Una esposa para el conde malvado 9
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PERO LAS VISITAS CONTINUARON y un grupo de parientes se quedó demasiado tiempo. Su doncella fue quién le contó lo que pasaba una mañana.

—El caballero está molesto, no soporta que ese par tengan planes casamenteros.

Esas palabras no explicaban gran cosa para la joven, al contrario.

—Querida Melissa, no sé de qué me hablas. Por favor, ¿podrías decirme lo que sucede?

—Bueno es que ... las primas del marqués, mademoiselle Guerine y su hermana Rosie no hacen más que estar expectantes como si quisieran... Sólo piensan en coquetear ¿comprende? Creo que ambas se disputan la atención del marqués.

Aquello escandalizó a la jovencita.

—Pero él ha enviudado, ¿cómo pueden tener esas pretensiones?

—Bueno, al parecer ellas no piensan lo mismo. Y no me extraña. Siempre hay damas tratando de acercarse al marqués.

Angelyn se puso roja de rabia, por supuesto, el marqués buscaría una esposa adecuada cuando dejara el luto. Jamás la vería como una dama a su altura... sólo podía aspirar a casarse con un caballero de menor fortuna y eso no debía preocuparla, pero...

—¿Y tú crees que el marqués se casará con una de sus primas cuando llegue el momento?

La doncella pareció dudar.

—No lo creo, son muy feas, aunque he oído que el señor necesita herederos, por eso querrá una esposa apropiada cuando llegue el momento. Su duelo es muy reciente y creo que es de mal gusto hablar de esto mademoiselle, perdóneme.

—Oh sí por supuesto—la joven se sonrojó con intensidad.

Y cuando la doncella se marchó, la jovencita se puso a bordar para matar el tiempo hasta el almuerzo, pues ese día de niebla no podría hacer gran cosa.

Necesitaba distraer los nervios que le provocaba pensar tanto en el marqués y mientras bordaba escuchó pasos, pasos silenciosos en su habitación y tembló.

¡Demonios, era el fantasma, el fantasma de Saint Auxerre había regresado!

No podía ser, pensó que se había ido luego de morir madame Delphine.

¿Qué hacía allí? ¿Y por qué siempre aparecían los días grises, cuando se sentía triste por alguna razón?

Angelyn se incorporó molesta y asustada.

—¿Quién está allí? —preguntó mirando a su alrededor. No estaba de humor para salir a investigar, sólo quería darle a entender al fantasma que estaba harta de sus bromas y lograr así espantarle.

Aguzó el oído sin dejar el bordado y sólo oyó el silencio... pero ese silencio decía a las claras que el fantasma había oído sus preguntas y su respuesta era: callar, como siempre. Esconderse para no ser visto o huir por la puerta.

Pero esta vez no escaparía, estaba cabreada, odiaba que ese fantasma hiciera eso que la espiara y luego se hiciera humo sin dejar un rastro y decidió ir a buscarlo.

Lo haría. Venciendo el terror que sentía avanzó presta hacia la otra habitación pues sabía que no habría otro lugar para encerrarse, pero una vez más encontró la habitación vacía y, sin embargo, diablos, juraría que sintió un perfume en el aire una fragancia que le era familiar.

Conocía ese aroma, pero no podía recordar dónde lo había sentido...

LAS PARIENTAS DEL MARQUÉS se marcharon una semana después y todo pareció volver a la tranquilidad, excepto por cierto caballero que parecía estar interesado en ella.

Se trataba de un primo lejano del señor del castillo, Antoine Reille, pero la jovencita evitaba su compañía y no lo disimulaba.

Cuando su doncella le advirtió de sus intenciones fue que decidió ignorarle.

Y allí estaba el pobre, tratando de buscar su compañía mientras las otras damas presentes se peleaban por llamar su atención. Desde que llegó hacía más de dos semanas la seguía con la mirada totalmente embobado. Sabía que la joven necesitaba un marido, pero su primo dijo que no había prisa.

—Puedes cortejarla si lo deseas, pero ella deberá aceptar tu amistad—le advirtió.

El joven se sintió ilusionado.

—¿Y tú aprobarías que pidiera su mano?

—Bueno, si ella te acepta primero... Sabes que mi hermano cometió la estupidez de hacer lo que hizo y la joven no se siente muy inclinada a casarse me temo.

—Bueno, espero contar con que cambie de parecer.

Pero en esas dos semanas no hubo muchos avances, y cuando su primo le preguntó ese día cómo iban las cosas con su protegida el joven sonrió.

—Es que no estoy muy seguro. Creo que es muy tímida.

—Sí, es una joven muy tímida y reservada. Inmadura. Y.… no creo que esté preparada para casarse.

Saber eso asustó un poco al feliz pretendiente.

—¿De veras?

—Bueno, yo la veo muy joven y no tiene mundo. Es educada y bonita por supuesto, pero ha pasado toda su vida en el convento de las hermanas descalzas. ¿Qué esperabas?

—¿Dices que ha vivido toda su vida en un convento?

—Sí, sus padres la enviaron a un internado de monjas y me temo que a ella no le interesan demasiado las fiestas ni las cosas tan mundanas.

—Pero me confesaste que necesitaba un marido—al caballero se les fue el alma a los pies.

El marqués sonrió.

—Bueno, sí lo necesita por supuesto el problema es que ella desee tenerlo... hay una sutil diferencia.

—¿Entonces crees que no sería una esposa apropiada? Dios mío, no quiero casarme con una monja.

El caballero hizo un gesto de vacilación.

—Debes conversar con ella y ver qué sucede. Sabes que te he dado permiso para cortejarla, si logras que Angelyn se fije en ti... entonces todo irá bien.

—Es que ella pasa mucho tiempo encerrada en su habitación, ni siquiera puedo verla estos días.

—¿De veras? Bueno, te advertí que era tímida—cuando el marqués dijo eso apareció la jovencita y miró a ambos con expresión extraña. La mirada que le dirigió al caballero menor era de espanto.

Ahora no podría escapar. El señor marqués la había llamado y allí debía estar.

—Buenos días, querida niña. ¿Cómo has estado? —la saludó el marqués.

Angelyn se acercó sin ocultar que se sentía algo avergonzada.

—Buenos días, señor marqués. Estoy bien, es muy amable al preguntar.

Luego de decir eso miró de reojo al otro caballero y tuvo que quedarse a conversar con él, no podía ser descortés.

Hacía días que ese joven la perseguía de forma casi literal. No sabía qué había visto en ella, en el castillo había jóvenes más bellas y distinguidas invitadas por el marqués, pero él no les prestaba atención.

—Puedo invitarla a dar un paseo por los jardines, mademoiselle Angelyn, es una mañana espléndida, ¿no lo cree? —dijo el joven Antoine.

—Oh, por supuesto...—replicó ella obligada.

Y lo acompañó a dar ese paseo sin demasiadas ganas, aunque su mal humor se esfumó al notar que el marqués la miraba a distancia y parecía pendiente de su conversación con su primo lejano.

Como si estuviera celoso... eso la animó un poco, ciertamente que estaba muy incómoda viéndose obligada a conversar con ese sujeto, pero luego comenzó a coquetearle un poquito, sólo para ver qué hacía el marqués.

Le divertía que se pusiera celoso y que la siguiera con la mirada.

¿Estaría realmente interesado en casarla con ese palurdo?

Porque ese joven no le llegaba ni a los talones al marqués, y verlos juntos lo había confirmaba.

El aplomo, la mirada, el porte del marqués era inigualable y a su lado, su primo Antoine parecía un simple bufón.

¿Cómo podía pensar en casarse con alguien como él, tan insignificante?

—Mademoiselle, es usted una joven tan encantadora—dijo de repente el primo del marqués.

—Gracias, es muy amable Monsieur Antoine.

—Es usted tan hermosa que creo que ahora puedo entender la locura que hizo el ancestro de mi primo hace mucho tiempo... ¿conoce la historia de la doncella del castillo de Saint Auxerre?

—En realidad nunca me han hablado de esa leyenda.

El joven pareció sorprenderse.

—¿No? ¿De veras? Deje que le cuente... pues hace muchos años, un poco antes de la revolución nefasta vivía aquí el abuelo del actual marqués.

En ese entonces estaba casado con una distinguida, aunque poco agraciada dama de Francia...

Entonces hubo un naufragio en las costas de Saint Auxerre, un barco que venía del norte se estrelló contra la costa y todos fueron a ver si había sobrevivientes.

Al parecer llevaban un importante cargamento de tesoros, sendos cobres de joyas y monedas de oro y mobiliario como si llevaran a una dama a casarse con su prometido, era lo que se estilaba entonces, joyas y mobiliario para la dote, aún se estila en realidad.

Angelyn parpadeó inquieta al sentir la mirada del marqués a la distancia... al parecer él se había acercado despacio intrigado porque estuvieran tanto tiempo conversando y eso la alegró.

—Bueno, como le decía se trataba de un buque mercante que transportaba a una bella dama para casarse, eso comprendieron los criados del marqués y subieron a bordo en busca de la dama casadera y otros sobrevivientes para prestarles auxilio.

Pero el barco estaba seriamente dañado y el agua hizo que muriera gran parte de la tripulación.

—Oh qué tragedia. He oído que estas costas son muy peligrosas.

—Lo son por supuesto. Pero la historia no termina allí, mademoiselle, pues en cubierta encontraron a una joven damisela y a su sirvienta tendidas inconscientes.

Corrieron a auxiliar a la señorita y notaron que se había desmayado y parecía lastimada seguramente por el viraje de la tripulación.

Su fiel sirvienta estaba muerta, tenía un golpe muy feo en la cabeza y se había desangrado.

Sólo la joven sobrevivió al naufragio y la llevaron de inmediato al castillo para intentar salvarle la vida.

—¿Y qué hicieron con los tesoros?

El joven sonrió.

—Los trajeron aquí por supuesto, en esos tiempos todo lo que naufragaba en las costas pertenecía al señor de estas tierras.

Y la joven vino también por supuesto. Cuando el marqués supo de la tragedia fue a visitar a la joven damisela, intrigado, esperaba saber lo que había ocurrido, pero al parecer la pobre había perdido la memoria, no recordaba nada y el caballero no insistió y abandonó la habitación,

muy turbado por la belleza de la joven.

Se veía tan hermosa y frágil, pero estaba malherida y temían que no viviera demasiado.

Pero no fue así por supuesto. La joven vivió lo suficiente para enamorar al señor del castillo.