Una esposa para el conde malvado 11
72%

11

SIGUIERON DÍAS MONÓTONOS, grises y ventosos. El comienzo de la primavera no podía ser más desafortunado.

Era extraño, llevaba más de cuatro meses viviendo allí y se sentía como en casa. Como si el castillo fuera su hogar. Pero no lo era y debía insistir para que la dejaran regresar a Lille. Lo habría hecho, pero luego pensó que sería una descortesía no poder despedirse del marqués. Quería hacerlo.

O tal vez quería volver a verle luego de partir.

Acaba de leer el último libro que le había recomendado y se sentía triste y vacía sin él.

Lo echaba tanto de menos... no había día que no pensara en el marqués, en recordar esos momentos...

Cielos, había llegado para casarse con su hermano, pero las cosas no habían salido como esperaba, jamás imaginó que nada más llegar él la miraría de esa forma y sería tan gentil, tan atento con ella...

Angelyn se sonrojó al pensar en sus miradas, al recordar sus conversaciones. ¿Por qué negarlo? Había ocurrido sin que se diera cuenta y ahora lo sabía con certeza, pero también sabía que no había esperanzas... y que era mejor que olvidara ese asunto y se marchara cuanto antes del castillo.

Y a pesar de saber lo que le pasaba y de sufrir en silencio sólo quería verle una última vez antes de marcharse.

Sus días eran tan tristes y vacíos sin él.

Ya ni siquiera tenía ánimo para leer o para bordar, daba vueltas en su habitación o salía a dar paseos en las mañanas aguardando su regreso con ansiedad.

Día tras día esperaba que su doncella le avisara que el marqués había llegado de su viaje.

Hasta que una tarde en la que se encontraba bordando, pensando en él escuchó unos pasos muy suaves en su habitación y luego ese perfume de madera y sándalo que tanto conocía.

¡El fantasma! De nuevo estaba allí, podía sentir su presencia y de los nervios se le cayó el bordado al piso.

No podía ser... pero probaría que sí había un fantasma. Esta vez no escaparía.

Sólo que debía ser sigilosa si quería atraparlo in fraganti. Mejor sería andarse con cuidado...

Se acercó con sigilo, sin hacer ruido, dio pequeños pasos hasta llegar a la sala de vestir. Era demasiada casualidad que volviera a ocurrir, ¿acaso alguien escuchó su conversación con la doncella? No, no era un invento, allí había un fantasma y lo descubriría.

¡Esta vez descubriría su identidad!

Se dijo eso mientras avanzaba temblando, porque sabía que se enfrentaría al fantasma, que al fin descubriría quien era y guiada por ese impulso tomó coraje y entró con el candelabro en la mano para iluminar la penumbra de la habitación.

Cuando lo vio allí parado se detuvo en seco. Quiso gritar, pero ni un grito salió de sus labios porque la alegría de verle la inundó de felicidad.

—Monsieur de Ferbes, usted... ha regresado—murmuró.

Él sonrió sin dejar de mirarla.

—Así es, vine hace un momento y quise verla mademoiselle.

No era sencillo acusarle de ser el fantasma, su mente era un torbellino en esos momentos y emociones intensas la aturdían casi por completo.

Él se quedó dónde estaba sin dejar de mirarla.

—¿Me ha echado de menos, señorita? Parece algo asustada. Disculpé, no quise aparecer así pero siempre me ha agrado verla bordad—le confesó.

Angelyn se detuvo en seco.

—¿Entonces era usted Monsieur? ¿Usted era el fantasma?

Debía hacer esa pregunta, debía hacerlo o jamás descubriría la verdad. Era algo arriesgado, nunca supo de dónde sacó coraje para decirle eso al caballero de Ferbes, pero debió ser la desesperación por develar ese misterio seguramente.

El marqués la miró con una media sonrisa, nada inquieto por sus acusaciones de ser el fantasma que había estado merodeando en su habitación.

—No comprendo lo que dice mademoiselle, ¿podría explicarse un poco más? —le respondió con mucha calma, fingiendo cierta sorpresa, pero no parecía muy sorprendido, a decir verdad, como si espiarla en su habitación fuera lo más normal del mundo.

Ella se sonrojó incómoda. No le diría que era él por supuesto, pero ahora sabía que ese era su perfume y también sus pasos, su presencia, era el marqués de Ferbes el misterioso fantasma. Y no necesitaba decírselo, acababa de atraparle, de pillarle in fraganti.

Pero él seguía fingiendo que no sabía nada del asunto por supuesto, esperaba una respuesta así que le habló del fantasma.

—¿Un fantasma? Bueno, en realidad he oído que hay varios fantasmas aquí, hay uno que siempre aparece en primavera. La llaman la dama de las rosas creo y la han visto en los jardines. Dicen que fue la esposa encerrada por un ancestro mío porque estaba loca y ...

Angelyn escuchó la historia impaciente, al diablo con los fantasmas verdaderos del castillo, a ella sólo le interesaba su fantasma y lo tenía frente a sus narices. ¿Acaso el marqués seguiría negándole que era él, el fantasma que había estado acechándola casi desde su llegada al castillo?

—Pero no hay fantasmas en este piso mademoiselle, puede estar tranquila que no se trataba de un fantasma. Es que quería verla y entré por la habitación auxiliar—dijo—Lamento haberla asustado. Por favor, acompáñeme a mis aposentos, le he traído un presente de París.

¿Un presente?

Angelyn lo siguió a cierta distancia luego de dejar el candelabro en la habitación de aseo.

Su corazón palpitaba feliz de volver a verle, había regresado, estaba allí...

lo siguió caminando a su lado sintiendo que flotaba en una nube, sintiendo que a pesar del susto que le había dado todo parecía un sueño.

Era la primera vez que entraba en sus habitaciones y pensó que no era correcto y sin embargo él la había invitado porque tenía un obsequio para ella, eso dijo.

Cuando llegaron a las habitaciones del marqués vio los muebles rojos y dorados tembló, todo el mobiliario era tan hermoso y lujoso, era como una pequeña casa dentro del castillo, con salas de recepción, un comedor y más allá estaban sus aposentos.

Por nada del mundo habría entrado en un lugar tan privado.

Se quedó en la sala aguardando que el marqués regresara, expectante.

Él no tardó mucho, apareció poco después con unas cajas plateadas con cintas y...

–Aquí están, son para usted, mademoiselle. Se ajustan en el corsé. Por favor, ábralos y dígame si son de su agrado. La modista puede hacer arreglos luego.

Cuando Angelyn abrió las cajas no lo pudo creer, eran vestidos nuevos, hermosos, con bordados y uno de ellos era de terciopelo azul con corsé bordado con piedras preciosas. Oh, nunca había tenido vestidos tan hermosos en su vida, pero... De pronto comprendió que era demasiado costoso para ella.

—Monsieur son muy hermosos, sí, y le agradezco que tuviera este gesto, pero temo que no puedo aceptar un presente tan costoso—dijo mirándole a los ojos.

—Por favor, no diga eso mademoiselle, es sólo un obsequio. No lo rechace. Quisiera dar una fiesta en unos meses, ahora es muy pronto. Una pequeña reunión y creo que necesitará un vestido nuevo para estrenar. Los otros son vestidos de media tarde, no son lujosos. Sólo uno lo es.

Ella lo miró sin ocultar la tristeza que esas palabras le provocaban. ¿Para qué quería un vestido si entonces ya no estaría en el castillo?

—Por favor, acepte estos presentes mademoiselle y acepte mi invitación a cenar aquí en mis aposentos esta noche.

Angelyn se sonrojó al sentir su mirada. ¿Cenar en sus aposentos? Sólo la marquesa tenía ese honor.

—Es que no quiero cenar solo y hoy no habrá invitados—le explicó él—espero que no le incomode.

—OH no, no me incomoda, gracias por la invitación, Monsieur de Ferbes.

—Muy bien, la escoltaré hasta su habitación.

Ella aceptó que la acompañara y emprendieron el camino de regreso sin decir más.

¿Por qué lo había hecho? ¿Por qué había estado espiándola todo ese tiempo y ahora le obsequiaba hermosos vestidos para que pudiera asistir a las fiestas dónde él le buscaría un esposo entre sus parientes y amistades?

Cuando se despidió de ella se mostró tan atento, pero tan frío.

La joven regresó a su habitación cabizbaja y llamó a la doncella para que la ayudara con el aseo pues quería estar muy bonita para esa noche pues cenaría con el marqués.

Melissa llegó poco después.

—¿Necesitaba algo mademoiselle? —preguntó.

Ella le sonrió radiante.

—El marqués ha regresado Melissa y me ha invitado a cenar en sus aposentos... mira, me obsequió estos vestidos y quisiera asearme y probármelos.

Los ojos de Melissa expresaron su perplejidad y luego asombro como si pensara que su señor se hubiera vuelto loco.

—No lo sabía—murmuró—aguarde, la ayudaré a arreglar los vestidos en su guardarropa mademoiselle.

Trató de disimular la turbación que sentía, pero Angelyn notó que había algo raro en su doncella y no tardó en preguntarle.

—¿Qué ocurre, Melissa? ¿Por qué estás tan seria? ¿Acaso pasó algo malo?

Su doncella la miró espantada.

—Oh non mademoiselle, nada ha pasado. Sólo estoy sorprendida. No sabía que el marqués había regresado.

Angelyn habría deseado confesarle la verdad, hablar de esa conversación con el marqués con su doncella, pero no lo hizo, no tuvo valor. Estaba bastante triste por ese asunto y si iba a esa cena era porque habría sido descortés hacer lo contrario: sólo por eso.

—Son hermosos los vestidos, señorita—dijo luego su doncella mientras la ayudaba a sumergirse en una bañera de agua caliente y esencias.

La jovencita sonrió con cierta tristeza.

—En realidad no quería aceptar un regalo tan costoso, pero es que necesitaba vestidos nuevos, los míos son tan anticuados y no son apropiados para las cenas del castillo me temo.

El azul era tan hermoso y le quedaba que ni pintado, ¿pero debía estrenarlo esa noche? ¿No sería mejor reservarlo para una fiesta?

Angelyn pensó que no iría a una fiesta porque pronto se marcharía del castillo, así que mejor sería usarlo esa noche pues tal vez no tuviera una oportunidad mejor para hacerlo.

Cuando se vio en el espejo con el cabello recogido en cintas suspiró. Sus mejillas estaban rosadas y sus ojos tenían un brillo especial, al parecer el regreso del marqués la había puesto más bonita.