5
SIGUIERON DÍAS FRÍOS y grises, demasiados oscuros para poder salir o disfrutar, aunque fuera un paseo a media mañana.
Angelyn escribió dos cartas, una a su madre y otra a su tía, fingiendo que todo estaba perfectamente.
Excepto por la ausencia de su prometido, pero no daba mayores detalles al respecto.
Todavía echaba de menos su hogar y luego de terminar la correspondencia se dedicó a devorar las historias de esa antología pues todas eran muy bellas y entretenidas, algunas un poco macabras, pero eso no le molestó, pues en el pasado había leído historias similares en la biblioteca de su padre.
Y cuando no leía hacía bordados, Melissa le había conseguido más hilo y pañuelos para bordar, eso la mantenía entretenida y el piano, aunque sólo tocaba algunas mañanas si la salita de música estaba abierta o en las tardes, mientras tomaban el té.
Al marqués le agradaba escucharla tocar y en ocasiones conversaban en privado sobre las historias que estaba leyendo.
Todo parecía estar en absoluta paz, sin fantasmas ni ruidos extraños, como si el propio clima hostil los espantara y mantuviera a raya. Era muy raro por supuesto, Melissa pensó que no era del todo errado lo que decía.
—Lo que me inquieta es no saber nada de mi prometido—dijo la joven mientras se preparaba para irse a dormir.
Melissa había encendido el fuego para calentar la habitación y la miró con cierto pesar.
—Todos estamos preocupados por la demora de Monsieur Etienne—murmuró haciendo un gesto raro con la boca.
—¿De veras? ¿Y no has oído nada sobre él?
—Me temo que no... Pero el caballero Montnoire ha de saber, él fue a buscarle a Paris y.… traerá noticias imagino.
—Pero los caminos no son seguros, Melissa.
—Es verdad, no lo son... hay muchos bandidos.
Una joven como usted no podría abandonar el castillo y atravesar el bosque de Boulegne sin sufrir la más horrible de las indignidades.
Nadie se atreve a pasar por ese bosque, el marqués siempre envía a sus hombres a montar guardia, pero son como ratas, aparecen en caballos o carruajes de repente y si no se roban un monedero se llevaban a una mujer y luego...
oh, me horroriza tan solo pensarlo. Pero le ocurrió a una criada que madame Clarise expulsó hace un año.
La pobre fue escoltada por los sirvientes de aquí pero luego de llegar a ese bosque no fueron suficientes ni pudieron hacer nada.
Se la llevaron y nunca más volvieron a saber de la pobre, sospechan que murió y luego escondieron su cuerpo.
Eran como siete... Por eso nunca lo haga mademoiselle, no importa si la marquesa la hace sentirse mal, es preferible que se quede aquí, estará a salvo.
—¿Y por qué la marquesa echó a esa pobre joven?
Melissa la miró.
—Por celos... creía que intentaba coquetear con el marqués. Pero en realidad no soporta que haya una sola criada bonita aquí. No tuvo otro motivo. Además, la pobre Annie era más buena que le pan, nunca hacía nada y desapareció... fue muy triste.
Angelyn se estremeció al recordar ese episodio cuando su carruaje fue asaltado por una banda de malhechores, sabía de qué hablaba, uno de ellos había intentado someterla y tuvo suerte de que no lograra sus sucios propósitos o ya no podría casarse.
Ahora estaba intacta, pero sin su prometido...
¿Y qué pasaría si él no regresaba y debía atravesar sola ese bosque repleto de rufianes?
Observó el crepitar de los leños y tembló.
Trató de no pensar en eso, de distraerse leyendo fábulas mientras observaba el fuego a la distancia mientras pensaba que al menos la marquesa no había vuelto a requerir su presencia en sus aposentos.
CUANDO ANGELYN DESPERTÓ al día siguiente supo que algo muy malo ocurría porque sentía los pasos, las voces como si los criados corrieran de un sitio a otro enloquecidos por alguna causa.
El fuego de la estufa hacía horas que se había extinguido y la habitación estaba fría así que se acurrucó en la cama y aguardó a que alguna criada le llevara el desayuno y le contara qué estaba pasando.
Melissa llegó poco después, se veía preocupada.
—Mademoiselle, disculpa que tardara, pero ... le traigo su desayuno. Ha ocurrido algo inesperado y todo el castillo está conmocionado. Pero primero debe vestirse, el señor marqués desea hablar con usted sin demora.
—¿Pero ¿qué sucede Melissa?
—Luego lo sabrá mademoiselle, ahora la ayudaré a vestirse.
Angelyn supo que algo muy grave estaba pasando y se aseó deprisa y apenas probó bocado. De pronto su doncella dijo que la marquesa estaba enferma y que habían llamado al doctor Villneuve porque sufría una infección pulmonar.
Ella la miró horrorizada.
—Pero eso es grave.
—Sí... tiene fiebre muy alta y no ha estado bien por eso se ha quedado en su habitación. Siempre fue muy delicada de los pulmones y este tiempo húmedo y frío... hay varios criados en cama con constipado y la señora Merine no da abasto la pobre. El marqués tuvo que despedir a sus invitados.
—Sí, lo entiendo, pero se repondrá ¿verdad?
Melissa no se mostró tan optimista y Angelyn pensó que ocurría algo más grave que su doncella no quería decirle. Pero no dijo nada y esperó a que su anfitrión hablara con ella en privado.
Al llegar al salón de música tembló pues el marqués no estaba solo, había dos hombres con él uno de ellos alto, bien vestido y de cabello rubio. Agradable. Tembló al pensar que fuera Etienne. No se parecía mucho al marqués, pero...
Al notar su presencia los tres la miraron y el marqués le rogó que se acercara mientras los otros dos caballeros abandonaban la sala luego de ser presentados. La joven se sintió defraudada al comprender que ninguno de ellos era su prometido.
—Por favor, tome asiento, mademoiselle de Poitiers. Por aquí—lo notó algo tenso, disgustado, imaginó que estaba preocupado por su esposa.
Angelyn se sentó y preguntó por su esposa, la marquesa.
Él pareció sorprenderse por la pregunta y entonces notó que tenía una carta y que parecía esforzarse por ocultarla.
—El doctor irá a verla ahora, espero que se recupere pronto. Es que sufre de los pulmones, siempre fue muy delicada—respondió—Mademoiselle, temo que no tengo buenas noticias para usted.
Esas palabras la hicieron estremecer porque su mirada parecía distinta como si quisiera disculparse por la mala noticia que tenía que darle.
—No comprende, Monsieur...
—Lo siento mucho—insistió él—Pero acaba de llegar Albert Montnoire y mi hermano se negó a acompañarle.
Y me ha enviado un documento y una carta explicándome que no puede honrar su compromiso como esperábamos porque se ha casado con la hija de un mercader de París.
Esto me avergüenza profundamente... pero aquí está el acta que lo confirma. Por favor, debe verlo.
Angelyn se quedó tiesa mientras leía el documento que le había enseñado el marqués, era una especie de acta como la que recibió la morir su padre en la cual comunicaba que Etienne Montpellier se había casado con una joven llamada Pauline Cézane.
Hija de un caballero llamado Antoine Cézane y de doña Madeleine...
¿qué diablos importaba? Se había casado hacía más de seis meses, mucho antes de su llegada a Saint Auxerre, y luego de morir su padre.
No podía dar crédito a lo que veían sus ojos.
Era como una pesadilla. Miró a uno y a otro incapaz de decir palabra hasta que balbuceó:
—Monsieur esto no puede ser... ¿acaso no sabía del compromiso?
La joven se sintió enferma de rabia y terror, realmente tuvo que sentarse para no desmayarse al comprender que todo su mundo se venía abajo.
—Por eso no quería venir, no podía hacerlo. Ya tiene una esposa—balbuceó.
El marqués le rogó que se sentara.
—Esto me horroriza tanto como a usted, y le aseguro que este matrimonio no debió celebrarse, él sabía de su compromiso, pero...
no puede deshacerse me temo. Podría ser una última oportunidad, pero no lo haré.
La joven está encinta. Por eso se escondió...
mademoiselle, debe saber la verdad. Hace tiempo que no veo a mi hermano, pues luego de morir nuestro padre él decidió probar fortuna en París y montar su propio negocio, una tienda de ropa.
Quería tener su propia fortuna y no le ha ido mal, sólo que tuvimos un altercado por otro asunto, quería que se quedara aquí, es mi único hermano y le necesito, pero él no quería saber nada del castillo y sus obligaciones.
Decía que no era su legado y le aburría el campo y además dijo que nunca viviría convertido en mi sombra.
Esperaba que recapacitara, le escribí varias cartas a las que respondía sólo en ocasiones.
No quería regresar y cuando supo que estaba aquí simplemente ignoró mi carta, no me respondió y debí enviar a un primo a buscarle.
Alberto Montnoire. Y él me confirmó lo que más temía: que mi hermano no quiere regresar y que se ha casado con la hija de un mercader.
Se ha establecido en París como un comerciante y no vendrá.
Angelyn lloró al oír eso. Era el fin. Todas sus esperanzas de casarse con Etienne y vivir en Saint Auxerre se esfumaban.
Sus más negros presentimientos tomaban forma en esos momentos, era inevitable.
Él ya no podía honrar su compromiso, estaba casado con una distinguida joven de París, imaginaba que era bonita y sus vestidos eran modernos y nuevos.
—Lo siento mucho, mademoiselle. Esto me apena y avergüenza y quisiera enmendar el daño que le ha causado mi hermano, porque usted es inocente de todo esto, no es su culpa. Él sabía de ese compromiso, pero siempre ha sido rebelde, jamás quiso una unión concertada.
Ella secó sus lágrimas y trató de serenarse, no quería que la vieran así, no podría soportarlo.
Era tan humillante, pero más allá del dolor de saberse burlada y despreciada era pensar en su futuro.
Sin esa boda ya no tendría un hogar, debería regresar a casa de su tía y buscarse una colocación para subsistir.
Su único legado había sido esa boda y sin ella ya no tenía nada.
—Comprendo que se siente defraudada, pero por favor, déjeme enmendar este gran daño—dijo el marqués y tomó su mano entre las suyas y la besó con suavidad.
La joven lo miró aturdida, con los ojos empañados.
—Sólo le pediré que me ayude a regresar a casa de mi tía sana y salva, porque Melissa dijo que... ese bosque. Que en el bosque hay rufianes que me harían mucho daño.
Sus palabras lo sorprendieron.
—No se vaya por favor, déjeme intentar encontrarle un esposo mademoiselle, entre mis amistades y parientes, usted podrá escoger al que sea de su agrado. Tengo dos amigos que necesitan una esposa y también primos que se sentirían muy afortunados de que usted fuera su esposa.
Angelyn lo miró aturdida.
—No comprendo... es que no puedo quedarme aquí, demasiado he abusado de su hospitalidad. Creo que debo irme, regresar junto a mi madre.
—Por favor, no diga eso, mademoiselle. Era mi deber y me siento tan insultado como usted con esta boda.
Mi hermano se ha casado sin tener en cuenta su compromiso, sin pensar en nuestra familia.
Ha hecho su voluntad como siempre, y me siento en la obligación de enmendar algo del daño que le ha hecho.
Déjeme buscarle un esposo, señorita. No dejaré que esto arruine su porvenir, porque es inocente de todo esto, no fue su culpa, no fue por usted ¿comprende?
Sino porque mi hermano siempre fue rebelde y muy egoísta, no quería verse obligado a una boda, aunque supiera que la joven en cuestión era un ángel, hermosa y tierna como usted, no le importó,
su egoísmo y necedad de querer hacerse un porvenir lo hizo desdeñar las enseñanzas de nuestro padre y también su legado—el marqués hizo una pausa, profundamente disgustado— Temí que hiciera esto.
Pero necesitaba saber la verdad, cuando usted llegó hacía meses que había perdido contacto con mi hermano, jamás me participó de la boda ni tampoco me escribió una carta.
No me sorprendió pues luego de su partida a París habíamos perdido contacto.
La jovencita secó sus lágrimas y un suspiro escapó de sus labios. No creía que el marqués debiera buscarle un marido, no deseaba que lo hiciera. A fin de cuentas, no era su culpa. Eso le dijo, cuando fue capaz de hablar con más calma.
Él le dijo que quería ayudar, que necesitaba hacerlo.
—No permitiré que mi hermano dañe su porvenir. ¿Qué hará si abandona Saint Auxerre, mademoiselle?
—No lo sé, pero no puedo quedarme aquí y que todos me vean como la novia abandonada, la joven que su hermano despreció como esposa. Es la verdad. Lo siento, pero debo regresar y que nadie sepa lo que me pasó, ir a un lugar donde nadie me conozca Monsieur.
Tal vez era orgullosa, o tal vez era el orgullo herido lo único que le quedaba.
—Pero no tiene por qué ser así mademoiselle, puedo arreglar una boda para usted, pero no la obligaré... debe ser usted quien lo escoja.
Qué sencillo era para él pedirle eso, que escogiera un marido cuando sabía que ninguno de sus primos, ni amistades, le llegaban ni a los tobillos, el hombre más guapo que había conocido en su vida quería ser su padrino, su Lanzarote, intermediario de amores clandestinos...
Había tenido la esperanza de que su prometido, al ser su hermano se le pareciera un poco y con el tiempo y por esa razón, y así poder amarle tiernamente pues no quería ser como esas damas remilgadas que ignoraban a sus maridos.
Ella soñaba con una boda romántica, con conquistar el corazón de su esposo un día, ser su esposa y compañera y que sintiera orgullo de ello.
Ahora nada eso ocurriría, la verdad la golpeaba en la cara y por momentos sólo pensaba en morirse, tal era su abatimiento al perder su última esperanza.
—Ya no habrá boda para mí Monsieur, ni soportaría la lástima de ese caballero que se acercará a mí obligado por su insistencia.
¿Cree que podría soportar la lástima y una boda forzada por esa razón?
Todavía me queda algo de orgullo y si su hermano decidió ignorar que estaba prometido a mí entonces será mejor que regrese a casa y trate de olvidar todo esto.
—Pero mademoiselle, trate de comprender. Es joven y tan hermosa, puede tener el esposo que desee, no crea que todo se ha terminado para usted.
Ella se incorporó dolorida y mareada por ese disgusto, sintiéndose rechazaba y boba por haber abrigado esos locos sueños románticos.
Como si casarse con un desconocido pudiera sanar sus heridas y hacer que su suerte cambiara.
Y a pesar de la insistencia del marqués Angelyn le dijo que sólo quería que la ayudar a regresar a su casa, aunque ahora lo único que quería era encerrarse en su habitación y estar sola, no se sentía capaz de conversar con nadie, ni siquiera con Melissa.
Tuvo la sensación de que todo se desmoronaba a su alrededor y cuando finalmente logró su objetivo y la puerta de su cuarto de su habitación se hubiera cerrado, lloró.
Sólo eso. Lloró sintiendo que le dolía todo, hasta el alma y entre temblores y chuchos de frío tuvo que meterse en la cama deseando borrar ese día de su memoria para siempre.