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PERO SUS REZOS NO FUERON escuchados, pues la temible gripe siguió avanzando, asolando el castillo y una semana después Angelyn vio desde la ventana de su habitación cómo una procesión fúnebre se encaminaba en silencio hacia el cementerio del castillo,
portando dos féretros a la eterna morada ese día gris y lluvioso de finales de otoño.
Se estremeció al comprender que el mal no había parado como le había dicho su doncella, sino que se cobraba nuevas víctimas y contuvo la respiración mientras observaba el cortejo fúnebre caminando un buen trecho hasta el cementerio del castillo, nadie le había avisado de esas muertes,
pero el padre Anselmo presidía el cortejo esparciendo incienso a su alrededor. Podía verle a pesar de la distancia.
Angelyn observó la tétrica procesión y rezó en silencio.
Dos nuevas víctimas, cinco en total. Y nadie sabía quién podía ser el siguiente.
Muchos habían enfermado y tenían tos, al toser contagiaban a otros, eso le aseguró Melissa días atrás.
Pero dijo que los enfermos se recuperaban y que parecían fuera de peligro. Al parecer se había equivocado.
Abandonó la ventana y se acercó a su cama para jalar del cordel para llamarla, debía saber qué había pasado, quiénes eran los muertos.
Aguardó impaciente mientras regresaba a mirar por la ventana el cortejo fúnebre alejándose.
Y de pronto vio que eran tres, tres féretros llevados entre los criados. Tres muertos.
Un sonido en la puerta la hizo temblar. Luego recordó que había llamado a Melissa y entonces la vio, tenía la cara hinchada y los ojos rojos por haber llorado.
—Acabo de ver... el cortejo. ¿Quiénes eran, Melissa?
—Louis y su hermano Theodore y Bessie la ayudante de cocinas. Hay más enfermos y pronto no habrá quién cuide de nosotros si caemos, mademoiselle. Por eso... le he traído un amuleto para que la proteja.
—¿Un amuleto? —repitió la joven con extrañeza al ver el saquito de terciopelo cerrado con un cordel.
—Tiene planta de muérdago y azucena, es una esencia que espanta al demonio de la enfermedad.
¿Demonio de la enfermedad? Angelyn nunca había oído algo como eso.
Su doncella insistió en que lo tomara y parecía muy convencida de su eficacia.
—Guárdelo bajo su almohada para que el mal no la visite, señorita, por favor no diga nada al marqués, a él no le agradan estas cosas, dice que son brujerías. Pero llevar este amuleto nos ha mantenido sanos, mademoiselle.
La joven lo aceptó.
—Gracias, Melissa... Es que me siento una prisionera aquí, día tras día debo estar encerrada y además hace días que no veo al marqués. Dos semanas o más.
—Es por su bien señorita, ya se lo dije, es riesgoso que salga ahora. Además, el marqués no quiere ver a nadie ahora, señorita, está muy apenado por haber perdido a su esposa. Además, teme contagiarla.
—¿Contagiarme?
—Todas las sirvientas de madame Delphine están graves o han muerto, y él teme que...
siente terror de que algo le pase y me ha encomendado su cuidado.
No puedo salir del ala sur, no me deja dormir con las otras criadas.
Todos los enfermos están aislados y quienes los ayudan también enferman...
creo que habrá más muertes en las próximas semanas.
Algunos han renunciado mademoiselle, lo han hecho, ya no resisten...
y se han marchado sin importarle el mal tiempo.
—Pero pueden salvarse, pueden hacerlo. El frío de la intemperie los matará, pero si se quedan aquí...
Los ojos de Melissa brillaron de rabia.
—Es que no podemos cuidarlos a todos, cada día son más enfermos y si logran recuperarse tardan días en retomar el trabajo porque quedan muy débiles.
Y los que quedamos sanos, señorita... nos agota el trabajo y nadie quiere suplantar a los sirvientes, la señora Emile no da abasto y dice que esta plaga es mucho peor que la que se vivió en Francia a comienzos de siglo, mucho peor.
—Melissa, por favor, tranquilízate. Debemos rezar, pedir ayuda al señor, sólo él puede librarnos de este mal.
—El señor nos ha olvidado mademoiselle, lo siento, pero creo que es así...
se ha olvidado de nosotros. No puede ayudarnos, esto es demasiado.
Es el demonio de la enfermedad... el mismo señor de Saint Auxerre lo dice, su estirpe está maldita, primero su hermano abandona el castillo y se casa con la hija de un mercader y ahora su esposa muere...
son demasiadas desgracias. Parece un castigo y por eso el señor no quiere ayudarnos y deja que mueran aquí como moscas, uno a uno...
—Oh no digas eso, Melissa por favor, no es así. Estoy segura de que esta terrible plaga pasará.
Angelyn trató de ser optimista pero lo cierto es que su ánimo también decaía, confinada a esos aposentos y sin recibir más visitas que la de los criados sus días pasaban tristes y monótonos.
Y ese día no pudo evitar pensar en los sirvientes, casi condenados a pescar el mal pulmonar, la temible peste por un contagio que había comenzado con la marquesa y ahora atacaba sin piedad a los criados, uno a uno iban cayendo y no había nada que pudieran hacer, sólo rezar.
Pero ella no perdía la fe y cuando supo que se haría una misa al día siguiente por las almas de los difuntos y para que los enfermos tuvieran una pronta recuperación, asistió.
Y cuando entraba en la iglesia vio al marqués, vestido de negro y expresión sombría. Sus ojos la miraron con cierta inquietud.
—Mademoiselle Angelyn—murmuró en son de saludo avanzando hacia ella.
La jovencita tembló al verle, tembló como una hoja, no pudo evitarlo. Hacía tanto que no lo veía. Pero le preocupó su aspecto, parecía pálido y demacrado.
—Monsieur Marqués... siento mucho lo que está pasando en su castillo—dijo.
Él la miró con fijeza.
—Lo sé, pero le ruego que permanezca en su habitación, es usted muy joven y, además, el doctor dijo que las mujeres eran más débiles a esta enfermedad pulmonar.
—Pero no puedo quedarme encerrada para siempre, quisiera ayudar... son tantos los enfermos.
Los ojos del marqués tenían un brillo extraño.
—No, jamás, ni se le ocurra mademoiselle, demasiado daño le ha hecho mi hermano y ahora...
¿acaso desea morir en este castillo, lejos de su hogar?
No puedo permitirlo. Y le ruego que sea sensata y siga mis consejos, sé que todo esto ha de asustarla y angustiarla, pero no es la primera vez que ocurre en Saint Auxerre, aunque sí de forma tan virulenta y mortal...
debemos resistir y seguir los consejos del doctor.
Aislar a los enfermos para que la plaga no avance, lavar bien las manos y usar bufanda si tenemos que acercarnos a ellos.
Oremos ahora mademoiselle, esto tiene que terminar, tiene que terminar un día. No puede durar para siempre...
Angelyn pensó que era cruel abandonar a los enfermos, no podían quedarse solos en momentos tan difíciles y se lo dijo.
—Sí, sé que es duro todo esto, no le pido que lo entienda, pero el doctor es el único que puede verlos sin contagiarse, sin embargo, cuando los enfermos comienzan con fiebre alta y a toser sangre, no hay nada qué hacerle.
El mal los consume y sólo queda rezar por ellos.
Pero si hay sangre es irreversible, los pulmones se han dañado por esta enfermedad terrible.
Estuve junto a mi esposa, mademoiselle, hasta su último aliento, traté de aliviar su dolor, de hacer algo para salvarla, pero todos los cuidados fueron inútiles.
Ni siquiera sabía que estaba allí, entró en un sueño profundo y luego...
dejó de respirar. Y sus doncellas enfermaron, algunas lograron recuperarse.
Pero dos de ellas murieron, el señor se apiade de sus almas.
Lamento tanto esto y lo peor es que sólo podemos esperar a que merme la virulencia y se vaya y rezar...
si acaso el señor escucha nuestros rezos, empiezo a tener dudas de ello.
Angelyn supo que debía obedecer y esperar como el marqués que ese terrible mal se alejara del castillo para siempre.
Rezaría por ello, y también por las almas de los desdichados que habían partido el día anterior.
No era mucho más lo que podía hacer, pero rezar la reconfortó.
Estuvo a su lado durante toda la liturgia y eso le dio mucha paz.
A pesar de que lo notó de pálido semblante y apenas intercambiaron unas palabras, lo había visto y estaba bien.
Había temido que estuviera enfermo, y no podía entender por qué seguía encerrado.
Suponía que, por haber perdido a su esposa, pero...
Trató de disimular, pero le fue muy difícil.
Su corazón saltó de alegría al verle y su mirada la hizo estremecer, su sola presencia iluminó su triste corazón dándole una luz de esperanza.
Se sentía tan vacía sin él... ¿por qué negarlo?
Era cierto. Días, semanas sin verle, sin saber nada excepto lo que le decía su doncella.
La luz estaba encendida cuando regresó a su habitación, pero el cuarto se había enfriado y tiritó.
Lo había visto y eso le arrancó una sonrisa y se distrajo mirando por la ventana pensando en él.
Intentando evocar su mirada, sus palabras hasta que habló de su esposa muerta... la había cuidado hasta el fin.
Pensar en madame Delphine la hizo sentir como una intrusa, una persona mezquina y miserable. ¿Qué rayos estaba pensando? ¿Por qué tenía esas fantasías en la cabeza?
—Mademoiselle, ¿qué ha sucedido con el fuego? —preguntó Melissa al entrar en la habitación.
Ella la miró con expresión ausente sin comprender lo que decía.
—Qué extraño, estoy segura de que dejé el fuego encendido toda la mañana—insistió y se fue en busca de leña.
La joven no le dio importancia a eso, ni siquiera había notado que la habitación estaba fría.
De nuevo el encierro. Los días grises y solitarios, los pequeños quehaceres para matar el tiempo.
Charlaba con Melissa, ella era casi una amiga, a pesar de ser su doncella y de que estaba segura de que su tía lo habría desaprobado, ¿qué importaba que fuera una criada y ella una señorita heredera de un antiguo linaje?
Tenía sólo el recuerdo de su linaje y posición, ahora no tenía más que la promesa del marqués de buscarle marido cuando todo volviera a la normalidad.
Si es que encontraba a un caballero que la quisiera como esposa, si no era así debería regresar a su casa.
Sin embargo, sentía pena al pensar que un día debía marcharse del castillo de Saint Auxerre, pues a pesar de todo había comenzado a sentir que era su hogar.
Casi se había acostumbrado a sus fantasmas, a sus verdes praderas y bosques, a cada rincón del sombrío edificio, lleno de esplendor y también misterio.
Día tras día se preguntaba si vería la primavera o sucumbiría como tantos en ese castillo.
Ya no preguntaba por los enfermos y se negaba a curiosear por la ventana.
No quería saber a cuántos se había llevado ni cuántos habían resistido.
El castillo casi se había convertido en el hospital Hôtel-Dieu de Paris, había tantos enfermos que casi podía sentirse el olor de la muerte, su horrible presencia invisible recorriendo los salones esperando con ansias para llevarse un nuevo enfermo al eterno descanso.
Angelyn no quería pensar en esa alegoría infernal y trató de apartar esos pensamientos mientras intentaba leer un libro.
Estaba harta de ese encierro y de no poder ver al marqués, se sentía como una niña castigada por haber hecho algo malo.
Debió decirle al caballero que ella era una joven fuerte y nunca se enfermaba, que tenía una salud de hierro como decía su tía y jamás habría sufrido siquiera un resfriado, excepto siendo niña...
era fuerte y odiaba estar encerrada. Ya no temía al contagio, sólo quería que todo terminara para poder salir de allí.
Sabía que era por su bien, pero comenzó a sentirse triste y nerviosa, necesitaba dar paseos, tomar aire libre, salir...
Desesperada, una semana después aprovechó un descuido de su doncella para escabullirse y recorrer el castillo.
Sintió un aire helado envolverla como si fuera un fantasma y tiritó al sentir el hielo en su piel.
Su habitación siempre estaba calentita y confortable pero allí no había calidez y tampoco ninguna presencia humana cerca.
¿Dónde estaban todos? Sabía que al final del pasillo estaban los aposentos de la tía del marqués, pero todo estaba en silencio como si no hubiera nadie alrededor.
Caminó con mucho sigilo cuidándose de no ser vista, tal vez quedara algún sirviente escondido o la propia madame Delphine. Pero no vio a nadie y la habitación del final de pasillo estaba cerrada tal como imaginaba.
Sintió curiosidad y siguió su recorrido, pero al llegar hasta la puerta que cerraba el piso la encontró cerrada con llave. No podía ser... intentó abrirla, pero notó que el picaporte no cedía, ¿alguien debió cerrarla, pero por qué?
Retrocedió disgustada. Al parecer alguien quiso cerciorarse de que no escapara. Pensó que podía intentarlo.
—Mademoiselle Angelyn—dijo una voz familiar.
Melissa apareció como un fantasma mirándola con aire acusador. Al parecer ella estaba encerrada en ese piso y vigilaba sus pasos.
—¿Qué hace aquí? Por favor, regrese a su habitación—quiso saber.
La jovencita la enfrentó.
—¿Por qué han cerrado la puerta del piso, Melissa? ¿Acaso soy una prisionera en el castillo? —se quejó—sólo quería dar un paseo.
La cara de la doncella cambió, parecía algo incómoda.
—Lo siento mademoiselle, pero son órdenes del marqués de Saint Auxerre.
Él desea mantenerla a salvo, aislada de los enfermos.
Todavía no se ha detenido esa peste. Aún quedan enfermos...
menos que antes, menos graves, pero hay que esperar.
El doctor dijo que teníamos que esperar un tiempo para que se fuera la enfermedad.
—Pero llevo semanas aquí, sin poder salir. Por favor, Melissa, pídele al marqués... sólo un paseo corto por los jardines. No me hará mal, es aire puro.
—Puedo preguntarle si desea, pero sé que no la dejará. Teme que algo le pase, usted es la prometida de su hermano.
Angelyn bajó la mirada.
—Ya no lo soy, Melissa—dijo entonces.
—Bueno, pero Monsieur desea que nada malo le pase. Y yo no puedo desobedecer sus órdenes. Le preguntaré si lo desea, pero ahora, por favor regrese a su habitación y no vuelva a escaparse o me castigarán, mademoiselle.
—Lo haré, te lo prometo. Pero por favor, no le digáis nada al marqués o se enfadará.
La joven obedeció y pensó que no le molestaba tanto haber sido encerrada sino estar lejos del marqués.
¿Realmente quería protegerla o lo hacía para castigarla o porque sabía que ella...
? No se atrevió siquiera a preguntárselo.
Ni podía pensar en ello en voz alta. Sólo esperaba que no llegara a sus oídos que había desobedecido.