6
EL SONIDO DE LAS CAMPANADAS la despertó.
Llevaba días encerrada en su habitación sin ver a nadie, sabía que la marquesa estaba enferma y que el marqués ni siquiera cenaba en reunión, lo hacía en su habitación junto a su esposa.
También se enteró de que había otras personas enfermas en el castillo, que esa gripe había sido muy brava y lo mejor era no salir, pero esas campanas la despertaron con un mal presentimiento.
Pero esas campanadas sonaban de una forma que le dio mala espina, y saltó de la cama para averiguar qué pasaba mientras llamaba con energía a su doncella.
Melissa tardó como una hora en aparecer y lo hizo con una bufanda, sin dejar de estornudar.
—Mademoiselle, lo siento... le traigo su desayuno. Es que ocurrió una desgracia. Madame Delphine... falleció esta madrugada y ahora...Hay más enfermos y el doctor dijo que debemos evitar el contagio porque... hay otros criados enfermos de gravedad, mademoiselle.
Hablaba de forma atropellada y Angelyn olvidó por completo sus problemas al comprender la gravedad de lo ocurrido.
—Y su doncella Betty está muy grave, y las mucamas que aseaban su habitación... todas han enfermado y Monsieur Montnoire también. El contagio es inevitable y la señora Adelaide cree que es un castigo divino.
—No lo es... no puede ser un castigo, debe ser una epidemia. Hace años hubo una similar en el pueblo donde vivía y muchos murieron. Empezó con fiebre, dolor de cabeza y mucha tos, la tos se vuelve roja.
Melissa la miró impresionada.
—No puede ser, es lo que tuvo la marquesa, no dejaba de toser y el médico le dio esos tónicos y dijo que mejoraría... pero murió esta madrugada.
Angelyn se estremeció, no podía creer que la joven hubiera muerto, pero estaba enferma cuando la visitó.
Y ella lamentándose porque su prometido la había abandonado...
enfrentada a la muerte y a la enfermedad en el castillo de Saint Auxerre, sus penas eran casi nimias.
Estaba viva, era joven y podía regresar junto a su tía, pero para madame Delphine que lo había tenido todo ahora sólo le esperaba un lecho frío tres metros bajo tierra.
Hacia el eterno descanso. Una joven llena de vida, con sus locos celos y pena por no poder darle un hijo a su esposo...
—No lo puedo creer—balbuceó—es tan triste... era tan joven.
Melissa asintió.
—Tenía veintitrés años y se había casado a los diecisiete con el marqués—respondió Melissa—el marqués está muy mal. Pero debe ir, está en la capilla y se hará una misa en su honor, mademoiselle. No puede faltar.
—Iré por supuesto, Melissa. Sólo que no tengo ningún vestido negro.
—Oh no se preocupe, el azul servirá. Azul oscuro o un chal. Lo importante es que esté mademoiselle. La ayudaré a buscar algo adecuado.
Angelyn corrió a cambiarse y estuvo lista momentos después.
Pero todo su coraje se vino abajo cuando entró en la capilla ardiente, a la que empezaban a llegar los primeros invitados al velatorio.
Las flores y cirios encendidos en forma de guirnalda la hicieron estremecer.
No se sentía fuerte para enfrentar eso, era tan joven, además ella sentía pavor a los velorios, siempre buscaba alguna excusa para no asistir, pero ahora resultaba imposible.
Era huésped del castillo y, además, el marqués le había ofrecido hospitalidad y debía ser fuerte y vencer el terror que sentía, el terror y las náuseas por el olor a flores...
se acercó para saludarlo y darle el pésame.
El marqués estaba junto al féretro y se veía tan extraño, su mirada parecía perdida.
Nunca lo había visto así, tan triste y con una mirada como esa.
Y entonces vio algo mucho más penoso: a su esposa, esa dama gruesa malhumorada pero llena de vida allí yacía en un féretro: tiesa, inmóvil, cubierta con un vestido blanco como si fuera un ángel,
su cabello negro largo a ambos lados y su rostro oval casi se veía demacrado y con una expresión atormentada como si aún conservara el dolor que esa horrible enfermedad le había causado.
Horrorizada apartó la mirada al comprender los estragos que esa enfermedad pulmonar y mortal había hecho a una dama joven, tan llena de vida, con esa mirada oscura, celosa siempre de su esposo y ahora sus ojos se había cerrado para siempre.
—Lo siento mucho marqués, lo siento mucho.
Él la miró con expresión extraña mientras murmuraba una frase de agradecimiento hasta que su mirada cambió, sus ojos oscuros la miraron con fijeza.
—No salga de su habitación mademoiselle, no lo haga, permanezca allí. No debe estar cerca de mi esposa—le respondió.
La joven no entendía por qué le decía eso. ¿Cerca de su esposa? Pero debía participar de su funeral...
—Pero debo estar aquí, usted ha sido tan gentil conmigo...—balbuceó.
Él avanzó con expresión furiosa. Nunca lo había visto así.
—Es un destello de luz en medio de tanta oscuridad. Mi estirpe está maldita mademoiselle, nuestro linaje ha terminado... Tal vez asista luego a mi funeral mademoiselle, y yo sentiré mi corazón latir otra vez cuando la vea allí y quiera tomar mi mano fría reposando en el ataúd.
Ella pensó que el marqués se había vuelto loco, que había sido demasiado para él y no debía considerarla de la familia por eso no quería que estuviera allí en el funeral de su esposa.
—Lamento haberle molestado, pensé que debía estar aquí, lo siento mucho—replicó.
—Y yo dije que te quedaras en tu habitación, se lo dije al mayordomo.
Regresa a tu habitación ahora hermosa, no es necesario que estés aquí—le dijo con voz más suave—Es por tu bien...
no debes contagiarte. La muerte está en el castillo, puedo sentirla, esta terrible plaga se llevó a mi pobre esposa y ha enfermado a las criadas que la atendían...
y no se detendrá, ¿comprendes? No se detendrá.
Ella se alejó despacio, sintiendo las miradas de desaprobación a su alrededor, como si fuera una intrusa o una invitada inoportuna, contuvo las lágrimas y huyó, corrió rumbo a su habitación sin poder olvidar la mirada del marqués, ni sus palabras,
ni la imagen de su joven esposa muerta en ese féretro mientras oía las campanas a la distancia con su gong fúnebre sin dejar de tocar.
TODO EL CASTILLO SE tiñó de luto, las ventanas fueron cubiertas con oscuros cortinados y los sirvientes realizaban sus quehaceres silenciosos, escurriéndose sin ser vistos ni oídos, mientras de fondo se oían estornudos.
El marqués se recluyó en sus aposentos y dijo que no recibiría a nadie y luego de la primera semana las visitas dejaron de llegar al castillo, espantados por la tragedia y el terror al contagio.
Excepto las visitas de duelo, pero estas eran muy breves y escasas.
Angelyn supo por su doncella que los enfermos se habían multiplicado y el terror al contagio se había adueñado del castillo.
Todo comenzaba con un estornudo, tos, fiebre alta y decaimiento general y luego los enfermos contagiados del mal pulmonar no podían ni levantarse de la cama y todo empeoraba.
Monsieur Montnoire logró recuperarse, pero el médico dijo que sus pulmones quedarían débiles un buen tiempo y lo mismo los tres criados que sobrevivieron, entre ellos la pobre Betty, pero una mañana Melissa dijo que Fanny la fregona y su hermana Margarite habían muerto.
Lo dijo con lágrimas en los ojos, angustiada, llena de pena.
—Las mujeres parecen pasarlo peor... la marquesa y ahora Fanny y Marguerite. El doctor dijo que las mujeres son más débiles a esas enfermedades. Las mujeres y los niños... por suerte aquí no hay niños—dijo—Pero cada vez hay más enfermos mademoiselle, por eso no debe salir de la habitación.
Angelyn se sintió deprimida, llevaba días encerrada y ahora se enteraba que Fanny y su hermanita menor habían muerto. Las conocía de vista y sabía que debían tener su edad y toda una vida por delante, era tan injusto, tan triste.
—Tal vez debería irme de aquí, Melissa. No quiero morir—balbuceó aterrada.
Ahora ella también temía por su vida.
Su doncella la miró espantada.
—Oh no morirá mademoiselle, está a salvo aquí pero no salga de su habitación, el médico ha rogado que aislemos a los enfermos y evitemos el contacto cercano en lo posible.
Hasta ahora hemos podido evitar esta horrible peste.
También nos ha rogado especial higiene y por eso...
el día anterior incendiaron colchones y sábanas de los enfermos.
Y si debemos atender a los enfermos pues es mejor usar un pañuelo en la boca como antes se hacía con la peste para evitar que la enfermedad entre en nuestros pulmones porque una vez allí.
—OH Melissa, es horrible, todos moriremos y no quiero morir... no quiero estar aquí. Por favor, ayúdame a escapar del castillo—suplicó Angelyn sintiéndose cobarde al hacerlo.
—No puedo hacerlo señorita, no puedo hacer lo que me pide. Por favor, rece, rece y pide protección, no podemos hacer nada más ahora, sólo rezar y esperar.
Su doncella tenía razón, pero en esos momentos se sentía tan triste y desesperada, no sólo sabía que su prometido estaba casado con otra dama, sino que ahora se quedaría en un castillo asolado por una terrible plaga y podía morir de un momento a otro.
—Lo siento... sé que te parecerá una cobardía Melissa, pero... es que tengo miedo de morir. No deseo terminar como madame Delphine, la marquesa. Tan joven... en un cajón rodeada de flores y cirios.
—Oh no piense eso mademoiselle, es que la pobre nunca tuvo salud, vivía resfriada siempre... creo que desde niña. Todos los inviernos la pasaba mal y esto fue... Un pariente suyo la contagió, vino a verla con esa gripe... fue una maldad. Monsieur Tourenne.
—¿Te refieres al conde de Tourenne?
—Sí, ese hombre... siempre tosía y no tardó en esparcir la enfermedad.
Se fue y dejó la plaga aquí y ahora... estamos rezando.
El padre Anselmo dará una misa por los enfermos el próximo sábado, puede ir si lo desea, pero...
el marqués ha dicho que no salga de su habitación.
No estará a salvo lejos de aquí señorita, no olvide los peligros de ese bosque.
—Melissa, no quiero morir aquí, hay demasiados enfermos y es muy grave tú misma has dicho que es una gripe mortal.
—Pero no se contagiará, debe lavarse las manos y alimentarse bien, estar abrigada...
el médico dijo que si todos seguimos sus consejos no habrá más enfermos.
Por favor, mademoiselle, no haga una locura.
Son días muy tristes sí, pero confío en que el señor nos ayudará a salir adelante y que nuestra señora de Saint Auxerre no nos abandonará ahora.
La virgen de Saint Auxerre, Angelyn recordó que aún llevaba la medalla.
Debía rezarle y aguardar su protección. No podía escapar ahora como una cobarde, además, su triste realidad era que no tenía a donde ir.
Si regresaba a su casa su madre se disgustaría mucho, ella no sabía la verdad, ni imaginaba que su prometido la había abandonado para casarse con otra.
El disgusto la habría matado, su salud era muy delicada.
—Rece, mademoiselle—dijo su doncella y se alejó.
La jovencita se acercó al retrato de la virgen que había en su habitación y sin vacilar se arrodilló y rezó.