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PERO EL MARQUÉS NO la autorizó a realizar un paseo como había pedido y tuvo que quedarse encerrada nuevamente hasta que el mal retrocedió y el marqués dio una misa para agradecer al señor que los había salvado.
El invierno avanzó y los enfermos comenzaron a recuperarse lentamente y los entierros habían disminuido. Ocho en total y diez convalecientes. El marqués decidió contratar a nuevos sirvientes de forma temporal pues faltaban demasiados criados y en unas semanas volverían a tener invitados.
El marqués parecía haber salido del duelo y Angelyn se sonrojó intensamente cuando se vieron nuevamente en la capilla. Al fin había terminado su confinamiento. Podría salir...
Sin embargo, él fue muy distante con ella, apenas le dirigió un frío saludo y le preguntó si se sentía bien.
—Estoy bien, gracias, Monsieur.
Pero antes de marcharse le dijo que fuera prudente.
—Le ruego que se cuide de los fríos, el invierno en Saint Auxerre es muy cruel y todavía queda lo peor—agregó.
Ella asintió y se alejó sintiéndose como una completa tonta, abrigando no sé qué fantasías locas con el señor del castillo.
Estaba casi al borde de las lágrimas cuando fue al jardín a dar un paseo aprovechando el sol brillaba y no había casi nubes.
Estaba triste y feliz, con un estado de ánimo muy raro, porque había logrado sobrevivir a la plaga que había asolado al castillo, pero sentía un dolor intenso en su corazón, no podía evitarlo.
—¡Mademoiselle Angelyn! —dijo una voz familiar.
Era su doncella. Rayos, ¿acaso sería siempre su perro guardián?
No quería que la siguiera a todas partes, quería disfrutar su primer paseo en mucho tiempo y sin detenerse comenzó a correr. Melissa no la alcanzaría...
—Mademoiselle, por favor, no se aleje.
Pero Angelyn estaba muy lejos de su doncella luego de encontrar un escondite en los jardines.
Necesitaba estar sola, sola y al aire libre, había echado tanto de menos sus paseos matinales.
Hacía frío y tal vez debía buscarse un abrigo, pero diantres, llevaba tanto tiempo abrigada y encerrada que hasta le daba fastidio la palabra pelliza o capa de paño.
Sus ojos se cerraron de golpe para retener las lágrimas.
Tal vez se había engañado, tal vez todo había sido producto de su imaginación, pero él había dicho que su hermano era muy afortunado y la había hecho sentir especial.
Pero al parecer, ella no era especial, sino sólo el huésped que se había quedado más tiempo del previsto no era especial para él... sus miradas y atenciones no significaban nada.
Pasaría el tiempo y cuando el duelo desapareciera de Saint Auxerre entonces le buscaría un marido apropiado. Eso le había prometido.
Excepto que ya no quería casarse con un desconocido. Casi había sido empujada a esas tierras extrañas, para casarse con Etienne de Ferbes, porque así lo había dispuesto su padre antes de morir, pero Etienne se había casado con otra y ella no quería casarse con nadie.
Ahora no quería hacerlo.
Y secando sus lágrimas salió de su escondite y caminó de regreso al castillo. Al menos disfrutaría ese paseo, buscaría consuelo en estar allí al aire libre, respirando aire fresco a pesar de que el aire se sentía helado.
De lo demás no debía preocuparse. Quizá se había precipitado o tal vez no fuera más que una fantasía.
Cuando regresó notó los negros cortinados de las ventanas, todo el castillo continuaba de luto y sabía por Melissa que en una semana el marqués sólo recibiría invitados una o dos veces en la semana, no habría fiestas ni tampoco partidas de caza en respeto por la difunta marquesa.
Sin embargo, el castillo seguía siendo un sito oscuro y extraño, sombrío...
como si los seres que habían perdido la vida de forma reciente todavía estuvieran allí merodeando como fantasmas.
Podía sentir su invisible presencia y la pena que ellos debían sentir entonces al haber abandonado el mundo de forma tan prematura.
Angelyn apartó de sí esos pensamientos sombríos y murmuró una oración en silencio. Cuando entró en su habitación se sintió más calmada.
LENTAMENTE TODO VOLVIÓ a la normalidad en el castillo, los sirvientes enfermos fueron recuperándose, pero no había fiestas ni reuniones duraderas.
Angelyn recibió carta de su madre preguntándole cuándo sería su boda.
“Espero que me aviséis con tiempo querida. Temo que no sé si podré asistir pues he pescado un resfriado muy furioso y sólo Dios sabe cuándo podré estar en condiciones para viajar, pero me siento tal feliz por ti, es un sueño hecho realidad y el deseo de tu padre, por supuesto”.
La carta no decía mucho más, la letra parecía descuidada, como si le costara mucho escribir y hasta había algún manchón de tinta, algo que su madre jamás habría tolerado.
“Hay una plaga extendiéndose por el pueblo, dicen que es una gripe nefasta que te deja muy débiles los pulmones”.
Cuando la jovencita leyó eso último tembló. No podía ser, ¿entonces esa maldita peste se había extendido también a su querido hogar, a su pueblo, por todo el país?
Luego de leer la carta pensó que debía decirle a su madre la verdad sobre su compromiso, para que no siguiera esperando la boda con el hermano del marqués. Pero ¿cómo decírselo sin romperle el corazón?
Tomó la pluma, la mojó con el tintero y aguardó, necesitaba pensar las frases correctas antes de escribir para no cometer errores, pero... luego de escribir las primeras líneas le faltó coraje para darle a su tía esa mala noticia.
No quería disgustarla. Conocía bien su temperamento y si luego encontraba un esposo...
no había razón para preocuparla. Así que le habló de la plaga en el castillo, eso llenó una carilla entera casi y de la muerte de la esposa del marqués.
El duelo sería prolongado, así que no habría bodas durante un buen tiempo...
Tenía una buena excusa para postergar la suya...
o para contarle a su madre que Etienne se había casado con otra, cuando tuviera coraje por supuesto.
Un sonido de pasos la sobresaltó mientras guardaba la carta con sigilo.
Era su doncella, quien al verse sorprendida farfulló con voz forzada:
—Mademoiselle, el marqués me ha pedido que le avise que esta tarde habrá visitas y se sentirá muy honrado de contar con su presencia.
—¿Visitas? —repitió la joven.
—Sí... llegarán unos parientes del marqués, pero no habrá baile, sólo una cena a las siete.
Visitas de familiares. Esperaba que no fuera una tentativa del marqués por encontrarle marido y librarse de ella.
—¿Parientes?
—Sí mademoiselle, familiares del norte, herederos del conde de Amiens. Gente muy importante. No pudieron acudir al entierro de la señora marquesa y vendrán a presentarle sus respetos.
Angelyn se preguntó cuál de sus vestidos sería apropiado para la ocasión y cuando se lo preguntó a su doncella esta le recordó los vestidos que le había obsequiado la marquesa.
—No creo que sea buena idea—respondió la joven.
Y al ver que Melissa ponía cara de desconcierto agregó: —No quiero que me vean con su ropa, que el marqués sienta tristeza al recordar a su esposa muerta. Sería un desatino.
—Pero la marquesa tenía un montón de ropa que no usaba, vestidos muy costosos que...
pienso que podría usarlos. Déjeme preguntarle al marqués.
Él tuvo que quemar sus pertenencias cunando el doctor se lo dijo, se hizo una gran fogata con la ropa de los que habían muerto por la gripe, pero creo que quedó algo en su baúl.
Angelyn se sintió horrorizada al imaginarse con la ropa de la difunta.
—No, no quiero usar su ropa, Melissa. Llevaré el vestido azul que me obsequió mi madrina en mi cumpleaños—dijo.
Era lo más nuevo que tenía y ya lo había usado en dos ocasiones, pero necesitaba estar arreglada si recibían visitas.
Y esa tarde cuando debió presentarse en el salón se miró nerviosa en el espejo. Su doncella había estado horas peinándola y sus ojos tenían un brillo especial, y sus mejillas estaban muy rojas.
—Oh se ve radiante, mademoiselle—dijo su doncella.
Ella se sonrojó aún más.
—Qué tonterías dices, Melissa.
—Oh el marqués morirá de amor cuando la vea.
Ese comentario parecía fuera de lugar y la joven se disculpó luego de decirlo.
—Lo siento es que no sé por qué digo esas cosas, señorita, perdóneme. Es que como se ve tan guapa... no comprendo cómo el señor Etienne pudo plantarla así.
Angelyn bajó la mirada.
—No soy bella, Melissa y si lo fuera eso no es una virtud sino un accidente.
Rayos, parecía estar diciendo palabras de su tía Louise que no se cansaba de afirmar que una joven debía ser modesta y honesta y desconfiar de los halagos porque la belleza no era una virtud.
—Sí, lo sé, sin embargo, la belleza enamora a un hombre señorita y estoy segura de que... encontrará un esposo muy pronto.
—¿Es que no lo entiendes? No me interesa casarme.
Melissa no dijo nada y tal vez pensó que estaba triste porque su compromiso se había roto, no imaginaba lo que había detrás de su rabia y dolor.
Angelyn atrajo las miradas nada más entrar al comedor.
Jamás imaginó que los familiares de Amiens fueran tan numerosos y sus ojos miraron al marqués con cierta timidez, no le agradaba sentirse en exhibición ni tener que conversar con desconocidos.
Tal vez estaba de mal humor ese día luego de la charla que tuviera con su doncella.
Primero los vestidos de la difunta señora del castillo, luego la mención del marqués y finalmente su fallido compromiso.
Trató de pasar desapercibida y casi lo consiguió, el marqués apenas le había dedicado un frío saludo y la ignoró el resto de la velada.
Mientras que sus dos primos: André y Philippe parecían disputarse su atención con galanteos.
Uno era rubio y muy alto, el otro pelirrojo y robusto.
Ninguno le agradaba, pero luego se dijo que debía dejar de ser tan arisca porque era claro que su anfitrión deseaba buscarle un marido pronto.
No sería la primera vez, pero al parecer la búsqueda del marido había comenzado y debía hacerse a la idea.
Observó a su anfitrión a la distancia con gesto torvo al verle rodeado de damas elegantemente ataviadas, aunque no eran tan hermosas como parecían a simple vista.
Pero llevaban vestidos nuevos y muy bonitos, seguramente hechos por alguna modista parisina, el suyo se veía completamente insignificante y en sus miradas notaba su desdén y se sintió mal.
No quería estar allí, su vida pudo ser tan distinta de no haber perdido a su prometido...
Bueno ¿y qué ganaba con lamentarse? No podía regresar a casa de su tía, debía quedarse y con el tiempo encontraría un esposo adecuado, el marqués así se lo había prometido.
Su mirada triste se cruzó con la del señor del castillo, él tampoco parecía muy animado ese día, sus ojos la miraron con cierta ansiedad y disgusto, no sabía por qué la miraba así, pero creyó que era momento de pedir permiso para retirarse.
El marqués la miró con sorpresa, pero no dijo nada al respecto.
—Por favor, descanse mademoiselle—dijo mirándola con lástima.
Angelyn se alejó con prisa sin mirar a nadie más tras hacer una breve reverencia al marqués.