Angelyn lo miró sorprendida.
—Quisiera una esposa dulce y compañera, que se entregue a mí sin reservas. No una niña mimada o una fría hija de caballero. ¿Y usted señorita, por qué no aceptó las atenciones de mi primo? ¿Tanto le desagradaba? Supe que le había pedido matrimonio.
—Es verdad, pero no sentí inclinación a aceptarle... Luego de ser plantada por su hermano creo que... no deseo casarme todavía Monsieur, es muy reciente. No me agrada que tengan lástima de mí o se vean obligados por usted a cortejarme.
El marqués sonrió al oír eso.
—No fue así mademoiselle, mi primo Antoine realmente quedó deslumbrado por su belleza y dulzura y se fue algo apenado del castillo.
Por supuesto que no estaba en él persuadirla de que se viera obligada a aceptarlo, pero...
No lo hacía por obligación se lo aseguro, él realmente necesitaba una esposa y pensó que usted era la adecuada.
Angelyn se sonrojó al sentir su mirada y nerviosa casi bebió una copa entera de vino tinto, estaba muy nerviosa por el giro de esa conversación.
—El pobre quedó prendado de su belleza nada más llegar al castillo y él no necesita sentir pena ni ser obligado por nadie, realmente quería convertirla en su esposa. Jamás obligaría a nadie a casarse en mi castillo.
—Pero usted dijo que me buscaría un esposo–le recordó la joven.
—Por supuesto, es mi deber luego del lamentable proceder de mi hermano, intentar encontrarle un marido, mademoiselle.
—No fue su culpa, señor marqués, no debe sentirse culpable de ello. Creo que todo fue planeado desde hace muchos años y su hermano no quiso verse obligado a una boda. Además, he oído que las bodas concertadas han pasado de moda y que en París los jóvenes se casan por razones románticas.
Sus palabras lo horrorizaron.
—Oh non mademoiselle, esto no fue planeado.
Mi hermano fue seducido por una mujercita hábil y pretenciosa...
suele ocurrir. Algunos hombres sucumben a los artificios de una dama astuta.
Pero él jamás se habría negado a cumplir su palabra, se lo aseguro, pero lo hizo y no lo puedo cambiar, sólo intentar remediarlo.
Y en cuanto a lo otro pues... sí, he oído que algunas damiselas son engatusadas por promesas de amor, no siempre el asunto termina en boda me temo.
¿Una boda romántica? Ni siquiera la espero, pero me agradaría, tal vez sí... no lo niego.
Angelyn lo miró, atormentada y triste por lo que esas palabras significaban, ella sí soñaba con una boda por amor, soñaba con amar y ser amada por su marido, por tener un entendimiento especial, un sentimiento profundo.
—¿Y usted, mademoiselle? ¿Sueña con una boda romántica? —le preguntó él como si leyera sus pensamientos.
—Lo soñaba sí... pero la vida no está hecha de sueños, Monsieur.
Él permaneció pensativo un momento.
—¿Y cuando regrese junto a su madre, ¿qué hará entonces?
—Buscarme una colocación Monsieur, mi padre nos dejó muy poco dinero y necesitaré ayudarla.
—¿Entonces espera trabajar en el futuro?
—Sí... mi tía me dijo hace tiempo que podría ser dama de compañía de una anciana, que es mejor que ser institutriz o gobernanta.
—¿Y eso es mejor que ser la esposa de un caballero, señorita? ¿Tanto aborrece el matrimonio? ¿Acaso todavía siente amargura por lo que mi hermano le hizo?
—Eso no es verdad, señor marqués. Puedo comprender que su hermano se enamorara y quisiera casarse con la joven que amaba, eso es muy humano y romántico. Al comienzo no niego que me sentí triste y desilusionada pero ahora comprendo que no fue mi culpa, él ni siquiera me conocía y...
—Pues mi hermano es un tonto, señorita, tuvo la oportunidad de desposar a una joven hermosa y buena como usted y la despreció, además desobedeció la voluntad de mi padre.
Es evidente que eso la afectó a usted y ahora piensa tal vez que los hombres somos egoístas y crueles o que el matrimonio no es para usted.
—Yo no pienso eso, Monsieur. ¿Pero de qué sirve acariciar imposibles, soñar con bodas por amor cuando no hay esperanzas para mí? ¿Cree que podría aceptar a un desconocido sólo porque ese caballero me dará un hogar y una vida acomodada?
—¿Entonces sí hay una razón para su rebeldía, mademoiselle? La hay.
—No es rebeldía, no lo hago por rebeldía.
—Pero pudo estar ahora comprometida con mi primo y todos sus problemas se habrían solucionado y sin embargo dijo que no.
Ella lo miró con los ojos empañados, acababa de beberse la copa entera y se sentía triste y desesperada.