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—Soy su única posibilidad señorita, por favor, piense con calma en mi proposición. Yo la amo mademoiselle, estoy loco por usted desde que la vi aquí y mi primo dijo que podía cortejarla, él cree que sería buena idea porque no puede quedarse aquí para siempre y lo sabe...
Quiso tomar su mano y hasta le recitó una poesía de una flor que Angelyn no deseó oír.
Fue tan incómodo, tan violento, no quería ser grosera con ese caballero, pero realmente la había ofendido al acusarla de estar enamorada del marqués para empezar y advertirle luego que sólo podría aspirar a ser su amante...
ella jamás sería la amante de un caballero, jamás soportaría una indignidad semejante.
Y furiosa se alejó de los jardines y planeaba regresar a su habitación y encerrarse, se sentía tan humillada y triste.
¿Acaso el marqués sabía que ella lo amaba en silencio?
¿Por qué Antoine le contó esa horrible leyenda del castillo?
No pudo evitar estremecerse al comprender las similitudes de la historia con la suya al llegar a Saint Auxerre, excepto que ella no era inglesa ni tampoco era una bruja que quería seducir al señor del castillo...
Un llamado la distrajo de sus pensamientos, alguien decía su nombre a la distancia y no era ese primo latoso del marqués sino él en persona que le hacía señas de que se acercara.
Tomó las faldas de su vestido y obedeció tratando de contener las lágrimas y disimular, no le fue sencillo por supuesto.
Pero al parecer el marqués debió notar a la distancia que algo malo había pasado entre su primo y ella. Lo notó en sus ojos, apenas se acercó.
—Angelyn ¿qué sucede? ¿Por qué huyes así de Antoine?
Ella no pudo apartar la mirada de esos ojos y tembló, tembló porque su mirada intensa le provocó tal estremecimiento como si hubiera sido alcanzada por un rayo.
—Nada... no ha pasado nada Monsieur. Es tiempo de regresar a mi habitación—fue su evasiva respuesta.
La mirada del marqués se volvió algo colérica.
—¿Acaso mi primo os ha ofendido o fue capaz de decirle algo inapropiado, mademoiselle?
Ella notó que el caballero parecía tan disgustado como sorprendido por la insólita conducta de su pariente.
—No, no me ha ofendido... es que me ha pedido que sea su esposa y creo que no estoy preparada para casarme todavía, Monsieur—replicó la joven, evasiva.
Sus palabras le provocaron alivio, hasta le pareció que suspiraba.
—Bueno, entiendo... no está obligada a aceptar su proposición.
No, no lo estaba por supuesto, pero tampoco quería quedarse en Saint Auxerre y convertirse en la amante del marqués.
Él nunca la convertiría en su esposa, se lo había advertido su doncella y ahora ese joven se lo decía con total crudeza.
El marqués nunca pediría su mano, en el futuro debía escoger a una dama del condado y lo haría para salvar su linaje y porque necesitaba herederos.
Seguramente buscaría a una joven de noble cuna y tentadora dote, hermosa y lozana. Pero ella no sería la elegida.
Pero él no pensaba en eso, sus ojos estaban fijos en ella.
—Mademoiselle, si mi primo tuvo una conducta inadecuada con usted le ruego que me lo diga—dijo de pronto.
—Oh no por supuesto que no.… sólo es que su proposición fue algo inesperada.
No le diría la verdad, la joven había aprendido que en ocasiones era mejor guardar silencio, ya lo decía su tía solterona y tenía razón. Lo que menos quería era una pelea familiar por su causa.
—Bueno, en ese caso le pediré a mi primo que no la importune con sus atenciones nuevamente puesto que ha decidido que no está interesada en él.
Hablaba con tanta frialdad. Por supuesto, él ni siquiera imaginaba la rabia que la carcomía, el deseo espantoso que devoraba sus entrañas y la angustia de no saber qué sería de ella cuando finalmente abandonara el castillo de Saint Auxerre.
—Se lo agradezco, Monsieur—balbuceó intentando controlar sus lágrimas.
El caballero notó que algo le pasaba y se le acercó.
—Mademoiselle, usted está al borde del llanto, algo le pasó no lo niegue. Si fue mi primo que hizo esto...
—No, no fue él... creo que lo mejor será que regrese a mi casa junto a mi madre viuda, señor marqués.
Su mirada cambió, parecía inquieto o asustado, no estaba segura.
—Pero ¿por qué quiere irse ahora, mademoiselle? —preguntó con suavidad—¿Acaso no se siente cómoda aquí?
—No, no es eso, pero... creo que debería regresar a Lille.
Él la miró sin ocultar su asombro y preocupación ante la posibilidad de que se marchara.
—¿Acaso es por causa de mi primo? ¿Hizo algo que la incomodó o alguien de aquí?
Ella lo negó por supuesto.
—Entonces no es feliz aquí, ¿verdad? Por favor, dígame lo que le pasa mademoiselle o no podré ayudarla.
La joven lo miró mortificada, ¿cómo podría decirle la verdad? No podía hacerlo. Y atormentada le dijo que Saint Auxerre no era su verdadero hogar y que debía regresar con su familia. Que su madre la necesitaba. Eso era todo.
Su mirada intensa la hizo temblar y turbada no esperó que le dijera que podía retirarse, ella huyó de los jardines pensando que debía escapar de ese castillo cuanto antes. Antes de que perdiera su inocencia y con ella su única esperanza de tener un marido en el futuro.