Una esposa para el conde malvado 4 #3
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—Mademoiselle, temo que la han asustado con historias de fantasmas, aquí no hay nada de eso. Ruidos de pasos... tal vez sean los sirvientes que entran y salen de las habitaciones de este piso, tienen mucho trabajo y pueden olvidar cerrar alguna puerta.

—Tal vez alguien desea asustarme para que me vaya, Melissa.

Angelyn se sintió histérica de tener que contarle todo a su criada, pero estaba tan sola en ese castillo. No tenía con quién hablar y luego de desahogarse se sintió un poco mejor.

—Mademoiselle, cálmese por favor. Nadie le hará daño, el marqués no lo permitiría, él cuida mucho de los suyos y desea mucho esta boda.

Su hermano necesita sentar cabeza y asumir responsabilidades, alejarse de Paris y de esas malas compañías.

Él jamás permitiría que un criado la asustara ni entrara en sus aposentos. Eso no sería apropiado, señorita.

—¿Y madame Delphine? ¿Crees que su esposa me odia y desea que me vaya y tal vez envíe a un criado para que haga ruidos en la habitación?

—Oh claro que no. Madame de Ferbes tiene su genio, pero ella jamás haría algo que disgustara a su marido. Lo ama ardientemente ¿sabe? Sí... muere por él, pero él no la ama, y eso se nota. Pero dudo mucho que la vea a usted con celos cuando pronto será parte de esta familia.

—Oh Melissa, es lo que he estado pensando y me siento una tonta al decirte todo esto, pero... es que mi prometido nunca llega al castillo y yo me siento sola aquí y desamparada. Esa puerta secreta, temo que cualquiera pueda abrirla y hacerme daño.

—¿La puerta secreta? Pero... es que no entiendo. ¿Cuál puerta secreta, mademoiselle?

—La que tiene el lavatorio y la tina de porcelana. El cuarto de aseo.

—Ah sí, por supuesto. No es una puerta secreta. La utilizamos porque es más sencillo dejar allí el agua caliente para el aseo mademoiselle y no atravesar todo el cuarto con las cubas de agua. Pero estoy segura de que esa puerta quedó abierta por descuido, nada más.

—¿Y esa mujer, esa tía que no está muy bien de la cabeza? Un día la vi aquí y...

—¿La tía del marqués? ¿Madame Arlenne? Oh no, esa dama es inofensiva.

A veces inventa cosas, pero vive recluida en sus habitaciones y esta mañana se ha despertado mal.

El doctor vino a verla y le ha dicho que debe hacer reposo.

Sufre del corazón la pobrecita y no vivirá mucho, todos lo saben.

En realidad, no sé ni cómo vino aquí ese día porque la señora vive recluida en sus aposentos.

—¿Entonces quién viene aquí a espiarme, Melissa?

La doncella le confesó que no lo sabía.

—No le cuente esto a Betty ni a las demás. Pensarán que sufre fantasías y le dirán al marqués. Él es muy susceptible a esas cosas y no le harán bien mademoiselle.

—¿Entonces crees que pensará que estoy loca por oír esas cosas?

—Oh no mademoiselle, no está loca. Sólo asustada porque alguien ha estado contándole historias de fantasmas.

Sospecho que fue Monsieur Turenne. Pero si eso vuelve a ocurrir, le ruego que toque la campanilla y me avise.

Yo la ayudaré a descubrir que no hay ningún fantasma y que seguramente son los criados que pasean por estas habitaciones.

Madame Delphine ha estado muy quejosa últimamente y la tía del marqués también, luego los invitados han dejado las habitaciones en mal estado y todos han estado trabajando mucho. Eso es todo.

Angelyn se sintió aliviada al oír eso.

—Te lo agradezco, Melissa... es que no quiero pensar tonterías ni dejarme llevar por la imaginación. No conozco tanto este lugar como para saber lo que pasa aquí.

—Mademoiselle por favor, no me dé las gracias.

Es que no debe oír esas historias ni creer en ellas, no son más que supersticiones.

Cuando entré al servicio hace cinco años una de las criadas más viejas me contó toda clase de historias horribles de este castillo.

Me asustó tanto la muy malvada que tuve pesadillas durante semanas, hasta que supe que no eran más que patrañas que había dicho porque estaba celosa de que tomaran a una doncella y mucama nueva.

A la gente le encanta inventar, pero la verdad es que todos los edificios tan antiguos como este tienen sus leyendas.

Angelyn aceptó la explicación como posible pero no del todo convencida por supuesto.

No quiso insistir para que su doncella no pensara que estaba algo chiflada de vivir en Saint Auxerre.

Observó cómo guardaba silenciosa los vestidos y suspiró.

No sabía cómo tomar ese gesto que parecía de amistad, por supuesto que no podía despreciar el obsequio.

Pero no sintió deseo alguno de usarlos. Tenía su orgullo y esos regalos le parecían de caridad, de haber sido de una parienta suya los habría aceptado de buen grado, pero tratándose de la esposa del marqués... no se sintió inclinada a hacerlo.

—No se preocupe por los fantasmas, mademoiselle, ningún daño le pueden hacerle aquí, los vivos sí—dijo de pronto Melissa con gesto enigmático.

—Pero ¿quién querría hacerme daño? —replicó la joven con expresión inocente.

La doncella la miró con fijeza.

—Bueno, era lo que siempre decía mi padre. No temas a los fantasmas sino a los vivos—respondió luego.

Tenía razón, pero eso no le dio demasiado consuelo, la marquesa era una dama celosa que parecía estar pendiente de ella, el marqués era amable pero no sabía qué pasaría con su vida si algo salía mal, si su prometido nunca regresaba...